Transporte público en Ensenada: reprobado por usuarios

Desde siempre en los medios de comunicación, el transporte público ensenadense sale reprobado cuando se aplica un sondeo de opinión entre sus usuarios.

Néstor Cruz Tijerina / Reportaje / A los Cuatro Vientos

Esta vez no fue la excepción. Pero traté de profundizar en el sentir de cada pasajero según su perfil: estudiantes, mujeres jóvenes y guapas, señoras con niños, oficinistas, discapacitados y  ancianos… ah, y un ciclista, ya leerán por qué.

Claro que el sondeo no tiene ningún valor estadístico, ni refleja lo que piensan absolutamente todas las personas con esas características. Pero sí puede dar una idea general del sentimiento local.

Contexto: en cada administración municipal los concesionarios del transporte público piden un aumento a sus tarifas. Siempre se los dan. Esta vez se han tardado, y no sé si eso sea admirable de parte de Gilberto Hirata.

Los concesionarios primero lloran amargamente respecto a los aumentos de la gasolina, del agua, de la luz, de la comida, de todo lo que ya sabemos. Luego, si la negociación no funciona así, se van a las amenazas de que dejarán de dar  el servicio, y a veces lo hacen, y otras bloquean calles o se plantan frente al Ayuntamiento.

El año pasado llegaron al colmo del cinismo al aumentar el costo del pasaje por sus fueros. Y hasta la fecha no les pasó nada por saltarse así a la autoridad municipal.

Cada administración prometen nuevas unidades, choferes uniformados y capacitados, nuevas rutas, cero música… y le dan una pintadita a algunas unidades, los choferes siguen igual, los corridos a todo volumen, y los asientos, en gran proporción, están rotos o agarrados de un tornillo. Y sin cinturones de seguridad. Parece que nadie se ha fijado en eso. O ya es una costumbre lamentable.

Sin más, pasemos al sondeo:

-Estudiante.

Se llama Ernesto, va al Cobach, tiene 16 años; es flaquito como casi todos a su edad. El cabello medio largo y el copete caído sobre un ojo. Usa diario al menos 4 microbuses, para ir y venir a casa y luego con la novia.

Cuando va a la escuela ya desistió de mostrar su credencial del bachillerato para que le apliquen descuento en su tarifa.

«Me da hueva, ya mejor pago los diez pesos. Pinches microbuseros, que tengo que ir a no sé dónde a sacar una credencial que demuestre que estudio, como si la del COBACH fuera un fraude. Qué lógica tan estúpida. Pero pues no puedo ir porque a la hora que abren la oficina ¡estoy estudiando, duhh!» Comentó molesto pero con una sonrisa el joven.

«No sé dónde» es la Unidad Municipal de Transporte. Ahí se tramita la credencial.

MICROBUS ENSENADA LESIONADA

-Mujer joven y guapa.

Es completamente arbitrario de mi parte encuestar a alguien bajo esas características, pero lo hice. Es una muchacha de unos 24 años, con unos pantalones ajustados, piernas ejercitadas, blusa escotada. Espera el «micro» en la famosa esquina de Juárez y Miramar. Me acerqué y quizá pensó que soy «uno de esos mensos» -así me dijo después- que la abordan para sacarle plática romántica, pero le conté que soy periodista, no le sonreí  y me quitó la cara de desconfianza.

«Yo me enfrento a la peladez de los choferes. Ahora ya no me siento enfrente, a menos que no haya de otra. Me han sacado plática y me quieren ligar los asquerosos. Y les digo así porque muchos son groseros, les dices que no quieres platicar y parece que estás hablando con albañiles. ¿Qué no les enseñan cuando les dan trabajo que deben respetar a las mujeres? Ya ni siquiera los pasajeros se ponen así. Parece que escogen para ser choferes a los más ´guarros´¨, sentenció la joven.

«Y luego son unos nacos. Tienen pegadas unas calcomonías de que tienen muchas mujeres y que son bien caritas. Aunque tengo que reconocer que hay muchas que se los ligan nadamás para que las lleven gratis. Así, tú crees».

Iba a empezar a contarme de la vez que un chofer dejó el volante en un semáforo y se sentó junto a ella, pero pasó su camión y se tuvo que despedir abruptamente. Me pareció que tenía ganas de soltar más su coraje.

-Señora con niño.

Le digo señora nada más porque trae al niño. Pero está joven, quizá como la guapa antes descrita. Pero su vestimenta es distinta, más conservadora, diría alguien observador y prejuicioso.

Ella traía dos bolsas de El Florido en una mano y un bebé ya ni tan bebé de unos tres años en el otro brazo. Esperaba el camión que la llevaría a la Colonia 89.

«A veces vengo así como me ves y no me dan lugar cuando el micro viene lleno. ¿Por qué los choferes siguen subiendo gente cuando van llenos? Debería ser multa, ¿no? Y a veces ni siquiera me termino de subir con el niño en los brazos y el tipo ya se arranca. No nos ha pasado nada, pero sí son bien cafres. Una vez desde aquí de la Juárez a la 89 hicimos como 10 minutos. venía hablando por celular y diciendo que tenía que alcanzar a no sé quién y que iba retrasado. Ese día una señora bien viejita se golpeó la cabeza de un frenón. No hay respeto por la gente grande, ni por las embarazadas, ni por las que traemos niños en brazos, es la verdad».

-Oficinista.

Dijo que los microbuses son un mal necesario porque tener carro «es como tener otro hijo». Él todos los días usa 4 camiones para ir a su trabajo y regresar a casa porque no le cuadran las rutas.

«Lo primero que te puedo decir es que se me puede olvidar la cartera, pero no los audífonos. Odio la música que ponen los choferes. Ni siquiera es la banda y el norteño, sino sus rolitas de narcos. ¿Qué de narco va a tener un chofer pobretón que le pagan todo mal? Está mal que lo diga así, ahí le arreglas, pero en serio que es muy castrante. Ya ni siquiera digo nada de los asientos todos rotos y rayados, porque de eso también tiene la culpa la gente; pero en serio es una burla que nos den a los ensenadenses ese servicio. Son unidades de quinta. ¿Somos ciudadanos de quinta? He ido a otras partes del país y los camiones no están así, en serio, y encima son más baratos. No sé por qué lo permitimos, deberíamos organizarnos…»

Y en ese momento también pasó su camión. Lo malo de entrevistar a gente que trae prisa. Quizá era el próximo líder que encabezaría un movimiento serio en contra de este flagelo social que es el transporte colectivo.

MICROBUSES ENSENADA

-Discapacitados.

Para encontrar a uno en la Juárez y Miramar tuve que esperar mucho tiempo, pero en la otra esquina vi a un joven con síndrome de down acompañado de un señor.

Le pregunté a quien resultó ser su papá cómo le iba en los microbuses, y respondió escuetamente que a veces sí está libre el asiento para discapacitados, y otras no. Que a veces se sientan ahí unas «gordas», o unas «gordas» que van «ligando» con el chofer, a quienes identificó como «sus noviecitas».

Coincidió en que tener carro en esta época de gasolina cara es muy difícil para la clase trabajadora, y que con los gastos extraordinarios que tiene con su hijo se complica más.

Le dio coraje que los camiones estén «todos destartalados» y destacó que a veces tiene que gritarle al chofer por la parada, porque su música con volumen alto no lo deja oír.

-Ciclista.

Como ex-ciclista sé que el enemigo mortal del microbusero es el que va pedaleando. Mientras en Amsterdam construyen más y más estacionamientos para ciclistas, ciclovías y por eso la gente es un poco más saludable que aquí, en Ensenada es un deporte extremo trasladarte por ese medio.

«No te dan el paso, pero eso es lo de menos. A veces vienes pegado en la orilla del carril, o en la parte donde se estacionan los carros, cuando no hay, y te pasan literalmente rozando. Uno tiene derecho de usar todo el carril, eres otro vehículo, aunque a los microbuseros y a algunos automovilistas no les guste. Pero siempre van con sus prisas. Por eso a cada rato atropellan a gente y a veces la matan. Me sorprende que no sean más».

Nacho se va al trabajo en bicicleta. No tiene hijos que llevar en carro a la escuela o al hospital. Ya se acostumbró a cargar las bolsas de mercado en el manubrio. Dice que los carros nada más deberían servir para eso: llevar niños, gente enferma y viajar. Porque piernas y salud tenemos la mayoría. Considera un desperdicio de dinero y de salud moverse en una ciudad tan pequeña como Ensenada, aunque sean cinco cuadras, en vehículo.