Recuperar la soberanía popular y la independencia

En septiembre, y sobre todo los días 15 y 16, escuchamos en discursos políticos en ceremonias conmemorativas y en el tradicional “grito,” frases llenas de patriotismo que hacen alusión a un México independiente, libre y soberano, un México que retoma las enseñanzas de los “héroes que nos dieron patria” para construir un país democrático en el presente.

Manuel Guillén Guillén* / A los Cuatro Vientos

Sin embargo, el México  actual  va retrocediendo en su independencia y en su soberanía, por ello resulta un insulto que los políticos y las instituciones corrompidas hablen de independencia, libertad, soberanía, y democracia.

Esto es evidente con las reformas estructurales que atacan de lleno al pueblo mexicano y con los dos últimos procesos electorales presidenciales (2006 y 2012) donde se ignoró la soberanía popular, estipulada en el artículo 39 de nuestra Constitución: “La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de la alterar o modificar la forma de su gobierno.”

Estos retrocesos son al mismo tiempo una traición a la historia. La idea de la soberanía popular marcó fuertemente los antecedentes de la independencia en 1808. En ese momento personas como Melchor de Talamantes, Francisco Azcárate y Francisco Primo de Verdad eran partidarios de esta tesis que cobró fuerza ante la crisis política desatada en España por las abdicaciones de Bayona; en las que Carlos IV y posteriormente su hijo Fernando VII dejaron el trono vacante ante la presión de Napoleón Bonaparte, mismo que cedió a su hermano José.

Por mucho tiempo, el principio de soberanía recaía en el rey, esto se justificaba en la tesis del derecho divino, muy característica en la mayoría de las monarquías europeas y que ayudó a consolidar al absolutismo. Ésta afirmaba que la legitimidad y autoridad para gobernar del monarca provenía de la voluntad de Dios, y no de un sector de la población o autoridad terrenal.

Estas ideas fueron ampliamente criticadas durante la Ilustración en el siglo XVIII y posteriormente con la revolución francesa, sucesos que cuestionaron esta idea y, en su lugar, hablaban de la soberanía popular. Ésta por el contrario, proponía que la autoridad y legitimidad de un gobernante proviene de la voluntad del pueblo y no de Dios.

CONSPIRACION INDEPENDENTISTA 1808
Imagen de la película «Gritos de Muerte y Libertad; El primer intento de autonomía fallido», que versa en el planteamiento de Primo de Verdad, Talamantes y Azcárate de la búsqueda de una autonomía y de que la soberanía volviera al pueblo.

Ahora bien, Primo de Verdad, Talamantes y Azcárate argumentaban que ante la ausencia del legítimo rey en España (Fernando VII); la soberanía recaía en el pueblo, por lo que haciendo validez de este principio y derecho, proponían la creación de juntas de autogobierno. Esto marcaría indudablemente la justificación de demanda de autonomía, y posteriormente de independencia.

Esta teoría fue ratificada en la Constitución de 1917, documento considerado como uno de los logros de la revolución mexicana; por lo que el principio de la soberanía popular resulta fundamental ya que marca el autogobierno del pueblo a través de un sistema democrático y representativo. En palabras sencillas, el pueblo elige a sus gobernantes y éstos habrán de dictar y hacer cumplir las leyes en representación y en beneficio de los ciudadanos, para que así se cumpla ese ciclo de autogobierno.

Desgraciadamente, ese principio de soberanía popular solamente lo ha manejado una cúpula de políticos y empresarios nacionales y extranjeros, generando un régimen político-económico a favor de ellos mismos. Por lo cual, esa democracia representativa se vuelve una oligarquía disfrazada de democracia, donde el pueblo es el menos representado y el que menos tiene poder y solamente obtiene pobreza, marginación y represión de sus “representantes”.

Por el lado contrario, es desilusionante que  muchos ciudadanos piensen que este país no tiene remedio alguno y que “ni modo, así somos.” Da la sensación de que México es un país adormecido, y eso hace olvidar a los mexicanos que poseen un potencial enorme para hacer que el país lleve un camino distinto.

Debemos tomar conciencia como sujetos históricos y como pueblo, para forjar una democracia participativa y  un auténtico autogobierno. Recuperemos el principio soberano del pueblo pues nos otorga el derecho quitar a un mal gobierno, un mal sistema político-económico y reconstruir a México para hacerlo realmente independiente.

MANUEL GUILLEN GUILLEN*Historiador, Ex investigador del Archivo Histórico de Ensenada, de donde fue despedido por su activismo a favor de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa. Docente en el Instituto Latinoamericano. Correo electrónico: manuelg_guillen@hotmail.com