Enrique Peña Nieto: la renuncia como única opción

Qué otras cosa podemos experimentar que no sea rabia, cuando frente al convulso inicio de año el presidente de la república nos receta mensajes fundamentados en el chantaje y en la falacia de apelación al miedo: palabras más, palabras menos “si no hubiéramos liberalizado el precio de las gasolinas se habrían detenido los programas sociales, se tendría que cerrar hospitales, escuelas y se reduciría el pago a maestros”

Alfredo García Galindo/ A los 4 Vientos

Es decir, con el objetivo de buscar la defensa a ultranza de las consecuencias de la fallida reforma energética, Enrique Peña Nieto y sus asesores tuvieron la inescrupulosa decisión de afirmar como inevitables los recortes en el ámbito del gasto social como si sólo a ello se dedicara todo el presupuesto del país y como si no fuera real la opacidad con la que su gobierno lo ha manipulado durante su administración. No, no le pareció conveniente en su mensaje del jueves 5 utilizar otra retórica para convencernos de los beneficios que nos traerán los incrementos a las gasolinas sino pensó más útil infundir pánico para defender semejante decisión.

A más de tamaña inmoralidad, pareciera que el presidente no ha entendido que su posibilidad de recuperar algo de credibilidad se ha esfumado por completo; que aun cuando existe la posibilidad de que tome una decisión correcta, han sido tan grandes los errores y las consecuencias de sus infaustas decisiones que es perfectamente entendible que ya nadie pueda confiar en ninguna palabra de lo que diga. ¿O es que acaso sí entiende el daño que está causando su presencia pero no puede dejar de representar a otros intereses oscuros que están detrás de él como por ahí se afirma?

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Un clamor generalizado en amplios sectores de la población: la renuncia de Peña Nieto

Al parecer, entonces no hay otro camino para Peña Nieto que la renuncia. Si en verdad tiene el presidente todavía un viso de prudencia democrática, debería proceder con lo que un buen juicio dictamina: actuar en consecuencia de la explosividad que su presencia está provocando; dejar de ser el mayor factor de peso en la desestabilización que él mismo ha generado y asumir que ha perdido toda oportunidad de ejecutar el papel de liderazgo que un mandatario tiene la obligación de desempeñar frente a sus connacionales, pues ha colocado al país en una escalada tal de ingobernabilidad que hasta pareciera que su aferramiento al poder se debe a un capricho demasiado siniestro.     

El presidente Peña Nieto debe entender: su presencia le está costando demasiado al país, tanto que por eso también es increíblemente chocante que tenga los arrestos de afirmar que debemos mantener la serenidad para evitar que se afecte el buen nombre de México ante el mundo, como si no fuera su gobierno justo lo que ha generado el mayor descrédito de nuestro país en los últimos años. Para muestra un botón: efectúa modificaciones a su gabinete como si se tratara de pruebas de ensayo y error, al grado de que llama de nuevo al escenario político a un individuo –Luis Videgaray- casi tan desprestigiado como él y lo coloca en una cartera para la que el propio elegido afirma no estar capacitado.

En efecto, una y otra vez EPN pone en evidencia el deterioro de la clase política en el cual él es el colmo. Siendo así las cosas, a estas alturas la única decisión del presidente que podría parecer digna de reconocimiento sería la de encaminarse hacia la puerta trasera de Los Pinos.

 ALFREDO GARCIA GALINDO 2 Alfredo García Galindo, es economista, historiador y doctor en Estudios Humanísticos. Es catedrático y autor de diversos libros y artículos; ha impartido charlas, ponencias y conferencias, enfocándose en el análisis crítico de la modernidad y del capitalismo a través de una perspectiva transversal entre la filosofía, la economía, la historia y la sociología.