Nuckelaeve

Nuckelaeve

El bosque Nadir se encuentra en las lejanas tierras orientales. Es un extenso manchón azul de pinos, lidias y manzanos entre la ciudad de Hastur y Basaccar. No es que el bosque sea realmente azul pero a distancia y por efecto de los rayos de sol adquiere tonalidades hermosas. Durante el alba es un espectáculo maravilloso observar el contraste de los colores del bosque azulado con el violeta y anaranjado del crepúsculo matutino, pese a eso, es considerado un lugar despreciado y con muy mala reputación. Sólo los más temerarios peregrinos toman la ruta de Nadir. Algunos afirman que por la noche oscuros jinetes rondan fuera del camino, merodeando sin destino como si el mismo bosque fuera su morada. Quizá la historia contada por los mercaderes de Hastur sea la más escalofriante de todas.

Dos hombres que viajaban hacia Basaccar se internaron en el bosque de Nadir, al caer la noche decidieron descansar, salieron del camino, ataron los caballos y prendieron una fogata para calentarse. Estaban sentados frente al fuego cuando escucharon un sonido, aparentemente por el galope de un caballo. La marcha se escuchaba más cerca que antes y cuando se detuvo observaron dos pequeñas llamas en el interior de los arboles. Los hombres ya habían escuchado de los jinetes del bosque pero pensaban que se trataba de algún ladrón, aquellos que viven libres de gobierno y asaltan a los incautos viajeros. Tomaron antorchas y se acercaron con intenciones de espantar al entrometido espía. La figura estaba inmóvil, lejos de la luz de la fogata, y las dos diminutas llamas parecían salir de sus ojos, era claro que la naturaleza del jinete no era humana, que clase de superchería o magia era aquella y, sólo cuando estuvieron a una menor distancia pudieron observar con asombro la apariencia de la oscura figura. No se trataba de un jinete sino de una aberrante deformidad digna de aparecer en cualquier bestiario, un ser mitad equino y mitad humano, sería más apropiado describirlo como un torso humano pegado al lomo de un caballo. Gracias al uso de la antorcha se observó que aquella criatura estaba desprovista de piel, se lograban ver sus tejidos musculares, ¡las venas y arterias al descubierto!

Sus ojos flameantes indicaban el infierno desbordante que había en su interior. La parte equina estaba entera y no se diferenciaba de un caballo común a excepción de una blancura de sus ojos, pero el rostro humano, carecía de boca, nariz y orejas. La criatura pareció sentir el miedo en ellos y levantó sus patas delanteras tomando una postura bípeda como si fuera a aplastarlos de una sola zancada. Los hombres horrorizados corrieron lejos de la criatura, sin mirar atrás y, aunque no escucharon galopes de persecución, sentían presencias escondidas que los observaban, razón por la cual no se detuvieron hasta llegar a Bassacar.

Algunos piensan que el origen de estas aberraciones ocurre en el corazón del bosque de Nadir, en el lago Temet. Los ancianos de Basaccar cuentan que las aguas profundas del lago esconden el catalizador de estas bestias. El lago Temet es conocido por sus habitantes etéreos, entidades elementales que moran en las tranquilas aguas, una prisión para ellos, una que sólo es posible eludir transfiriendo su esencia a un cuerpo material. Aquello seres están a la espera de una víctima que se aproxime al lago. Para llevar a cabo esta hazaña se vuelven sustanciales de manera temporal gracias al cuerpo de agua. El resultado de la posesión produce cambios en el anfitrión. En los extraños casos en los que estos seres malditos bañan en la sustancia a un jinete y a su caballo, algo nuevo se produce; ni caballo, ni hombre, ni vivo, ni muerto, sólo corrupción.

J.A. Benson (Escritor)