Movimientos sociales y clasismo

En la víspera del ingreso de las tropas zapatistas a la Ciudad de México en 1914, los sectores acomodados y conservadores estaban aterrados.

Alfredo García Galindo* / A los Cuatro Vientos

Los periódicos de la capital se habían dado a la tarea de excitar la de por sí activa inclinación de la alta burguesía capitalina a sentir desprecio por el pueblo llano, expresando como reales las más extravagantes mentiras sobre el ejército de “El Atila del Sur”: que violaban a todas las mujeres, que fusilaban a todos los hombres, que hacían sacrificios a sus dioses y que su líder comía carne humana.

Muchas de las familias más adineradas escaparon de la ciudad y las que quedaron se parapetaron en sus residencias con todas las armas disponibles para hacer frente a la invasión de la turba morelense…

La realidad fue distinta: las tropas del llamado “hombre-bestia”, del asesino, del cobarde, del criminal y “vuela trenes”, entraron por el sur de la ciudad en completo orden y fueron recibidos con júbilo por buena parte de la gente sencilla. Si algunos de esos campesinos-guerrilleros ingresaron a las casas de los moradores no adinerados fue por invitación para compartir los alimentos en la mesa; otros simplemente tocaban a la puerta -con el sombrero entre las manos en señal de respeto-, para preguntar si acaso habría algún pan que quisieran regalarles.

Sin embargo, pese a semejante muestra de humildad y respeto de los zapatistas (e incluso de los rudos villistas, que también habían tomado la ciudad), la prensa continuaría denostando en todo lo posible a Zapata y los suyos, segura de que hallaría siempre lectores capitalinos ávidos de satisfacer su imaginario de que los pobres, más aún, los indígenas, eran sinónimo de barbarie, salvajismo, estupidez y criminalidad.

Este episodio nos remite al clasismo como un fenómeno con reiteradas manifestaciones en la historia de nuestro país. El vocablo se refiere a la discriminación que una clase social ejecuta contra otras a las cuales percibe como inferiores. El clasismo no necesariamente se produce en forma abierta, directa o violenta; también ocurre de manera soterrada o hasta disfrazada con eufemismos como cuando se dice: “no es justo que la izquierda siempre se aproveche de la ignorancia natural de los pobres; hay que instruirlos para que sepan razonar.”

Neo zapatistas encabezan un importante movimiento social en el sur de México (Foto: Internet):
Neo zapatistas encabezan un importante movimiento social en el sur de México (Foto: Internet):

En fin, y por comparación con lo que hoy ocurre, ¿qué tenemos? De aquellos tiempos para acá, y con una cada vez más abierta disponibilidad de fuentes de información, podemos constatar que la movilización social continúa siendo aderezada por muchas personas con epítetos agraviantes -por ejemplo, en las redes sociales y en la charla cotidiana-, dando evidencia del menosprecio hacia las clases populares como parte de una enraizada cultura de amplios grupos poblacionales. Así, las publicaciones que recurren al lenguaje provocador y ofensivo tienen como pauta cubrir a los movimientos populares con los siguientes rótulos: radicales, terroristas, delincuentes, holgazanes, abusivos, y hasta nacos, feos y corrientes.

En un país que se supone que prohíbe la discriminación declarada, el desconocimiento de una realidad compleja se pretende zanjar por la vía de la ignominia más impresentable haciendo al mismo tiempo evidente que el clasismo –a menudo de la mano del racismo-, es hoy una realidad casi tan descarnada como la de cien o trescientos años atrás.

La posibilidad de concluir por medio de la prudencia analítica que, en efecto, muchos de los mecanismos de descontento de los movimientos sociales son dignos de censura y castigo, se limita por la vía a priori de que los manifestantes -por ejemplo hoy, los maestros y sus simpatizantes-, cumplen con los rasgos de lo que es justificable menospreciar.

Y no se salvan aquellos que puedan parecer equivalentes aun cuando se incurra en un grosero reduccionismo: López Obrador y Morena apoyan a los revoltosos y por lo mismo, se trata de un gran complot populista para hundirnos en el socialismo (habida cuenta, por cierto, de la ignorancia de qué implica el vocablo socialismo).

Claro, y como arriba señalé, no siempre el clasismo congénito se expresa en forma tan burda; el trasfondo ideológico que da por sentado la sinrazón del movimiento social adopta también perfiles más suaves, los cuales hablan de que sus propios dueños desconocen la raíz ideológica de su propia postura: “estoy de acuerdo en que hay muchos conflictos y en que el gobierno es muy corrupto, pero que los maestros no afecten a otros, que se pongan a trabajar, que no dejen a los niños sin clases.”

MAESTROS PROTESTA NOCTURNA OAXACA
La protesta de los maestros oaxaqueños en resistencia (Foto: La Opinión).

No digo que necesariamente estas acusaciones sean desechables de inicio, sino que a menudo son expresadas desestimando, por una parte, el origen estructural e histórico de los problemas nacionales, y por otra, que puede estarse agravando el problema por un poder político lesivo de los intereses populares, lo cual hace urgente una solución más allá de los mecanismos que los integrantes de un movimiento social adopten para hacerse escuchar.

Los rasgos de una ideología clasista en esto último se encuentran en que quienes así declaran su inconformidad con el movimiento popular, naturalizan como inevitable y necesario el papel subordinado de las clases oprimidas, de tal manera que les incomoda o altera que estas procuren revertir dichas condiciones (lo cual incluso pueden estar asumiendo en forma inconsciente como una amenaza a sus pocos o muchos privilegios).

De eso está hecha la biografía de la opinión pública reciente cuya sede privilegiada de debate han sido las redes sociales, sólo que ahora con el impresentable detalle de que muchos creen que los memes son suficiente argumento para blandir la espada del triunfo discursivo, porque no se trata de quién da la mejor explicación, sino quién registra el sarcasmo más hiriente.

Clasismo sin tapujos que se presume como si fuera digno de orgullo cuando lo cierto es que se trata de la búsqueda de cierta seguridad. El clasista asume sin evidencias claras que los pobres y oprimidos son violentos, irracionales y rijosos, para simplificar en forma maniquea la realidad y así justificar su propia posición privilegiada: si los manifestantes alteran el orden de lo cotidiano (en el cual él es uno de los beneficiados), pues entonces es justo reprimirlos. Aunque también está el caso de los no tan privilegiados, que se inclinan por defender a una clase a la que no pertenecen y a una estructura económica y social que a diario los violenta (cosa que sería objeto de otro análisis).

En fin, la pregunta un tanto forzada sería: ¿Hay diferencia entre lo registrado en ese diciembre de 1914 y lo que hoy observamos? La respuesta -mejor encaminada-, diría: son contextos distintos pero que comparten ciertos rasgos.

La sociedad del México revolucionario no tenía las condiciones para combatir de mejor manera la desinformación, cosa que hoy si podemos hacer con un poco de contraste de fuentes y acervos. Lo que sí parece seguir en las mismas condiciones es la inclinación clasista de las clases privilegiadas y las vinculadas con el poder político dominante a hacer caso a lecturas incendiarias si las mismas hablan de que el pueblo oprimido es peligroso y estúpidamente pendenciero.

ALFREDO GARCIA GALINDO 2*Alfredo García Galindo es economista, historiador y doctor en Estudios Humanísticos. Es catedrático y autor de diversos libros y artículos; ha impartido charlas, ponencias y conferencias enfocándose en el análisis crítico de la modernidad y del capitalismo a través de una perspectiva transversal entre la filosofía, la economía, la historia y la sociología. Es miembro de la cátedra UNESCO-ITESM Campus Ciudad de México, en la cual trabaja temas de ética, derechos humanos y cultura de paz.