¿Deben existir los zoológicos?

La súbita muerte del gorila Bantú el jueves 7 de julio, que se suma a la del chimpancé Lio ocurrida hace tres meses y a la del orangután Jambi el año pasado —todas en el zoológico de Chapultepec—, viene a reiterar que los habitantes de la Ciudad de México tenemos infinidad de problemas, pero que existe uno que se impone prepotentemente: la incompetencia de nuestros gobernantes.

Isidro H. Cisneros/ agitadoresdeideas.com/ A los Cuatro Vientos

Esta incapacidad afecta nuestra calidad de vida e incide negativamente en la construcción de una cultura civil y democrática, respecto a nuestra presencia en el espacio público que por definición es de todos.

La ineficacia se manifiesta en distintos ámbitos, desde la contaminación ambiental y el caos en la movilidad urbana hasta la creciente inseguridad, desde el deterioro de los servicios públicos hasta la impunidad de los constructores inmobiliarios, quienes bajo la mirada complaciente de las autoridades destruyen el hábitat para imponer grotescas edificaciones, sin importar las condiciones de sustentabilidad que prevengan la aparición de nuevos y más graves problemas en el futuro.

La incapacidad o simple indolencia gubernamental se asoma frecuentemente ante el más simple de los problemas. Cuando especies en peligro de extinción mueren por ignorancia o torpeza, una parte de la vida en el planeta se acaba, lo que plantea distintos dilemas éticos a nuestra incipiente democratización.

En primer lugar, el tema de los derechos de los animales. Al igual que los humanos, tienen vida, sentimientos y sensibilidad, como demuestran la biología, la neurofisiología y la etología.

Ellos experimentan sufrimiento, placer y afectos, tienen conciencia, capacidad para comunicar y resolver problemas, creatividad y acumulación cultural, características que no son exclusivas de los humanos.

Los animales son portadores del interés por vivir de acuerdo con las características de su especie, así como de reproducirse y no sufrir injustificadamente. Proyectan motivaciones suficientes para fundamentar una legítima pretensión para el reconocimiento de sus derechos.

Abierto, destazado y decapitado, ese fue el destino del cadáver de Bantú, el gorila del Zoológico de Chapultepec que falleció la semana pasada (Internet).
Abierto, destazado y decapitado, ese fue el destino del cadáver de Bantú, el gorila del Zoológico de Chapultepec que falleció la semana pasada (Internet).

En segundo lugar, la pertinencia de las áreas de reclusión conocidas como zoológicos. Existen correlaciones demostradas científicamente entre especismo y racismo, es decir, entre el trato dado a los animales y a la gente portadora de diferencias.

En su obra La Temida Comparación: la Esclavitud Humana y Animal, la filósofa Marjorie Spiegel realiza un estudio sobre el trato a los animales por los humanos y el trato a las “razas inferiores” por parte de los blancos, concluyendo que ambos están construidos sobre una relación básica entre opresor y oprimido.

Históricamente, el trato a los no-blancos por parte de los blancos, ha sido espantosamente similar al de los no-humanos por parte de los humanos.

La teoría y la práctica de la liberación animal inician a ser tomadas en cuenta. Muchos reconocen su legitimidad, no sólo como causa válida, sino como un aspecto indispensable de la vida democrática.

Los zoológicos son cárceles para los animales, innecesarios y sin valor educativo. No son refugios donde estar a salvo ni hogares, porque es imposible crear algo similar a su hábitat natural.

Jamás la vida en cautiverio podrá compararse con la vida en libertad. Los zoológicos son la única cárcel en donde todos los prisioneros son inocentes.

ISIDRO H CISNEROS*Isidro H. Cisneros. Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Florencia, Italia. Ex Presidente del Instituto Electoral del Distrito Federal  (isidroh.cisneros@gmail.com    Twitter: @isidrohcisneros) agitadoresdeideas.blogspot.mx