Crónica de un 15 de Septiembre: gritar un día, callar todo el año

Llegamos justo cuando la banda Elefante se despide. Tras unos minutos de contemplar nuestro alrededor, decidimos internamos entre los pasillos de gente para acercarnos lo más posible al escenario, y así poder observar con mayor facilidad el ritual patrio que el día de hoy venimos a presenciar y analizar: el grito de Independencia que dará el presidente municipal, Gilberto Hirata Chico.

Iván Gutiérrez* / A los 4 Vientos

Ensenada, B.C., 15 septiembre 2016.- El escenario que presenciamos está repleto de símbolos nacionales, pero no necesariamente patrios: hay puestos de comida típica mexicana con sillas y mesas de Coca Cola, vendedores de dulces, elotes y churros locos, niños sobre los hombres de sus padres, familias recostadas sobre el pasto y canciones variadas del folklor mexicano: “México lindo y querido, que digan que estoy dormido y que me traigan aquí”. Muy probablemente, es la misma atmósfera que se está viviendo en el resto del país, con sus evidentes diferencias y contrastes.

Tanto el edificio del Gobierno del Estado como el del gobierno municipal están ampliamente decorados con luces tricolores que bailan y parpadean sobre las paredes de sus estructuras. El templete principal también está lleno de luces de colores verde, rojo y blanco, y posee además tres pantallas de gran tamaño —una en cada costado y otra en el centro—, donde se repite una y otra vez la animación del XXI Ayuntamiento de Ensenada. Sobre nosotros un dron sobrevuela en las alturas, grabando la explanada llena de mexicanos que han asistido a dar el dichoso Grito del Día de la Independencia. Pienso en cómo todo lo que vemos ha sido pagado y patrocinado por el dinero de nuestros impuestos para festejar a la patria, a la nación, a un país que arde y se desangra.

Dan inicio las cumbias. Las parejas, los adolescentes, los solteros y las señoras no pierden el tiempo y comienzan a bailar siguiendo los impulsos que les dicta el ritmo de los 17 años de los Ángeles Azules. Por todas partes hay rostros mexicanos alegres que gritan, abrazan, ríen, festejan: ¡la vida es fiesta esta noche!  

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¿Pero qué hay detrás de tanta felicidad? ¿La pasividad, el conformismo, la no lectura más que de la biblia? ¿El voto masoquista priista? ¿Qué se oculta detrás de todo este ritual de escala nacional? ¿No será que exagero y que todos los presentes son ciudadanos ejemplares, mexicanos que están en todo su derecho de sentirse orgullosos de su patria, pues a diario realizan grandes hazañas y trabajan arduamente para sacar adelante a su país, a su ciudad, a su familia y a sí mismos? ¿Qué pensar, pues, de toda esta gente? ¿Tienen derecho a gritar “¡Viva México!”, aunque nunca se hayan manifestado ni actuado en contra de un gobierno ladrón, abusivo y despótico, y en cambio, siendo cómplices con su apatía, con su silencio y ceguera, sigan tirando su tiempo de vida ensimismados en las infinitas series de Netflix, el reemplazo de la televisión que ha parido el Siglo XXI? ¿Serán de los que piensan ingenuamente que todo debe depender «de su propio esfuerzo»?

Entre los múltiples diálogos con el gran amigo que me acompaña el día de hoy asoma el tema de las multitudes: “¿No te da miedo tanta gente reunida? Imagínate que de la nada el evento se saliera de control, que se armara el caos, ¿crees que esta gente sabría controlarse? ¿O se dejarían llevar por el desorden? ¿Cómo no va a ser necesaria la policía para restablecer el orden público? Piensa, por ejemplo, en los saqueos que se arman durante las marchas en algunos estados de la república. Yo pienso que no es que la gente sea mala, pero muchos simplemente no saben dominarse a sí mismos, muchos menos cuando hay tantas personas en un sólo lugar…”. El último comentario de mi amigo me recuerda la problemática de obesidad en el país; si hay algo que no sabe dominar el mexicano, es su apetito.

La banda de guerra, integrada por una división de la marina, inicia los actos protocolarios de la ceremonia del grito. Ante el comienzo de la simulación y el espectáculo discursivo de un país sin problemas, muchos sacan sus celulares y graban el hecho, otros lo apuntan contra su cara y se toman selfies. Resuenan trompetas y tarolas, se hacen honores y se entrega la bandera mexicana a un alcalde que aparenta la firmeza y el temple estereotípico de un macho mexicano.


Se proclaman discursos sobre los héroes patrios, se entona un desganado himno nacional, se grita que viva Hidalgo y Costilla mientras el alcalde es iluminado por una luz celesital, y una campana resuena replicando el acto inaugural del padre de la independencia; suenan aplausos automáticos entre los asistentes. Por fortuna —o por astucia— no se grita un “¡Viva Peña Nieto!”; supongo que la reacción de la semana pasada, en la entrega de las llaves de la ciudad al premio nobel de química Mario Molina, le sirvió de lección y advertencia al XXI ayuntamiento.

Comienzan entonces los esperados fuegos artificiales, que avivan el espectáculo con un “¡Viva México!” tricolor colocado en lo alto del gobierno municipal, chorreante de chispas que llueven sobre la jardinera debajo de ellos. Después inicia la peor pesadilla de todos los perros: uno tras otro los fuegos artificiales truenan e iluminan el cielo con sus múltiples colores y tamaños, van saliendo disparados como metralletas desde el extremo opuesto de los edificios gubernamentales —por lo que le damos la espalda a Hirata y el resto de las autoridades del templete—.


A nuestro alrededor toda la gente contempla el espectáculo brillante, todos tienen fija la mirada en los destellos que duran apenas un segundo antes de desvanecerse en una estela de humo, pero cuyo brillo es reemplazado con tanta rapidez que la atención permanece en el mismo lugar. No puedo evitar hacer una comparación metafórica de este momento con las usuales distracciones de los mexicanos ante los hechos de importancia nacional: mientras todos observamos los fuegos artificiales —que vendrían siendo el partido de futbol, los escándalos de la farándula, el muro infinito de Facebook o cualquier otra cosa en la que podríamos desperdiciar nuestro tiempo cómodamente si no fuera porque el país se está yendo al demonio—, los políticos nos roban a nuestras espaldas, matan periodistas, desaparecen estudiantes, asesinan maestros, secuestran estaciones de radio y venden el petróleo nacional.

La Reforma Energética de Peña Nieto, que ha supuesto la privatización de Pemex, el alza de la gasolina (y el gas), y una consecuente crisis financiera que está hundiendo la economía mexicana, ya ha cobrado también una infinidad de víctimas, entre ellas el precio del dólar, que hoy alcanzó un máximo histórico de 19.55 pesos mexicanos.

El paquete económico presentado hace un par de días por el nuevo Secretario de Hacienda, José Antonio Meade, trae puros malos augurios: un recorte presupuestal de más de 239 mil 700 millones de pesos en los sectores médicos, educativos y de desarrollo social, derivados (entre otros factores) de la falta de recursos públicos que se conseguían gracias a la venta del petróleo mexicano (más del 40% del PIB del país). Las ganancias de Pemex, como todos ya sabemos, poco a poco se han ido trasladando a los bolsillos de empresas privadas y trasnacionales, ¡prosperidad capitalista, allá vamos!

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La Reforma Energética de Peña Nieto ha supuesto la privatización de Pemex, el alza de la gasolina (y el gas), y una consecuente crisis financiera que está hundiendo la economía mexicana

¿Qué podemos esperar ante un panorama tan sombrío, donde con gran ironía somos iluminados efímeramente por los fuegos artificiales? Un recrudecimiento de la violencia, la delincuencia, la pobreza, la desigualdad, más descomposición social, peor calidad de vida, y en sí, puras malas noticias para el país. ¿Por qué no gritar para exigir una verdadera Independencia del mal gobierno? ¿Por qué no gritar para que renuncie Peña Nieto? ¿Por qué no gritar contra las políticas neoliberales promovidas desde EU y la OCDE? O peor aún, ¿por qué gritar sólo un día por nuestro orgullo mexicano, y silenciarlo el resto del año? ¿Por qué pensar en estas cosas? ¿Por qué no disfrutar del placer de no ver? ¿Por qué no contemplar con serenidad, aunque sea por una velada, la belleza hipnótica de los fuegos artificiales? Es la maldición de saber: no poder ignorar el dolor con tanta facilidad.

Terminan los fuegos artificiales, Hirata se despide, y mi amigo y yo decidimos con una mirada que también es hora de partir. Mientras nos retiramos escuchamos que el vocero pregunta: “¿Quiénes van a ir trabajar mañana?”, y contrario a lo que espera el orador, una parte considerable de la multitud responde afirmativamente. Replantea entonces la pregunta: “¡Bueno, mejor levanten la mano quienes NO van a ir a trabajar mañana!”. La reacción en esta ocasión es la esperada: un grito que proclaman en conjunto muchos de los asistentes.

Una lástima por nosotros los otros, quienes mañana sí tendremos que ir a trabajar. Parece que los del primer grupo pertenecemos al sector que sólo puede disfrutar la fiesta de manera fugaz. Pero, ¿no es en realidad así cómo funciona el sistema para todos? ¿Trabajar un promedio de seis días a la semana, para descansar y festejar uno nada más? ¿No ha sido lo mismo el evento patrio? ¿Llenarse de alegría un solo día, para pasar el resto del año batallando con los precios de la canasta básica, viajando en un transporte público en pésimas condiciones, dándose baños vaqueros por la falta de agua, trabajando como esclavo para poder comer, para poder sobrevivir? Definitivamente, algo tiene que cambiar.

Mientras salimos de la multitud, pienso en la otra masa de gente que el día de hoy salió a marchar por la renuncia de Peña Nieto en la Ciudad de México. Cientos de miles de personas manifestándose juntas, codo a codo, brazo con brazo, todos con un solo deseo concentrado en la voluntad que resuena con el eco de sus pasos combinados: construir un México verdaderamente independiente, pacífico y justo, donde los festejos patrios no sirvan para ocultar por detrás a un país que se derrumba, sino para enaltecer y enorgullecerse de las victorias de nuestra historia mexicana reciente.


DANIEL ARELLANO
* Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Baja California. Reportero y articulista de A los 4 Vientos. Interesado en el periodismo de investigación, la literatura, el estudio de las ciencias sociales y el desarrollo político del país.