Duarte, Peña… el PRI. Colapso moral

Atender el tema en boga de estos días nos puede dejar una serie de enseñanzas que en realidad ya tienen su tiempo como cosas obvias cuando se habla del Partido Revolucionario Institucional.

Alfredo García Galindo/ A los 4 Vientos

En un escenario en el que Javier Duarte revele sus supuestos nexos con Andrés Manuel López Obrador y Morena, el problema para el PRI y el gobierno federal consiste en que sería sólo una raya más al tigre de la biografía delictiva del exgobernador. Así, ¿qué procedería con el resto de las acusaciones que son, en todo caso, mucho más graves? ¿podrían mostrarse benevolentes las autoridades con Duarte sin que se evidencie con mayor crudeza que existe una detestable negociación?

Todo parece indicar que la apuesta será continuar con el curso de la guerra mediática contra López Obrador mientras a la par se hace un maquilleo del proceso penal contra Duarte. El objetivo de ello sería vender la impresión de que se está actuando con todo el peso de la ley mientras se negocia con Duarte y sus allegados, cosa que, por cierto, podemos inferir que ya está ocurriendo si consideramos la extraña e incomprensible absolución de la esposa del propio imputado, Karime Macías, quien ya se dio a la tarea (por si las dudas) de refugiarse en otra parte del planeta.

De cualquier forma, el PRI ya se han abocado a la tarea surrealista de desgarrarse las vestiduras por los teóricos nexos del exgobernador con el tabasqueño (de los que no ha ofrecido pruebas hasta ahora) como si a Duarte lo persiguieran sólo por ese hipotético delito. Digo surrealista porque bajo la luz del más elemental razonamiento, las trapacerías criminales del exgobernador sólo podrían haber llegado a esa magnitud bajo el cobijo de la complicidad -o en mejor de los casos, de una brutal ineptitud- de su partido y del gobierno federal.

Felipe Calderón y el entonces gobernador de Veracruz Javier Duarte, tomando un café. Marzo 19 de 2012 Foto: Veracruz en la noticia

Por eso es que se vuelve tan ofensiva e irritante la hipócrita actuación del presidente nacional del PRI, Enrique Ochoa Reza, al acusar a López Obrador. Ni aun los que no somos simpatizantes del tabasqueño podemos ignorar la calamidad moral de que el partido que más ha denigrado el sentido ético de la política, el que es el mayor responsable de la tragedia social en la que estamos hundidos, salga ahora a dar sermones de valor cívico.

No hay duda; el partido oficial y el presidente están hundidos en un pantano maloliente del que no existe salida decorosa para no salir manchados. No sólo se encuentran en la necesidad de negociar con Javier Duarte sino también con las autoridades guatemaltecas para comenzar una reparación de daños que en cualquier caso no los dejará bien parados de frente a los comicios en el Estado de México y en los de 2018. Si en la captura de Duarte hay un esbozo de estrategia electoral, queda claro que no fueron tan sagaces como para anticipar el tono que ello adoptaría con el paso de los días.

El caso pone de nuevo en escena la profunda crisis del tricolor pues evidencia la descomposición moral en la que se encuentra empantanado al grado de que ha terminado por contagiar su esencia corrompida hacia el resto de los partidos, comenzando con el PAN, el cual también se ha dado a la tarea de aprovechar electoralmente la acusación que pesa sobre López Obrador. En forma inversa, el avance progresivo de Morena habla de la imagen que su líder ha promovido y que ha sido clave en su éxito: la bandera de un desempeño en el que la corrupción no ha sido la norma, al menos no como ya es cosa de usos y costumbres en el PRI.

Se trata entonces de que el saneamiento moral del PRI es una urgencia casi humanitaria. El problema para el partido del presidente Peña es que depurar sus propias formas detestables es algo que no puede llevar a cabo sin firmar su propia sentencia, porque el decoro político en ese partido, es algo por completo incompatible con la naturaleza predatoria del poder y del presupuesto de la cual depende.

Digamos, en suma, que la ética ciudadana y la virtud política no tienen cabida en el PRI; sus redes de clientelas, complicidades y corruptelas son tan extensas y afianzadas, que desenredarlas sería equivalente a cortar el suministro que lo mantiene con vida. Esto porque en ese partido -en el que Duarte no es una excepción sino un botón de muestra-, el lucro personal con el poder político es entendido como una forma de vida, como una instancia de producción de cuadros para mantener saludable a ese prestigioso club de tráfico de influencias en el que el propio presidente de la república lleva la batuta de lo impresentable.

 ALFREDO GARCIA GALINDO 2 Alfredo García Galindo, es economista, historiador y doctor en Estudios Humanísticos. Es catedrático y autor de diversos libros y artículos; ha impartido charlas, ponencias y conferencias, enfocándose en el análisis crítico de la modernidad y del capitalismo a través de una perspectiva transversal entre la filosofía, la economía, la historia y la sociología.