Oporto Jazz Band: crónica de un concierto fascinante

Entro al recinto justo cuando termina la primera canción y los aplausos comienzan a sonar. Arriba del escenario del Teatro de la Ciudad se encuentran Luis Salazar en el bajo, Pavel Cortez en el piano y Josué Peña Higuera en la batería, tres músicos que juntos conforman la agrupación de jazz ensenadense conocida como Oporto Jazz Band. Además de los miembros originales, esta noche la agrupación es acompañada por Manuel Acuña en el saxofón.

Daniel Arellano Gutiérrez* / A los 4 Vientos

Viernes 09 de Septiembre, 2016 — Fundada en el 2009 y con una trayectoria amplia de participación en múltiples eventos y festividades de la ciudad de Ensenada, Oporto Jazz Band es una agrupación que tiene fama de ser una de las bandas que mejor representan la escena jazzera porteña. Según lo que encontré en Internet, la banda cuenta con un álbum publicado con el nombre de “Standars”, donde interpretan canciones de leyendas del jazz como Duke Ellington, Thelonious Monk, Miles Davis, además de incluir temas originales de la banda. La expectativa que tengo de la banda es, pues, muy grande.

Tomo asiento y la segunda pieza empieza con un piano misterioso, que rápidamente es acompañado por la batería y el bajo. Una vez que los tres músicos hablan el mismo lenguaje del sonido, el saxofón hace su entrada expresando notas desde lo más hondo del alma humana, recibiendo el acompañamiento inmediato de los arreglos sutiles del piano.

La canción se antoja como para una noche lluviosa de cantina, como para acompañar las reflexiones sobre hechos pasados que se alejan al ritmo del humo del cigarro, que en el aire cobra vida y decide bailar siguiendo los cambios repentinos de una canción hecha exclusivamente para despedir los caminos transitados.

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Josué Peña Higuera en la bateríay Luis Salazar en el bajo

Los recuerdos se mezclan con la rapidez con que ocurren los dramas humanos, a una velocidad incapaz de pensarse, apenas de sentirse, en una entrega total de sabor agridulce evocada por la música tragicómica, como el fin de un romance que fue tan bueno que su conclusión no puede ofuscar la larga lista de momentos alegres que el saxofón comienza a enumerar luego de su ausencia en el progreso de la melodía.

¿Será imposible no pensar en una gran ciudad como Buenos Aires, como Nueva York o la Ciudad de México, al escuchar este tipo de canciones que nos hacen vivir experiencias llenas de colores, emociones, memorias y fantasías de películas imaginadas en el centro de la conciencia? Lo que se oye es una mezcla perfecta de instrumentos, de dedos, de manos y bocas que crean sonidos que llegan a resultar desconocidos hasta para ellos mismos.

Siempre me ha fascinado la forma en que los músicos de jazz se entienden entre sí al momento de tocar, esa manera en que los miembros del grupo sólo necesitan verse a los ojos para saber lo que quiere decir el otro. La diferencia de edades no es impedimento para que Luis y Josué se sincronicen con las teclas de Pavel en su discurso musical grupal.

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Pavel Cortez, el joven pianista de Oporto Jazz Band

Luego de una breve presentación de los integrantes y el invitado especial en el saxofón, Oporto Jazz Band reinicia su espectáculo con una canción que se antoja amigable, para después envolvernos en una persecución de laberintos y callejones que se disuelven con el aire, al igual que lo hacen las escaleras de caracol que salen desde el fondo del saxofón, donde corre y corre el hombre, ¿pero de qué huye? Más bien corre en busca de los sentidos que le faltan para entender lo que percibe.

El jazz es mágico por esa capacidad que tiene para crear una pieza musical donde entran en juego la libertad y la métrica de una estructura fija, la improvisación y la permanencia de una misma escala, el acecho de una transgresión de los límites sin perder el lazo que sigue atando al músico con el resto de los integrantes de su grupo.

La batería salta, brinca, grita, redobla y retumba como la marea, estrella la música contra la arena, haciendo añicos las convencionalidades, entrado en terrenos inexplorados para regresar al principio de una persecución ficticia. Termina la tercera canción.

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Manuel Acuña en el saxofón.

— ¡Enamora a la gente! — le dice el bajista al saxofón, quien empieza a tocar una canción lenta y sensual, como de alcoba, como de intimidad y nostalgia en un coctel que se bebe sólo en cualquier parte, acompañado sólo por el recuerdo de esa oportunidad que se fue y que casi se vivió, y con ese casi volviéndose tan doloroso que hace llorar al instrumento de metal, ¡pero cómo se lamenta el pobre mientras trata de convencerse de que las cosas no van tan mal!

La audiencia del recinto —de aproximadamente 50 asistentes— aprecia el espectáculo sumida en una especie de viaje mental impronunciable. Varios se reclinan en sus butacas, como queriendo estar lo más cerca posible de la canción, atrapados por el hechizo de los músicos. Su ser ya no está aquí, funcionan sólo sus oídos que perciben los sonidos que no paran de seducir al corazón de los presentes, que ahora le corresponden a las teclas suaves del piano de Pavel.

El juego de luces del teatro crea la atmósfera ideal para disfrutar de la carga emotiva y profunda de la función. En las sombras las ideas afloran con mayor facilidad.

Termina la cuarta pieza y tras los aplausos la banda de jazz inicia una fiesta sin anunciar, una especie de melodía que introduce ritmos latinos interpretados como si tuvieran el único objetivo de recargar a los presentes con las ganas de vivir, de gozar y de reír. El pianista se extravía por un momento, pero luego de un par de intentos consigue retomar el ritmo de la pista de baile, donde el saxofón nuevamente se luce con sus pasos de aire. Quien siga pensando que un bajista no tiene mucha relevancia o protagonismo en una banda, es porque no ha escuchado la música correcta.

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Luis Salazar, excelente músico y bajista

Las luces en el escenario cambian tratando de imitar la cantidad de dimensiones que salen del cuarteto de jazz. De repente se apagan todas, sólo queda iluminado el baterista, quien da muestras de lo que es capaz de hacer un hombre cuyas venas nacieron tatuadas por el ritmo de la música. La escena me recuerda, a su manera, a la película de Whiplash.

Reaparecen las luces con tonalidades azules, rosadas y moradas, y después de unos segundos en que los demás instrumentos regresan al espacio musical, termina la canción luego de una pausa perfectamente sincronizada.

—No sé cómo estamos de tiempo, pero qué dicen, ¿le seguimos?

El público responde de inmediato con el conceso de atronador “¡Sí!”

— ¡Váyanse al Oxxo por unas chelas! Nah, no es cierto. No sé cómo estamos de tiempo, pero yo creo que esta es la última, así que muchas gracias por estar aquí.

Se acerca un nuevo tema, y decido que si va a ser la última canción, estoy en todo mi derecho de guardarme el deleite para mí. Lo siento por aquellos que se lo perdieron, porque el espectáculo de Oporto Jazz Band es un espectáculo que revuelca y embarra el alma en aquello de lo que estamos hechos: música.

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* Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad DANIEL ARELLANOAutónoma de Baja California. Reportero y articulista de A los 4 Vientos. Interesado en el periodismo de investigación, la literatura, el estudio de las ciencias sociales y el desarrollo político del país.