Xenofobia a la ensenadense: el caso San Quintín

La xenofobia, según el diccionario, es el miedo, hostilidad, rechazo u odio al extranjero, con manifestaciones que van desde el repudio más o menos manifiesto, el desprecio y las amenazas, hasta las agresiones y asesinatos. Una de las formas más comunes de xenofobia es la que se ejerce en función de la raza; a esto se le llama racismo.

Néstor Cruz Tijerina / Reportaje / A los Cuatro Vientos

Y en un sector grande de la población de Ensenada se tienen muy arraigadas estas costumbres dañinas. Odio a los «chilangos», a los homosexuales, a los ciclistas, a los «izquierdistas», a las mujeres librepensadoras y finalmente a los indígenas, que es lo que nos trae a este artículo.

En las redes sociales pareciera que todo debe ser comentado, y no. Facebook, Twitter, Youtube, Instagram, blogs y los foros de los diferentes medios de noticias se han convertido en verdaderos reflejos de la pobreza intelectual, humana y educativa que estamos viviendo en plena época del «boom» tecnológico.

Le comentaba recientemente a mi padre que antes del internet podías ver con cierta aura de respeto a algunos personajes como profesores, funcionarios, líderes religiosos, etcétera. Porque sólo los escuchábamos en su ámbito, siempre bien preparados y guardando la compostura.

Pero ahora, al ver a un docente compartiendo en Facebook frases de El Komander, en realidad sientes -al menos yo- que vivíamos en un mundo mejor cuando no había tantas formas de que la gente expresara su opinión.

Ojo, no quiero censurar a nadie. Sin embargo, cuando lees a gente de diferentes profesiones y estratos sociales diciendo que «deberían de matar a los pinches indios de San Quintín» o «regresarlos a su pinche Oaxaca», la fe en la humanidad desciende una rayita.

En el caso muy particular de los trabajadores del campo que han luchado los últimos meses para lograr mejores condiciones de vida, el ejemplo de desprecio a sus legítimos reclamos lo han puesto las autoridades, sobre todo las estatales.

Nadie lo inventó; ahí están al alcance de todos las pruebas de que dispararon armas de fuego, robaron, destruyeron, golpearon y amenazaron a los indígenas. Y hay quienes lamentaron más los daños materiales que sufrió la Policía Estatal Preventiva. Hay que ser muy miserable, en serio, para darle más valor a un aparato usado para reprimir violentamente, que la salud de un semejante.

Que vandalizaron, argumentan los xenófobos locales. Que ellos empezaron. Pareciera que no tienen memoria histórica, o simplemente son desinformados de las maneras que usan los gobiernos para quitarle legitimidad a movimientos sociales. Supongo que nunca han oída la palabra «infiltrado», salvo en la película de Leonardo di Caprio, Matt Damon y Jack Nicholson.

Cuando lees lo que comentan o tienes la desgracia de escuchar a los xenófobos en vivo, se presentan siempre dos grandes contradicciones. Una, dicen que los «indios» son ignorantes. Y casi siempre escriben «ZoN icnoRanTez», o similares; por ahí en las fotos que acompañan a este artículo vienen algunos ejemplos.

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Como si ser iletrado fuera culpa de la gente que no tuvo acceso a la educación porque tenía que trabajar para comer. Como si la educación universitaria que tienen muchos ensenadenses representara un pase directo al buen criterio, la correcta escritura y los finos modales.

De hecho, saber cosas en esta época del internet se ha convertido en una arma de doble filo. Ha florecido -desde el punto de vista de las plantas venenosas- una generación de gente híper informada, que sólo por el hecho de que la información es de ayer ya es «mainstream» y merece ser olvidada. ¿De qué sirve saber tanto si sólo se es adicto a conocer y no razonar nada?

O bien, están los que saben tanto, que llega un momento en que se sienten desencantados de todo. «Todos los líderes sociales son unos vividores, toda la gente es borrega pendeja, todo en la tele es una mierda, las religiones me chupan un huevo, todos los políticos son corruptos y todo en el mundo es una mierda, salvo mi celular de ´ultima generación, mis hijos, mi esposa. Y mi trabajo -casi siempre de oficina- sí que es una mierda, pero me chingo, son los clavos de mi cruz».

En esas palabras medio bobas de arriba definí a un amplio sector de la población que siente algún tipo de superioridad moral para despreciarlo todo, aunque sea legítimo, aunque podría afectarlos a ellos mismos en un determinado caso; en este país nunca se sabe.

La otra gran contradicción, y que en su caso me causa mucha gracia triste, es cuando personas chaparritas, morenas, con mucho tiempo libre y con descendencia evidentemente indígena, dicen que los jornaleros son pinches indios prietos chaparros culeros. Huevones, encima.

Es como cuando leí una nota hace tiempo de los grupos neonazis en Chile, y luego veía sus fotos. Parecían indígenas mapuches; y qué bien, en serio, pero yo creo que a Hitler y su concepto de la supremacía Aria no le causaría tanta gracia como a mí.

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El color de la piel como estigma social. Las tradiciones culturales, el lenguaje, su marginación económica milenaria, todo eso, es motivo de desprecio para el ensenadense que tiene acceso a un trabajito que le da para malvivir. Y digo malvivir porque vivir pagando rentas, ajustado siempre, preocupado de recibos y patrones, no creo que sea una forma de pasarla muy preciosa.

Pero supongo que la culpa de ser así de racistas no la tienen ellos, sino padres omisos que nunca los guiaron bien por el camino de la empatía. Padres que los dejaron en la orfandad de la educación a través de los medios de comunicación, que tan bien se encargan de inocularnos, a cuenta gotas, el concepto de belleza y prosperidad al que todos deberíamos aspirar, pero que sólo tienen unos cuantos afortunados.

De esa frustración que provoca ver la opulencia a través de las vitrinas, nace el odio que le da cuerda al racismo y a la xenofobia.

Por último están los ensenadenses que aún recuerdan con nostalgia cómo antes, hace mucho mucho tiempo en una galaxia no muy lejana, se podía dejar el carro abierto, igual que las puertas de las casas; se podía salir a caminar por los parques, había pesca abundante, todos se conocían y Ensenada era la sucursal del paraíso en la Tierra.

Desde su punto de vista, todo cambió por los chilangos que llegaron como plaga de langostas voladoras. Llegaron, reza la biblia local, con su acento naco, su arrogancia y sus ganas de chingar y abarcar, para destruir lo que las buenas familias locales habían sembrado.

Y luego arribaron los «oaxaquitas» al campo, con sus costumbres de ser huevones y guerrilleros, a causar desastres en nuestra tierra fértil. Y así, con la venida de estas infestaciones abominables, se acabó la Bella Cenicienta del Pacífico.

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¿Me leo muy exagerado? A mí sí me parecería si no hubiera escuchado estos comentarios tantas y tantas veces de profesionistas, abuelitos, comerciantes formales, informales… Creo que los que viven aquí, todos, al menos una vez han oído esto.

La falta de solidaridad con nuestra propia especie, con el vecino, nos está llevando a un sendero del que no sé cómo vamos a salir. Me he enterado de marchas y reuniones para apoyar a movimientos como el de San Quintín y todos los asistentes caben en el encuadre de una foto de cerca.

Con esto no quiero sugerir que sólo los que van a las marchas son los que se preocupan por cualquier causa social. Afortunadamente existen los que, viendo la situación, aún conservan intacta su capacidad de análisis y muestran simpatía con gente que lucha por sus derechos constitucionales.

Y sólo eso: pensar que hay por ahí muchísima gente cansada, pensante y con ganas de verdadero cambio, mantengo mi fe en que las cosas, tal cual las conocemos hoy, no siempre serán así.

Hoy los jornaleros de San Quintín nos enseñaron algo. Sí, la violencia está mal, pero, a través de ella, de la huelga, de la presencia fuerte en medios y de la voluntad de su movimiento, los resultados parece que serán positivos para ellos. Ya liberarán a sus presos, tendrán mejores prestaciones y, aparentemente, ganarán el dinero que ellos consideran suficiente para subsistir.

El mensaje ahí está. Nadie quiere muertos, golpeados ni destrozos, pero ahí está.

Los partidos políticos cada vez se burlan más de la gente con su publicidad imbécil y la pírrica actuación de sus miembros en puestos de poder. No se ve para cuándo vayan a darle verdaderas herramientas a la ciudadanía para que pueda defenderse, correrlos y poner a gente que no tenga nada que ver con ellos en puestos de elección popular.

Ojalá me cierren la boca, o me entuman los dedos, y pronto suceda algo así. Mientras, aunque nos duela a todos, parece que los cambios sólo suceden a periodicazos, como con los perros cuando se les disciplina a no cagarse en la casa, o con acciones firmes de una comunidad harta.

Siempre me pongo a pensar si valdrá la pena tener gobernantes capaces, existiendo en el país tanta  gente como la que escribe sus tonterías en redes sociales. Y mi respuesta ahora es sí, porque son minoría, están postrados en su sillón escribiendo tarugadas y no deben desanimarnos a los que aún conservamos algo de esperanza.

Bien por la gente jornalera de San Quintín, aunque en sus filas también tengan a rateros, vagos y gente que sólo desea hacer destrozos. Eso es normal en cualquier grupo humano; acá en la ciudad tenemos a mucho delincuente bien vestidito.

Al menos ustedes, indígenas sanquintinenses, hicieron algo más que teclear y ya por eso nos ganaron por un buen.