El dilema de ser Millennial

El dilema de ser Millennial, el dilema de haber nacido en los albores del nuevo siglo. Nosotros no pedimos nacer aquí, en este contexto, no lo escogimos; las condiciones nos fueron impuestas y heredadas.

Alberto Guerrero / A los 4 Vientos

13 asesinatos en Enero en Ensenada, una tendencia que no paró en Febrero; 800 el año pasado en Tijuana. En Mexicali desalojos violentos contra los manifestantes que exigen que se pare la cervecera y renuncie Kiko Vega.

En el centro del país espionaje gubernamental a los activistas que luchan contra las refresqueras; cada botella de Coca Cola de 600ml contiene 12 cucharadas de azúcar, si lo piensas bien es como darle un cigarrillo a un niño, sólo que en vez de que la adicción a largo plazo le dé cáncer le da diabetes —la escuela de la libertad de consumo sobre la libertad intelectual sigue vigente—.

¿Carls Jr? Quien lo dirige es uno de los aliados de Trump, el presidente norteamericano autoritario que ya ha movilizado tropas militares a la frontera y que nos está utilizado como chivo expiatorio con la complacencia sumisa de nuestro gobierno federal.

No podemos olvidar la Ley de Seguridad Interior, legislación propuesta por PRI y PAN que pretende abrirle las puertas al ejército mexicano para imponer las condiciones para una represión dictatorial-militar en las calles mexicanas: legalizar el uso de la fuerza para reprimir la protesta.

Vivir en la frontera en el 2017 significa una cosa: sufrir las consecuencias de dos tiranías.

En medio de la encrucijada estás tú, actor joven, preparatoriano, universitario, adolescentes o joven adulto, tan lleno de dudas, soberbias, bondades, aspiraciones y sueños. Confundido quizás, optimista-idealista puede ser, consciente-indiferente-nihilista también, incluso deseoso de participar pero sin saber a dónde mirar.

El 2017 marcará para siempre un punto de ruptura para los mexicanos, en particular la coyuntura del hoy impactará a la juventud fronteriza. 

La historia está avanzando, y su rumbo es responsabilidad de todos; una decisión más arrastrada por la actualidad que debemos tomar contra nuestra voluntad. Ante todo tenemos un problema tan grande como los baches de Ensenada: la no-movilización de los más jóvenes.

¿Quiénes se han manifestado hasta el momento? Los padres, los abuelos, los adultos en su mayoría, aquellos que recuerdan los años gloriosos del peso mexicano, las ilusiones de transición democrática que representaba el PAN y en su momento el sueño de llevar a Cuauhtémoc Cárdenas a la presidencia. Son esa generación que todavía tiene un mínimo ideal de cambio, son aquellos en los que sobrevive una cultura cívica y política, y que a lo largo de los últimos 20 años han sufrido como nadie más la crisis económica, política, cultural, de seguridad y derechos humanos en México.

Son los adultos quienes más se han manifestado en los últimos meses, seguramente porque son quienes más han sufrido el incremento del pago de impuestos y la paulatina disminución de su calidad de vida en las últimas décadas.

Por otro lado estamos los denominados «Millennials», sin dirección moral ni ideología política, sin cultura cívica y con valores fracturados. No que ser así sea completamente nuestra “culpa”, sino que el contexto histórico en combinación con nuestas decisiones nos dejó en esta encrucijada.

Una propiedad muy nuestra es que nos cuesta trabajo diferenciar lo correcto de lo incorrecto, un ejemplo de ellos es que muchos vemos sin problemas todo tipo de contenidos morbosos en las redes y en Internet, sin limitarnos con valores como la empatía, la solidaridad, la comunidad, la ética. Lo que sí tenemos es adicción al mundo virtual, al entretenimiento y la interacción digital. Somos una generación con miles de espectadores y apenas decenas de actores.

Hemos nacido en medio de una revolución digital en la que la tecnología ha pasado a ocupar el espacio de confort y control que antes nos brindara la televisión. Y es que es tan reconfortante dejarse llevar por la imagen, por el video, por el meme. No hay que opinar, no hay que discutir, no hay que cuestionar, muchos menos reflexionar nuestra identidad, ni nuestros actos, ni nuestra cultura juvenil: encerrarse en la burbuja es lo más sano, lo mejor para nuestra perforada autoestima.

Sólo dejarse llevar, mirar, mirar, mirar, navegar en la eternidad del océano virtual donde sí tenemos un mínimo de control de nuestro alrededor, de nuestro perfil en el que podemos publicar mil selfies antes de que se desvanezca la belleza, en el que podemos sonreír cada vez que salimos a beber para olvidar, tapar, ocultar, ignorar, no ver que nuestro futuro posiblemente será todavía más miserable que nuestro presente.

Y cómo no hacerlo, siendo víctimas de tanto desastre, siendo la red el último refugio al que podemos decir que todos pertenecemos; aislados, encerrados, pero unidos globalmente. Porque eso también nos cuesta: unirnos localmente bajo algo compartido por la comunidad. No, ahora cada quién tiene su serie personalizada, ahora todos tenemos un arsenal cultural para reafirmar que nuestra individualidad es la única y más especial de todas.

La corrupción de las instituciones políticas y democráticas ha acabado con nuestra voluntad de cambio —que no con nuestras opiniones, que esas sobran y se expresan como nunca antes por Facebook y Twitter—. Nuestro sistema de valores también se ha colapsado por el derrumbe de las ideologías y el avance de las industrias del entretenimiento que trajo la globalización. ¿Los resultados? Nulas ganas de mover un dedo del pie para cambiar las cosas.

Sabemos de la corrupción, sabemos de la impunidad y la violencia: la padecemos todos los días. ¿Qué nos falta para actuar? Replantear qué queremos ser, retomar una discusión política que trascienda hasta lo más profundo de nuestra existencia, recuperar valores dignos, reconstruir la comunidad local, estudiar civismo y comprender que un verdadero Estado de Derecho sólo puede funcionar si los ciudadanos conocen leyes, derechos y obligaciones a la par que exigen que se cumplan responsabilidades políticas.

Una crisis que comienza a agudizarse en la frontera con la llegada de Donald Trump es la de la identidad bajacaliforniana. Consumismos películas y series norteamericanas en el desayuno, comida y cena, nos vestimos con ropa de San Diego, nuestras aspiraciones son tener el sueño americano, midiendo el éxito bajo los estándares elitistas del clasismo estadounidense.

Nadamos en el mar de la cultura de Estados Unidos, al mismo tiempo que caemos en los baches de la ciudad que nos recuerdan que no pertenecemos al primer mundo sino a las miserias del tercero, con todos sus defectos, carencias, pobrezas, contradicciones y violaciones sistemáticas a los derechos humanos.

Entonces así la cosa: queremos estar en el otro lado pero estamos atados al suelo mexicano, y para no lidiar con la responsabilidad ética y política que nos corresponde asumir como ciudadanos de este lado del muro, nos sumergimos (consciente o inconscientemente) en el mundo virtual 12 de las 16 horas que permanecemos despiertos, y así vivimos soñando en esa realidad virtual alternativa que es Facebook, que es Netflix, que es Hollywood, que son los foros virtuales, los videojuegos en línea y el placer que nos da consumir drogas, ropa, moda, sexo, memes.

Ese es el dilema de ser millennial, una paradoja que no sólo se reduce a la población juvenil, sino que se extiende hasta un sector considerable de la población adulta. El vacío dejado por las instituciones en materia de educación política y cívica ahora está cobrando la factura.

Lamentablemente hay otra arista del problema. No sólo nos han legado condiciones culturales y cívicas que complican en gran medida nuestro proceder ciudadano, también nos han traspasado una cadena más grande y pesada: la crisis económica. No hay trabajo, no hay dinero, no hay oportunidades, ni posibilidades, ni alternativas, ni accesos. El gobierno en particular es el responsable de habernos cerrados las puertas, tienen nombre quienes nos han condenado a envejecer trabajando.

Cobra entonces otro sentido la borrachera semanal: disfrutar un espacio de descanso y libertad entre la amistad, alivianar la carga pesada de la rutina diaria con la convivencia en compañía de nuestros iguales, esos que padecen las mismas cadenas que nosotros, esos que sufren las mismas herencias. 

Pero si ya tenemos unidad en torno al dolor, ¿por qué no dar el siguiente paso? La actitud debe ser análoga a la de todo emprendedor: buscar dónde trabajar (actuar), si no hay donde hacerlo crear las plataformas necesarias para posibilitarlo, juntando esfuerzos y trabajando con el apoyo mútuo como estandarte. Si no nos convencen las marchas o los movimientos sociales convencionales, hay que proponer otro tipo de acciones y organizaciones, no quedarnos en el vacío de la desesperanza. 

Al mismo tiempo el internet no tiene por qué ser sólo entretenimiento vacío, pues su creación también ha supuesto el acceso a un mar de información y conocimiento acumulado a través de la historia de la humanidad; y lecciones políticas y civiles abundan en nuestra historia.

Eso sí, hay que pulir la mirada, escoger consumir contenidos que cultiven el espíritu y pongan a reflexionar la mente, ver aquello que nos deje una enseñanza práctica o intelectual, aprender algo útil cada día, aprovechar al máximo la tecnología, a la par de internar el hábito de informarse con responsabilidad y criterio. Y bueno, tampoco está de más recomendar el viejo hábito para conocer nuevas ideas: leer libros, trabajo complicado para quienes hemos crecido en un entorno tan visual.

Tampoco debemos condenar el entretenimiento virtual: si los memes son lo que nos une, hay que utilizarlos como arma contra los que nos oprimen. Exhibir al presidente municipal, denunciar a los regidores corruptos, quemar a los diputados rateros. Una cosa no está peleada con la otra.

El reto puede ser sencillo o complejo, pero de cualquier manera implica un primer paso enorme: salir de la comodidad y conformidad de la resignación y la pereza mental.

Por suerte se puede empezar desde lo más cercano y tangible: organízate con tus amigos, habla con tu familia, coméntale tus inquietudes a tus compañeros de trabajo, reflexiona, anota, crea. Claro que la tarea también representa un gran desafío porque en los últimos años no nos han enseñado a unirnos, sino a separarnos.

Hoy cada quién tiene en sus manos una decisión: tapar el bache con arena cada vez que llueva, o remover desde los cimientos la carpeta asfáltica para reconstruir desde la tierra lo que somos y lo que queremos ser. Y tú, ¿qué tipo de gobierno de ti mismo y de todos quieres tener? Comprométete, responsabilízate, desafiate: nadie va a venir a resolver tus problemas. Pero claro, no tienes porque lidiar con ellos solo; todos estamos en esto.