LOS PERROS GUARDIANES / ¿Cuánta verdad necesita el hombre?

El filósofo como disfrutador sereno

“Ser dueños de nuestras cuatro virtudes: el valor, la penetración, la simpatía, la soledad” : F. Nietzsche.

Rael Salvador/ A los 4 vientos

De Rüdiger Safranski, escritor y filósofo alemán, conozco algunos libros interesantes.

Rüdiger Safranski

Sé que guardo un grato respeto por la cálida enunciación de sus ensayos y la rigurosa plenitud de sus biografías.

Por la estética musical de su pensamiento y su iluminado discurso literario, la ética que transparenta en sus escritos parecen beber de las raíces orientales, para así montar en dragones de hierro a la filosofía occidental.

Es una manera de decir; una refinada forma de manifestar mi aprecio a través de la alegoría de la provocación.

La edición de su Nietzsche (Biografía de su pensamiento) y su Un maestro de Alemania (Martin Heidegger y su tiempo) no se apartan de mis libros de cabecera, amuletos ante los malos sueños de la humanidad y oráculos a la hora de acercar a la cama la verdad.

Ahora que circula por las librerías de la ciudad ¿Cuánta verdad necesita el hombre? (Tusquets, 2013), resurge mi deseo de sentarme a contemplar las nubes, libro en mano, agitando delicadamente los dedos de los pies en la arena crepuscular.

A Safranski, además de ser un biógrafo seductor, lo hizo célebre la televisión. Por cerca de diez años, junto con Peter Sloterdijk –otro de lo grandes–, realizó para la televisión pública alemana el programa de divulgación: “Cuarteto filosófico”, que afianzó su popularidad con el gran público. Se cuenta que allí Safranski desplegó virtudes de excelente comunicador: el humor, una vasta cultura y su destreza innata para relatar.

Del libro reciente extraigo esta perla del oriental rosario “safranskino”:

«Uno de estos relatos oníricos, proveniente de China, cuenta la historia de un pintor que llegó a viejo después de dedicar toda su vida a un único cuadro. Una vez que lo hubo terminado, invitó a los amigos que aún le quedaban para mostrarles su obra: en ella se veía un parque, y entre los prados un estrecho camino que conducía a una casa situada en un alto. Cuando los amigos, listos para dar su opinión, se giraron hacia el pintor, éste ya no se encontraba junto a ellos. Miraron de nuevo hacia el cuadro: allí estaba él, recorriendo la suave pendiente del camino; abrió la puerta de la casa, se paró un momento, se volvió, sonrió, les dio nuevamente la espalda y cuidadosamente cerró tras de sí la puerta dibujada.

»El pintor entra en el cuadro como si de su verdadero hogar se tratara, lo que supone alejarse de los demás. Para los que han quedado atrás esta desaparición equivale a la muerte, aunque la historia relata más bien una llegada, una vuelta a casa, momento feliz del que no se explica una palabra a los que quedan fuera del cuadro. Como mucho, se podría observar la pintura y decirles: ahí, en el cuadro, encontraréis expresado ese gozo».

Si mi pensamiento fuera un látigo, seguro que le daría con él y, entre mechas de sangre, cariñosamente le diría: “Acérquese a la filosofía, la brutalidad, el orden cotidiano se lo exige”

*Existencialista tardío, Rael Salvador es poeta, escritor y periodista. 

raelart@hotmail.com