Juan Luis, antropólogo de los despojados

Dos penas tengo al escribir estas líneas: la del amigo que ha partido y la de no haberlas escrito en vida de él. El miércoles falleció en Chihuahua Juan Luis Sariego Rodríguez, siempre acompañado de su devota Lore. Su funeral estuvo lleno de amigos y de alumnos. No podía ser uno su amigo sin aprender mucho de él. Y no podía uno ser su alumno sin caer en la red de la amistad francota que le daba su carácter forjado entre las minas, los fríos y el inmenso verde de las montañas cantábricas, en su nativa España.

Víctor M. Quintana S. / A los Cuatro Vientos

La sala de velación olía a flores y a humo de leña. Junto a los académicos, a los estudiantes de la Escuela de Antropología e Historia del Norte de México (EAHNM) estaban las y los activistas, mestizos e indígenas de la Sierra Tarahumara.  Ahí se encontró una comunidad que era una síntesis de la práctica y la vida de Juan Luis: una teoría sólida para intervenir en una realidad problemática, de desigualdad e injusticia.

Junto con su hermano gemelo, Jesús, Juan Luis se metió de jesuita. Estudió filosofía en la Universidad Complutense y luego  eligió irse a trabajar al quinto país más pobre del mundo, el Chad, en el África subsahariana. Fueron dos años de inmersión total, viviendo con los Nar, (una tribu) en aquella tierra reseca de matorrales, sin más medio de transporte que una vieja motocicleta. De esa experiencia en la sabana africana Juan Luis sacó dos cosas: un manual elaborado por él para aprender la lengua sara-nar  y un deseo intenso por aprender antropología para poder entender esa realidad de la gente sufriente y despojada. Vio que lo mejor era aprenderla en una de las cunas de esta ciencia: en México.

Se vino a la Universidad Iberoamericana y luego dejó de ser jesuita para entregarse de lleno a su labor como antropólogo. Trabajó en el CIESAS y luego en el Instituto Nacional de Antropología e Historia y en la Escuela del mismo nombre. Uno de sus primeras preocupaciones a investigar fue la minería en México. Se la inspiraron su tierra minera y su abuelo, trabajador en las minas de carbón en Asturias. Junto con su amigo de siempre, Luis Reygadas y otros dos escribieron un libro señero: El Estado y la Minería mexicana. Política, trabajo y sociedad durante el siglo XX,  (Fondo de Cultura Económica, 1988).

El mal de piedra nunca se separaría ya de Juan Luis. Le apasionaba visitar pueblos mineros, platicar con los trabajadores, con los gambusinos, con los sindicalistas. Lo mismo en Chihuahua, que en Coahuila o Sonora.

Por eso mismo se puso a estudiar la Sierra Tarahumara. Sin ningún afán de folklorismo o pintoresquismo. Para conocer la realidad de los rarámuri de primera mano, con las gafas que la antropología social le daba, sin prejuicios ni prenociones adquiridas. Así examinó las políticas indigenistas posrevolucionarias en la Sierra. Así trazó el primer y único mapa de las jurisdicciones de los gobernadores rarámuri.

ANTROPOLOGO SARIEGO
El antropólogo Juan Luis Sariego Rodríguez (Foto: internet)

 

Mineros e indígenas fueron dos de sus temas cruciales. Productores de riqueza y despojados los primeros; los segundos, despojados de la riqueza de sus territorios. Al tema minero volvió estos últimos años. Pero ya no encontró aquella, si bien difícil, también encantadora cotidianeidad obrera. Aquellos trabajadores saliendo tiznados y sucios de los socavones. Su nuevo encuentro fue ahora con la peor minería extractivista: la de tajos a cielo abierto, la de pueblos que surgen y se marchitan en una década, manejados a control remoto. Sus investigaciones en el tema del extractivismo minero son referencia obligada para académicos, pero sobre todo para defensores del medio ambiente y de las comunidades.

Juan Luis en su investigación mantuvo siempre dos exigencias. La primera, llevar a cabo una investigación de aplicación inmediata, no especulativa, sino destinada a incidir en los actores sociales y en la confección de políticas públicas. La segunda, se desprende de la anterior: no caer ni en el maniqueísmo ni en el maximalismo. Lo mismo tomaba como interlocutores a académicos que a funcionarios públicos que al clero, que a jóvenes revolucionarios. Se trataba de hablar con quien hubiera que hacerlo para mostrarle la necesidad y el camino para nuevas prácticas que corrijan injusticias y despojos. Tenía tal confianza en su solidez y honestidad intelectual, tanta pasión por llevar a cabo una investigación que llevara a la transformación social que nunca temió poner los resultados de su trabajo a disposición de cualquier persona que pudiera utilizarlo para el bien común.

Había en su labor, una continua vigilancia epistemológica, como señala Gaston Bachelard, pero siempre acompañada por una gran preocupación ética, una eficaz convicción cristiana por servir a los despojados. Así lo señaló su hermano Jesús en el espléndido sermón de la misa de despedida. Él mismo, valeroso jesuita que ha estado  en Centroamérica desde hace cuarenta años, incluyendo los años más terribles de guerra civil.

Esta pasión por situar su labor de científico social, por comprometerla en un espacio y tiempo muy concretos hizo que Juan Luis sea uno de los grandes impulsores de la Antropología del Norte de México. Su libertad de espíritu, ajena a todo dogmatismo, también se expresó en la crítica al predominio centralista-mesoamericanista de la Antropología mexicana. Por eso se vino a Chihuahua y por eso fue invitado una y otra vez a Sonora, a Coahuila y a San Luis Potosí. Por eso nos invitó a un grupo de amigos y colegas a fundar desde el ahora muy lejano 1990, la Escuela de Antropología e Historia del Norte de México. Por eso luchó a brazo partido para dignificarla, para “desratonizarla”, me bromeaba- y convertirla en un espacio de generación y comunicación del conocimiento sobre la compleja realidad del norte mexicano.

Juan Luis nació en España pero su quehacer comprometido con México, con el norte, con Chihuahua le ganó su ser norteño. Su decisión fue que aquí se queden sus cenizas. Pero aquí se queda mucho más que eso. Se queda una gran obra de generación de conocimientos sobre estas tierras. Se queda una Escuela de Antropología y eso no es sólo un plantel. Es, sobre todo, una manera de llevar a cabo la tarea del científico social, honesta, comprometida con su medio social, sobre todo con los más desfavorecidos.

Descansa en paz, Juan Luis, que tu ejemplo y los desafíos que nos dejas no nos permitirán descansar por varios años.

*Víctor Quintana Silveyra. Doctor en Sociología. Presidente del Comité Estatal del Movimiento Regeneración Nacional (MORENA) en Chihuahua.