La batalla contra los demonios

La Semana Santa -dicen- debe de concluir con una reflexión sobre nuestro triunfo o nuestra derrota (la decisión es a juicio personal) en la batalla que durante estos «Días de Guardar» sostuvimos contra los demonios que en todas sus formas y configuraciones nos acosaron.

Manuel Figueroa / A los Cuatro Vientos / La Jornada Baja California

Ya sea que nuestro presupuesto nos diese para acudir a una playa de «caché» en la que -a cambio de fundir la tarjeta de crédito- los nativos nos atendieran a cuerpo de rey, o bien que nos limitara a quedarnos en la Playa Municipal a disputar un metro cuadrado de arena con los invasores venidos en montón desde Mexicali, Tecate  o Tijuana, los demonios estaban allí; lo estaban también en las abarrotadas montañas -a donde suelen huir los espíritus más miríficos y los presupuestos más austeros- donde ardillas, coyotes y la poca fauna que ha logrado sobrevivirnos huyeron a esconderse de nuestra invasora presencia; los demonios estaban también con los que -como yo- decidimos no movernos de nuestra ciudad y aguantar estoicos y ecuánimes la andanada de publicidad cuyo lema -en el fondo- puede ser reducido a: sea alguien, váyase de vacaciones.

Qué de donde saco yo -un ateo redomado- que los demonios estaban en todas partes; bueno, ateo no lo fui siempre y de las cosas que recuerdo de la formación religiosa que me diera mi abuela Jesús María y el hermano Antonio (un hombre casi santo que desde Villa López, el municipio más pobre del sur de Chihuahua iba a mi aldea a catequizarnos) recuerdo con nitidez dos: «la primer trampa del Diablo es hacerte creer que no existe» y «el Diablo adopta todas las formas imaginables».

Busqué en el diccionario la palabra forma (http://lema.rae.es/drae/?val=forma) y una de sus acepciones, en su plural, es: Configuración del cuerpo humano, especialmente los pechos y caderas de la mujer.

Hay muchos catecismos, mi madre me enseñó a leer en uno cuando yo tenía cuatro años, ese catecismo -Catecismo del Padre Ripalda, Barcelona, 1880)  era uno de los dos libros que habían en mi casa, el otro era un misal, creo que se llamaba El Misal de las Esclavas del Santísimo Sacramento.

SANTISIMO SACRAMENTO

En esos libros, además de aprender a leer, nació mi curiosidad -que sigue siendo mucha- y nació también mi respeto por las creencias de otros, respeto que creció cuando descubrí que la palabra catequizar  tiene otra acepción: «persuadir a alguien a que ejecute o consienta algo que es contrario a su voluntad».

Uno de mis catecismos favoritos es el Nuevo Catecismo Para Indios Remisos escrito por Carlos Monsivais; un extracto lo pueden encontrar aquí Nuevo catecismo para indios remisos y adjunto un texto relacionado. He aquí con un fragmento del catecismo de Monsivais:

– “Los demonios que vences con regularidad se llaman pulsiones de la libido, a los dragones que enardecen tu soledad puedes decirles traumas, las alucinaciones que emergen desde lo profundo a la altura de tus ojos empavorecidos no son sino proyecciones”.

¿Para qué, Señor, para qué se me explicó que Satán es, si algo, apenas un pozo inexplorado de cualquier espíritu, el inconsciente de siglos venideros?