LA DIGNA RABIA

Desde los primeros días del año, México ha sido testigo de un aumento sin precedentes en la violencia social causada no solo por el aumento de precio en la gasolina y los incrementos del 14 al 24 % en precios de productos de primera necesidad, sino también por la corrupción generalizada e impune que hemos sufrido como nunca en los últimos diez años, además de nuevos aumentos en las tasas de interés, un dólar al alza -que inició el año cotizado en más de 21 pesos-, el recorte presupuestal aplicado a programas y proyectos de infraestructura, y una expectativa de crecimiento inferior al 2 % anual.

Álvaro de Lachica y Bonilla/ A los 4 Vientos

Añádale los obscenos niveles de inseguridad, con más de 28 mil desapariciones forzadas desde 2007; miles de personas asesinadas en la «guerra contra las drogas» y un tsunami de otras violaciones de derechos humanos. Y por si fuera poco, se suman agravios locales, como en Baja California, en donde hay acusaciones de enriquecimiento ilícito de nuestro gobernador, la aparente privatización del agua y el re-emplacamiento chapucero.

La portada de la revista Reporte Índigo en donde se publica el reportaje de los bienes inmobiliarios del gobernador Vega de Lamadrid (Foto: Internet).

No es sorprendente, por lo tanto, que las protestas se volvieran violentas, hasta el punto en que un ciudadano rabioso, envista con su vehículo a unos gendarmes en las instalaciones de PEMEX en Rosarito, Baja California. Varias estaciones de gasolina fueron atacadas y vandalizadas; tomadas infinidad de casetas de CAPUFE para permitir el tránsito vehicular sin cobro alguno, comercios grandes y chiquitos fueron saqueados en varios estados de la República; han sido detenidas más de 500 personas durante estos enfrentamientos entre manifestantes y la policía mexicana, en 28 de los 32 estados del país.

Pero cómo no nos vamos a sentir agraviados. Los motivos sobran, como lo escribió la politóloga Denise Dresser en su artículo «Totalmente palacio»: mientras la gasolina, el gas y la electricidad aumentan en hasta 20 %, los consejeros del INE exigen celulares hasta de veinte mil pesos. Mientras nuestra capacidad de compra disminuye, las prerrogativas para los partidos políticos aumentan. Mientras el valor del peso cae, los bonos navideños en el Congreso crecen. Un trabajador que gana el salario mínimo solo podrá comprar el 33 % de la canasta básica, pero un magistrado que gana más de 200 mil pesos, recibirá 15 mil pesos en vales de gasolina al mes. Mientras que cualquier clase-mediero tendrá que trabajar más para llenar el tanque de gasolina de su auto, nuestros diputados federales acaban de gastar 6 millones de pesos para adquirir 27 autos nuevos. Y entretanto, Enrique Peña Nieto jugando golf en Sinaloa.

Esta crisis social es sólo la última manifestación de la violencia social y política que envuelve a México durante estos días, es inducida por una élite política que se enriquece sin medida, desde el financiamiento  de los partidos políticos y sus campañas electorales, abusando sistemáticamente del presupuesto, para participar en negocios legales e ilegales.

Los ex gobernadores de los estados de Aguascalientes, Coahuila, Tamaulipas y Veracruz  se  han enfrentado a las investigaciones realizadas mejor por otros países, como es el caso de Javier Duarte o el cínico de Humberto Moreira que están siendo investigados por los informes de valientes periodistas mexicanos, algunos de los cuales han sido amenazados o asesinados por su trabajo.

¿Qué sigue? Sin duda la clase política se ha visto contra la pared de una forma impresionante, su válvula de escape ha sido una que dominan a la perfección: rasgarse las vestiduras usando hasta la saciedad la simplona metáfora de “apretarse el cinturón”, sin mayores consecuencias.

La rabia lleva al ciudadano a celebrar estas acciones desbordadas,  desde el rencor que lo moviliza: quizá la sensación es que al menos se le ha clavado una estaca en el mero corazón del  poder: “que sufran porque lo merecen”. El problema es que todas estas manifestaciones de hartazgo se queden en la superficie y lo que hoy es un tsunami puede diluirse sin haber llegado a tocar problemáticas de fondo ni sacudir con suficiencia las estructuras.

¿Queremos que el poder prometa ahorros, o que deje de atiborrar los aparatos públicos con aviadores y deudas de campaña? ¿Queremos que la gasolina vuelva al precio de hace algunas semanas, o empujar a nuestros gobernantes para que dejen de diseñarse ciudades que generan desigualdad, contaminación, sin dignificar al transporte público?

¿Queremos que los funcionarios ganen menos? La coyuntura que se abre,  demuestra el desgaste de tres décadas de un sistema neoliberal que no solo ha sido incapaz de generar desarrollo, sino que ha agudizado desigualdades, junto a un gobierno desangrado de toda legitimidad. El vacío que dejan todos estos agravios,  tiene que llenarse con atrevimiento, renovación, innovación e ideas con sustancia que comiencen a enderezar al país.

… Vaya año nos espera.

Foto de portada: Internet, pulicada por Twitter/@viquingo2023

ALVARO DE LACHICACOMISIÓN CIUDADANA DE DERECHOS HUMANOS DEL NOROESTE, A.C.

andale94@gmail.com