El analfabetismo político

La culpa la tienen los profesores, o porque un atropello (y Pokemon Go) es más llamativo que una marcha (y un acto terrorista y un intento de Golpe de Estado).

Daniel Arellano Gutiérrez* / A los Cuatro Vientos

En una esquina, el fenómeno mundial de Pokemon Go y la embestida de una conductora ensenadense contra una marcha de maestros. En otra, un atentado terrorista en Francia, un Golpe de Estado en Turquía y el blindaje fiscal de gobiernos corruptos en México.

¿Qué le resulta más atractivo al público? La respuesta no es nada alentadora, sin embargo, dice mucho sobre el estado en el que nos encontramos como “humanidad”. Vamos, pues, a examinar a detalle cómo y por qué los fenómenos y hechos de la primera esquina son más importantes para la población en general que los segundos.

Las ironías y contradicciones del mundo moderno son inmensas. La sociedad contemporánea sufre una de las peores crisis en la historia de la humanidad. Por todas partes lo podemos observar: hay crisis política, crisis económica, crisis cultural, crisis social, que bien podríamos sintetizarlas todas como provenientes, en su mayoría, de una sola causa: crisis del capitalismo. El neoliberalismo, hijo adolescente de este sistema económico, aunado a los procesos de globalización que han acelerado como nunca antes los intercambios culturales y económicos, han tenido, pues, un efecto devastador en nuestra forma de interactuar, pensar y vivir como sociedad global.

Estamos viviendo tiempos violentos, caóticos, llenos de incertidumbre, y ante este escenario pre-apocalíptico, no podemos simplemente quedarnos de brazos cruzados. Eso, claro, a menos de que nos valga un kilo de mierda la calidad moral y la dignidad humana en general, o tengamos cosas más importantes que hacer, como jugar Pokemón; entonces no habrá ningún problema, nuestra actitud apática está completamente justificada: “Que el mundo se vaya a la mierda, yo me moriré antes de que las cosas empeoren; o, en su defecto, me mudaré a Marte”.

El mundo arde

GOLPE ESTADO TURQUIA
En el intento de golpe de estado en Turquía (Foto: internet).

Quisiera iniciar este texto brindándole al lector una breve narración de algunos hechos acontecidos la semana pasada en el plano internacional, con el objetivo de que comprenda la gravedad de la situación global actual. Empecemos con el más terrorífico, y uno de los más lamentables: los atentados terroristas en Niza, Francia, donde murieron 83 personas, y decenas fueron heridas tras la embestida de un camión pesado contra una multitud que festejaba el Día Nacional en una plaza pública el jueves pasado (14 de Julio). En los videos publicados en las redes sociales y medios internacionales, se pueden observar cuerpos ensangrentados esparcidos a lo largo y ancho de la calle, gente asustada corriendo a diestra y siniestra, hombres y mujeres envueltos en el pánico y el caos. El sábado pasado, ISIS se adjudicó el ataque, sin embargo las averiguaciones internacionales todavía no han terminado.

Para los faltos de memoria, hay que recordar que el pasado 13 de Noviembre del 2015, Francia sufrió otro ataque terrorista por parte del Estado Islámico, donde siete atentados coordinados se llevaron a cabo en París, dejando un saldo de 129 muertos y cientos de heridos. Explosiones, tiroteos, y toma de rehenes fueron los hechos en aquella ocasión.

Cabe recordar también que Europa, y sobretodo Estados Unidos fueron los que crearon el Estado Islámico, primero invadiendo Irak para saquear sus reservas de petróleo (caso expuesto por las declaraciones militares del informe Chilcot, donde se expone, entre otras cosas, que nunca hubo evidencia contundente de la presencia de amas de destrucción masiva en territorio iraní), y después proveyendo armas a los grupos extremistas que terminarían por conformar este bloque terrorista; “if you don’t like the effects, don’t produce the cause”, dice una canción de la banda Funkadelic. Pero bueno, continuemos con los hechos internacionales.

Otro caso que causó estragos la semana pasada fue el intento de Golpe de Estado en Turquía, país que representa una fuerza estratégica muy importante para la OTAN (Estados Unidos, Canadá y Europa). Varios mandos del ejército y sectores del mismo gremio se sublevaron contra el presidente actual, Recep Tayyip Erdogan, dejando un saldo de 200 muertos y más de 6000 detenidos. ¿Las razones? Muchas, entre ellas: la inestabilidad político-social de Turquía tras los inicios de la Guerra en Siria, la postura autoritaria que ha consolidado Erdogan desde su mandato (llegando al grado de censurar las redes sociales), la “tradición” golpista del país turco, entre otras.

El golpe fracasó gracias al apoyo de gran parte de la población turca a Erdogan (si bien el primer ministro no cuenta con todo el respaldo popular, sí tiene el suficiente para que muchos ciudadanos acudieran a defender el país tras su llamado), la incapacidad de los golpistas para mantener un “apagón informativo” (Erdogan, estando de vacaciones en el sur del país, se comunicó con la población turca a través de streaming cuando inició el ataque), el papel activo que jugó el Jefe de Estado, entre muchas otras variables.

Cabe destacar que Erdogan se ha caracterizado por gobernar con puño autoritario en el país: civiles han sido encarcelados por criticar su gobierno, movimientos estudiantiles opositores han sido suprimidos en muchas universidades, y los medios de comunicación tienen prohibido atacar la figura presidencial (siete canales de noticias han cerrado desde que inició su mandato, y ni hablar de columnistas y articulistas censurados). El mandatario también ha cosechado enemistades con múltiples países, entre ellos Rusia, Alemania, e inclusive los Estados Unidos. Si algo queda claro, es que con este intento de golpe Erdogan cuenta ahora con la excusa perfecta para afianzar y reforzar su poder en el estado turco.

Un último caso internacional que quisiera exponerle al lector es el de los asesinatos de policías en Estados Unidos. Durante lo que va del 2016, la tensión entre el sector afroamericano y las “fuerzas del orden” en el país norteamericano se han volatizado. ¿El origen del conflicto? Los múltiples casos de abuso de autoridad (en la mayoría, de consecuencias mortales) contra la población negra en Estados Unidos.

Tras los hechos anteriores, han surgido movimientos sociales como “Black Lives Matters” (Las vidas negras importan), quienes exigen justicia ante la impunidad que gozan muchos oficiales de policía tras asesinar a sangre fría a ciudadanos de raza afroamericana. Sin embargo, no son pocos los ciudadanos que han llevado la indignación a los extremos: tan sólo en los últimos diez días ha habido cinco ataques mortales contra las fuerzas policiacas, desde tiroteos hasta ataques de francotiradores. El orden en el “país de la libertad” parece desmoronarse, mientras el pobre Obama sigue siendo incapaz de aprobar una ley de control de armas.

Entretenerse o morir: el caso de Pokemon Go

POKEMON GO 2
Foto: Internet.

Bueno, ahora que hemos enumerado algunos de los casos políticos internacionales más representativos de la semana pasada, podemos pasar al siguiente punto: el interés por el entretenimiento. Quisiera aclarar desde un inicio que yo no tengo nada en contra del entretenimiento. Bueno, miento, claro que tengo mucho en contra, pero más que nada contra industrias particulares (Televisa o Hollywood, por citar un par de ejemplos), no contra el entretenimiento en sí. Yo también disfruto de los videojuegos, de las películas, incluso de las series de televisión y de uno que otro comic.

Sin embargo, pienso que gran parte de la población ha caído en un hoyo negro muy profundo: el secuestro de su tiempo, su atención, su pasión y su vida por parte del entretenimiento. No son pocos los conocidos que tengo que pasan horas, días, semanas enteras viendo series de Netflix (capítulo tras capítulo tras capítulo), mirando películas infinitas en Internet, videos misceláneos (privilegiando los cómicos) en YouTube, escrolleando la eternidad del muro de Facebook y sus inconmensurables memes. Dedican, pues, la mayor parte de su tiempo de ocio al entrenamiento, a “ver que hay”.

Ante lo anterior, hay que tener claro que tres de las funciones principales de los medios de comunicación masiva son los siguientes: entretener, informar y educar. En el caso de la industria del entretenimiento, uno de sus objetivos claros es brindarle al usuario un “escape momentáneo”, un instante agradable que haga volar su imaginación y sus emociones, y le ayude a dejar de pensar por unos minutos en el mundo real, en sus deudas, en los pendientes laborales, en los problemas sentimentales. Reitero, esto no tiene nada de malo, siempre y cuando el entretenimiento sea moderado. El problema es que la población peca de todo lo contrario: de viciosa, de adicta.

Somos adictos a los productos de la industria del entretenimiento, somos adictos a no ver el mundo real. Por aquí y por allá vemos gente yendo a ver las nuevas películas de Marvel, mirando las series más novedosas de la industria, pasando días enteros jugando un videojuego frente a la computadora, y más recientemente, jugando Pokemon Go. No controlamos, pues, nuestro gusto por el entretenimiento, sino que hacemos todo lo contrario: nos dejamos llevar por el frenesí de lo entretenido, nos consume el tsunami de series, animaciones, películas, caricaturas y demás contenidos interminables que no paran de producir nuestros vecinos del norte.

El caso de Pokemon Go es muy simbólico, porque me parece que este videojuego móvil representa de forma concreta lo extendida que está nuestra adicción al entretenimiento, nuestra preferencia por ese espacio-temporal alejado de la realidad. Como seguramente ya habrá observado el lector en las redes sociales, Pokemon Go es una aplicación que utiliza la tecnología de vanguardia (como la “realidad aumentada” y la gelocalización) para proporcionarle al usuario una experiencia nueva: atrapar criaturas en los escenarios por los que transita en su vida diaria, ofreciendo la posibilidad de recorrer “el mundo entero” en búsqueda de los diferentes “monstruos de bolsillo”; en sí, el sueño de todo “maestro Pokemón” que nos vendieran desde la infancia con la caricatura japonesa. En tan sólo una semana el videojuego consiguió millones de usuarios por todo el mundo, generando a su vez los hechos controvertidos, polémicos, y hasta cómicos que no pueden faltar en este tipo de fenómenos masivos (por ejemplo, el que un par de “entrenadores” cayeran por un acantilado en su persecución de Pokemons).

Fuera de las implicaciones de violación de la privacidad que conlleva el uso de esta aplicación (tener acceso a la información personal del usuario y mapear su rutina cotidiana), la tesis que busco sostener aquí es una: Pokemon Go es el ejemplo perfecto de como la sociedad global ha volcado toda (o casi toda) su atención hacia el entretenimiento, hacia la no-realidad, hacia los infinitos mundos de fantasía de la industria, descuidando con esto sus responsabilidades políticas y sociales. Lo que digo, por supuesto, no es nada nuevo. La sociedad lleva décadas utilizando los productos del entretenimiento para escudarse de la realidad.

Pero bueno, vayamos al grano. Con todo lo anterior únicamente quiero señalar que nuestra adicción al entretenimiento nos impide ver y actuar ante la realidad socio-político del mundo contemporáneo, realidad que, como ya hemos visto, no se ve nada acogedora. Por todo el mundo hay guerra, sangre, desigualdad, miseria, y las crisis se extienden hasta los lugares más “seguros”. ¿Tenemos que esperar a que lleguen a la puerta de nuestra casa para actuar?

La generación digital, a la que pertenecemos todos aquellos que hemos nacido en un contexto lleno de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC), estamos atravesando un periodo histórico sin precedentes, donde el “qué hacer” parece difuso. Un primero paso en la construcción de una mejor ciudadanía más comprometida con su realidad político-social directa, es darnos a la tarea de encontrar un balance entre nuestro consumo de entretenimiento y, digamos, nuestras dosis de mundo real. Como ya vimos, uno de los problemas actuales —en cuanto a construcción democrática y participación política se refiere— es el gran desequilibrio que hay entre estas dos “realidades”. Pasamos infinitamente más tiempo, como colectividad, en actividades de entretenimiento que en actividades cívicas, en Facebook que ayudando al prójimo.

Otra observación es que, mientras por un lado volcamos toda nuestra atención hacia el mundo del entretenimiento, ocurre un fenómeno opuesto con la política: el desinterés, la indiferencia, y en algunos casos, la sensación de impotencia, corren por todas nuestras venas y articulaciones. No nos esforzamos en absoluto por interferir en el desarrollo político a nuestro alrededor. Lo anterior es, ante todo, evidente cuando hablamos de los ciudadanos ensenadenses (el abstencionismo de las elecciones pasadas es la prueba más vigente de ello), porque en otras partes del país las cosas son muy distintas debido a, entre otros factores, la inevitable cercanía del conflicto (para más información consultar http://www.4vientos.net/?p=44063). Lo más irónico es que únicamente volquemos nuestra atención hacia la política cuando aparecen casos polémicos o amarillistas. Ahondaremos más sobre esto en el siguiente subtítulo.

El país donde los profesores tienen la culpa de todo

REFORMA EDUCATIVA NO CAMBIO
Foto: Tele Sur TV

En México los problemas y las contradicciones derivadas de los sistemas y procesos económico-políticos actuales abundan, y la semana pasada (como lleva años ocurriendo) estuvo plagada de mil y un casos representativos. La violencia en el territorio mexicano parece ser el ejemplo eterno: tan sólo la semana antepasada fueron asesinadas 14 personas en Tamaulipas, mientras que la semana pasada murieron otras 8 en Guerrero. Cabría recordar además que esta semana se cumple un mes de los 11 asesinados en Nochixtlán, Oaxaca, a manos de la policía federal el pasado día del padre (19 de Julio).

Uno de los casos políticos de mayor ruido en las últimas semanas ha sido el de la reforma educativa, y si el lector se ha mantenido bien informado, comprenderá que se ha tratado desde el inicio de un proceso de privatización de la educación. Si no lo ha hecho, lo invito a consultar el siguiente enlace (http://www.4vientos.net/?p=44527).

En este tema sobrarán los mexicanos que seguramente perciban a los maestros como si fueran unos “vándalos, flojos y holgazanes”, gente que vive del gobierno sin hacer nada (un momento, ¿hablamos de maestros, o de políticos?). Este es, pues, unos de los casos más representativos del mexicano mediocre (discúlpenme, pero esto lo escribo con algo de rabia acumulada). ¿Por qué mediocre? Porque ese mexicano seguramente estará tan enajenado (¿o entretenido?), y desconocerá a tal grado los alcances injustos de su propia explotación laboral (o será consciente de ella pero se negará a buscar un cambio), que antes que organizarse con los suyos para exigir un incremento salarial, la extensión de su periodo vacacional, o, en pocas palabras, luchar por sus derechos laborales, criticará a quienes ya lo hacen, acusándolos de todos los adjetivos al inicio de este párrafo. Esa es la actitud mediocre: no querer subir, sino que el otro baje al lugar donde a nosotros nos bajaron.

Es abrumador que México esté lleno de personas dispuestas a exigir “todo el peso de la ley” contra los maestros que luchan por sus derechos (y por el derecho a la educación gratuita de todos los mexicanos), mientras, por otro lado, esa misma gente sea la que pone una y otra vez a los mismos gobernantes en el poder, ya sea por apatía y nula participación en la política, por ignorancia, o por necesidad (danos hoy el pan nuestro de cada día).

Ahí tenemos a los gobernadores de Veracruz y Quintana Roo (Javier Duarte y Roberto Borge), que intentan por todos los medios blindarse fiscalmente tras haber robado millones al erario público. El caso de Duarte en Veracruz es un tema en el que vale la pena detenerse un momento. Bastará con decirle al lector que la semana pasada, el congreso veracruzano aprobó a mil empleados del gobierno de Javier Duarte como personal “de base”, incluidos puestos de vigilancia, auditoria, y rendición de cuentas. El objetivo es claro: Duarte está poniendo todas las condiciones administrativo-fiscales para que sea imposible llevar a cabo una investigación fiable y de fondo sobre los desvíos de fondos que ocurrieron durante toda su administración (para lo que el gobernador creó múltiples empresas fantasma). Pero los maestros son los responsables, ¿no? ¿Qué no ven todo lo que cobran?

También tenemos al ex gobernador de Coahuila, Humberto Moreira, quien fuera detenido en España a inicios del presente año por lavado de dinero, y liberado después de que el gobierno mexicano intercediera por él. Bueno, ahora este personaje está demandando por 10 millones de pesos al periodista y articulista Sergio Aguayo, por “atentar contra su moral y sus sentimientos”. Si el lector busca cinismo en el diccionario, no aparecerá la cara de Humberto Moreira, porque seguramente ya la habrán censurado tras demandar a Larousse. Los verdaderos motivos de la demanda son otros: Moreira quiere intimidar a Aguayo para evitar que continúe con una investigación que implica al ex gobernador en la masacre de Allende, Coahuila (2011), en la que los Zetas desaparecieron a al menos 300 personas.

El país, pues, está patas arriba. Sin embargo, vemos que a la población nacional le importa más que los maestros no estorben el tráfico, que seguir perdiendo la mitad de su salario en impuestos que se convierten en el botín de los políticos. Malcom X profetizó bien: los medios de comunicación (y yo le agregaría el desinterés social) han hecho que la población ame al opresor, y odie al oprimido. Las causas son múltiples, pero creo que podemos sintetizarla en una causa esencial: la pobre conciencia política de los mexicanos, lo que también podría entenderse como un “analfabetismo político”. Y, por supuesto, el entretenimiento ha jugado su papel en todo esto.

Si le pusiéramos un examen a todos los mexicanos (como el exigido para los maestros, ¿ojo por ojo, no?), donde se pusieran a prueba sus conocimientos cívicos, históricos, políticos y económicos de la nación, tengo la certeza de que la mayoría lo reprobaría. ¿Por qué? Porque un rasgo de la posmodernidad (parida por la globalización, el fin de la Guerra Fría, las políticas neoliberales y la corrupción gubernamental) es el desinterés y el desencanto político: “a mí no me importa, porque no puedo hacer nada, y siendo sincero, ni siquiera me interesa intentarlo, tengo mejores cosas que hacer”.

Lo hemos repetido hasta el cansancio: el pueblo tiene que despertar, tiene que informarse, y tiene que hacer lo que el sistema educativo nacional no hizo: despertar su conciencia política y empezar a organizarse. Es indispensable que nos demos a la tarea de cultivar nuestra mente en materias que inciden, queramos o no, en nuestra vida diaria, materias como economía, política, cultura, ¡arte! Tenemos que comprender, aunque sea mínimamente, los procesos que involucran estas disciplinas, pues son éstas, aterrizadas en el terreno empresarial y gubernamental, las que finalmente determinan nuestras vías de acción social. ¿Cómo vamos a exigir derechos laborales, sino comprendemos cómo opera el sistema capitalista, y su cara más vigente, el neoliberalismo? ¿Cómo podemos condenar tan cínicamente las luchas sociales que están peleando por nosotros, mientras al mismo tiempo seguimos regalándoles nuestro dinero a los políticos que tienen sumido al país en la miseria? México, Ensenada, el mundo entero tiene que despertar.

¿Por qué los demás sectores no se unen al paro nacional? ¿Es que no tienen cuentas pendientes con el gobierno? ¿Por qué no organizarse? ¿Por qué no exigir una mejor calidad de vida? ¿Por qué no cambiar las cosas? ¿Es que nunca han sufrido de la corrupción, la impunidad, la demagogia? ¿O es, más bien, que nosotros mismos nos hemos visto envueltos en este tipo de actos, y no tenemos los escrúpulos morales para exigir honradamente? Ahí radica la importancia de la organización juvenil, pues son las nuevas generaciones quienes van relevando a las viejas, y quienes tienen mayores oportunidades de cambiar las cosas. Es la sangre joven la que todavía no se ha visto obligada a vender su dignidad y su alma por un trozo de pan.

Atropellar marchistas: ¿un acto aplaudido?

INCIDENTE MARCHA MAESTROS EDA 1
Foto: Archivo.

Por último, quisiera utilizar un ejemplo acontecido el sábado pasado para tocar la relación del analfabetismo con el cinismo y el amarillismo. Como algunos sabrán, el viernes pasado varios maestros, padres de familia y ciudadanos de Ensenada realizaron una marcha en contra de la Reforma Educativa por varias avenidas de la ciudad. Cuando los marchantes atravesaban la intersección de la calle Ruiz y segunda, una señora a bordo de una camioneta aceleró (a velocidad moderada) contra el contingente, llevándose en el acto a uno de los marchistas que se subió sobre la cajuela de su vehículo.

Cuando la noticia llegó al espacio virtual, no fueron pocos los que manifestaron un apoyo a la señora de la camioneta. “Bien hecho”, “Se lo merecen por revoltoso”, “Para que dejen de estorbar”. ¿Qué nos dice esto? ¿Que los porteños aprueban la violencia contra los maestros? ¿Significa eso que muchos ciudadanos ensenadenses están a favor de Donald Trump? Eso pensaría, si utilizara el mismo razonamiento que la población analfabeto-política utiliza al momento de formar su opinión sobre los acontecimientos sociales. Ya lo dije en alguna ocasión, ahora es justo repetirlo: los juicios son pobres, y las relaciones que se establecen entre causa y efecto son mediocres cuando no se tiene un marco crítico e informativo amplio para analizar los hechos. Es altamente probable que quienes critican las marchas nunca hayan participado en una. Esto, fuera de representar la poca voluntad política de la sociedad mexicana, habla de las consecuencias de no comprender la complejidad de los hechos sociales.

Entre opinar por hablar, y opinar con saber, hay una brecha enorme, tanto de intencionalidad como de contenido. El problema es que todos tienen opinión, pero no todos la forman con sabiduría. ¿Deberían de dejar de opinar los que no saben? Jamás. Al contrario, lo necesario que es que la población cambie sus hábitos informativos. Cuando uno mira la cobertura que la televisión nacional (Televisa) hace de las marchas o el movimiento magisterial en general, hasta a mí me dan ganas de que los quiten a golpes. “Pinches flojos”, pienso después de verlos bloqueando las avenidas.

En los medios de comunicación masivos, los mensajes por lo general son tergiversados para beneficiar intereses privados (eso es algo que tiene que convertirse en parte del conocimiento popular de ya). No por nada muchos no nos cansamos de repetir mil veces que “Televisa te idiotiza”. Si pensamos que hay 53 millones de pobres en el país, de los cuales 32 carecen de una educación básica completa, es fácil visualizar que urge una campaña de desinformación masiva, urge crear una cadena de información que fluya primero en nuestras relaciones más cercanas, y se convierte después en una red que reproduzca un pensamiento libre de manipulación mediática.

Si tenemos a casi la mitad de la población nacional mirando la televisión, leyendo menos de .1 libros al año, ¿qué podemos esperar del criterio de los mexicanos? Seguramente casos como el de la Lady Atropellos, quien recibió mucha más atención que todo lo expresado y gritado por los marchantes el pasado viernes 15 de Julio.

Una verdadera reforma educativa, que cambie este panorama de rezago educativo es lo que necesitamos. Necesitamos unirnos frente a la explotación, frente a un sistema que genera pobreza, hambre e ignorancia como parte de sus estrategias de expansión mercantil. Y eso, querido lectores, sólo podremos alcanzarlo juntos y organizados. Los tiempos que como nación y humanidad estamos viviendo son de un carácter más que preocupante. Es tiempo de actuar, no tenemos por qué esperar a que nuestra calidad de vida disminuya más, no tenemos que esperar a que el peso mexicano se devalúe más, no tenemos que esperar a que nuestro trabajo sea menospreciado.

Apéndice: Uber aquí y allá

UBER B Y N

Lo que pasó con Uber la última semana es un caso en extremo interesante, que me gustaría retomar brevemente para empezar a pensar con el lector cómo funciona la política económica actual (libre mercado). Por un lado, tenemos el caso de Ensenada, donde el gobierno municipal ha decidido implementar medidas que impidan la prestación del servicio de transportes Uber. Por otro lado, tenemos a los choferes de Uber en la Ciudad de México, quienes el pasado viernes 15 de Julio se fueron a huelga durante 4 horas, por los excesos en la comisión y la incorporación de más autos al servicio que ha realizado la empresa recientemente. ¿Qué pasa si los choferes del DF no aceptan las nuevas condiciones laborales de Uber? Los dan de baja de la plataforma, los despiden pues.

Entonces, tenemos un par de ejemplos perfectos para pensar la intervención del Estado en el mercado. Mientras que lo ocurrido en la capital del país es un ejemplo perfecto de lo que pasa cuando no te representa nadie (como un sindicato), y la intervención y regulación del estado es nula (quedando el trabajador sólo contra los posibles abusos de una corporación), en Ensenada el Estado ha llevado a cabo acciones completamente opuestas: busca prohibir y desmantelar el servicio, por los intereses económicos que hay detrás de los transportistas que ahora ven amenazados sus ingresos privados.

¿A quién apoyar? Creo que, evidentemente, la intervención del Estado es necesaria. Sin embargo, no como lo está implementando el ayuntamiento ensenadense, actuando bajo los intereses económicos de otro sector transportista. En un libre mercado real, el juego debería depender de las preferencias de los usuarios, de su “libre decisión”, a la vez que el Estado debería garantizar que la empresa no abuse de sus trabajadores. Pero en México, eso suena más a una fantasía más del entretenimiento, que a una realidad posible. ¿Quién se va a parar a defender algo, en la ciudad donde la indiferencia política es norma? Uber tendrá en esta ocasión una pequeña probadita de las consecuencias del individualismo promovido por la sociedad de consumo: nadie está dispuesto a defender nada que no le afecte directa y personalmente. El compromiso no es, pues, más que con uno mismo. Sigamos así.

DANIEL ARELLANO* Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Baja California, Campus Valle Dorado. Reportero de A los 4 Vientos. Interesado en el periodismo de investigación, la literatura, el estudio de las ciencias sociales y el desarrollo político del país.