Ética y legalidad

Hemos tratado de entender los conflictos éticos desde una perspectiva de legalidad. La realidad indica que lejos de ser un parámetro confiable, la legalidad no necesariamente tiene que ser ética. Ejemplos sobran. La civilización significó un pacto que intentaba regular los comportamientos sociales. Los límites por los cuales los humanos aceptaban un ente superior para arbitrar sus conflictos.

Ramiro Padilla Atondo/ A los Cuatro Vientos

Pero los límites del estado (o ausencia de estos) demostraron la franca desventaja en la que se encontraba la población, o el ciudadano de a pie. La democracia probó en un principio ser el menos injusto de los sistemas. Las bases sobre las cuales reposaba tendían a concentrarse en un elegante eufemismo, el poder del pueblo.

Porque era precisamente esta ética de la democracia la que hacía pensar que una sociedad justa podía ser posible, un terreno plano en el que todos podrían avanzar a la misma velocidad. Pero las élites decidirían que la democracia tendría que enfrentarse a los límites que impondrían las leyes que ellos mismos diseñarían para correr con ventaja.

El apartheid en Sudáfrica era totalmente legal. Es axiomático decir que no era ético. El conflicto subyacente entre legalidad y ética entonces se hizo más profundo. De manera lógica, la acumulación de capital y poder incidió en la manera que se desarrollaban las políticas y las leyes. La ética dejó de tener peso aunque se le invocara. Esto es, el abuso de ciertas palabras terminó por cansarlas, vaciarlas de significado. Por ello, revolución, justicia, derechos humanos pasan a ser meros membretes que ocultan una realidad atroz.

En nombre de la justicia y el derecho a la legítima defensa se cometen los crímenes más horrendos. Un aparato diseñado para explicar las razones de estas atrocidades, la deshumanización de las víctimas, todo en tiempo real y a todo color, con panelistas de cara adusta que explican las sin razones del salvajismo,  y lo hacen digerible, justificado.

hsbc ricos

Y para ello se diseña un marco legal. Las riquezas mal habidas tienden a ocultarse en paraísos fiscales porque así funciona. El poder se ha ido acumulando de manera lenta pero sostenida. Los partidos políticos y los gobiernos ya no funcionan con la lógica del que gobierna, funcionan con la lógica de la corporación. Y no podría ser de otra manera pues hay corporaciones  más poderosas que muchos estados.

Esta acumulación de dinero siempre estará en contradicción con la función ética que debería ser intrínseca al acto de gobernar. El mundo en sí sigue esta dinámica perversa. La legalidad permite que los paraísos fiscales funcionen de manera casi perfecta, porque hay leyes con la suficiente ambigüedad que permiten un plan b o c.

Lo que nosotros percibimos como un conflicto ético puede que no tenga sustento legal. Porque no tenemos la fuerza política para impedir que la función pública se trasparente. Seguimos en una especie de limbo democrático donde las instituciones existen, pero semejan un edificio grandísimo con muchos escondites. Y  encima está vacío.

La gran mentira tenderá a pasar por verdad en la mayoría de los casos. La sobre acumulación de información permite también que todos estos escándalos se vayan difuminando, creando distractores o minimizando la corrupción porque hay que recordar que la corrupción es un trabajo de tiempo completo.

No se llega a gobernar por un afán de servir al pueblo sino servirse. Los zorros nos gobiernan dijo Federico Campbell en su libro La invención del poder. Pensar que el presidente de la república podría sentir algo parecido a remordimiento de conciencia no deja de ser falaz e inútil. No fue educado para ello.

Los papeles de Panamá son solo una muestra de los mecanismos internos de la corrupción, y sus alcances o efecto en la opinión pública están por cuantificarse todavía. Lo cierto es que este estado actual de cosas es insostenible. Y de manera lenta e inexorable, con los pocos mecanismos de control que tienen los gobernados sobre sus gobernantes se hará algo.

Porque los cambios son paulatinos. Y requieren coraje. Y ese, apenas lo vamos acumulando. Las élites del mundo están podridas. Y solo un cambio que venga desde la base resolverá esta contradicción. Sigamos informándonos en medios alternativos. Que allí está el cambio.

Lecturas:

Ética para Amador Fernando Savater

Liberalismo y democracia Norberto Bobbio

RAMIRO PADILLA ATONDO*Ramiro Padilla Atondo. Escritor ensenadense, columnista y ensayista. Autor de los libros de cuentos A tres pasos de la línea, traducido al inglés; Esperando la muerte y la novela Días de Agosto. En ensayo ha publicado La verdad fraccionada y Poder, sociedad e imagen.