Voto dividido y voto de castigo

Ha llegado la hora del ciudadano. Este miércoles candidatos y partidos concluyen sus campañas políticas y el próximo domingo se llevará a cabo la jornada electoral. El sufragio es un derecho y al mismo tiempo, un deber. Representa una función política y pública que los ciudadanos tenemos a nuestra disposición para renovar a la clase política y, de ser el caso, dotarla de un mandato temporal.

Isidro H. Cisneros* / A los Cuatro Vientos

“Las elecciones no resuelven los problemas, sólo deciden quién habrá de resolverlos”. Con esta frase Giovanni Sartori se refiere al proceso con el que los ciudadanos, en condiciones de igualdad política, deciden sobre el futuro de sus gobernantes.

El voto dividido impide la consolidación de monopolios políticos. Es la práctica de votar por candidatos de diversos partidos para distribuir el poder. El voto dividido fortalece la pluralidad política y obliga a los partidos a modernizarse en sentido democrático. Considera a las elecciones el instrumento principal del control popular sobre los gobernantes en una relación directa entre electores, elegidos y territorio.

El voto de castigo, por su parte, representa un rechazo a la actual clase política gobernante. En los sistemas democráticos el voto de castigo niega el apoyo al partido votado precedentemente, produciendo alternancia. Se castiga una mala gestión o una política errónea. No es un voto de pertenencia sino más bien de opinión y de intercambio. Refleja la existencia de un electorado activo y tiene impacto directo en el sistema de partidos.

VOTAR O NO VOTAR

Nuestro inacabado proceso de cambio político requiere de la decidida participación ciudadana. El sistema partidocrático que se ha impuesto sobre la sociedad ofrece elecciones sin alternativas, y la oposición realmente existente carece de consensos sociales. Esta configuración amenaza con esclerotizar a nuestra democracia por lo que se requiere del voto de castigo y del voto dividido para impulsar cambios. La alternancia siempre es positiva para la democracia.

A las perspectivas anulistas y abstencionistas se contrapone un enfoque participacionista, el cual considera que la participación a través del sufragio traslada a la nación una soberanía originaria, que es necesaria e imprescindible para la institución y legitimación de la autoridad pública.

El sufragio lleva a cabo una separación de lo político y lo social, al tiempo que anula las diversidades jerárquicas. El sufragio en las sociedades democráticas es el procedimiento institucionalizado mediante el cual el cuerpo electoral manifiesta sus preferencias políticas, mientras que las elecciones son el momento de mayor visibilidad del proceso político y representan una oportunidad de involucramiento activo y directo de la población. Para muchos ciudadanos el ejercicio del voto es el único acto en donde reconocen a la democracia.

Considerar que los ciudadanos son utilizables, insensibles, poco informados y propensos a la abstención, es un error. Los electores son volátiles, versátiles, movibles y fluctuantes, justamente por lo sofisticado de su cultura participativa y su racionalidad política. Representan a importantes grupos sociales comprometidos con la democratización, son exigentes y difícilmente manipulables. Ahora es el turno de los ciudadanos, quienes deberemos reflexionar sobre el futuro de nuestra frágil democratización y la calidad del sistema representativo que México requiere.

ISIDRO H CISNEROS* Isidro H. Cisneros. Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Florencia, Italia. Ex Presidente del Instituto Electoral del Distrito Federal  (isidroh.cisneros@gmail.com    Twitter: @isidrohcisneros) agitadoresdeideas.blogspot.mx