Nuevo León y el Dr. Brondo Whitt

Cuando era niño, recuerdo en mi casa un libro que me dio mis primeras lecturas. Se trataba de «Nuevo León», escrito por el doctor Encarnación Brondo Whitt, con una dedicatoria de su autor  a la profesora Julia Franco, mi abuela paterna. Repasé una y otra vez las páginas del texto y hasta me aprendí de memoria varios pasajes, aún recordados.

Víctor Orozco/ A los 4 Vientos

Luego disfruté «La División del Norte». Y años más tarde otras de las numerosas obras del médico avecindado desde los albores del siglo XX en Ciudad Guerrero, título que por cierto, en 1903 le pareció pomposo al joven recién llegado, para un pueblo que si acaso podía considerarse una villa.

Una estudiante me ayuda a «escanear», (verbo que como otros de similar origen, al parecer llegó a nuestro idioma para quedarse) mis libros viejos y seleccionados. «Nuevo León», para mi desencanto ya no llegó completo, después de seis décadas en mi compañía. Quien sabe dónde habrá perdido parte de sus páginas: en Chihuahua, México, Cuernavaca, Puebla, El Paso, Juárez. Pero de nuevo me ha deleitado, ahora con una envidiable imagen en la pantalla.

Brondo, creo, nunca supo cual era su vocación última. Se inscribió primero en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, para convertirse en abogado, por consejo de su padre, después de haber concluido la preparatoria en el insigne Colegio Civil, de su natal Monterrey. Ignoro cuanto tiempo permaneció en el Distrito Federal, por los años noventa del siglo XIX, pero fue el suficiente para legarnos preciosas estampas de la vida estudiantil y cotidiana en la capital del México porfiriano. La muerte de su hermano Tiberio, pasante de medicina lo hizo quizá cambiar de opinión y a su regreso a la capital neolonesa se inscribió en la escuela de medicina, anexa al hospital civil, la cual formaba a la última generación de médicos en esa etapa.

Dr. Encarnación Brondo Whitt. (Foto: Archivos Históricos de Chihuahua)
Dr. Encarnación Brondo Whitt. (Foto: Archivos históricos de Chihuahua)

Monterrey le debe al doctor Brondo una gran edición de su libro, deuda que hasta donde tengo conocimiento no ha pagado, pues sólo conozco la primera de Editorial Lumen (1935) y otra reciente de Mario Amaya Brondo, familiar suyo. Digo que le debe porque en pocos lugares más, encontrarán los regiomontanos un abrevadero más fresco y placentero de comidas, personajes, paisajes urbanos o rurales, hablas, tipos,  que poblaron la vida de sus ancestros hace unas trece décadas».

Brondo no es un escritor muy preocupado por el orden de exposición. Deja volar la pluma y plasma aquello que le viene en mente. Los recuerdos se le atropellan en la memoria y cada uno quiere saltar primero, como la plática de un abuelo entusiasmado frente a sus nietos, a quienes les mantiene abierta la boca con sus anécdotas, (así me pasó con el mío, don Isaac Orozco) tomadas de aquí y de allá. Nos entretiene describiendo las ocurrencias de algún personaje estrafalario que recorre las calles cobrando recibos de diversos negocios, u otro, abogado presunto. O, nos lleva de la mano para conocer cómo se conquistaban hombres y mujeres. Uno de los tantos piropos consignados, dirigido a una moza que da de beber a un pajarillo desde su mano: «¡Quien fuera canario para apurar la gloria en el piñón de esa yema y en el cristal de esa gota!».

O el relato minucioso de uno de los pintorescos sermones del cura Narciso censurando los bailes modernos: «Y cuentan que María, la madre de Jesús, tenía la mar de gracia y le sobraban los admiradores. Para poner a ustedes un ejemplo palmario de su hermosura, basta con que les diga que Lola Margain -que no es Margain pero le llaman así por su marido- no hubiera sido digna de atarle los cordones de las sandalias». O el relato de Pedro negando a Cristo: «Que me lleven los diablos si lo conozco».

No obstante que pasarían muchos años antes del arribo de la conciencia sobre los males generales provocados por la destrucción del medio ambiente y la contaminación, Brondo ya expresaba sus lamentos:

«Por el río de Santa Catarina corrió muchos años el agua y era una bendición de Dios el resbalar aquellas linfas pobladas de sardinas. Un espeso matorral embalsamaba las márgenes; y unos bosques de acacias (que decíamos mezquites y huizaches) unía aquel matorral con los callejones, cercados de chumberas que conducían a la ciudad. La civilización trajo el drenaje, éste sorbió el río y yo me quedé triste, vagando por el cauce desierto, lleno de pedregales y hoyancos».

Entre las aficiones variadas de Brondo estaban la caza, la astronomía, la genealogía y la poesía, cultivada en picarescos versos, a la manera quevediana.También, incluye a cada rato coplas y versos en sus páginas.

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“¡Quien fuera canario para apurar la gloria en el piñón de esa yema y en el cristal de esa gota!”

Un ejemplo de algunas cantadas en Monterrey:

«Cantando: -En mi tiempo sólo usaban armas

Los soldados de la federación,

Siéndoles permitido portarlas

Sólo en días de revolución

Recitando: – Pero ahora todos quieren ser soldados,

Todos cargan un gran pistolón;

Cantando: – Y a la hora de los «cocolazos»

Ahí se zurran, señor Don Simón».

La narración de las juergas, las bromas y los diálogos estudiantiles que nos ofrece Brondo, nos hacen ver que este mundo de los jóvenes ha cambiado mucho y al mismo tiempo ha permanecido inmóvil. La tecnología, la globalización han dado lugar a mutaciones reales. Pero, la sustancia permanece. En presencia de algunas cavilaciones del grupo bebedor de cerveza (por esos años, la bebida ganó el primer lugar entre los regiomontanos, gracias a la fábrica recién instalada), puede decirse, jóvenes ingenuos y audaces, como los de siempre:

«Soy epicúreo, soy ecléctico, quiero aplaudir lo bello donde quiera que lo halle. Haciendo a un lado la idea del mas allá, con alitas en la nuca, que me hace mucha gracia, queda en pié todavía el amor al Bien por el Bien mismo»…

Los giros temáticos, las disgresiones poéticas, las inserciones inesperadas, antes que restar atractivo a la lectura de Brondo, la hacen amena y aleccionadora. Se consideraba a sí mismo un escritor provinciano, aficionado, pero esta autoestima era equivocada.

libro nuevo leonEn alguna ocasión, tomando largas tazas de café con el licenciado Saúl González Herrera, quien trató de cerca al autor, me confesaba: «Fíjese Víctor que cuando fui a estudiar a México, conocí a los autores nacionales y hasta me apenaba tener algún libro del doctor Brondo. Pronto comprendí el tamaño de mi ignorancia. Entre más leía literatura mayor era mi aprecio por la de mi paisano». (De origen no era tal, pero Brondo acabó siendo papigochi).

El doctor Brondo escribió «Nuevo León» cuando frisaba el medio siglo y se sentía ya viejo: «¿Cuál es el hombre que trepando la cuesta de la vida y al llegar a la cumbre majestuosa de los cincuenta años, no vuelve con gusto la cara hacia el panorama posterior?. Y el proporcionarse el placer de describirlo un poco ¿No es la primera señal de la chochez?». Creo que ni en su tiempo y menos en el nuestro muchos estarían de acuerdo que al pasar la media centuria se den den señales de la decrepitud, pero no se lo discutamos. Él mismo vivió otros treinta más, durante los cuales escribió varios libros, visitó lugares, sacó fósiles de mamut del río Basúchil que pasa por mi pueblo y atendió a cientos de pacientes.

Imposible dar cuenta en este nota de toda la riqueza de este libro. Agregaré solo que, escrito por puro placer, ayudó a formar y también a gozar de la buena lectura a muchos niños y jóvenes lugareños. Como yo.

VICTOR OROZCO*Víctor Orozco. Historiador. Licenciado en Derecho. Académico y Defensor de los Derechos Universitarios de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ), laureado con la medalla al mérito cultural Hugo Rascón Banda.