LOS PERROS GUARDIANES / Leer a Pascal Quignard. La belleza de hablar con las moscas

         En la sensible observación del núcleo arqueológico, donde se testifica que la escritura no tiene más que cinco mil años de uso, Quignard se interroga: “Qué es una experiencia de cinco mil años?”.

Rael Salvador* A los 4 vientos

                 Él mismo responde:

  1. La superficie de una hoja de trébol en la jungla.
  2. El chorro de orina de una gaviota en el océano.
  3. Un bombón en la mano de un niño pequeño que apenas empieza a hablar.

         Meterse hasta el cuello con Pascal Quignard en el pantano de la historia, es burbujear lodo por la comisura y, de algún modo, reivindicar el legado de la pintura cavernaria, donde hace treinta y dos milenios “se ponían colores y formas en los muros de las grutas”.

        

Después de estar metidos a esa altura con los “Pequeños tratados” (I y II), retomo la novelita “Terraza en Roma”, siguiendo el pulso de “Butes”, “Albucius”,  “Las sombras errantes”, “El odio a la música” y un buen armado arsenal de tomos (la mayoría de su obra su traducida al castellano), y, además –caigo en cuenta–, porque al mundo tampoco le niego esa profundidad de espanto.

         Me referiré a Terrasse á Rome”, breve tratado de arte y belleza, que concentra la joya de la palabra cuando ésta amasa las sombras con la luz y tornasola en tormenta furiosa los reflejos sensuales de la existencia.

         “¿Por qué esos trazos, propios del arte de Meaumus, como extrañas letras de alfabeto, para crear la sombra?”, nos cuestionamos, escritor y lector, a partir de la gramática visual que aparece en los grabados del personaje principal.

         Y la respuesta nos antecede en la lectura:

“Él pertenecía a la escuela de los pintores que pintan de una manera muy refinada las cosas que la mayoría de los hombres consideran más toscas: los pordioseros, los labradores, los pescadores del limo, los vendedores de almejas, de berberechos, de cangrejos, de róbalos moteados, muchachas descalzándose, muchachas apenas vestidas leyendo cartas o soñando con el amor, criadas que planchan sábanas, todas las frutas maduras o que empiezan a pudrirse y evocan el otoño, los restos de las comidas, las borracheras, las reuniones de fumadores, los jugadores de cartas, un gato lamiendo su tazón de estaño, el ciego y su lazarillo, amantes que se abrazan en diferentes posturas sin saber que alguien los está mirando, madres amamantando a sus hijos, filósofos que meditan, ahorcados, velas, las sombras de las cosas, gente orinando, gente defecando, los viejos, los perfiles de los muertos, los animales que rumian o que duermen”.

         Meaumus, orgulloso, guapo y osado, que ha dibujado durante toda su vida un mismo cuerpo de amor y entrega, tiene un affaire con la hija del orfebre y juez electivo Jacob Veet Jakobsz, acontecimiento erótico que termina con ácido en su rostro y que lo convierte en un triste sabio desfigurado y huraño: “En Brujas amé a una mujer y mi rostro se quemó. Durante dos años oculté un rostro horripilante en el acantilado que se alza sobre Ravello, en Italia. Los hombres desesperados viven en ángulos. Todos los hombres enamorados viven en ángulos. Todos los lectores de libros viven en ángulos. Los hombres desesperados viven suspendidos en el espacio como figuras pintadas sobre las paredes, sin respirar, sin hablar, sin escuchar a nadie”, nos comenta en primera persona.

         Las exposiciones reflexivas de Meaumus el Grabador son de un exaltante profundidad filosófica, que la novela no tiene que abarcar el infinito ni ir más allá de las 80 páginas. No es necesario: todo está dicho y puntualizado en la brevedad inmensa del aforismo recurrente –diamante que nos pausa con su centelleo misterioso– y la sentencia psicológica, máximas con las que trenza de fulgores humanos la narración.

         En Meaumus descubrimos los trucos del psiquiátrico que pasan como arte y que Quignard expone como epifanías o revelaciones: “Creo que he estado celoso durante toda mi vida. Los celos preceden a la imaginación. Los celos son un órgano de visión más fuerte que la vista”.

         Más adelante, cuando el desenlace nos esclarece los motivos, la intensidad de las estampas, barajando los sentidos, crecen y el éxtasis se desborda con su recurrente felicidad literaria:

“Hacía extraños gestos sobre las sábanas y hablaba con las moscas. (…) Una vez, cuando le llevaron la cena  –y mientras se negaba a probarla– una mosca se posó en el borde de la escudilla. De pronto, la mosca, que estaba chupando un poco de caldo, levantó la cabeza y le dijo:

¿Ahora eres hombre o fantasma?
 –No lo sé  –le contestó Meaume–. ¿Y tú?


Yo tampoco lo sé. Pero me inclino a pensar que estoy viva  –dijo la mosca, y siguió chupando el caldo de la carne.
Meaume rechazó con la mano el tenedor que le tendían y le dijo entonces a la mosca:


Yo creo que he andado muy cerca de estar vivo. Los antepasados me visitan. Guardo dentro de mí a la mujer que perdí. Ella también me visita. Incluso se convirtió en un joven que se arrojó sobre mí bajo la sombra de un árbol en el monte Aventino. La mirada de los otros me visita y me estrangula, de lo mucho que me avergüenza. En realidad no soy yo mismo. ¿Acaso es eso ser fantasma?”.

–En tal caso prefiero ser mosca –dijo la mosca.

         Escribir (y leer): la belleza de pensarnos en la belleza, a pesar de las desgracias de éste y otros jodidos mundos.


*Existencialista tardío, Rael Salvador es poeta, escritor y periodista.

 raelart@hotmail.com