La quincena de la ciencia

Nos estamos quedando sin estrellas

Usando información satelital y nuevas técnicas para calcular como se dispersa la luz, acaban de producir un nuevo atlas mundial de la contaminación lumínica, es decir, de la cantidad de luz artificial que vemos durante la noche (Falchi et al. Junio 10 2016, Science Advances).

Joaquín Bohigas Bosch* / A los Cuatro Vientos

Foto: Universidad de Yale.
Vista nocturna de la ciudad de San Francisco, California. Foto: Universidad de Yale.

Encontraron que más del 80% de la población vive bajo cielos nocturnos afectados por la contaminación lumínica y que una tercera parte de la humanidad no alcanza a ver la Vía Láctea desde su casa, incluyendo 60% de los europeos, 80% de los estadounidenses y más de la mitad de los mexicanos. Aunque habrá un considerable ahorro de energía, el fondo del cielo brillará más cuando se usen lámparas tipo LED de color azul.

Como es de esperar, los países menos desarrollados tienen menos contaminación lumínica. Por el contrario, es mayor en las grandes concentraciones urbanas, como Londres, San Diego-Tijuana y Hong Kong, donde en las noches más obscuras alcanzan a contar unas pocas estrellas. Para los habitantes de las metrópolis, “el universo entero se ha reducido a tan solo 17 estrellas (…) en verdad es una tragedia”.

No es nuevo. En las ciudades, la mayor parte de las personas conocen la Vía Láctea por sus fotografías. Y me temo que casi todas estas espectaculares imágenes, y las de otros cuerpos celestes que se ven en los medios de difusión, están “truqueadas”.

La “realidad” virtual es ciertamente impactante, pero vulgar si se le compara con la realidad natural. La Vía Láctea y el cielo estrellado es una vista asombrosa. Hay personas que vivieron esta experiencia maravillosa hasta que tuvieron 20, 30 o 40 años, y aun recuerdan que fue sobrecogedora.

Hay otros que nunca la han visto y probablemente no la verán. Como viven bajo la luz de las ciudades, tienen un contacto superficial y esporádico con el resto de la naturaleza y pasan una buena parte del tiempo “platicando” con su teléfono móvil, ni siquiera se imaginan lo que se están perdiendo.

La contaminación lumínica no es sólo un problema cultural. También es uno de salud, pues hay cambios fisiológicos relacionados con una mayor exposición nocturna al ruido y a la luz: estamos más alertas, nuestro ritmo cardiaco aumenta y perdemos horas de sueño y reposo. Lo mismo sucede con los animales y las plantas, particularmente cuando tienen hábitos parcial o totalmente nocturnos, como los murciélagos y las aves migratorias.

Algunos dicen que la contaminación lumínica es el precio que pagamos para vivir seguros, para leer y cocinar en nuestras casas y para socializar por las calles. Otros opinan que es el menor de una larga lista de problemas ambientales. Es cierto.

Pero todos los problemas ambientales, empezando por el cambio climático y la extinción de numerosas especies, tienen el mismo origen: nuestra insaciable necesidad de consumir cada vez más y más aceleradamente. El precio por nuestro confort y nuestra pasión por controlar el mundo, por ser los primeros en posesiones, conocimientos y reconocimientos, es la destrucción del mundo en que vivimos y, eventualmente, del modo de vida que disfrutamos. Es un costo demasiado elevado.

El proyecto del Genoma Humano: ¿hacia nuevas especies?

Imagen: La Voz de la Ciencia
Imagen: La Voz de la Ciencia

En 2004, terminaron de leer el genoma humano, un “libro” con tres mil millones de letras. Gracias a ello mejoró enormemente la tecnología, la calidad y los costos involucrados en la lectura de la secuencia de ácidos nucleicos. En su momento, fue un proyecto controversial, pero hoy se reconoce que fue un gran logro de la ciencia y la medicina.

Hace dos semanas, un grupo de científicos expresó su deseo de reescribir el libro del genoma humano (Boeke et al. Junio 1, 2016, Science). Intentan armar un consorcio “global”, para descubrir maneras de construir el código genético humano en el laboratorio, para poder entender mejor como funciona nuestro cuerpo y encontrar nuevos tratamientos para las enfermedades. Muy probablemente, los países menos afortunados estaremos al margen de este consorcio.

Su propuesta ha sido motivada por los recientes avances de la biología sintética, como la creación de un microbio con menos de 500 genes y, sobre todo, la invención de una técnica (CRISPR) extremadamente eficiente para editar genes. Esta ya se está usando para combatir plagas y producir drogas para la cura del cáncer y la anemia.

Los autores reconocen que la edición del genoma humano es un tema que amerita un profundo debate moral y legal, para que no sea explotado indebidamente y tenga beneficios tangibles para los más desprotegidos.

Afirman que la fabricación de seres humanos no está en su agenda de trabajo, pero no niegan que sea posible. Dado el acelerado avance en las ciencias genómicas, no es difícil imaginar que algún día habrán árboles con frutos parecidos a pechugas de pollo, leones vegetarianos, humanos que puedan respirar bajo el agua (¿sirenas?) y una minoría de pudientes ancianos y ancianas eternamente jóvenes, fuertes, ágiles, y guapos, servida por una mayoría dócil y barata.

Para combatir el cambio climático, bióxido de carbono convertido en piedras

CONTAMINACION AMBIENTAL CHIMENEAS
Foto: internet.

El año pasado, produjimos alrededor de diez mil millones de toneladas de bióxido de carbono (CO2). Como bien sabemos, esta es la causa principal del calentamiento global.

Para poder seguir acumulando riquezas, las grandes compañías extractoras de carbón, petróleo y gas natural, han insistido en que una buena manera de abatir el calentamiento, es capturar el CO2 que producen las plantas eléctricas que usan combustibles fósiles y transportarlo a formaciones geológicas subterráneas de las que no puedan escapar a la atmósfera.

Todas las alternativas técnicas probadas hasta ahora, muestran que este proceso duplicaría los costos de las plantas que están en operación, que dejarían de ser económicamente competitivas en comparación a plantas eléctricas basadas en energías renovables. Más aun, hay un alto riesgo de que una cantidad significativa de CO2 escape de nuevo a la atmósfera.

Pero en Islandia acaban de encontrar que al bombear CO2 disuelto en agua al subsuelo volcánico, este forma varios tipos de carbonatos, como el mármol, cuando reacciona químicamente con el calcio, magnesio y hierro que hay en las rocas basálticas (Matter et al. Junio 10, 2016, Science).

Vieron que el 95% del CO2 se transformó en piedras en menos de dos años y argumentan que este proceso minimiza el riesgo de fugas y facilita el almacenamiento de CO2 durante largos periodos de tiempo.

Los investigadores hacen notar que su método requiere de subsuelos ricos en roca basáltica y cerca de 25 toneladas de agua por cada tonelada de CO2 convertida en piedra. Esto significa que esta técnica solo puede ser aplicada en plantas eléctricas situadas sobre formaciones basálticas contiguas al mar. Es decir, aunque es una manera segura y barata de almacenar CO2 durante largo tiempo, tiene una aplicación bastante limitada.

En una segunda etapa, los investigadores se proponen construir una planta que capture diez mil toneladas anuales de CO2, un millón de veces menos que la cantidad que producimos anualmente. Algo es algo.

JOAQUIN BOHIGAS BOSCH* Doctor en Ciencias. Físico-astrónomo. Investigador del Instituto de Astronomía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)