La noche del diluvio (Testimonio)

Nadie lo esperaba. Estaban ahí plantados a mitad del patio conversando los avatares del domingo. Ahí cerca, el canto apacible del arroyo, manso, sosegado, esperando el momento.

José J. Medina Zapata*

El cielo se encapotó dejando ver en lo más alto gruesas nubes amenazantes. La luna se metió como asustada o para no presenciar lo que el cielo tenía destinado. Se escondió para no ver la angustia vibrante de la muerte con la lluvia que empezó a desplomarse como cántaro sin fondo.

El sueño los metió a sus hogares y ellos en él. Afuera, el agua azotaba sin clemencia y el sueño cómplice del desastre mecía a los habitantes de San Felipe.

Julio de 1993, las sirenas sonaron. La gente despertó como pudo y la que quiso se asomó a las ventanas en la oscuridad y al resplandor de los tenues relámpagos. Se asomaban a la oscuridad de la madrugada mirando correr el agua. Sin esperarlo escucharon a lo lejos un ruido ensordecedor. Parecía que un tren invisible se les acercaba. Algunos quisieron salir y salieron cuando un techo de agua les llegó. Todo era gritar y correr. A otros los vi en el puente, empapados, implorando a Dios, cuando sentían que el arroyo les gritaba reclamando su viejo cauce; le habían lapidado su cuerpo con la intensa geografía del cemento, el clavo y la madera. Vi cómo trepaban a los árboles y cómo eran mecidos y arrastrados por la corriente. La lluvia no cesaba. La energía eléctrica había sido cortada, los postes parecían flechas lanzadas contra las casas y las casas barcos sin luz y sin timón.

Allá lejos, a la orilla del puente, en una capillita, frente a la imagen de la guadalupana pude observar el tintineo de las llamas de las veladoras que salieron de los primeros rincones desalojados. Ahí estaba un grupo de mujeres hincadas, con el agua a la cintura y el rosario entre las manos. Los rezos eran murmullos que acompañaban al zumbido del agua. De repente el impacto de una brizna de luz tenue de un relámpago, le dio un ósculo en la frente a la imagen sagrada. Después, escuché un silencio mortal acompañado por la sinfonía de la lluvia y el coraje del arroyo.

¡Papá!, gritó una mujer y solo vio deslizarse la casa de su padre. Con ello se iba él y todas las esperanzas de ver crecer a sus hijos, tal vez también se iba un sueño americano inconcluso.

RIO DESBORDADO NOCHE

En los barandales del puente, observé atorada una casa completa que rechinaba tratando de vencer la altura. A unos metros estaba doña Altagracia, aferrada al árbol de la vida. Era un sabino, como el de la noche triste donde lloró Cortés y ahora lloraba Altagracia, mezclando sus lágrimas con las aguas turbias y revoltosas del río San Felipe. Era en un sabino de 12 metros de altura donde se balanceaba. Pude observar entre la oscuridad el caserío que se iba, perros, gatos y camas que arrastraba el embravecido cauce. Altagracia ya sin ropa, sangrante, con heridas en la cara, los brazos y las piernas, pero seguía subiendo, como que huía del agua, de la vida y de la muerte. Miraba la muerte queriendo llegar al cielo. Allá arriba era otra vida. Contemplaba el mundo de otra forma. Ya no subió más, pero sus brazos y sus manos eran unas tenazas de acero a pesar de sus sesenta años.

Escuché a lo lejos el llanto de los vecinos, el aullar de los perros como cuando miran al demonio en la aguda oscuridad de la noche. Altagracia escuchaba los gritos a Dios. Yo vi cómo una familia que había luchado a muerte por una herencia se abrazaba con la fuerza de su sangre. Cuando el torrente rebasaba el puente sentí un jalón del brazo derecho. Era un socorrista que maniobraba con una cuerda para sacarme del sitio siniestrado a lugar seguro.

San Felipe se había ido.

Otro día, a temprana hora de la tarde regresé a buscar mí casa.

San Felipe se había ido.

Altagracia amaneció anidada en una rama del sabino. Al atardecer, vi que las cuadrillas de rescate y los perros especiales se percataron que en aquel árbol había una mujer rezando y asustada. No podía bajar. Un bombero subió por ella y a duras penas la pudo destrabar.

Hoy les cuenta a sus nietos la realidad de aquella noche. Hoy solo ve desolada la rivera de San Felipe, hoy cada domingo acude al parque que construyeron donde ayer estuvo su hogar. Hoy recuerda a su marido y a algunos de sus hijos. Solo el recuerdo le quedó. Todo se le fue aquella noche del diluvio.

Cd. Acuña, Coah., verano 2014

*Cuento escrito en el taller literario «Letras que curan», coordinado por la escritora y periodista Myrna Pastrana. El autor ha escrito varios libros sobre costumbres y tradiciones. En este tema, escribió el testimonio sobre un huracán o tornado, fenómeno que se repite en esta nueva desgracia de los acuñenses.