El Beer Fest y la cultura elitista de Ensenada

«Son los pobres los que más sufren las contradicciones de una cultura que manda a consumir y una realidad que lo prohíbe» — Eduardo Galeano

Alberto Guerrero

“El 18 de marzo es el Ensenada BeerFest y los boletos ya están a la venta a $350 pesos en preventa (probablemente $400 el día del evento), COSTO que solo incluye un vaso CONMEMORATIVO y 3 degustaciones. El precio exagerado limita la entrada a muchas personas y genera bajas ventas a los cerveceros que ya hicieron una inversión de $250dlls ($5 mil pesos) por stand, ya que los mejores lugares han sido acaparados por cervecerías grandes por lo que poco le beneficia este evento a cervecerías locales pequeñas.

Es por eso que los invito a abarrotar las cervecerías locales. Con lo que cuesta el puro boleto del Beerfest podrían comprarse hasta 7 pintas en el Baja Brews apoyando así directamente a la industria local de Ensenada, y no regalar tu dinero a los organizadores que lejos de promover la cultura de la cerveza artesanal, lo han convertido en un negocio y desplazado a gente que realmente lo aprecia y no solo por “apariencia” o “status.”

El mensaje anterior lo pueden encontrar en un evento de Facebook titulado “Marcha en contra de los eventos Elitistas”, fechado el mismo día (sábado 18 de marzo) que se realizará el próximo Beer Fest. El nombre del evento da justo en el clavo de un tema que, más que tomarse de manera superficial, debería analizarse a profundidad pues detrás de él se esconden varios aspectos de un sector considerable de Ensenada: la cultura elitista. A este tema dedicaremos el presente artículo de opinión.

Empecemos con lo primero. Cuando decimos que es un evento elitista queremos decir que el Beer Fest está pensado desde un inicio para que lo disfruten las clases privilegiadas de la ciudad; es decir, personas que pueden pagar $350 por entrada más los altos costos del consumo de sus bebidas. No es, pues, un evento para los muchos, sino para los pocos.

Hablamos, claro, del asistente promedio, sin incluir a los individuos que por uno u otro motivo (y sin poseer grandes recursos) participarán en el evento por haber ahorrado para ello, por tener la invitación pagada o por ser parte del staff.

Siguiendo esta idea, cabe describir la palabra “élites”. De acuerdo con la real academia española, una élite es una «minoría selecta o rectora«, es decir un grupo minoritario de personas que presume tener un estatus superior al resto de las personas de la sociedad. La existencia de estas élites en plural se relaciona con la creciente «diferenciación de la sociedad”.

En la sociedad hay una variedad de élites —artísticas, académicas, políticas—; Aquí hablaremos en particular de las élites culturales, es decir, el grupo social que ha secuestrado la cultura en Ensenada, encargados de impulsar la tendencia de eventos exclusivos para ciudadanos pudientes y que promueven únicamente el comercio de bienes no accesibles para el público en general. 

Pero bueno, si para la mayoría no hay acceso, ¿para quién sí lo hay? Aquí podríamos pensar en sub-grupos, por ejemplo, los “Mirreyes”, una tribu urbana de la clase alta fácil de reconocer por su atuendo y estilo de vida ostentoso, quienes no pocas veces suelen ser hijos de empresarios o políticos; Inclusive ellos mismos suelen ser ya “hombres exitosos” o funcionarios públicos inmersos en el dichoso arte de robar al erario público y violar la ley con impunidad.

En el Beer Fest también podemos observar, en menor medida, la presencia de los «hipsters«, fieles herederos de las modas norteamericanas y el «fresísmo» cuyo estereotipo dicta que privilegian lo vintage, starbucks, la comida artesanal,  y que, si bien no suelen tener un alto nivel socio-económico, aspiran a ello mientras lo aparentan.  

Así pues, podemos decir que en general el Beer Fest está pensando para que asista un tipo de ciudadano en particular: el de dinero. Entonces, si el objetivo del mismo es promover la cultura de la cerveza artesanal, no veo de qué manera se cumple esa meta si sólo se le permite la entrada a la población acaudalada.

Fuera del evidente clasismo ensenadense que exhiben este tipo de eventos, la ubicación del mismo tampoco se puede ignorar. Se realiza precisamente en un “Centro Cultural”: el Riviera, un espacio público (es decir, de todos) donde un día antes de la borrachera masiva se lleva a cabo una conferencia de literatura. Así es: el acceso a lo público se convierte en un privilegio.

Hay que ir más a fondo en este aspecto. Hace 6 meses, por allá de Septiembre de 2016, un grupo de ciudadanos salió a defender la “Manzana 8” del proyecto de la empresa “Score International”, que pretendía construir —con el aval y favor del gobierno Estatal— un “Museo Off-Road” a un costado del Cearte. La inconformidad de los manifestantes era clara: el museo se pretendía construir en un espacio destinado a infraestructura pública—aulas y auditorio de Cearte—, además de que su ubicación rompería con la vocación cultural de la manzana 8.

Fue durante esta disputa ciudadana que varios temas clave salieron a flote. Uno de ellos fue el debate entre el espacio público y el privado, y otro el desequilibrio entre la atención a la ciudadanía de Ensenada y la glorificación dada al turista extranjero y las élites del puerto.

El fenómeno se puede observar en una multiplicidad de áreas: desde las calles muy bien cuidadas en las “zonas nice” y las zonas turísticas en comparación con las colonias populares, hasta la inversión de capital municipal para financiar proyectos turísticos y económicos de ciertos grupos empresariales que promueven la “cultura del vino”, antes que impulsar la multiplicación de espacios de recreación en colonias marginadas. Pero bueno, qué esperar de un alcalde-empresario dedicado al sector turístico.

Beer Fest, un evento en que el patrimonio cultural de Ensenada se convierte en espacio de borrachera privilegiada

¿Qué hay en el centro del asunto? Una adoración deísta del dinero, una alabanza suprema del ciudadano (gringo o mexicano) que merece todo nuestro respeto y servicialidad porque tiene el billete. Es decir: el “gobierno del pueblo” al servicio de los intereses económicos, ceder los derechos públicos al privilegio privado, darle prioridad al extranjero y el acaudalado antes que al locatario y el necesitado.

Aquí se podrían incluir otros temas respectivos a la fragmentada identidad del ensenadense, que no es de aquí ni es de allá, y por lo tanto, mientras el capital  y los bienes “del otro lado” sigan llegando, no le tendrá aprecio suficiente a su ciudad (ni a su país) para salir en su defensa de su patrimonio.

La añoranza de ser gringo, de apropiarse del estilo de vida norteamericano, es infinitamente superior al del nacionalismo mexicano. Ya ni hablar de cultura cívica. Esto provoca un conformismo en un sector considerable de la población, que es el que deja hacer y deshacer a las élites.

Otro aspecto que vale la pena señalar, hablando de las múltiples contradicciones ensenadenses que el Beer Fest representa, es el referente al de los valores e ideales que movilizan a los asistentes de esta “peda privilegiada”.

Sin lugar a dudas, el sector que asiste a este tipo de eventos seguramente posee una ideología que combina el hedonismo y el nihilismo. Con hedonismo nos referimos a que el ciudadano que acude al Beer Fest lo hace siguiendo el libreto de alcanzar el máximo placer posible en la vida sin alguna otra preocupación: gozar es la aspiración primordial ¿Cómo se alcanza esto? A través del consumo de todo: electrónicos, tecnologías digitales, automóviles, ropa de moda, cerveza, mujeres, comida y vino de la más alta calidad. En fin, bienes que brindan “estatus” y que son de una variedad inmensa. ¿Qué se esconde detrás de esto? La farsa de igualar el placer y la acumulación de bienes con la felicidad, sin olvidar la clara intención de tapar un profundo vacío existencial con vicios. 

El otro aspecto se refiere a la corriente filosófica que pone como máxima el absurdo de la vida, es decir, que no vale la pena nada porque no hay una trascendencia de nada: la vida no tiene sentido. Sin embargo, contrario a lo planteado por los existencialistas al engendrar el supuesto del absurdo, los nihilistas modernos han volcado el vacío que este pensamiento provoca hacia el hedonismo, en vez de aprovechar la libertad del sinsentido para escoger un destino propio que los lleve a una realización plena a través de actos trascendentales y sociales.

Ensenada, ciudad pensada para el turista, no para el ciudadano

En otras palabras, las nuevas generaciones optan por llenarse de alcohol e ignorar sus problemas antes que tener el coraje para enfrentarlos y desafiarse a sí mismos para conseguir sus metas (tanto individuales como sociales).

Y bueno, si a estas dos formas de pensamiento le agregamos una pizca de individualismo y narcisismo, provenientes de la aculturación gabacha y el auge de las redes sociales, tenemos la fórmula perfecta para el asistente promedio del Beer Fest. Claro, cuando se habla de grupos humanos es imposible generalizar de forma absoluta, así que es evidente que habrá excepciones.  Que se pongan las partes del saco a quienes le queden.

En Mexicali se ha librado una feroz batalla desde el 20 de Diciembre del 2016 contra la empresa cervecera Constellation Brands, quien a pesar de todos los señalamientos del sector agrícola y la sociedad civil sobre el impacto que su obra tendría en los acuíferos del municipio cachanilla, no ha desistido de sus planes y, con el apoyo de Gustavo Sánchez y Francisco Vega, pretende imponer a como dé lugar su planta. ¿Complicidad entre grupos económicos y políticos?

Considerando esta coyuntura, hay un cuestionamiento muy importante que no podemos omitir en este análisis. Producir 1 litro de cerveza cuesta entre 3.5 y 4 litros de agua. Puesto que en Ensenada, ciudad adolescente que muta según las modas anuales que llegan del otro lado, ha venido cobrando impulso la producción y consumo de cerveza artesanal, ¿de qué manera se relacionan la escasez de agua en colonias como la Gómez Morín y el auge de las cerveceras locales? ¿Qué dicen los números? ¿Es un impacto considerable en la huella hídrica, o la cantidad de cerveceras artesanales no afecta la escasez? Estas respuestas quedan pendientes, pues carezca de información para una opinión fundamentada, pero una aparente contradicción parece aflorar por ahí.

Aquí nos podemos llevar toda la vida conversando también de cómo las mujeres alcoholizadas en este tipo de eventos son percibidas como un objeto más de consumo, pero por ahora bastará con dejar los argumentos y preguntas aquí presentadas.

Tengo la esperanza de que este artículo no genere una vomitadera de ataques en mi contra; sería una forma muy lamentable de exhibir la calidad humana de aquellos que se sientan ofendidos. Mejor iniciemos una discusión respetuosa y civilizada, que es precisamente lo que le hace falta a esta ciudad: reflexionar y discutir la cultura, proponer nuevos festivales que dén cábida a otras formas de expresión, manifestar enérgicamente la necesidad de más espacios públicos de recreación que no necesariamente impliquen consumo, y si de importar prácticas culturales se trata, voltear a ver otras culturas que no sean de Estados Unidos o Europa. La cultura nos pertenece a todos, no sólo a aquellos que pueden pagarla. 

Volviendo al asunto del Beer Fest, concluyo adjuntando algunos de los comentarios emitidos por varios usuarios en el evento mencionado al principio de este artículo, con el objetivo de que el lector se dé cuenta de que más de uno piden un evento cervecero menos elitista y más abierto al público general. Coincido con la idea de que no se necesita poseer o aparentar estatus ni pagar mucho dinero para disfrutar una buena cerveza; beber en compañía de los amigos será siempre mucho más valioso que participar en una farsa.

“Deberían hacer otro beer fest, con otra organización que se llame beber fest haha. Bueno yo creo que sería otra opción, pues estos eventos solo están dirigidos por gente que sólo quiere el beneficio personal y no el colectivo”.

“Mejor hagan competencia sana. Un evento mejor y más accesible o algún otro tipo de iniciativa”.

“Estoy de acuerdo en que los organizadores se han puesto muy voraces con la cuota de entrada año con año. Por más bien que esté el evento, uno va a consumir dentro y me parece absurdo pagar tanto para todavía tener que consumir. Además, al final uno termina comprando las cervezas de siempre, las favoritas, jejeje”.

“También deberían protestar por los conciertos y eventos que hacen en los viñedos, con costos excesivos”.