Silencio

En memoria de Raziel Cervantes.

Descansa en paz, amigo.

Silencio, el sonar burbujeante de la pecera, silencio.

Omar Bonilla Betancourt/ A los Cuatro Vientos

Una tortuga del tamaño de un pie de adulto observa desde su fortaleza transparenté el ir y venir de la gente. Libre de toda culpa, de todo recuerdo. Un adulto, ya mayor, lucha por permanecer despierto, la edad le pesa, los ojos aún más, piensa: yo aquí, el allá. Silencio. La figura de otro hombre que vive apartado del presente, se dedica a recordar, sus ojos reflejan culpa; tiene un brazo enyesado, quizá estuvo en el accidente, quizá cayó por las escaleras. Flores, silencio, flores que no dejan de llegar, son tantas que tapan los muebles, tapan las grietas que no solamente se pueden apreciar en la casa. La madre sale a decir unas palabras, ese titán en llamas que parecía arder con fuerza se vuelve débil y oscuro por un momento. Silencio. Una ambulancia llega a la puerta principal. De ella baja una camilla; una señora descansa sobre el colchón. Sin poder mover un músculo del cuerpo se escucha un «buenas tardes», todos saludan esperando el silencio. La camilla empujada por un enfermero y guiada por otro más, entra a la sala. Silencio, lamentos, gritos que congelan la sangre, todos estamos ahí. Dolor, un débil «estoy aquí». Silencio, el sonar burbujeante de la pecera, silencio. Aquel cuerpo débil y frágil intenta incorporarse, y lo consigue, con un poco de ayuda de los enfermeros y otra tanta de voluntad. Logra levantar la cabeza, «no te dejaré». El sol que ya era débil empieza a desintegrarse poco a poco. Un grito: «¡esto no es real!» Silencio.

Un balón de basquetball yace inmóvil sobre la cama de madera, y pensar que tuvo movimiento. El coro que no ensaya se sabe a la perfección sus líneas. No hay una sola voz a destiempo, están unidas por algo más que la monótona repetición. No es nada personal contra el teatro, un celular también suena en ese momento.

PECERA BURUJAS LUCES

La boca de la casa es pequeña, pero su estómago es inmenso, nunca se reúne tanta gente, a menos que haya silencio. El coro empieza sus letanías, el aire viciado por sus lamentos alborota las cortinas, parece que algo les inquieta, que no quieren estar ahí. Son los párpados que ven todo lo que los ojos no quieren. La tortuga que juraría que era del tamaño de un pie, ha crecido, ahora tiene ya la proporción de una cabeza humana. Nadie la ve, su vista está centrada en el lugar equivocado. El coro se silencia, una sola voz lidera el canto. Silencio.

Mariposas amarillas rondan la casa, llevan volando cien años en soledad. Todos las miran, todos creen en milagros, pero miran al lugar equivocado.

La despedida; un «nos vemos luego», un partido de basquetball pendiente, la revancha. Aquellos anillos mágicos que los volvían invencibles durante los partidos, se empolvarán un poco, sólo un poco. Aquella tortuga que juraba tenía la proporción de una cabeza humana, ha adquirido ya la estatura de un adulto, ha saltado de la pecera; nadie la ve, todos miran al lugar equivocado. Con mucha tranquilidad toma el abrigo café del anciano, que ahora duerme. Se lo pone y se apodera de unas botas negras que se encontraban arrumbadas detrás del sillón. El ambiente huele a humedad, el silencio es cada vez más insoportable. El ser ovíparo toma una silla plegable negra y pequeña comparada con el tamaño que tiene actualmente. Se sienta y escucha el silencio. Es tiempo de retirarse, ser cómplice del silencio dura sólo un momento, excepto para la madre y los hermanos. Ya no queda nadie en la casa, sólo familiares y una singular tortuga. Se apagan las luces, es momento de descansar, mañana les espera un largo día. La tortuga continúa sentada en la silla. Al final nadie la quiso ver, todos miraron al lugar equivocado. Bañada por la luz de la luna se incorpora y se acerca al ataúd. Ambos se miran, ambos se sonríen, son cómplices esa noche. Silencio, el sonar burbujeante de la pecera, silencio.