Ayotzinapa…donde las peores pesadillas se convirtieron realidad

El sábado 26 de septiembre de 2015 se cumple un año de lo atrocidad cometida en Iguala, Guerrero.

Álvaro de Lachica y Bonilla* / A los Cuatro Vientos

Ayotzinapa, el nombre del horror, es un momento que sigue sucediendo. Esa noche, a Julio César Mondragón,  estudiante al que le desollaron el rostro y le vaciaron las cuencas de los ojos, es un instante que sigue ocurriendo en muchos lugares de nuestro país; como sucede día y noche la tristeza y el dolor infinitos de esas madres, como Brigida, Leticia y, Lupita, o Margarita Santizo que fue a morirse sin encontrar a su hijo desaparecido y pidió ser velada frente a la Secretaría de Gobernación, en un último deseo, quizás, de hacerle saber a la autoridad lo que significa ese eterno instante que sigue aconteciendo, en un país que no les presta atención.

Nuevamente  Ayotzinapa, enfrentada a un indecible engendro del horror humano: el narco-crimen investido de indolencia del gobierno constitucional. Entelequia depredadora de todo logro espiritual, pero del dolor de la crueldad vivida por los 43 estudiantes, ha emergido un valor estructural mexicano: el vuelo del águila libertaria. Ese vuelo de las libertades, cuyas alas unen las diversas aguas del país: agrupa a los golfos de California y de México, enlaza el Caribe con el Pacífico, junta el río Bravo con el Usumacinta en un solo coro de respeto a lo sagrado: una vida justa para todos.

Mientras, el modo de gobernar como espectáculo, sólo nos muestra una realidad editada e interpretada: quién sabe por quién, esos estudiantes normalistas de suyo tan revoltosos, nuevamente van por ahí de resentidos causando destrozos, sin ningún respeto por lo ajeno. La dificultad del conflicto en Ayotzinapa es que nos muestra una fractura entre el bien y el mal conocidos, para dejarnos en el limbo de lo relativo: ¿dónde encontrar el bien que nos tranquilice?  El tiempo de nuestra existencia compartida en México, ha marcado un hito: ni bien ni mal, sólo la incertidumbre del limbo sin nombre.

AYOTZINAPA SEMILLA

En un mundo donde la extrema violencia, tanto individual como estructural, parece haberse naturalizado al punto de que el papa Francisco se refiriera a la actual coyuntura como una verdadera guerra mundial por goteo, la detención/desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa supera lo imaginable y nos conmueve de dolor y de impotencia. ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!,  consigna que gritan sus familiares nos unifica en una firme voluntad de enfrentar al pavor.

Sin embargo, el horror nos exige, para poder enfrentarlo, el uso de la razón. Es necesario comprender en profundidad las múltiples “Ayotzinapas”, que acontecen en nuestro suelo patrio. La alternativa para esta hora de nuestra sociedad, es solamente una: o la construcción de derechos humanos, o el mundo de la barbarie. Debemos comprender que pensar un mundo estructurado en torno de la definición de derechos humanos, no es sólo apostar a una urgencia políticamente correcta, sino que es una decisión imperativa de construcción de nuestro futuro como país.

Es con este  razonamiento, que debemos comprender lo ocurrido esa noche en Iguala hace un año, que a nuestro entender va más allá del inconcebible desborde de una autoridad municipal megalómana o del “daño colateral” en una encarnizada batalla de sicarios del narco. Más allá de que ambos actores existan y sean reales, su mera presencia no da cuenta en profundidad de lo sucedido.

Aquí, al pie de la frontera norte del país, nosotros también queremos ver con vida a los 43 de Ayotzinapa, pero ¿qué hacer? La jodida pregunta nos persigue y no tengo la respuesta. Pero es urgente hallarla. Antes que la muerte se convierta en rutina y destino de los mexicanos.

ALVARO DE LACHICAMiembro de la Comisión Ciudadana de Derechos Humanos del Noroeste, S.C. Correo electrónico: andale941@gmail.com