Sin maíz ¡no hay país!

Para los jornaleros de San Quintín y los de otros muchos valles de nuestra dilatada geografía.

Manuel Figueroa R* / A los Cuatro Vientos

Tengo ahora 62 años, fui un niño campesino que creció en el Ejido «El Porvenir», al sur del estado de Chihuahua entre Jiménez y Parral. Una región desértica donde la agricultura y la ganadería son actividades de alto riesgo que exigen entender tu medio ambiente a la perfección o estarás perdido. Los viejos de entonces (años sesenta) sabían mucho de eso, eran exitosos sin ser ricos: producían lo que comían y tenían un excedente para vender y satisfacer sus necesidades.

Aprendí de mi padre, mis tíos y vecinos prácticas ancestrales que ahora -lamentablemente- se han perdido, tal vez para siempre porque los jóvenes de ahora miran todas esas buenas prácticas como cosas de viejos anticuados que no entendieron la modernidad.

Doy un ejemplo:

En noviembre, cuando cosechábamos el maíz, los niños y niñas teníamos una tarea fundamental que nos era explicada y confiada por nuestros padres como una revelación vital: éramos los encargados de seleccionar la semilla para el próximo año. De entre cerros de mazorcas peladas a mano se nos pedía seleccionar aquellas que reunieran las siguientes características: más grandes, más rectas, con hileras de granos más definidas, con el olote más delgado pero el grano más gordo y perfecto (cualquiera que ame al maíz sabría qué grano está cerca de la perfección), menos granos picados por los gusanos o el picudo y con la menor cantidad posible de granos de diferentes colores y formas. Hacíamos nuestro trabajo con esmero y después de recibir la aprobación de algún abuelo lo desgranábamos a mano para no romper la cutícula que envuelve al grano ya que su porcentaje de germinación disminuiría. Después de desgranarlo lo volvíamos a seleccionar lanzándolo al viento con una pala de madera, el viento se llevaría aquellos granos que estuviesen huecos –vanos les decíamos-  y luego lo pasábamos por una criba para separar los más pequeños. Una vez seleccionados los granos, “venteados” y tamizados los guardábamos en costales que serían puestos en el lugar más seco y frío de la troje. Ese no sería el grano que nosotros sembraríamos a finales del próximo marzo, ese maíz perfecto y cuidadosamente seleccionado sería para nuestros amigos que vivían en los valles desérticos cercanos y cuyos hijos habrían realizado la misma amorosa labor que nosotros; en enero –cuando los fríos cuchillos del viento del desierto chihuahuense te rajan la cara- iríamos a sus pueblos o ellos vendrían al nuestro, para intercambiar kilo por kilo de la mejor semilla posible de maíz de mayo, de coahuileño, de blanco, de amarillo, de rocetero, de pinto y de tantos nombres evocadores que al parecer se han perdido para siempre.

SIN MAIZ NO HAY PAIS

Junto con el grano dábamos y recibíamos instrucciones y consejos: no lo siembre a tierra venida, mejor en seco; póngale calabaza cada diez matas, crecerá mejor; siémbrelo donde haya tenido alfalfa y verá como rinde; este es especial para elotes, aquel para forraje, el otro para el grano.

Sembrar maíz era nuestra vida y en torno a él giraban las estaciones. Luego llegó Monsanto y todos sus similares que fueron llevados allí por los ingenieros de la SARH, en quienes la gente confiaba y, por creerles, desoímos los consejos de los viejos que habían servido de correas de transmisión para un conocimiento que venía de muy lejos y sembramos maíces con nombres que nos eran ajenos, nombres compuestos de letras y números sin sentido, cosas como AR2380 y otros muchos garabatos que nada nos decían, maíces que -a decir verdad- produjeron más grano por hectárea tal y como juraron los ingenieros, lo que no dijeron era que deberíamos de aplicar toneladas de urea, de pesticidas, el triple de agua y lo peor: no dijeron que la fertilidad de tales granos de nombres horrendos era limitada, que no tendría nunca más sentido seleccionarlos para intercambiar con los vecinos, no nos dijeron que nos convertiríamos en sus esclavos y que año tras año deberíamos de comprarles sus engendros a precios cada más elevados porque las semillas que nuestros antepasados domesticaron con amor y paciencia habrían desaparecido para siempre de la faz de la tierra.

MANUEL FIGUEROA* El autor es campesino, normalista rural, oceanólogo, maestro en ciencias en oceanografía física y doctorado en física del medio ambiente.