Escribiente, el último de su especie

Es un cliché decir que la tecnología ha dejado desempleada a mucha gente. Pero también es una realidad. Máquinas y cosas digitales invisibles que viajan por el mundo han sustituido a los brazos, la fuerza y a veces también al ingenio humano.

Néstor Cruz Tijerina* / Reportaje / A los Cuatro Vientos

José Armando Ganelón Sandoval es un escribano público. Tiene 77 años de edad. Vive en una destartalada «combi» en las inmediaciones del Arroyo Ensenada, entre las calles Cuarta y Quinta, junto a un conocido partido político que se dice de izquierda pero más bien está manco.

Reside en plena Zona Federal de la ciudad de Ensenada pero afortunadamente nadie lo molesta; ni siquiera los «malvivientes» y adictos que pululan por ahí. Sólo una vez otro tipo de malvivientes que portaban armas largas y placas judiciales lo incomodaron. Llegaron a su puerta acusándolo de vender droga:

– «Quisieron entrar, que los dejara pasar, pero les pedí que me mostraran la orden de un juez… Los escuché decir: ´Este señor sí conoce la ley´, así que se fueron. Hay que estudiar y leer mucho para que no pasen sobre nuestros derechos».

El profesional de la escritura ya no tiene la mayoría de sus dientes pero presume una vista perfecta. Hasta la fecha puede realizar su trabajo, cuando le cae, sin forzar los  ojos. Y me lo demostró leyendo perfectamente el párrafo de un periódico.

Lee El Vigía, El Mexicano y todo medio de comunicación que le llega. También géneros literarios: cuento y novela, principalmente.

Contrario a lo que aparenta a primera vista, tiene una lucidez envidiable. En muchos años como periodista pocas veces he podido decir que tuve una plática coherente, enriquecedora. Y vino de un señor que viste ropa vieja. No estaba frente a un imponente escritorio ni con un petulante que tiene a un montón de lambiscones a su lado para aplaudir automáticamente.

La "combi-oficina", el portal barroco hacia un mundo en vías de extinción (Foto: Néstor Cruz) Tijerina.
La «combi-oficina», el portal barroco hacia un mundo en vías de extinción (Foto: Néstor Cruz) Tijerina.

Me invitó a pasar a su combi-oficina. Tenía un desorden propio de quien vive y trabaja en un espacio de 5 metros. Huele a viejo, pensé, por ese aroma que aún recuerdo de mis abuelos.

Vi papeles que parecían importantes por tanto sello y firmas, botes de agua, cintas de tinta, sobres de galletas… Y enmedio del idílico caos literario, una antigua máquina de escribir que, al menos los que nacieron en los noventas, sólo han visto en fotos o museos. O en alguna rara oficina pública; me ha tocado.

– «El internet y las computadoras me han afectado económicamente, bajó la clientela. A veces viene alguien a que le redacte una carta, a llenar una forma, un contrato de arrendamiento, para la compra de un terreno, cartas de recomendación, pero son paulatinamente».

Antes del boom de las telecomunicaciones, José ganaba más de 500 pesos diarios con sus clientes afuera de la oficina de correos en Ensenada. Ahora, si bien le va, en un mes gana 300.

Obviamente de eso no vive, pero preguntarle resultó más angustiante. Subsiste de la pensión que le da la Sedesol bimestralmente: 1,106 pesos. Si lo dividimos son 553 mensuales, 138.5 a la semana, 19.75 diarios. Y si a eso le sumamos los 300 pesos mensuales por su trabajo, el resultado sigue siendo deprimente.

Aun así, el escritor tiene el carácter alegre y responde todo con una seriedad y conocimiento envidiables.

– «A la gente que viene conmigo también le doy asesoría de diversos trámites porque trabajé en Hacienda 30 años. Estudié Contabilidad y me mantengo enterado de las actualizaciones por la prensa. Así que no importa si el trámite es municipal, estatal o federal, a la gente siempre la puedo ayudar».

Don José, inmerso en un mundo con afectuosos brazos que nos llevan al reencuentro con el ingenio humano (Foto: Néstor Cruz Tijerina).
Don José, inmerso en el mundo de los brazos afectuosos que nos llevan al reencuentro con el intelecto humano (Foto: Néstor Cruz Tijerina).

Trabajar tantos años en «Lolita», como le dice a su ex-empleador, le valió adquirir un fondo de ahorro para el retiro, no una pensión permanente. Desde que salió de ahí hace 25 años se dedicó a trabajar con su máquina la escribir, la misma que tengo frente a mí en la entrevista.

– «Ahora mis gastos son sobre un presupuesto. La economía me pegó duro. Ahora todo el país está muy mal. Antes en Ensenada había trabajo, muchas formas de hacer negocios, en la pesca, oficinas. Ahora se le da demasiada importancia a las carreras profesionales para que te contraten las empresas. Y a veces ni con título. Muy a veces».

José Ganelón Sandoval llegó a Ensenada hace 72 años, siendo un pequeño de 5. Observó el auge de la economía local con el emporio de la pesca atunera, luego vio su debacle y cómo esto rebotó en las finanzas y el bienestar de la ciudad.

– «Antes el dinero rendía, podías comprar cosas. Ahora nada más ve el precio de las tortillas, de la leche. Vivir ahora es para muchos de nosotros sobrevivir; por eso pienso mucho en la gente que gasta en cosas que no necesita sólo por aparentar algo que no son, que ni siquiera existe a veces».

Vivió en una época de romanticismo que ya se ha perdido, según sus palabras. Le tocó redactar poemas para jóvenes enamorados del siglo pasado. O transcribir canciones que estaban a mano en viejos cuadernos memorables y terminaron en relucientes hojas escritas a máquina.

– «Hasta ese viejo sentido poético de la vida ha ido desapareciendo. Ahora escucho canciones que no entiendo. He tenido pláticas con la juventud y les digo: cómo es posible que andes con una muchacha y le cantes eso de que te lo quito y te la pongo»… Y ambos nos reímos naturalmente.

Continuó sobre el asunto:

– «No hay mensaje romántico, de respeto. No hay canciones como ´Aquellos ojos verdes´, ´Yo vendo unos ojos negros´, ´Sin ti´, ´Amorcito corazón´».

El último de su especie (Foto: Néstor Cruz Tijerina).
El últmo en un mundo poblado por humanos que cada día conocen menos o que es y puede la dignidad (Foto: Néstor Cruz Tijerina).

Lamentó que en estos tiempos de supuesto interés académico, mucha gente no pueda expresar unas cuentas palabras a través de la escritura. O que lo hagan de forma deficiente, iletrada, como si se tratara de niños aprendices, o de adultos funcionales.

El oficio profesional de la escritura pública, narró por otro lado, lo ejercieron tres personas en el puerto: Guillermo Prieto, quien llegó del Distrito Federal y fue muy famoso en su tiempo; Juan Benito Wilkes, quien muchos años estuvo frente a la vieja oficina de telégrafos (otro medio de comunicación extinto) y él.

De los tres, sólo él sobrevivió a la época de la internet y sigue en el camino.

Va por el sendero solo. Tiene dos hijas, pero ninguna lo visita desde hace mucho tiempo; ni siquiera lo recuerda bien. Una de ellas está en Estados Unidos. Platicó que antes lo frecuentaba e incluso le daba dinero, dólares, lo cual reconoció que era una gran ayuda.

La otra descendiente se casó con un militar y está aquí en la ciudad. Pero José dijo que ya no tiene ni carro por la mala situación económica, y así la disculpó, aunque me miró de forma que significaba más nostalgia que verdad.

Desde mi punto de vista, envejecer con dignidad es una de las más grandes bendiciones que puede tener el ser humano. Y la dignidad de tener la mente preclara, ser autosuficiente y hablar con conocimiento muy pocas veces se ve. Este fue el caso. Ya no hablemos de la dignidad de pasar tus últimos años sin problemas económicos, que ya de por sí la vida larga está llena de problemas. Y muchas alegrías, claro.

Sería bueno que si tienes algún trámite que hacer donde te pidan papeles, o tienes un viejo cuaderno de poemas escritos a mano que quieras pasar a una forma más legible y perdurable, o simplemente quieres que alguien te corrija tus errores ortográficos o de estilo, visites a don José y le des trabajo.

Es un viejo dinosaurio no extinto que nos puede enseñar lo bonito de una época casi olvidada: ser artesanal, meticuloso (también te puede escribir cosas con su caligrafía preciosista) y sobre todo, original.