Clasismo a la mexicana: relato de la normalización del racismo

Un recuerdo que atormenta, y el despertar de un niño al clasismo mexicano, omnipresente y normalizado.

Jorge Hill / Animal Político

Todos tenemos esas noches de insomnio donde nos atormentamos con recuerdos de lo que pudo ser y no fue, con lo que se dejó ir y con el daño que hemos ocasionado a otros de manera voluntaria o involuntaria.

Uno de mis recuerdos se remonta a los 80, habré tenido alrededor de 8 años y en la colonia Del Valle todo era diversión para un niño blanco lleno de privilegios como yo y mis pequeños amigos. En esa época y en esos rumbos era común y cotidiano dejar pasar el elevador hasta la azotea si en él venían “las chachas”, el mito decía que nadie querría que se nos pegara su olor.

Ellas eran tratadas como lo son hasta ahora en todo México, invisibles a todo derecho y casi toda palabra, visibles sólo para la condescendencia o el rechazo. Yo jugaba algún videojuego especialmente difícil en casa de unos vecinos, tal vez MegaMan 1, y estaba en el último nivel. Irene, la trabajadora doméstica, repetía que era hora de que todos nos saliéramos del cuarto porque tenía que arreglarlo. Ante nuestra caprichosa negativa decidió desconectar la consola. La furia de todos los presentes se desató ante ella y recuerdo muy bien mis palabras: Pinche gata, esta no es tu casa.

A pesar de que miles de mexicanas forman parte de este sector laboral, las tabajadoras domésticas en México no gozan de derechos laborales, por el contrario, muchas veces sufren de discriminación y agresión en los hogares que atienden

No recuerdo bien qué sucedió después, pero no hubieron consecuencias para mí, todo quedó entre nosotros. Pero el recuerdo ahí está, duele y es uno de esos que me atormentan en las noches largas o en las culpas diurnas.

Lo he platicado un par de veces, tal vez con las personas menos indicadas, que me aseguran que las cosas así eran y que esto era normal, que yo era muy pequeño. Es esa normalidad, más bien normalización del clasismo, lo que me perturba, aparte de haber dañado a una persona con mis palabras. Otros dirían que era yo un escuincle malcriado y me parece que en parte sí, en otra no lo suficiente como para que ese hecho no hubiera generado la culpa que generó esa noche y desde entonces.

Algo tendrían que haber hecho bien mis padres para que en ese nido de normalización y constante abuso a quienes se veía como indeseables extranjeras de pueblos subdesarrollados, hubiera lugar para la reflexión y el sentimiento de haber hecho algo malo.

Hoy, al ver cómo los blancos seguimos ganando en todo, al ver cómo seguimos tomando los mejores lugares, las mejores escuelas y los mejores trabajos, las vidas más relajadas en comparación, me sigo preguntando si otras personas tendrán esas mismas culpas o si en realidad pueden vivir con el trato que se da diario a indígenas o a trabajadores de puestos de servicio, algo que confundimos los “güeritos” con un tipo de servilismo adecuado y ganado, el disfraz que le ponemos a un racismo muy específico a México.

A veces me parece que este país es una gran colonia Del Valle, que seguimos en los 80 y que todos somos escuincles malcriados insoportables que en verdad creen que hay un tipo de raza inferior que nos debe servir. Consideramos sus tiempos desechables, se pueden comprar a través de la afinación de un capitalismo moderno que pone sus servicios en venta, administrados por otro grupo de privilegiados que se siente muy bien “dándoles trabajo” aprovechando que estas personas no gozarán de los derechos básicos que se deberían ofrecer en cualquier trabajo.

Lejos de desaparecer, la esclavitud colonial sólo cambió sus formas, nunca se suprimió

Es, finalmente, la negociación y el mercadeo abierto del clasismo en México, una esclavitud modernizada que se matiza hacia la beatitud a través de chaquetas mentales de estar ayudando. Se avienta un pedazo de madera desde el barco, pero no se deja subir a él. Vaya salvación.

Ya no hablemos de estas pobres personas, completamente perdidas en su propio culo, quienes responden a esto con un “Pues que le chinguen, que se pongan a trabajar“. No hay ceguera más grande que la que se tapa los propios ojos voluntariamente ante un sistema de opresión y aparte culpa a las víctimas. No hay niño malcriado más grande, más dañino.

Por mi parte sólo puedo escribir: Perdón, Irene, donde estés. Era yo otro pequeño imbécil más de tantos que hoy siguen abusando de un sistema, y aunque pueda negarme a aquellas partes de las que me hecho consciente de ser catalizador, seguramente sigo siendo parte desde otros puntos ciegos. Sigo aprendiendo.

Fuente: Animal Político