Nadie marchará por Christopher

¡Qué noticia! Christopher, un niño de seis años asesinado por adolescentes «amigos», simulando que jugaban al secuestro. El dato constriñe la conciencia de cualquiera y más cuando el morbo revela detalles desgarradores de la forma en que ese menor chihuahuense fue asesinado, hacer unos días, a unas cuadras de su casa por supuestos amigos del barrio.

Alvaro de Lachica y Bonilla* / A los Cuatro Vientos

La tarde de este pasado jueves 14 de mayo, cinco chiquillos de entre 11 y 15 años de edad, dos mujeres y tres varones, decidieron que iban a jugar al secuestro. Y como necesitaban a alguien que la hiciera de víctima, llamaron a Christopher, quien estaba afuera de su casa.

El niño los conocía y no tuvo reparo en acompañarlos.

Cuando ya se encontraban entre los matorrales, amarraron al niño, como se hace con un secuestrado, lo derribaron y le pusieron una vara en el cuello para asfixiarlo. Le tiraron piedras y, finalmente, le encajaron una navaja en la espalda.

Muerto el niño, excavaron un hoyo para ocultarlo y la tumba fue cubierta con tierra y maleza, y le colocaron encima un animal muerto para que la descomposición del cadáver no fuera a delatar su ubicación.

En la recta final rumbo a las elecciones del 7 de junio, era difícil que alguna otra historia ganara la atención de la ciudadanía y los medios de comunicación, como sucedió este fin de semana con el trágico asesinato de este pequeño.

Cómo esta historia de terror ya nos estamos acostumbrando a tragedias similares en estos años violentos que ha vivido el país. Y me siento mal porque asumo que es parte de nuestra realidad. Ya hemos perdido la cuenta de los decapitados que frecuentemente aparecen en Tijuana y nos enteramos de ello entre sorbo y sorbo del café matutino.

Una parte de la escena en donde se desarrollaron los asombrosos acontecimientos (Foto: internet).
Una parte de la escena en donde se desarrollaron los asombrosos acontecimientos (Foto: internet).

Y es que, a querer y no, un crimen con esas características sacuden todas las conciencias, de solo pensar en que la víctima es un niño de primero de primaria, y sus verdugos –incluyendo parientes suyos- menores que no han acabado la primaria, unos, y que están por terminar secundaria, otros.

Entre las decenas que voces que se han alzado para opinar sobre esta tragedia se escuchó el señalamiento de que más que un problema policiaco, el caso es ejemplo de “un factor de descomposición social” en el que vive la sociedad actual. Estos menores parecen haber perdido la capacidad de distinguir entre el bien y el mal y, peor aún, de considerar la vida humana como un valor supremo.

Resulta absurdo que a estas alturas de la “democracia mexicana” todavía sigan zafándose con argumentos laxos como: “hay que revisar las causas sociales que generan este tipo de tragedias”; no mamen, la elaboración de iniciativas no es exclusividad de legisladores, juristas, psicólogos o defensores de los niños, sino inclusión imperativa, aquí sí, de la sociedad toda, la común, organizada o no.

Es comprensible que por la naturaleza de los sucesos se suscite un gran malestar social, de tal suerte que algunas personas quisieran en congruencia, con una visión de venganza, inclinarse porque se les aplique a estos menores de edad la misma penalidad y el mismo proceso judicial a los actores de este atroz crimen que a las personas mayores de edad.

No es posible porque existen una serie de disposiciones legales, en el marco jurídico local, federal e internacional que lo impiden. En cambio, yo considero que en un enfoque de derechos humanos, la visión de asistencia y rehabilitación de las personas que cometen actos asimilables a delitos es la correcta.

Se debe entender que las conductas antisociales no están en los genes; son fruto de las relaciones del sujeto con su medio. Por eso, en el caso de las personas menores de edad hay que apostarle a una visión de rehabilitación y asistencia social y no a la de represalia institucionalizada.

Ni modo, esta desdicha no cabe en el victimismo que todo lo limita a opresores y oprimidos. Y, sin embargo, las implicaciones de este caso debieran estremecer a todos.

ALVARO DE LACHICADoctor Álvaro de Lachica y Bonilla: miembro de la Comisión Ciudadana de Derechos Humanos del Noroeste, A. C., y de la  Asociación Alianza Cívica.
andale941@gmail.com