El Narcotráfico y el crimen organizado, un flagelo de extrema gravedad

A dos días de haber tomado posesión del cargo de Presidente Municipal de Temixco, en el Estado de Morelos, la perredista Gisela Mota fue brutalmente asesinada en el interior de su residencia. Un comando integrado al menos por cuatro hombres cometió el vil asesinato.

Alfonso Bullé Goyri* / A los Cuatro Vientos

En rueda de prensa minutos después del sepelio la madre de la alcaldesa hizo un dramático relato de los hechos. Los atacantes en la madrugada irrumpieron en la casa, intimidaron a los demás miembros de la familia, se dirigieron a la habitación de la mujer, la sacaron de su lecho y sin piedad, frente a la vista de sus más cercanos y sin que nada pudieran hacer, le dispararon en cuatro ocasiones en el rostro. Un crimen de tal crueldad nos obliga a reflexionar lo que está sucediendo en México. Las medidas tomadas por el gobierno, son importantes, pero irrelevantes cuando se trata de examinar la ferocidad de las mafias organizadas.

Estamos tratando de digerir la infausta historia venida del Estado de Morelos, cuando una noticia de carácter nacional evapora el asesinato de la alcaldesa. Un despliegue informativo acapara la atención. El mismo presidente de la República, en un comunicado inusual, a través de una de las redes sociales hace el anuncio. Se detiene a Joaquín Guzmán Loera, el tristemente célebre, Chapo Guzmán. Minutos después se brindan detalles del operativo de la marina y armada. Se dice que en la madrugada del día 8 de enero en la ciudad de los Mochis se ubica al narcotraficante “más buscado del mundo”. Los soldados son recibidos a balazos. Se confirma la presencia de Guzmán Loera en el interior de lo que se presume una casa de seguridad acondicionada con pasadizos para que el capo pudiera evadir a las fuerzas militares. En la escaramuza mueren cinco guardias que protegían al delincuente y queda mal herido un marino. La historia no termina ahí. Junto con Iván Gastélum Ávila, El Cholo, su lugarteniente y un hombre de extrema peligrosidad, literalmente correteando como ratas en estampida por las cloacas de los Mochis intentan evadir a los soldados que los asedian, salen a la mitad de una calle por una alcantarilla, roban un automóvil y huyen del sitio. Unos minutos más tarde, los vuelven a detectar escondidos en un motel de paso a las afueras de la ciudad y finalmente los detienen. Una auténtica odisea digna para el tráiler del film taquillero que seguramente pronto estará en pantallas y que complementará la que prepara un actor reconocido de Hollywood y la “Reina del Sur”.

No tardan en circular fotografías del capo sucio, con marcas de laceraciones en sus brazos, con una camiseta inmunda, desfalleciente dispuesto a entregarse. Por la noche, en el hangar de la Procuraduría General de la República, en rueda de prensa el Secretario de Gobernación da cuenta del hecho y la Procuradora proporciona los detalles y de la investigación y la final detención del capo. Las tomas finales de la representación transmitidas en viernes por la noche, aparece el Chapo vestido de deportista, custodiado por militares fuertemente armados que lo mantienen inclinado y que en un momento, como a un pajarraco, lo muestran ante las cámaras para que los reporteros de todo el mundo fijen la imagen del Chapo sometido. Lo trepan en un helicóptero y lo encierran en la Prisión del Altiplano, en la misma la de que se fugó hace poco más de ocho meses.

La primera semana del año exhibe una aguda descomposición social. La cultura del crimen parecería estar en el alma de los mexicanos. No nos acongojan estos hechos. A la alcaldesa de Temixco la asesinan sicarios ligados al crimen organizado y en una suerte de espectáculo nacional, los medios de comunicación ganan dinero con la recaptura de uno de los hombres más violentos de los últimos años en el mundo, que se le compara con fanáticos terrorista.

Algo muy grave está sucediendo en México. Los políticos y los medios de comunicación en un contubernio vicioso, condicionan los gustos de una sociedad ya inmune a la violencia. La Procuradora reconoce que el capo de capos, en estos meses que anduvo a salto de mata, promovió el rodaje de una película que contaba su historia. ¿No es escandaloso? ¿Este drama no es un juego montado para distraer el espíritu pervertido de una sociedad que ya no se satisface con ser testigo de la instauración del terrorismo y la intimidación como forma de vida? El gran escape del Chapo Guzmán y su recaptura es un capítulo de una historia que está vinculado a actos sangrientos como el acaecido en Morelos y que dio cuenta de la recién investida alcaldesa de Temixco. Todo se cambia por una suerte de kermés. Las luminarias se las lleva el Presidente de la República que en lugar de dejar que los encargados de la seguridad nacional ofrezcan la noticia con sobriedad y discreción, el prefiere presumir la recaptura como si fuera el triunfo de un torneo de golf y no la corrección de un grave error que le permitió la fuga del mafioso de una prisión de alta seguridad.

CHAPO Y PEÑA

Irónicamente, desde el recinto más importante que tiene este país, nada menos que desde Palacio Nacional, el Presidente ofrece un mensaje al pueblo de México y en medio de aplausos y vítores, los asistentes lo convierten por un instante en héroe de telenovela barata. Se canta el himno nacional como si de verdad la patria hubiese sido salvada de un terrible mal.

Ni políticos ni analista han puesto el tema de la violencia, del narcotráfico y del crimen organizado en una perspectiva seria que permita la comprensión de lo que acontece en la conciencia de la sociedad mexicana actual. Ciertamente se toman medidas y se disponen de enormes recursos para el combate de este flagelo, pero son palos de ciego que se dan mientras no se entienda el verdadero fondo del problema.

Tenemos que comprender que el drama es de una gravedad extrema. Cientos de miles de personas han muerto a causa de la guerra contra del narco, millones de seres humano en todo el mundo padecen de graves trastornos mentales por esa causa y millones, decenas de millones de jóvenes toman como modelo a estas siniestras figuras que son producto de las distorsiones sociales y económicas que la concentración de capital genera.

Es de extremo grave porque el azote del narcotráfico compromete la existencia misma de la patria y la noción de Estado. Es una epidemia de orden cultural sumamente contagiosa que envenena el alma y el corazón de nuestros niños y jóvenes que perciben la amoralidad de las conductas criminales como una victoria del espíritu cuando es precisamente la derrota de las potencias creativas del alma humana.

El narco y el crimen organizado son expresiones aún más grave que el terrorismo, reprobable sin duda, pero más deshumanizado. Los terroristas abanderan una idea, una creencia y defienden un Estado. En cambio, los narcotraficantes sólo acumulan bienes y un poder destructivo inmenso. Desde la oscuridad atacan y su cobardía se convierte en símbolo del éxito. Son ricos y presumen sus autos, sus casas y sus mujeres que las despojan de su condición humana y las tratan como simples objetos desechables. Asesinan y siembran el dolor sin sentir remordimiento ni desasosiego. Se sienten privilegiados, cuando en realidad son unas sabandijas que han trastornado el orden ético y político de una nación completa.

*  ALFONSO BULLE GOYRIEscritor, editor y crítico de arte. Ha publicado en diversas revistas y periódicos nacionales.