Para entender la maldad

Asociamos la maldad con su vertiente violenta, sobre todo en los tiempos en los que vivimos en México. La realidad es que podríamos clasificar la maldad en sus dos vertientes, la violenta y la no violenta.

Ramiro Padilla Atondo* / A los Cuatro Vientos

Es claro también que la maldad no violenta incuba a la otra. La pregunta que nos tendríamos que hacer entonces es ¿Cómo llegamos a este estadio de cosas?

Yo diría que la maldad en su manera más pura es la incapacidad de sentir empatía por los demás. Esta falta de empatía deriva de una educación deficiente, la educación que nace de los valores impartidos en casa, que no tiene nada que ver como lo he escrito de manera anterior con la mal llamada educación escolar.

Es cierto también que el estado puede servir de garante para que la maldad se minimice o llegue a límites socialmente aceptables. Un pacto que permita la sana convivencia de los habitantes de un espacio geográfico.

Para ello partimos de un supuesto código de cosas aceptables e inaceptables que derivan en consecuencias jurídicas o físicas.

La raíz de nuestros males surge de manera precisa de esta falta de cultura cívica, donde el poder se convierte en una patente de corso para ejercer todo tipo de maldades.

No hay una contradicción ética, como se ha probado hasta la saciedad, con los recientes escándalos a nivel federal que permita a los implicados comprender los alcances de sus conductas.

INDIGENA POBREZA EXTREMA

Una secretaria de estado que dice de manera pública que los indígenas tienen muchos hijos para abusar de los programas sociales, ejerce una forma de maldad intrínseca en los usos y costumbres derivados del poder.

Por otro lado, la maldad derivada de las otras formas de violencia, tiene su anclaje en los vacíos que genera este tipo de poder, fraccionado por la falta de una visión de estado a largo plazo.

No hay mucha diferencia entre un gobernante que condena al hambre a una parte de la población, y un sicario cuyo trabajo es matar y desmembrar otros seres humanos.

Ambos parten de la cosificación de los demás. Aceptan, porque es parte de este extraño pacto social que vivimos, que una conducta ética tiene pocas posibilidades de ser apreciada, o no es en absoluto la vía para generar bienestar económico.

La maldad puede ser fruto de una mente perversa o simplemente en su aspecto más generalizado, fruto de la simple y llana ignorancia. Un asesino confrontado con los familiares de las víctimas puede llegar a entender los alcances de sus conductas, pero un político, difícilmente aceptará que sus decisiones tienen el potencial de causar grandes daños en los que confiaron en él para un puesto.

La impunidad y la corrupción ayudan a generar la percepción de que en un país como el nuestro todo se vale. O lo que está prohibido simplemente puede ser conseguido por la fuerza.

Mientras las dos formas de crimen organizado, el estatal y el mafioso puedan hacer lo que les venga en gana sin contrapesos, hay poca esperanza de que salgamos de esta situación donde la maldad como forma de vida. En fin.