¡Pablo Neruda debe volver a Isla Negra!

Me llega de Chile una noticia que sobrecoge. Veintiséis meses después de la exhumación de los restos de Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto, Pablo Neruda para el mundo, están insepultos. Recibo la información de esa tierra que tanto se parece en jirones de su orografía a Baja California. Sobre todo ese mar oscuro que él veía desde su finca de Isla Negra, con el paisaje rocoso, las algas dispersas en la playa como cuerpos destrozados por las tempestades en la ruta de las ballenas, el aroma yodado al levantarse la niebla y el gruñido de los lobos marinos esparcido donde juegan los niños en la arena.

Jorge Ruiz Dueñas* / La Jornada/ A los Cuatro Vientos

Ciudad de México, 20 de junio.- Esos párvulos que como los bajacalifornianos sí entienden la palabra “choro”, letras que viajaron en un baúl gramatical sobre la ruta del cobre hasta nuestros litorales. Se trata de una amarga petición de la Fundación Pablo Neruda:

“El 8 de abril de 2013 fue exhumado de su tumba el cuerpo de Pablo Neruda, por orden judicial, para realizar pericias técnicas que confirmaran la causa de su muerte. Han pasado más de dos años y sus restos permanecen insepultos a la espera de una decisión de la Corte de Apelaciones. Sin ánimo de interferir en la labor de la justicia, con la que siempre hemos colaborado, consideramos que ha pasado un tiempo más que prudencial para que el poeta vuelva a descansar en paz en su residencia en la tierra de Isla Negra”.

Cómo conocí al poeta

NEFYDA CIRCULO POESIA

¡Neruda! ¡Neruda!, fue el grito que resonaba a mi espalda en la tarde del 1º de julio de 1966. Lo he dicho antes. Era el clamor de miles de gargantas. Caminaba por la explanada de la Ciudad Universitaria frente al coloso de piedra decapitado, la estatua de Miguel Alemán dinamitada y cubierta durante mucho tiempo. Del cielo ya colgaba una luna desmesurada, y las torres del estadio encendidas sin razón aparente se imponían a los últimos vestigios de luz. ¡Neruda! ¡Neruda! era el grito. Venía desde el entonces auditorio de la Facultad de Ciencias, donde vimos al poeta leer fragmentos de su obra.

En el auditorio las odas se deslizaron cansinas, acentuadas en la justa medida de un canto. La misma voz que recorrería días después los pasillos solariegos de la casa de mi maestro Raúl Cervantes Ahumada en Chiconcuac, Morelos. El hablar suave de los dos amigos parecía refugiarse en las maderas de una marimba olvidada en el corredor o perderse en los cañaverales que espigaban después del césped, apenas unos metros tras la puerta de cristal. Aquellos hombres de espesa figura contrastaban con su tono blando al evocar una casa en la arena, ante las miradas de Matilde Urrutia y doña Gloria, aliviadas apenas por la brisa de los ventiladores, mientras yo les veía sin disimulada veneración.

Nosotros los de entonces

NERUDA GORRA ABRIGO

Los estudiantes que escuchamos a Neruda teníamos formación emocional apta para registrar poemas amorosos y el Canto General, pero no para captar su Residencia en la tierra I y II y la Tercera residencia. Tampoco para vislumbrar en él al Premio Nobel de Literatura 1971.

“Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos…”. Es verdad. Mas septiembre suele traer a la memoria su muerte en el cuarto 402 de la clínica Santa María, en un humeante Santiago estremecido por el golpe de Estado. Incluso su frustrado viaje a México, que lo esperaba como a las aves hambrientas de su poema Serenata de México (Memorial de Isla Negra) venidas desde Isla Negra a nuestras Californias, no sin antes confesar haber vivido…

La muerte acogió al poeta víctima del cáncer y destruido por la información que sobre la capital chilena se transmitía. En su derrota física y anímica el 23 de septiembre de 1973, cuando se atacaba el Palacio de La Moneda, en su delirio, semejante a los de Goya –“los están matando”, balbuceaba–, no anticipó que tendría varios funerales.

Cuántos funerales para alumbrar su memoria

Salvador y Pablo, unidos hasta en la muerte (Foto: internet).
Salvador y Pablo, unidos hasta en la muerte (Foto: internet).

El primer funeral se inició en el sótano del nosocomio antes de llevarlo a su casa de La Chascona, recién saqueada. El féretro gris llegó al cementerio general envuelto con la bandera chilena la mañana del miércoles 26 de septiembre. Privaba una atmósfera de temor y confusión que cobró mayor tensión al grito de: “Compañero Salvador Allende”, al que todos respondieron: “Presente”. Ese primero y accidentado funeral fue calificado por Mary Helen Spooner como la primera manifestación en contra del régimen militar.

Ocho meses después, los restos fueron trasladados al nicho 44 del patio México del mismo cementerio general ante sólo cinco personas que acompañaron a su esposa. Ahí permaneció hasta 1992. Un 11 de diciembre sus restos y los de Matilde fueron exhumados y tras una ceremonia luctuosa regresó –como era su deseo– a Isla Negra. Yació junto a ella en un sepulcro orientado al litoral que contempló por años tras el ventanal de su estancia, llena de mascarones de proa y vestigios marinos.

En busca de Neruda

El poeta y Matilde Urrutia en Isla Negra (Foto: internet).
El poeta y Matilde Urrutia en Isla Negra (Foto: internet).

Años atrás quise encontrarme con el paisaje que después del adiós a Parral, Chile, llevó Pablo en las pupilas. Viajé a Temuco. Encontré la lluvia sobre los tejados, los bosques y el cielo de La Araucanía, cambiante y transparente, que refleja la luminosidad de los lagos y la nieve de los volcanes. La misma visión de El Canilla, poeta niño, y uno entiende así la perplejidad ante la vida.

La búsqueda de la verdad histórica y la justicia llevó a una nueva exhumación el 8 de abril de 2013. Hoy los canallas ya se han muerto sin sobresaltos. Nada se ha logrado, pero la memoria de Neruda, como su obra, están vivas y sus restos merecen cumplir, de una vez por todas: “Compañeros, enterradme en Isla Negra, / frente al mar que conozco, a cada área rugosa / de piedras y de olas que mis ojos perdidos no volverán a ver (…) Abrid junto a mí el hueco de la que amo, y / un día / dejadla que otra vez me acompañe en la tierra. (Canto general. Sección XV, “Yo soy”)”.

JORGE RUIZ DUEÑAS POETA*Jorge Ruiz Dueñas (1946). Poeta, ensayista, novelista con 39 obras publicadas. Premio Nacional de Poesía Ciudad de la Paz (1980); Premio Nacional de Periodismo (1992); Premio Xavier Villaurrutia (1997). Su obra se difunde en Francia, Brasil, Chile, Estados Unidos y Marruecos donde publicó Las noches de Salé en árabe y francés. Ha sido miembro del Sistema Nacional de Investigadores en Ciencias Sociales y Humanidades; secretario general de la Universidad Autónoma Metropolitana; secretario técnico del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes; gerente general del Fondo de Cultura Económica y director general del Instituto Mexicano de la Radio, los Talleres Gráficos de la Nación y el Archivo General de la Nación.

Fuente: http://jornadabc.mx/tijuana/20-06-2015/pablo-neruda-debe-volver-isla-negra