Joel Robles Uribe*: Un médico comunista

* 13 de junio de 1932 a 12 de agosto de 2015.

Joel escuchó que los gitanos se robaban a los niños. Fascinado por la belleza de las mujeres que leían la mano, se bañó y acicaló como nunca; con zapatos recién boleados, camisa blanca y pantalones cortos se paró en la puerta de la casa de sus padres, en Tepic, con la ilusión de que lo llevaran al mundo fantástico del circo. Pero se quedó esperando. Luego vagó por las calles hasta quedarse atónito, espiando a un arquitecto que hacía planos en su restirador.

Mara Robles / A los Cuatro Vientos

Mi abuelo lo encontró tan embelesado con el estudio del arquitecto que le regaló un “tumbaburros”, que mi padre devoró completito, palabra por palabra. Así se volvió el primer intelectual de una laboriosa familia que lo mandó a una escuela fundada por Lázaro Cárdenas donde cantaban “La Internacional”. Más grande lo enviaron a la Preparatoria de Jalisco, y en la Universidad de Guadalajara estudió medicina con tal fruición que empezó su carrera como médico de pueblo y cirujano en el segundo semestre de la carrera (mi hermano mayor nació cuando mi mamá tenía 18 años).

El estudiante Joel Robles atendía partos sobre una mesa de lámina de Coca-Cola y para aprender más rápido  convencía a sus compañeros de dejarse operar en el Hospital Civil de Guadalajara. Con la complicidad de las monjas se robaba pacientes de sus maestros para operarlos, con el argumento de que era una urgencia que no podía esperar. Por eso montó un pequeño hospital con farmacia en Jalcocotán, Nayarit, que le permitiera sostener a una familia a la que ya habían llegado mis tres hermanos, apenas unos chamacos.

Muy buen médico, fue rápidamente acogido por cientos de jalqueños. Mi mamá trabajaba de enfermera, instrumentista, dependienta de la farmacia y comodín hasta que, en sus labores de contadora, le hizo saber a mi padre que las finanzas flaqueaban, porque no cobraba las consultas, las cirugías y los medicamentos a los pobres de la región.

Julián Gascón Mercado, gobernador de Nayarit, ex senador y médico admirable –patrono del histórico Hospital de Jesús, el más antiguo de América Latina– invitó al popular doctor Joel Robles a ser candidato a presidente municipal del puerto de San Blas. Ya como alcalde, mi padre desplegó ahí su audacia al escribirle al Presidente Adolfo López Mateos que toda la población del municipio “tenía parásitos”. Era su estrategia para conseguir el

drenaje que hacía falta tanto en el pueblo como en el resto del estado. Cuando mi padre avistó la caravana de Mercedes Benz negros con placas de la Ciudad de México cargados de médicos y enfermeras, supo que su estrategia había sido un éxito. El Presidente había mandado a corroborar la epidemia y les instaló el drenaje.

JOEL ROBLES MISA FUNERAL
En la misa del destacado político comunista (Foto: Internet).

El médico alcalde también acogió a múltiples artistas europeos y norteamericanos, a quienes invitó a exponer pinturas y fotografías en las ruinas de la Contaduría del puerto de altura que un día fue San Blas. Cuentan que paseaba un cocodrilo en la fuente de la plaza, en la que se oía música clásica. Mis padres y hermanos fueron muy felices en esa aventura en la que, como alcalde, mi padre no cobraba su sueldo y en cambio mi mamá preparaba todos los días los desayunos escolares de las primarias públicas. Ya para entonces la bautizaron como doña Santa porque era más adecuado y simple que la señora Armida Villaseñor.

Mi papá estaba muy ocupado aplicando el decreto de tierras ociosas de Lázaro Cárdenas y fundando ejidos. Un día le pusieron el mote de “pequeño Zapata nayarita” porque el chaparrito ya había expropiado bastantes latifundios para repartir las tierras. Su fama crecía y al terminar el trienio la Chiclets Adams reclamó sus reservas de árboles de chilte donde los campesinos sin tierra, muy contentos, por orden de mi papá, ya habían fundado el ejido de La Chiltera.

Preso político, pisó la cárcel, de donde lo rescataron los curas y los Rotarios, quienes argumentaban que el Doctor Joel era un buen hombre que “no sabía lo que hacía”. El gobernador Julián Gascón –¡mi padre le había expropiado tierras al mismísimo papá del gobernador!– confiaba más en la buena fe que en la ingenuidad del doctor Joel Robles y respaldó su liberación, con la súplica de que se retirara del estado.

Así volvieron a Guadalajara mis padres ya con mis seis hermanos. De nuevo, toda la familia paterna y mi abuela materna, con sus esfuerzos, le montaron en Guadalajara un consultorio al hijo pródigo. Pero otra vez la gratuidad de sus servicios los llevó a la bancarrota, y tuvieron que convertir la casa rentada frente a la Pila Moderna de la calle de Tolsá en hostal para estudiantes de otros estados, y así logramos sobrevivir.

Convencido de su vocación por la salud del pueblo, cada domingo subía al autobús para venir a México a estudiar la maestría en el Instituto Nacional de Salud Pública. Así se hizo epidemiólogo y luego creó en la Universidad de Guadalajara la maestría en Salud Pública y el servicio de Medicina Preventiva en el antiguo Hospital Civil de Guadalajara: el nosocomio de los pobres y el más heroico del Occidente del país, fundado por Fray Antonio Alcalde.

Desde ahí llevó centenas de campañas de vacunación, repartió condones y atendió el VIH cuando los homosexuales y la interrupción del embarazo estaban proscritos. Al mismo tiempo era médico familiar, epidemiólogo de la Clínica 2 del Seguro Social, y daba clases en la Facultad de Medicina de la Universidad. También coordinaba talleres en la Unidad de Higiene Escolar de la SEP y formaba Enfermeras sanitaristas en el IMSS.

Por si fuera poco, adoraba trabajar en el Centro de Estudios para el Desarrollo de las Comunidades Rurales de Jalisco, y luego fue director fundador del Centro de Estudios para el Desarrollo de la Comunidad, el “Jaguar”, que reunía a los miles de preparatorianos para hacer trabajo en las colonias. Trabajaba como enfebrecido. Y ya éramos siete chamacos, por cierto.

JOEL ROBLES CON MASCARAS

Pero desde que, como Director de la Clínica 3, puso a barrer a los médicos, enfermeras y hasta a los pacientes para limpiar el hospital y montó obras de teatro con la historia del Che Guevara, Samuel Meléndez le había echado el ojo para hacerlo militante del Partido Comunista Mexicano. Afiliado al PCM, ni tardo ni perezoso se suscribió a Sputnik, Novedades de Moscú, la Ciencia en la URSS y el Granma de Cuba. Así llegaron a nuestra casa Valentín Campa, Arnoldo Martínez Verdugo, Gilberto Rincón Gallardo, Pablo Gómez y un día cantó en mi cumpleaños Carlos Puebla “con tu querida presencia comandante che Guevara”. O “si no fuera por Emiliana, no estaríamos tan acostumbrados a tomar café…” De repente la casa, además de la familia y los estudiantes, también se hizo refugio de chilenos exiliados del golpe de Estado: la doctora Haydé Alarcón, el doctor Ilabaca, Caco y tantos amigos más. Luego salvadoreños y guatemaltecos. Igual llegaban médicos que guerrilleros y negociadores de procesos de paz con la guerrilla.

Como todo era tan claro, cotidiano y festivo aunque estuviéramos en la clandestinidad, me pareció muy natural, en la primaria, después de escuchar las palabras del candidato del PRI, pedir yo misma la palabra para pedir que también invitarán al patio de la escuela a mi papá, que era el candidato a gobernador del Partido Comunista Mexicano, al tiempo que Valentín Campa hacía campaña, sin registro legal, a la presidencia de la República.

No me imaginaba que las miradas a mi alrededor significaban estupor porque mi familia era comunista, corriente ideológica que, se supone, se comía a los niños. No lo invitaron pero cómo pegamos carteles con engrudo. En cuántas bardas trazadas por la brigada garibaldina hicimos pintas y cuántos días perifoneamos en la Brasilia gris en la que me llevaban a la escuela y en la tarde subíamos a la plaza de Los Laureles donde mi papá lanzaba discursos toda la tarde como “Demiurgo”, diría el caricaturista Falcón. A cuántos mítines, marchas y plantones fue mi papá. Incluso terminó en huelga de hambre cuando fundó la corriente el Águila Descalza para democratizar el sindicato del IMSS.

Cómo olvidar cuando se fue a la URSS a estudiar y cuando a sus 80 años fue orador todavía en la marcha del primero de mayo. Cómo no recordar cuando conocimos a Monseñor Óscar Romero o cuando defendía la dictadura del proletariado. Cómo no morir de risa cuando llegó la perestroika y mi mamá se llevaba las manos a la cabeza y exclamaba: “y nosotros, con todos los libros de Editorial Moscú”, con la obras completas de Lenin, Marx y Engels en esa biblioteca que irá a la Universidad con sus más de 10 mil volúmenes de libros rojos, y de medicina, y de literatura comprados obsesivamente en cada FIL, en cada librería, por encargo, por correo o por teléfono.

Los libros de mi papá, sus revistas, sus periódicos fueron todos leídos, o no, porque son tantos y tantos que recorren las paredes de toda la casa por todos lados pero lo hacían sentir seguro, como diría Elías Canetti.

El doctor Joel Robles fue delegado a los congresos del PCM, fundador del PSUM y del PMS, también del PRD (partido que lo postuló a presidente municipal de Guadalajara) y candidato también a diputado local y federal antes de que ganáramos ninguna elección ni ningún cargo. Siempre puso de su salario para las campañas y jamás dejó de llevarnos a la playa modestamente porque decía que hasta la revolución salía de vacaciones.

A otros, que no sean de la familia, les toca ponderar los méritos médicos, académicos y políticos del doctor Joel Robles Uribe. Será a otros a quienes les corresponda hablar de su decencia, compromiso e indómita capacidad de lucha incluida su última militancia con López Obrador, en quien confió. También hablarán de sus defectos y errores. Pero a nosotros nos corresponde sólo decir que hoy aquí estamos: doña Santa, sus hijos y nietos, orgullosos de la vida de nuestro patriarca, del viejo que nos formó y al que extrañaremos mucho hoy que partió, y que no olvidamos su impronta, ni se nos olvida cuando lo acompañábamos en el Instituto Nacional de Nutrición, haciendo el recuento de no menos de 32 padecimientos que acumulaba y los 44 medicamentos que tomaba, y planeábamos su funeral. Y al preguntarle acerca de lo que debiéramos escribir en su epitafio, pidió: “pongan que fui un médico comunista”.