Los perros guardianes: los alfabetos de Guinea

Hablar es existir absolutamente para el otro” — Frantz Fanon.

Rael Salvador* / A los 4 Vientos


         En un país que no da lo ancho ni en lo uno ni en lo otro, hemos aprendido a comer antes que a escribir.

 

         Si en lo primero, el apetito –sólo por momentos contenido– garantiza la violencia renovable del hambre, lo segundo impone sus interrogantes ante el espectáculo oneroso de los satisfechos escritores funcionarios –en su inmoralidad de burócratas al servicio de la estupidez–, todos ellos inflados con la exclusiva levadura del presupuesto.

 

         Podría alegar que la gula posee sus adeptos, pero más por precisión que por mesura me referiré sólo a aquellos que comen bien y escriben los subterfugios que plagan los discursos demagógicos o populistas –porque para tal obscenidad son contratados– y que hacen parecer al presidente de la república un Salvador, mientras se justifica con mayor amabilidad estilística la actual cruzada contra la hambruna mexicana.

         Tal interrogante, como posición teórica, surgió a mediados de los años 60, del pasado siglo, en voz de Jean-Paul Sartre, prologuista de Les damnés de la Terre (Los condenados de la Tierra) del anticolonialista Frantz Fanon: “¿Qué significa la literatura –interpelaba el filósofo– en un mundo que tiene hambre?”, agregando que había visto morir de hambre a unos niños y “frente a un niño que muere, La náusea es algo sin valor”, cuestionando todo fundamento literario que no sume su responsabilidad histórica a una moralidad solidaria, traducida como apoyo a los condenados de la Tierra.

 

         En aquel tiempo, presente extensivo, Claude Simon respondió, con una lucidez embravecida, una interrogante más: “¿Desde cuándo se pesan en la misma balanza los cadáveres y la literatura?”, que dio pie a extender su discurso y agregar otras dudas: “Si un novelista negro renuncia a escribir los libros que lleva dentro para enseñar el alfabeto a los escolares de Guinea, ¿qué leerán éstos más tarde si el único que podía escribirlos en su lengua no lo hizo? ¿Las traducciones de Sartre?”.

         Bueno, a Sartre hay qué leerlo de cualquier manera y en cualquier circunstancia.

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         Para sofocar la fogata química del hambre, no es necesario, como lo exigía Ives Berger, saber qué palabras darán de comer a los niños, “cuántas haría falta, y en qué orden habría que colocarlas”, sino aplicar con coherencia, rectitud y determinación la cortante guillotina salarial (cifrada en un empecinado gasto inútil de millones de pesos) a los funcionarios públicos que no funcionan, entre los que destacan los ya familiares “buenos” nombres de diputados y otros vivales en cooperativa que han hecho de la tesorería nacional la fuente de sus recreos eróticos, francachelas incipientes que, en la inveterada costumbre de comprar los inasibles fantasmas de la infancia, generan el desbalance del hambre nacional y su violenta consecuencia en niños débiles, mujeres desamparadas y cascajos de abuelos, por mencionar a los más desprotegidos, cuando comer significa robar.

 

         Para la triste cátedra del hambre, les recuerdo algunos relatos que guardan un acercamiento indisoluble con la realidad y que nos ofrecen una lección humana. Como sacados de una terrible nata, dura y sin fondo, estos relatos del hambre vienen a mí… Y pongo mi propia hambre, regular y consuetudinariamente satisfecha, al hambre, fogata química del cuerpo, que no tiene o no tuvo ninguna esperanza de ser atendida.

Leí alguna vez –de ahí lo importancia de lo que se escriba– que en África, cuna del hombre y también mortaja, que las madres desesperadas hacen sopa de piedra en los atardeceres: echan literalmente rocas del tamaño de verduras y legumbres a una vieja cazuela con agua y la dejan hervir, eternamente, hasta que lo críos se duermen… y sueñan que comen a sorbetones deliciosos la sopa que cocinó mamá.

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         Nos narra el historiador ruso Vassili Grossman, haciendo referencia a las hambrunas mortales de los infernales Gulag soviéticos:

“En una choza estallaba algo parecido a una guerra. Todos se vigilaban estrechamente (…) La esposa se ponía contra el marido y el marido contra la esposa. La madre odiaba a los hijos. Y en otra choza el amor se mantenía puro y sin mancha hasta el final. Conocí a una mujer que tenía cuatro hijos. Les contaba cuentos de hadas y leyendas para que se olvidaran del hambre. Apenas podía mover la lengua, pero los llevaba en brazos aunque apenas tenía fuerzas para levantar los brazos solos. El amor seguía viviendo dentro de ella. Y todos se daban cuenta de que donde había odio la gente se moría más aprisa. Pero el amor no salvó a nadie. Murieron todos los de la aldea, desde el primero hasta el último. No quedó en ella ningún vestigio de vida”.

         Otros corrieron mejor suerte al comer estiércol de los animales, pues contenían semillas o granos de trigo entero, mientras algunos se devoraban los caballos muertos de “muermo” (secreción colicuada en pus, enfermedad infecciosa para el ser humano).

         Y continúa Grossman: “Y las caras de los niños estaban avejentadas, atormentadas, como si tuvieran setenta años. Y al llegar la primavera ya no tenían cara. Más bien tenían cabeza como de pájaro, con pico, o cabeza de rana –boca grande de labios delgados–, y algunos parecían peces, con la boca abierta”.


Buen día. Provecho.


raelart@hotmail.com

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*Existencialista tardío,
Rael Salvador es poeta, escritor y periodista.