LOS PERROS GUARDIANES: Día del Maestro, por las luengas barbas de este don Venustiano

“Si domas a un caballo con gritos, no

esperes que te obedezca cuando le hables”.

Dagobert D. Runes.

Rael Salvador* / A los 4 vientos / Imagen principal: Nexos

            Quizá porque lo merecían, o más bien porque así se justificaba públicamente el refinado alboroto de las celebraciones de los mentores mexicanos, pletóricas de discursos rimbombantes, de lánguidas poesías al corazón sangrante de la Patria y tragos incitadores de conciencia pedagógica, no carentes de acentuar –al interior de los trajes replanchados y de pajarita “mona”– educados y floridos ademanes didácticos.

Así, por las barbas de don Venustiano Carranza (FOTO A LA DERECHA), bajo la proyección de una “blanca luz moral”, vertida por una elocuente camarilla de “lucientes espejos de crianza” –amigotes docentes, pues, del recién presidente en turno–, en el año de 1917, el 5 de diciembre para ser preciso, se aprueba el proyecto de ley que decreta al 15 de mayo como Día del Maestro, reconociendo la responsabilidad comprometida del éstos con los ideales del movimiento revolucionario pactado a pólvora y golondrina en el Congreso Constituyente de Querétaro.

No está de más recordar que el sustento Constitucional que desempeña desde entonces el maestro se establece en su Artículo Tercero, donde se determinan y establecen los principios históricos, jurídicos y filosóficos de la Educación Nacional y desde los cuales el Estado Mexicano, a través de su Sistema Educativo, define y asesora la formación cívica, moral, científica, humanista y los componentes del desarrollo integral de todos nuestros estudiantes.

“El día llamado Del Maestro –comenta el doble colega Rubén Bonifaz Nuño (FOTO A LA IZQUIERDA)–, es en realidad el día del alumno… Tal como lo hacía en la escuela primaria, yo lo celebro leyendo a mis maestros con alma feliz y devota; llevándoles, igual que si fuera una corbata corriente o una pluma incapaz de escribir, la baratija de mis recuerdos, de mi admiración, de mi agradecimiento en suma, del orgullo que me infunde el amor que hasta el fin guardaré para ellos. Alumno suyo siempre, les digo que sigo viviendo de sus lecciones. Entre ellas, la altísima de intentar aprender cada día más. Trato, así, de darme a ese trabajo obstinado de aprender, que ya va siendo casi lo único que me aparta de la muerte”.

Bello fragmento, tanto de sabiduría creciente como de concisa lealtad, vertido de forma admirable por el maestro poeta en uno de sus discursos del Día del Maestro.

Los años han transcurrido, sindicalizando glorias que luego se transformarían en penas y capitalizando penas que luego se convertirían en humillaciones, y así mucho de lo bondadoso de la evangelización magisterial, de nuestra profesión mentora, se han ido mucho a la mentada.

Soy un profesor, no un caballo, que corrió en la repudiada Carrera Magisterial, candado y reja, obstáculo insalvable, palafrenero indigno –imposición convenida sin anuencia o consentimiento del profesorado, hoy obsoleta, pero sustituido por algo peor: el Programa de Promoción en la Función por Incentivos–, que mezquinamente remuneró de paja económica al 10 por ciento del total de la hambrienta –no sólo de conocimiento– “cuadra” magisterial.

El secretario de Educación Alberto Nuño Mayer y la patraña de Reforma Educativa en México

Sólo un maestro tratado con dignidad, adecuadamente pagado –no silenciado por bonos insulsos–, estimulado por la sociedad y un gobierno consciente –que no pacte con el fracaso y nos afecte con el abuso de su sombra, puede entregarse a su vocación de educar, dar seguimiento a su desempeño y así mejorar los resultados locales y nacionales, por ende internacionalizar su enseñanza.

¡Por las luengas barbas de este don Venustiano, joder! No se puede hacer historia del magisterio sin llegar a la solemnidad pueril, su fútil presente.

*Escritor, profesor y periodista, autor de los libros Obituarios intempestivos, Ensenada, instrucciones para hacer fuego con el mar y Claridad & Cortesía.raelart@hotmail.com