Las guerrillas chihuahuenses de los 60

Serie especial por el 50 aniversario del ataque al cuartel de Madera

Introducción: Quise escribir este ensayo sin sujetar el texto a los usuales apartados que definen primero los antecedentes, algún capítulo económico, fases, etcétera. Está expuesto a la manera de reflexiones que se entrelazan con hechos, datos, personajes. Me pareció que su lectura podría ser menos tediosa para todo mundo, incluso para quienes se inclinan por rigores académicos. Lo recupero ahora como una contribución al conocimiento de hechos importantes ocurridos en la historia contemporánea de Chihuahua y de México, en el 50 aniversario del asalto al cuartel de Ciudad Madera.

Víctor Orozco / A los Cuatro Vientos

El propósito es arrojar un poco de luz sobre un movimiento social y armado hasta hoy poco conocido en México: el del estado de Chihuahua durante la década de 1960. No obstante que en la historia local forma parte de un hito histórico en el que se articulan hondas transformaciones en todos los ámbitos de la vida colectiva y que clausuran una etapa entre 1970 y 1980, en el ámbito nacional es escasamente conocido y prácticamente ignorado en el internacional.(2) A no ser porque años después de 1965 y 1968 cuando cayó el último grupo de este movimiento, una nueva organización guerrillera se denominó: “Liga Comunista 23 de Septiembre”, recuperando la fecha del ataque al Cuartel de Madera, pocos guardarían memoria del acontecimiento.

Esta lucha guerrillera de Chihuahua debía ser materia de trabajo exclusivamente de los historiadores y no de los analistas políticos, considerando el gigantesco cambio que experimentó el país y en especial esta entidad federativa durante los últimos cuarenta años. De no mediar el alzamiento zapatista de 1994, el asunto tendría que enfocarse sólo a través del prisma de la historia, para tratar de reconstruir y explicar este pasado. Sin embargo, los indígenas chiapanecos pusieron otra vez –entre otros- el debate sobre la táctica guerrillera en el México de hoy. Quizá las condiciones de Chiapas se parecen a las de Chihuahua en 1960, con sus latifundios, sus guardias blancas, sus generales-gobernadores, etc. El hecho es que no podemos todavía y después de todo, cerrar este capítulo en México.

2 Por ejemplo, José Agustín en su Tragicomedia de la vida mexicana, ubica el hecho en 1967, después del alzamiento de Genaro Vázquez Rojas en el estado de Guerrero.

PRIMER ACTO DE LA TRAGEDIA

1965: La guerrilla de Arturo Gámiz

La reunión y los apoyadores urbanos

ATAQUE MADERA 2

Era el 16 ó 17 de septiembre de 1965. En una casa del barrio del Santo Niño en la ciudad de Chihuahua, estaban reunidos unos veinte individuos. Varios de ellos iban armados con rifles y pistolas de diversos calibres y marcas. Habría entre todos dos o tres mujeres. El de mayor edad aparentaba unos cuarenta años. La mayoría frisaba los veinte. Hablaba un tipo delgado, de mediana estatura, quizá de 28 ó 30 años. Dijo un discurso largo, sin extraviarse en vericuetos conceptuales. En síntesis, explicó que había llegado el momento que los presentes y muchos más que no estaban allí esperaban y buscaban. Había sonado la hora de la lucha armada. Alguno recordó la frase de José Martí, “Es la hora de los hornos y no se ha de ver más que la luz”. Es probable que la escucharan en la voz de Fidel Castro, cuando proclamaba una de las declaraciones de La Habana, que oían en la radio, azorados y exaltados, los militantes del grupo político estudiantil al que pertenecían. Arturo Gámiz terminó su discurso. Carraspeó y aclaró que se le había olvidado algo.

“Si alguno está pensando que vamos a atacar al Ejército y luego podremos ocultarnos, vale más que se olvide de la guerrilla. No hay un solo lugar en toda la sierra a donde podamos ir que el Ejército no pueda entrar. Es tiempo pues de decir que no. También les digo que aquellos que están pensando quedarse en la ciudad para hacer el trabajo de las brigadas urbanas será tranquilo y sin riesgos, están equivocados, que los peligros serán aún mayores pues van a tener a todos los perros tras ustedes. Si quieren, igualmente es el último momento para decir no le entro”.

Otra vez, a uno de los presentes le vino a la memoria un episodio lejano, ocurrido cerca de un siglo antes, cuando Juan Mata Ortiz, sitiado por los apaches de Jú, reunió a sus hombres y en tono de reto les dijo: “Si alguno por equivocación se puso las naguas de su mujer, que se regrese a cambiarlas por los pantalones”. En esta ocasión, no se produjo la grosera respuesta del presunto aludido “Chinga tu madre, Juan”.

No hubo otras palabras. Enseguida, la flamante “brigada urbana” compuesta por tres hombres y una mujer, bajo el mando de Óscar González Eguiarte, fue reunida e instruida por Pablo Gómez. El primer trabajo que debía ejecutar era hacerse cargo del chofer de un taxi que habían secuestrado en Torreón para trasladarse a Chihuahua. El carro estaba estacionado frente a la casa y en el asiento trasero roncaba un hombre atado de pies y manos. Parecía que despertaba en ese momento y Gómez, que era médico, le habló para tranquilizarlo y enseguida le puso una inyección, que contenía un nuevo somnífero. Los tres de la brigada urbana subieron al automóvil y se dirigieron a una pequeña casa en la colonia Industrial, cerca de Santo Niño. Faltaba poco tiempo para que amaneciera así que se apresuraron a bajar al hombre, cargándolo en vilo. Lo metieron a uno de los pequeños cuartos y se turnaron para tenerlo a la vista las 24 horas. Las órdenes eran claras y sencillas: debían tratarlo de la mejor manera posible, conseguir dinero para pagarle por sus servicios y ponerlo en libertad cuando se les avisara. El hombre no debería verles nunca las caras, así que debería permanecer con los ojos vendados todo el tiempo. Los días de esa semana se volvieron largos e interminables para los de la brigada. Cada uno de ellos vigilaba por lapsos iguales al prisionero, cada uno acudía a las clases o a su trabajo como podía. En una ocasión estaban presentes dos de ellos en la noche y acordaron relevarse para dormir. Cuando el beneficiado abrió los ojos, vio al hombre sin la venda, mirándolo. Su compañero estaba en la otra pieza, leyendo el periódico. La tensión nerviosa y el acto mismo que le pareció de una enorme irresponsabilidad, les provocó una indignación que fue en aumento y que no se redujo a pesar de que se desahogó mentándole la madre a su camarada. Jamás le perdonó el descuido. Todo ese tiempo platicaron con José, que era el nombre del taxista. Le aseguraron que no le harían ningún daño y que no se preocupara, que incluso le pagarían su trabajo. El hombre no creía y lloraba quedamente, suplicando por sus hijos y su esposa. Quizá no les escuchaba nada que se pareciera a delincuentes ordinarios o a gente del hampa, que él conocía más o menos de cerca en Torreón, pues fue cobrando confianza y hasta se reía con sus propias anécdotas.

La penúltima noche, decidieron trasladarse a otra casa, en la colonia Campesina, porque serían figuraciones o no, pero les pareció ver gente sospechosa en la cuadra. La mujer tenía en aquel sitio a un contacto y amigo, participante en las tomas de tierras que se habían organizado en los últimos años. El recorrido no tuvo problemas hasta que, frente al Paseo Bolívar, al viejo carro que consiguieron prestado se le ponchó una llanta. El prisionero iba despierto, acostado en el piso del asiento trasero, tapado con una cobija. Apenas estaban sacando la llanta extra y la herramienta cuando un solícito jeep de la Policía Municipal se detuvo y el agente les preguntó si necesitaban ayuda. Nadie respiraba casi, mientras que uno contestó con voz ronca, “no, gracias”. Todavía el otro policía hizo otra pregunta que ni siquiera entendieron, pero luego se marcharon. Nadie habló hasta que llegaron a la nueva casa. El campesino resultó que era menos novato y más despiadado, tuvo la ocurrencia de preguntarle a la mujer si había que matar al hombre, “porque orita no tenía pistola, pero que la podía conseguir”. Todo en voz alta, de manera que el pobre chofer no durmió esa noche ni al siguiente día.

El compromiso era pagarle y pagarle bien, así que los estudiantes se dedicaron a pedir cooperación en la universidad a profesores “de izquierda” o simpatizantes. Al fin lograron reunir una buena cantidad. Discutieron y argumentaron sobre el precio de los servicios, pues el chofer todo lo que pedía era que lo dejaran y ni se preocuparan por el dinero. Una noche, llevaron a José a uno de los barrios elegantes de la ciudad, en la Avenida Zarco y le entregaron dos mil doscientos pesos, lo bajaron vendado y le exigieron que no se quitara el trapo de los ojos hasta que pasaran por lo menos quince minutos. No le pidieron que no fuera a la policía, pues en todo caso, pensaron, no podemos hacer nada si decide hacerlo.

En Torreón se investigaba ya la desaparición de José y del automóvil, que fue encontrado esa misma semana en un camino cercano a Ciudad Guerrero, rumbo a Ciudad Madera. El chofer fue a la policía o ésta lo detuvo, el hecho es que pudo narrar todo lo que le sucedió, sin evitarse los elogios a sus captores que le hablaron de sus ilusiones y le pagaron “hasta de más”. “Se sentían muy buenos muchachos”, concluyó.

Los apoyadores urbanos II

ATAQUE MADERA 3

Otra labor habían realizado en las dos semanas previas. Alguien les entregó una caja con cartuchos de dinamita que, según parece, provenían de una mina de Naica. Eran largos cilindros quizá con una pulgada de diámetro. Compraron luego muchos tubos de acero en “las segundas”, donde se proveían fontaneros, carpinteros o soldadores en la ciudad de Chihuahua. Eran largas filas de puestos rudimentarios en donde se vendían toda clase de fierros, contiguos a la Calle 25, famosa por entonces junto con el cercano Callejón Uranga porque eran parte de la zona roja, y en cuyas aceras se alineaban pequeños cuartos de prostitutas pobres.

Cortaron a la medida los tubos y luego, con un marro pesado, golpeando contra un pedazo de riel de ferrocarril, les doblaron un extremo. Enseguida metían un cartucho, procurando que se ajustara a la boca del tubo de manera que no se moviera en su interior. Después, se suponía que quienes los utilizarían les iban a insertar un fulminante que haría estallar la pólvora que convertiría los pedazos de acero en esquirlas. Eran pues granadas primitivas, que nunca probaron y que después supieron que tampoco funcionaron a la hora del ataque al cuartel de Ciudad Madera. Fabricaron una gran cantidad de estos artefactos y los entregaron esa noche de la reunión.

Durante los meses de julio y agosto imprimieron los documentos de la guerrilla. Teclearon largos manuscritos en “esténciles” y en un mimeógrafo prestado por un joven profesor de la universidad pasaron largas horas tirando miles de hojas revolución. No eran todavía muy expertos, así que una gran parte del tiempo se desperdiciaba recogiendo las hojas del piso y compaginándolas, pues no lograban hacer que la máquina las fuera acomodando de manera automática. Además, la tela del aparato se tapaba y había que limpiarla cada vez, de manera que todo esto les complicaba mucho la existencia. Terminaban manchados de manos, cara y ropa.

Los folletos eran clandestinos, aunque, como dijo alguno en media broma, llevan las huellas digitales de todos, bien impresas. Se les puso como pie “Ediciones Línea Revolucionaria”, y en ellos se consignaba el primer llamado a la lucha armada en el México posrevolucionario por una fuerza de izquierda. Los análisis eran más o menos simples, más o menos ingenuos, pero en la circunstancia de 1965, resultaban convincentes, sobre todo porque, como ha sucedido en todos los movimientos armados, éstos nunca fueron provocados por sesudas reflexiones teóricas, sino por la determinación y el coraje de pequeños grupos, casi siempre de jóvenes. Todos habían leído “La Historia me Absolverá”, el documento con el que el joven abogado Fidel Castro se defendió ante los tribunales después del ataque al Cuartel Moncada.

Tampoco se trataba de un metódico ensayo científico, sino más bien de un persuasivo y valiente discurso que concitaba la adhesión a una causa política y moral. Los folletos, engrapados y a los que se les colocó un lomo con papel adhesivo, empezaron a circular casi gota a gota. Se pasaban de manos con sigilo y los que los distribuían no dejaban de sentir cierto orgullo y hasta petulancia, por ser los secretos portadores de noticias que hablaban de la “nueva revolución”. No puede olvidarse que todo esto sucedía en el estado de Chihuahua, todavía más agrario que urbano y en cuyos pueblos la herencia de la Revolución de 1910 estaba viva. En todas partes había veteranos que platicaban verdades o invenciones sobre la lucha armada, que todavía entusiasmaban a los vecinos. Así que las nuevas exhortaciones para tomar otra vez las armas y arrojar del poder a los logreros y enriquecidos políticos, no caían en suelo estéril.

En 1964 y 1965 había aún pocos escritos que luego abundaron y en los que se plasmó un auténtico cuerpo teórico a partir de la experiencia derivada de la revolución cubana. El ensayo de Regis Debray, “¿Revolución en la Revolución?”, que tanta fama cobró durante la segunda mitad de los sesenta, todavía no era conocido. Sin embargo, discursos de Ernesto Che Guevara y de Fidel Castro, así como la I y la II Declaración de La Habana, circulaban entre militantes de partidos y movimientos de izquierda. Pero sobre todo, influían sobre estas mentalidades y pasiones jóvenes, los hechos, que estaban allí: los cubanos habían realizado una revolución socialista a 80 millas de las costas norteamericanas y además habían derrotado a un ejército invasor organizado por Estados Unidos. Además, se había iniciado la gran revolución con doce guerrilleros que se implantaron en la sierra y a partir de allí habían irradiado la lucha a toda la isla. No le pidieron permiso a los partidos ni recibieron ningún apoyo de éstos. Además, México hasta antes de 1959, era el único país latinoamericano en el que la guerra de guerrillas había tenido éxito. Así que todo consistía en comenzar y pronto, porque tal vez la guerra durara por décadas.

“Se trata de iniciar la acción donde sea, a la hora que sea y no importa si no son cinco o seis mil guerrilleros sino quince o veinte. No se trata de soñar grandes operaciones tácticas sino de contestar como sea uno de los múltiples golpes que el Gobierno prodiga a las masas. En el curso de las operaciones militares las guerrillas se foguearán, se consolidarán, aumentarán sus filas y se multiplicarán, la organización se irá estructurando poco a poco en la medida que surjan las condiciones que los permitan, las llamas de la revolución se irán extendiendo poco a poco a más rincones de la República. La lucha será terriblemente prolongada, no se contará por años sino por décadas, por eso es ya la hora de empezar y hay que empezar jóvenes si queremos tener tiempo de lograr las cualidades que sólo los años de acción proporcionarán. Por nuestra cuenta no daremos ya marcha atrás en el camino de la revolución, sabemos que sin el apoyo de las masas no podremos triunfar, ganar su confianza y su apoyo es nuestra principal preocupación y nos proponemos lograrlo mediante los hechos”.

Las guerrillas chihuahuenses de los 60: Parte 3

La fascinación por las revoluciones y el socialismo

ATAQUE MADERA 4En incontables ocasiones habían discutido los grupos estudiantiles de Chihuahua discursos similares que aparecían ante sus ojos cada vez más como verdades evidentes. Ahora, los guerrilleros comandados por Arturo Gámiz y que habían realizado algunas acciones en 1964 y principios del 1965, se apropiaban por fin de un discurso teórico y lo difundían. En los pequeños círculos estudiantiles estos folletos cayeron como anillo al dedo, pues varios de sus miembros se habían fogueado en las huelgas y movilizaciones de los últimos años. Las matrices ideológicas y políticas de donde brotaba este discurso rebelde eran variadas.

Solicitantes de tierra llegaron a Chihuahua se hicieron manifestaciones diarias a lo largo de un mes, exigían el reparto agrario

Por una parte, en consonancia con la propaganda soviética de la época, se proclamaba la superioridad económica del sistema socialista sobre el capitalismo, y se daba por supuesto que éste sería enterrado por aquél, tal y como lo pregonaba Jruschov, el dirigente soviético defenestrado en 1964, pero cuyos vaticinios se tenían por seguros. Pero, de otra parte, se refutaba la idea de la coexistencia pacífica entre el imperialismo y el socialismo. Se proclamaba en cambio una guerra sin tregua entre ambos e incluso se admitía que México podía ser invadido por Estados Unidos o de plano se aseguraba que eso sucedería de cualquier manera, pero que ello no detendría la revolución, a “esta marcha de gigantes”, como anunciaba Fidel Castro.

Cuando se supo que en la crisis de los misiles de octubre de 1962, tanto éste como el Che estuvieron dispuestos a correr el riesgo de una guerra nuclear y pidieron a Jruschov que no retirara los cohetes de Cuba, más simpatías concitaron los dos personajes. La URSS deslumbraba con sus conquistas sociales y científicas, pero ya no más se admitía la tesis de que el papel de los revolucionarios en el mundo era el de defender “la patria del socialismo”, como lo habían aceptado generaciones de izquierdistas en todas partes. Cuando el Che dijo que “el primer deber del revolucionario era hacer la revolución”, sintetizó con maestría el nuevo mensaje. Ninguno de los conspiradores chihuahuenses de 1965 podía suponer que por los mismos días en que ellos se empeñaban en montar un foco guerrillero en la Sierra Madre Occidental, el Che Guevara se dolía del fracaso guerrillero en el Congo. Unos cuantos de ellos pudieron leer después los “Pasajes de la guerra revolucionaria”, en donde el argentino resumía la historia de ese intento.

Las reflexiones contenidas en los documentos y las cavilaciones que cada uno de los involucrados en la lucha se hacían en torno al futuro de todas las sociedades, estaban presididas por una creencia firme en la superioridad y en la inevitabilidad del comunismo. Su teoría gozaba por entonces de una aureola de prestigio histórico y de racionalidad indiscutible. Aun lo que se suponía era su práctica en Rusia, en China o en Cuba, era tenida no sólo como exitosa sino como el paradigma en todos los órdenes de la vida colectiva. Arturo Gámiz, el principal inspirador y dirigente del grupo, había escrito varios artículos en los meses anteriores en la Voz de Chihuahua, un pequeño periódico de la capital en los que sustentaba todas estas ideas. De allí que todo lo que se pareciera en algo al colectivismo, era considerado superior, casi por axioma. Por ello se hacía la apología del ejido y el rechazo a la propiedad privada de la tierra.

A lo largo de los textos se advierte un genuino ánimo de transformación, pero no sólo de las condiciones materiales de la sociedad, sino de las conductas personales. Tanto las reflexiones como la vida individual pretendían conducirse por estos altos ideales de solidaridad, de apoyo mutuo, de emancipación general. Este idealismo, anticlerical y aun antirreligioso, como contrapartida, tiene parecido con una cierta vocación hacia el martirio y el sacrificio, como se asume la vida de los santos. Si hay alguna generación de la época contemporánea en Latinoamérica que muestre la vocación del sacrificio al extremo, ésta es la de los sesenta. De ella, estaban imbuidos los guerrilleros. Estaban convencidos, como lo decía Pablo Gómez Ramírez, de que “alguien tenía que empezar”, a sabiendas de que entre los iniciadores son muy pocos los que sobrevivirían.

Todos estos hombres y mujeres, compartían además, la admiración y puede decirse sin exagerar, la fascinación por las revoluciones sociales. Como cientos de miles de jóvenes en todo el mundo, la historia de éste, era la historia de su levantamiento, con estallidos violentos que podían subvertir todo el orden existente y conformar uno nuevo en el que se alcanzara por fin, la emancipación de la humanidad, tarea dejada a medias al arribarse sólo hasta el grado de la emancipación política. Las revoluciones conservaban pues todo su prestigio, empezando por la mexicana. Los héroes eran estos destructores de instituciones y organizadores de la nueva sociedad, con el acento colocado en la primera de las tareas. Muchos de los pequeños hijos se llamaron Emiliano, León, Lenin, Ricardo, Sandino y desde luego abundaron los fideles y los ernestos.

Una minoría de los conspiradores, había tenido su bautizo de fuego en las acciones realizadas durante los meses anteriores en varios lugares de la sierra. Arturo Gámiz, Salomón Gaytán y Antonio Escobel Gaytán se habían “alzado” desde 1964. Se sumaban ahora nuevos cuadros, algunos incorporados por Pablo Gómez y otros, gracias a las recientes alianzas políticas con grupos estudiantiles de la Universidad. La mayor parte venía de la militancia en el Partido Popular Socialista y en especial en la UGOCM, como Gámiz, González Eguiarte y Pablo Gómez, además de otros que luego renunciaron a la táctica armada y regresaron al lombardismo tradicional. Entre varios había relaciones de parentesco, confirmando esta vieja manera de organizar los alzamientos armados en Chihuahua. Los de Tomóchic eran primos, hermanos, sobrinos o cuñados, lo mismo que los de San Isidro, Pachera, Bachíniva o Cuchillo Parado en 1910.

Aun entre los “veteranos”, la experiencia guerrillera era escasa y el grueso de los integrantes de la pequeña tropa, apenas unas semanas antes se dedicaba a sus actividades cotidianas. Otra vez, una rebelión que se intentaba en buena medida a la manera del pasado, cuando los labradores acudían a sus trabajos un día y a la semana siguiente ya se habían comprometido con iniciar la “revolución” para el próximo domingo. Quizá a todos animaba la esperanza de que el llamado de las armas sería escuchado y atendido por millares, como les dijo el dueño de la casa en la colonia Campesina donde escondieron al chofer la última noche: “Por donde quiera hay gente lista, que nomás está esperando para agarrar el rifle”. Embonaba muy bien la expresión con otra escrita en uno de los folletos: “…llegó la hora de apoyarnos en el 30-30 y en el 30-06, más que en el Código Agrario y la Constitución”. También aquí se presentan el espíritu y las imágenes de 1910. El mítico 30-30 y aun el más moderno 30-06, eran ya obsoletos en 1965, el primero casi una pieza de museo, pero entre los campesinos se asociaba con todas las luchas libertarias y por la tierra. Era, además, vengador de agravios. Por esa época, no era infrecuente que algún campesino, recuperador de las gestas pasadas, hiciera frente a las acordadas, como todavía se conocía a las policías rurales, con el 30-30 o el máuser heredados del padre o del abuelo, para defenderse de atropellos o  injusticias. O, para demostrar que en su pueblo o en su familia, había “muchos güevos”.

Salvador Gaytán, hermano mayor de Salomón y también en el acuerdo, consumó una de estas hazañas en el mineral de Dolores, cercano a Madera y en donde trabajaba el maestro rural Arturo Gámiz. Así que, el escrito aludía a instrumentos arcaicos para la lucha armada, pero bastante eficaces en términos ideológicos. En muchos otros pasajes de los escritos, o en actitudes como la manera de dirigirse o referirse a las autoridades, el desprecio por la policía, se expresa en los organizadores de la guerrilla esta especie de invocación a la altivez y aun arrogancia que ha caracterizado a los rancheros norteños desde el siglo XIX.