El Desierto de Vizcaíno, o Desierto Central

Entre 1539 y 1540, el navegante español Francisco de Ulloa fue el primero en recorrer toda la costa de la península de Baja California. Había sido enviado por Hernán Cortés para continuar con las exploraciones del Pacífico Norte, las que el mismo Cortés había iniciado unos años antes.

Carlos Lazcano Sahagún* / A los Cuatro Vientos / Fotografías del autor.

Entre otros muchos descubrimientos valiosos, Ulloa recorrió la costa de un amplio desierto hacia la mitad de la península, el que muchos años después sería conocido como Desierto del Vizcaíno.

Recorrió ambas costa de este desierto, la del golfo y la del Pacífico, pero sin desembarcar en ningún sitio. Dos años después, en 1542, Juan Rodríguez Cabrillo, el descubridor de la Ensenada de Todos Santos y de toda la costa de la Alta California, volvió a pasar frente a la costa pacífica del Vizcaíno igualmente sin ningún desembarco.

Sesenta años después, en 1602, un tercer navegante volvió a pasar frente a dicha costa, también sin tocar ningún punto. Se trataba de Sebastián Vizcaíno, quien elaboró el primer mapa detallado de toda la costa del Pacífico de Baja California, incluyendo la del desierto de Vizcaíno. Quizá fue por eso que al desierto, y a la amplia bahía que hay frente a él por el lado del Pacífico se les bautizó con el nombre de este navegante.

Pasaron muchos años, más de un siglo, hasta que hacia el primer tercio del siglo XVIII los misioneros jesuitas empezaron a hacer acto de presencia en el desierto de Vizcaíno, habitado desde un tiempo inmemorial por los indios cochimí. Fue gracias a la fundación de la misión de San Ignacio Kadakaamán, en 1728, que este duro desierto empezó a ser civilizado y evangelizado.

VIZCAINO BAHIA

El padre Juan Bautista Luyando, el fundador de San Ignacio, fue de los primeros en trabajar en el desierto de Vizcaíno. Después estuvo el padre Sebastián Sistiaga quien dio un fuerte impulso a la evangelización en la zona. Pero a quien realmente se debe el avance civilizatorio en este desierto es al misionero de origen croata Fernando Consag, quien trabajo en este desierto durante más de veinte años, sentando las bases de su desarrollo actual.

Gracias a sus extensas exploraciones y labor entre los indios el desierto pudo ser superado. Entre otras cosas el padre Consag fundó la misión de Santa Gertrudis La Magna y ayudó a establecer las de San Francisco de Borja y Santa María de los Ángeles, las últimas establecidas por los jesuitas en la península.

El desarrollo de la región central de este desierto se empezó a dar hacia mediados del siglo XX, con la explotación a gran escala de las salinas de Guerrero Negro, la cual sigue hasta la fecha y es la principal fuente de riqueza en la región.

También desde la segunda mitad del siglo XX se ha venido dando el desarrollo agrícola, lo que propició la formación del poblado de Vizcaíno, así como otras comunidades menores.

VIZCAINO VALLE

Igualmente la pesca ha tenido su importancia gracias a los pescadores y cooperativas en Bahía Tortugas, Asunción y otras.

En 1988 el gobierno federal decretó la formación de la Reserva de la Biósfera Desierto del Vizcaíno, que comprende más de 2.5 millones de hectáreas en la parte de Baja California Sur del desierto. Esta reserva fue nombrada por la UNESCO “Patrimonio de la Humanidad” en 1993.

La parte norte del desierto también fue declara como Reserva de la Biósfera “Valle de los Cirios” y decretada en 1980. Cuenta con una superficie superior a las 2 millones de hectáreas.

Muchas veces he acampado en este gran desierto y siempre resulta una experiencia grata. Desde el contacto con sus habitantes hasta el encuentro con su flora, fauna y hermosa geografía, tanto de la costa con de las sierras y llanuras del interior. Además, aquí he tenido numerosos encuentros con nuestras raíces: desde las impresionantes pinturas rupestres, del mismo estilo de la Sierra de San Francisco, misiones, el camino real, tradiciones rancheras, fiestas patronales, y muchas otras cosas.

VIZCAINO FLORES

Ciertamente para conocer este desierto, para amarlo, se necesita venir muchas veces, acampar varios días, asistir a las fiestas, mirar las estrellas desde sus horizontes. Yo tengo más de 30 años asistiendo a sus maravillas y nunca dejo de sorprenderme y de conocer cosas y aspectos nuevos. En el desierto descubro diálogos que no se dan en cualquier parte. Reflexiono, pienso, siento, me integro, y me encuentro.

Los momentos más felices de mi vida son cuando el Universo pleno me observa. A veces lo hace con las millones de estrellas que asoman desde el portal de la noche, o con el rumor del viento o del mar. Pero igualmente en el canto del pájaro me observa, así como con la caricia de la brisa, o el color de las flores cactáceas. Sin embargo, cuando más me enamoro del Universo es cuando me mira a través de los ojos de mi esposa. No hay tiempo más feliz que ese y su sonrisa es como una puerta al cielo.

No necesito más para ser lo que soy, más que la mirada del Universo, es decir, la mirada de mi esposa.

CARLOS LAZCANO* Reconocido explorador, geólogo, escritor, fotógrafo e historiador mexicano pródigo en investigaciones y publicaciones sobre historia, medio ambiente y arqueología de Baja California, Chihuahua y otros estados del país, así como sobre  sitios naturales inexplorados o poco conocidos. Su trabajo lo ubica como uno de los mejores espeleólogos de  México.