REFICCIONES: «Poema a hachazos»

¿En qué país vivimos? ¿Cuál planeta habitamos, cuáles calles, qué ciudades?

Ignacio Betancourt* / A los 4 Vientos

Hay sucesos que uno supondría superados pero neciamente se niegan a desaparecer. No estamos en el viejo oeste ni en la época de las cavernas, pero la violencia más escandalosa y la impunidad más insultante, son en la actualidad el pan de cada día; en pleno siglo XXI, cuando podría creerse (equivocadamente) que los seres humanos han aprendido a convivir entre ellos y a precaverse de las malas experiencias bélicas y destructivas, resulta que en esa dirección los avances son nulos y predomina todo tipo de actitudes agresivas, de la más diversa índole.

Desde la perspectiva extrema de una guerra atómica, hasta la criminalidad cotidiana y personalizada (tal como acurre actualmente en México), se mantienen en el día a día del mundo en todas las regiones del planeta. Será que imaginar un poco de paz para las mayorías ha sido siempre aspiración fallida puesto que lo predominante (como históricamente puede comprobarse) ha sido siempre la destrucción y el asesinato. La paz entonces vendría resultando un concepto hueco, una aspiración inútil, pese a que por ella se ha luchado y muerto desde hace milenios.

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Me niego a creerlo aunque todo me desmienta.

Considero que incluso hasta nada más como utopía deberíamos rescatar la idea de la paz, algo inalcanzable después de milenios pero siempre posible, tangible, creíble a pesar de lo improbable de su presencia.

Se sabe de la existencia de la oscuridad porque existe la luz, de la existencia de la muerte porque hay vida ¿de la paz porque hay guerra? Muy probablemente así sea, pues la resignación ante lo inevitable de la crueldad es algo que nos deshumaniza, y tan ominosa condición resulta inaceptable desde toda perspectiva. Ateos o creyentes, optimista o pesimistas, prácticamente todos los seres humanos requerimos de una opción trascendente, no importa que tan utópica resulte en algún momento. La paz será siempre una opción necesaria.

No es lo mismo saber que todo lo que nace debe concluir, condición inevitable de lo existente, a entregarnos a la fatalidad de la expoliación de unos pocos sobre multitudes inmensas. Aunque tal situación se presente como una constante en la historia humana, la posibilidad de algo distinto a la depredación es algo que debe mantenerse, porque en esa hasta hoy ilusoria posibilidad, está la energía necesaria para entender ue los diversos cambios son posibles aunque haya épocas donde parezcan tan inalcanzables.

Se preguntará el cotidiano lector ¿y para qué tanto rollo? Pues bien, lo hago como introducción a las infamias ocurridas en el presente más cercano, esas que casi todos los mexicanos conocemos tan de cerca. Pero no escribiré de secuestros ni de desapariciones forzadas, de asaltos o raterías; quiero traer a colación un suceso ocurrido en San Luis Potosí, a veinte kilómetros de la capital del Estado, en un municipio llamado Cerro de San Pedro, un lugar en donde una minera canadiense en contubernio con las autoridades municipales del lugar, y con el gobierno del estado y con la Secretaria de Cultura estatal, permiten y parecieran apoyar las más atroces agresiones a la actividad cultural y creativa, aquella auspiciada y promovida por organizaciones civiles como el Patronato Pro Defensa del Patrimonio Cultural e Histórico de Cerro de San Pedro.

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Habitantes del Cerro de San Pedro protestan por el cierre de la Casa de la Cultura

Ocurre que hace algunos meses la minera San Xavier y las autoridades municipales, de la manera más impune decidieron boicotear el funcionamiento de una Casa de Cultura creada y mantenida por el patronato, y sin mayor explicación, de manera descarada soldaron (sí, con soldadura) las puertas de los lugares donde se impartían talleres y se realizaba actividad artística y cultural, y en el colmo de la prepotencia borraron el letrero que decía “Casa de Cultura”, y lo cambiaron por un ominoso de “Comandancia de Policía”. La vulneración de un centro de actividad intelectual y artística para volverlo una instancia policiaca, resulta un magnífico ejemplo del grado de impunidad que en pleno siglo XXI, en el México moderno que no se cansan de cacaraquear por todos los medios posibles funcionarios gubernamentales de toda laya, ocurren en el patrio suelo.

La idea de que con verborrea mediática o a macanazos y represión es como se resuelven los problemas nacionales, sin que las autoridades responsables modifiquen o supriman ni la menor de los causales de tal estado de cosas por el país es algo muy grave. No se trata solamente de agresiones tan grotescas como las realizadas en San Pedro, a lo largo y ancho de la nación los atropellos se suceden y acumulan destruyendo brutalmente lo poco de tejido social que aún mantiene a flote a México. La única alternativa verosímil para frenar tal situación queda en la capacidad organizativa e impugnadora de la población, esos millones que cada día se acercan más al límite de lo soportable. ¿Podrán manifestarse antes del derrumbe?

Pero lo terrible no concluye con la supresión de la Casa de la Cultura. Hace un mes, de nueva cuenta la minera San Xavier y sus cómplices del municipio de San Pedro volvieron a manifestarse con la desvergüenza de siempre. Un conjunto de esculturas abstractas que un grupo de artistas potosinos y de la Ciudad de México colocaron a un lado de la agredida Casa de Cultura (hoy: inoperante comandancia de policía) fue destruido a marrazos al cobijo de la oscuridad. Frente a la magnitud de tan delincuenciales hechos, ni el gobernador del Estado, ni el Secretario de Cultura, ni el ayuntamiento de San Pedro, han hecho algo para remediar el atentado y castigar a los delincuentes. ¿En cual país vivimos? ¿qué planeta habitamos? ¿Será esta, la mejor manera de coexistir? ¿Qué dice la ciudadanía?  

Del poeta nicaragüense Manolo Cuadra (1907-1957), el inicio y el final de su poema titulado “Poema a hachazos”:

Los déspotas nos atan los pies y las manos/ y traban nuestros dientes con alambre,/ porque los impotentes tienen miedo a la palabra./ Con nosotros barren el suelo de las ciudades./ Pero este será el año de los grandes milagros.// Porque la libertad no está en la letra de imprenta/ ni nace de diez bandidos que discuten en una mesa,/ ni viene libertad de los carneros que mugen en el parlamento/ esa palabra se aferra muy duro a nuestras conciencias.// He aquí que el pobre roe su pan seco,/ he aquí que una  niña no sacia su pequeño deseo,/ he aquí que muere de cólera un obrero,/ un sacerdote, un reportero,/ pero arriba danza ebrio el dinero/ y he ahí la otra cara de la moneda.// (…) Para alcanzar la dicha, siempre nos hace falta una pulgada/ y está la culpa en nuestra medrosa mirada,/ en el barniz que engaña a nuestro tacto,/ en los vergeles donde se embriaga el olfato./ La culpa es de nuestros puercos sentidos,/ desde que nos hizo saber el señor ministro/ que dos más dos son igual a cinco./ Por fin sabemos que dos más dos son cuatro.// Cuando bajen al pueblo estas simples verdades/ el mundo ha de tornarse súbitamente claro/ como un cuchillo lanzado al aire/ en pleno día sobre los duros escenarios.

IGNACIO BETANCOURT ROBLESIgnacio Betancourt Robles. Poeta potosino. Investigador literario en el Colegio de San Luis Potosí. Premio Nacional de Poesía Punto de Partida (UNAM, 1974); Premio Nacional de Cuento (INBA, 1976)