La Quincena de la Ciencia: La obesidad ataruga

La obesidad es una enfermedad. Además, las personas con sobrepeso están más expuestas a diabetes, cáncer, enfermedades cardiovasculares, gastrointestinales, respiratorias y, para completar el cuadro, usualmente sufren de depresión y baja autoestima. La lista es larga y va en aumento.

Joaquín Bohigas Bosch/ A los 4 Vientos

De manera natural, nuestras habilidades cognitivas se reducen cuando envejecemos. Pero desde hace tiempo se ha sospechado que la obesidad acelera este proceso, aunque hay opiniones encontradas cuando se trata de sus manifestaciones más extremas, como Alzheimer y demencia senil. Es posible que esto se deba a que los investigadores estudian distintos tipos de tejido, no el cerebro en su totalidad.

Para ayudar a despejar esta incertidumbre, analizaron el impacto de la obesidad en el volumen, área y estructura del cerebro de 527 individuos de 20 a 87 años, con  variados historiales clínicos, costumbres y niveles educativos y económicos. Para ello, usaron imágenes obtenidas mediante resonancia magnética (Ronan et al. Agosto 2016, Neurobiology of aging).

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Encontraron que a partir de 40 años, es claramente menor el volumen de materia blanca de los que padecen de sobrepeso y obesidad.

La materia blanca es el medio por el que se distribuye información entre las distintas regiones del cerebro. En concreto, vieron que la edad cerebral de personas obesas es alrededor de diez años mayor. Por ejemplo, los obesos de 50 años tienen la misma cantidad de materia blanca que los delgados de 60″.

Afortunadamente, no existe esta relación entre la obesidad y la materia gris que forma la corteza cerebral. Esta última juega un papel central en la memoria, la percepción, el lenguaje y la consciencia.

En 2012, 73% de los adultos y 35% de los niños y adolescentes mexicanos, tenían sobrepeso u obesidad (Instituto Mexicano para la Competitividad, IMCO, 2015, Kilos de más, pesos de menos)

Paradójicamente, en un país en el que 90 millones viven con menos de 20 pesos al día (Banco Mundial, 2015), el sobrepeso y la obesidad son el principal factor de riesgo de discapacidad y muerte. Los costos sociales, familiares y personales son enormes».

Más de 4 millones de mexicanos han sido diagnosticados con diabetes mellitus tipo 2 y calculan que cerca de 10 millones padecen esta enfermedad. Según el IMCO, sus costos económicos ascienden a más de 85 mil millones de pesos anuales,  distribuidos entre tratamiento médico, ausentismo laboral (400 millones de horas) y pérdidas de ingreso debidas a amputación y mortalidad prematura. Estas cifras se multiplican varias veces si se incluyen enfermedades cancerígenas, cardiovasculares y gástricas. El deterioro mental ocasionado por la obesidad y el sobrepeso debe tener un impacto igualmente grande, pues afecta negativamente nuestro desempeño educativo, laboral, cultural y político (¿Menos obesidad, menos Trumps, EPNs, Kikos, Duartes..?)

Aunque hay una componente hereditaria, los malos hábitos son el principal motivo por el que estamos inmersos en una epidemia de gordura que podríamos evitar sin hacer mayores sacrificios.

El IMCO calcula que el tratamiento de diabetes puede costar 2 millones de pesos y llevar a la bancarrota económica, física y moral de una familia de ingresos medios. Durante ese mismo periodo, una dieta sana y balanceada cuesta 20 veces menos. Y es gratuito dejar el televisor para hacer ejercicio.

Es urgente, bueno, bonito y barato cambiar nuestros hábitos ¡Dile adiós a la hueva, la coca, las papas, los chicharrones y toda la chatarra adictiva que venden en el súper!

Tiburones casi tan viejos como Matusalén

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El nada halagüeño nombre científico del tiburón de Groenlandia es Somniosus microcephalus. Es decir, dormilón microcefálico. O sea, se le reconoce por tonto e indolente.

Generalmente viven en aguas muy frías, ya sea en las que están a mil o más metros de profundidad o en las más superficiales del Océano Ártico. Viva y muerta, su alimentación es variada: tiburones, arenques, bacalaos, ¡focas, caballos y hasta osos polares! Siendo tan lento y medio ciego, no se explicaban por qué son tan buenos cazadores. Ahora creen que usan el olfato y detectores eléctricos para acercarse sigilosamente a su comida (https://www.youtube.com/watch?v=8EgJWFlm9ss). Parece que no son tan tontos.

Su carne es venenosa, pero en Islandia se los comen desde que llegaron los vikingos. Les quitan las vísceras y la cabeza, les echan piedras encima, dejan que chorree el líquido tóxico y que la carne se pudra durante meses, y luego la secan en el tendedero. Los que han probado el hákarl aseguran que sienten como si Odín se orinara en sus ojos y boca, y un famoso chef dijo que es “lo peor, peor, peor, peor” que haya probado. Esta “delicadencia” es un éxito con los turistas de aventura.

Habrá quien crea que este platillo puede ser la verdadera fuente de la juventud, porque acaban de descubrir que los tiburones de Groenlandia viven ¡más de 392 años!, con lo que se ganan el título de vertebrados más longevos del universo conocido. (Nielsen et al. Agosto 12, 2016, Science).

Los científicos descubrieron otras cosas increíbles. A los más mochos les gustará saber que estos tiburones son un modelo de abstinencia sexual, pues tienen sus primeros embarazos deseados después de que las hembras cumplen 150 años (diez veces quinceañeras). No puedo imaginar qué hacen para no aburrirse durante un siglo y medio.

Sus partos deben ser mucho menos doloroso que el de las Homo sapiens, puesto que los bebés de estas gigantes son poco más pequeños que una criatura humana. Comparando su talla al nacer con la que tienen años después, han calculado que anualmente crecen un centímetro a lo largo de toda su vida. Considerando su inmodesta dieta, parece muy poco. Deben tener un metabolismo sumamente lento.

Se piensa que el lento crecimiento e increíble longevidad de estas criaturas se debe a que las frías aguas del Océano Ártico disminuyen la actividad bioquímica asociada a su metabolismo. Es probable que esta también sea la razón por la que una almeja islandesa murió a los 507 años (Butler et al. Marzo 1, 2013, Paleogeography, Paleoclimatology and Paleoecology)».

Debido a la sobrepesca, empieza a peligrar la supervivencia de este fascinante animal. Parece que hay iniciativas para explotarlos comercialmente. Posiblemente quieren venderle nutritivas barras de hákarl a los que desean vivir para siempre. Es más que probable que van a perder su dinero y sus ilusiones, pues no hay una relación entre la longevidad de los islandeses y su consumo de hákarl,

Si quieres llegar a muy viejo, a lo mejor tienes que pasar días, semanas y meses en las heladas aguas del Ártico y no tener relaciones sexuales durante decenas de años, como estas almejas y escualos. Creo que es mejor mandar al demonio a la eternidad y disfrutar honesta, productiva e intensamente la vida que nos queda.

Supervivencia asistida: ¿peor que la muerte?

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Los avances médicos pueden condenarnos a una agonía prolongada y dolorosa, de la que difícilmente podemos escapar dada la legislación existente y los valores morales y religiosos dominantes.

En pacientes hospitalizados por enfermedades graves, la posibilidad de retrasar el fallecimiento frecuentemente determina el tratamiento a seguir, ya que casi todos deseamos vivir eternamente. Adicionalmente, para ejercer su profesión los médicos deben jurar que “la salud y la vida del enfermo serán las primeras de mis preocupaciones” (Juramento Hipocrático de la Convención de Ginebra), aiga sido como aiga sido».  

Sin embargo, una minoría creciente opina que hay situaciones peores que la muerte y en algunos países es posible tener una muerte asistida (para variar, otro gran negocio de los suizos).

Pero, ¿qué situaciones pueden ser peores que la muerte? Cuando estamos sanos y fuertes, es fácil ser valiente. Pero, ¿cuál es la opinión de los que están realmente cerca de estirar la pata?

Un grupo de científicos le hizo esta pregunta a 180 pacientes graves mayores de 60 años (Rubin et al. Agosto 1, 2016, JAMA Internal Medicine). Más de la mitad dijo que le tenían más miedo a la incontinencia fecal y urinaria, a no poder levantarse de la cama, a perder sus facultades mentales, a ser alimentados con un tubito y a estar conectados a una maquina respiratoria. En suma, prefieren morir que perder las facultades básicas de una vida digna y plena. Es lo que realmente importa.

Como debe ser, los médicos y los hospitales dan por sentado que su deber es preservar la vida. Empiezan a entender que también deben atender los deseos del individuo, que debe tener la posibilidad de optar por una muerte asistida o, para mayor claridad, de rechazar una supervivencia asistida. La vida no es un valor absoluto.

JOAQUIN BOHIGAS BOSCH* Doctor en Ciencias. Físico-astrónomo. Investigador del Instituto de Astronomía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)