De vicios y virtudes

En memoria de Toño

Aclaro de entrada que soy abstemio, eso –en una sociedad que gusta mucho de las llamadas bebidas espirituosas- me pone en alguna lista de sospechosos: ¿Cómo, no bebes? También soy ateo y eso agrega más sospechas sobre mi persona: ¿Cómo, no crees? Sí, fumo y eso, de manera definitiva, me pone en las lista de los apestados: ¿Pero, todavía fumas?

J.M. Figueroa R. / A los Cuatro Vientos

En fechas recientes Ensenada recibió a miles de visitantes que se dicen amantes del vino. Vinieron a unirse a los  “diletantes”  locales para concelebrar, en honor de Baco, Las Fiestas de la Vendimia. Entre los visitantes estuvo un expresidente de México famoso por sus inclinaciones etílicas. Yo, aunque abstemio, no puedo ser ajeno a los eventos –así les llaman- relacionados a las fiestas del vino, que incluyen aspectos culturales variados: música, danza, comilonas, fiestas callejeras y otras no tanto: el filtro es el frac y los billetes necesarios para poder ingresar. El alboroto me llevó a recordar los años en que Antoine Badán y Ramón García Ocejo –ambos lamentablemente fallecidos-  vendían boletos para las primeras Fiestas de la Vendimia y promovían unos vinos que –a decir de verdaderos conocedores- eran francamente unas marranillas bastante deplorables. Una pena que a Toño y a Ramón no hayan visto el éxito en que se convirtió su iniciativa.

Movido por la curiosidad decidí hacer consultar a Google sobre la siguiente cadena de palabras: vino+marketing+sommeliers+estadística. Obtuve medio millón de documentos –ya ven como es de exahustivo Google- que obviamente no consultaré jamás pero seleccioné algunos de ellos para tratar de responder a  dos preguntas: ¿Cuánto del vino es “marketing? y  ¿Realmente los expertos en catar vinos son confiables?

¿Cuánto del vino es “marketing?  Incluso personas capacitadas como “sommeliers” pueden llegar a ser incapaces de distinguir entre vinos baratos y caros. Un experimento realizado por investigadores alemanes –Ustedes dirán: ¡qué saben los alemanes de vinos!- hicieron creer a un grupo de 100 voluntarios que probaban cinco vinos de diferentes precios (entre 5 y 90 euros) cuando en realidad probaban sólo dos, uno barato y otro caro: la valoración fue estadísticamente apegada al precio, no a la calidad. Los franceses sí saben de vinos: El investigador, H. Plassmann, (Francia) concluye en un estudio que la comercialización no solo puede inducirnos a comprar tal o cual vino, sino que además manipula nuestra sensaciones a tal grado que nos convencemos de las cualidades que la publicidad le atribuye a: olores, colores, sabores, texturas, etc. Sus resultados muestran que –desde un punto de vista estadístico- los vinos  “más caros” fueron mejor valorados y el cerebro –cuya actividad neuronal fue medida- de los voluntarios los disfrutó como si fuesen excelentes. Un resultado adicional, obtenido en relación a la capacidad de las personas para elaborar un discurso -como una medida de la capacidad de análisis- éstas obtienen mayor placer cuando perciben  señales del marketing como el precio o “aquel comercial tan lindo”.

CATANDO VINO
Foto: Uruguay property

¿Realmente los expertos en catar vinos son confiables? Al parecer no. Pero ¿cómo medimos la confiabilidad? De la única manera posible: con métodos estadísticos. Eso fue lo que hizo el oceanógrafo  Robert Hodgson, jubilado por la Universidad de California, con una formación sólida en estadística y propietario de una pequeña bodega: Fieldbrook Winery. Hodgson hizo las siguientes consideraciones: reconocemos que, si bien todos nacemos equipados con el mismo tipo de sensores para percibir el mundo que nos rodea, no todos funcionan igual; algunas personas ven mejor que otras, otras tienen mejor olfato, unas mejor oído.

Los “sommeliers” son personas en las que reconocemos la presencia de un excelente olfato, un paladar exquisito y una muy buena vista pero –como hacer ciencia es hacer preguntas- Hodgson se preguntó: ¿Qué tan estables son sus sensores? ¿Qué tan cuestionables sus apreciaciones sobre la calidad de un vino? Luego de diseñar y realizar una serie de experimentos estadísticos Hodgson concluye básicamente que los expertos en catar vinos no son confiables.

El espacio, el maldito espacio, no me permite comentar ampliamente los resultados, estos  pueden ser consultados principalmente en varios números del Journal of Wine Economics. No sobra decir que sus experimentos le han ganado muchas enemistades en el mundo del vino, ya que entre otras cosas demuestra que a lo sumo sólo dos de cada 10 jueces son confiables al momento de calificar la calidad de un vino.

La del vino es una religión que día con día gana adeptos, lejos de mi intención destruir mito o religión alguna, mucho menos aquellas de las que no participo, sólo muestro evidencias obtenidas por otros y pongo como colofón una consideración enteramente mía. Hace siglos que el vino abandonó su humilde cuna y dejó de ser refugio y bálsamo de campesinos cansados de labrar la tierra para convertirse en señor de palacios, restaurantes caros  y vendimias; no se guarda más en odres viejos de cuero sino en barriles de caras maderas y no viaja en el porrón sino en  botellas de diseño con etiquetas cuajadas de premios; ojalá y en Ensenada –como en muchos países de Europa- haya espacio para el vino humilde al alcance de todo el que quiera aventurarse por los sueños de Baco, conocido también como Dionisio y que según la mitología griega es el dios del vino y el desenfreno, pero  también de la agricultura y del teatro y también de  la libertad porque te libera de tu ser normal, mostrándote la locura y el éxtasis, por lo que también era llamado Eleuterio: El libertador.

MANUEL FIGUEROA* El autor es campesino, normalista rural, oceanólogo, maestro en ciencias en oceanografía física y doctorado en física del medio ambiente.