Ninguna contracultura está a salvo del poder

El escritor y periodista Jaime Gonzalo (Bilbao, 1957) desgrana en la trilogía ‘Poder freak’, que ahora cierra, las diferentes manifestaciones contraculturales de la segunda mitad del siglo XX.

Naxto Velez / EITB EUS

Generación Beat, hipsters, hells angels, greasers americanos, quinquis españoles, hippies, sectas, movimientos revolucionarios, fanzines, Ibiza, rock… Jaime Gonzalo realiza en la trilogía “Poder freak” (Libros Crudos) un minuciosamente documentado repaso y análisis del recorrido de diferentes movimientos contestatarios, de propuestas de formas de vida alternativa.

La obra, fruto de seis años de trabajo, ha llegado recientemente a su final con la publicación del tercer volumen. En él, huyendo de manidas idealizaciones y consagraciones, Gonzalo mira principalmente a una época que califica como “edad del pavo social”, en la que se dio un florecimiento de la contracultura, y analiza el choque, por ejemplo, entre las ideologías revolucionarias y el capital, entre el mercantilismo de los ídolos de adolescentes y las primigenias conciencias revolucionarias o liberadoras.

El escritor bilbaíno pone la lupa sobre el desarrollo de proyectos alternativos de organización, de los que subyacen lecciones de todo tipo, tanto ejemplos enardecedores como decepcionantes.

Hemos hablado con el periodista, crítico y productor musical (fundó la revista ‘Ruta 66’, ha colaborado en Rockdelux o Popular 1, y produjo, entre otros, al grupo vizcaíno Cancer Moon) sobre la trilogía ‘Poder freak’, la contracultura y el poder.

-¿Hay algún movimiento contracultural que haya cambiado sustancialmente el mundo?

-Habría que matizar primero qué entendemos por “contracultural”. Para los luditas la industrialización fue un movimiento contracultural, porque ponía en jaque la cultura en que la clase trabajadora había sido programada hasta la maquinización y cambiaba sustancialmente el mundo tal y como lo conocían… Para peor, en su opinión, ya que hacía a la mano de obra más reemplazable, o prescindible, si cabe.

Yo diría que bajo esa misma perspectiva, el capitalismo ha sido el único movimiento contracultural verdadero, debido a que ha conseguido sustituir a los hombres por unidades de consumo y exterminar diferentes culturas, sustituyéndolas por simulacros de sí mismas cuya única meta es la productividad económica, no cultural o humanística.

JAIME GONZALO ESCRITOR
Jaime Gonzalo empezó a publicar en la revista Popular 1 en 1975, y de ahí saltó a las más significativas cabeceras de la prensa underground de finales de los 70 (Foto: internet)

 

-¿Cómo asimila el poder establecido los movimientos contraculturales? ¿Cómo los utiliza? ¿‘Se venden’ los grupos culturales o ‘los compra’ el macropoder?

-Desde el momento que la cultura se cosifiica, se transforma en mercancía, en industria, ninguna cultura o contracultura está a salvo del Poder de turno, ya que forma o forman parte de su misma estructura y satisfacen sus mismas necesidades. Los utiliza poniéndoles precio, los absorbe de manera natural.

Vender y comprar es la base de la cultura humana, y, del mismo modo que el Poder crea enemigos del sistema para justificar la necesidad de su autoridad, también es capaz de fabricar o arrogarse némesis para la cultura, la religión, la moral, la sexualidad, etc.

Parece que la propia economía sea lo único que no se puede vender ni comprar, como la vida misma, porque la suya es una fuerza superior e inapelable que determina esa vida, como el clima en la naturaleza y la religión en el espíritu.

-¿No legan las contraculturas o sus representaciones, además de infinita mercancía de consumo, siquiera una activación del pensamiento, una inquietud motivada por una creencia dirigida a una querencia por el cambio?

-Efectivamente yo hablaría antes de representaciones de la cultura que de cultura per se. Vivimos inmersos en una gran representación, que es la comedia de la vida, y la confusión o alienación que eso implica suma más dudas a la mayor duda de todas, que es la existencial.

En ese sentido, sí: la cultura, con su contracultura, su metacultura o su subcultura, genera una inquietud que en unos casos induce a la reacción y en otros a la sumisión.

La querencia por el cambio no es exclusiva de la contracultura. La humanidad vive en una permanente necesidad de cambio de la que solo ha aprendido a reprimir la frustración resultante de descubrir que nada ha cambiado desde nuestros orígenes, o que si lo ha hecho ha sido para dejarlo todo como estaba… a Lampedusa y nuestra Transición me remito, y seguramente también a Podemos, de aquí a un tiempo.

LIBRO PODER FREAK

-Aún perdura la mística de la libertad asociada a la música rock cuando, por ejemplo, Johnny Ramone, uno de sus iconos, reconoce que su único objetivo en la vida era ganar un millón de dólares… ¿Qué papel juega el rock hoy en día? ¿Tiene recorrido?

-La libertad es un concepto inútil y falso. Con los años, uno descubre que su destino es ser cautivo. De la vida, del planeta, del sistema, de los otros, de sí mismo. No me imagino a un individuo como Johnny Ramone alimentando otro objetivo que no sea el lucro personal. Esa es nuestra cultura, y por lo tanto nuestra contracultura.

Antes era más sencillo plantearse otros objetivos, o al menos sobrevivir sin que la zanahoria del millón de dólares fuera el señuelo tras el que corríamos. Actualmente esa inhibición parece imposible. Con ligeras variaciones, el rock hoy día juega el papel que siempre ha jugado: explotar y alimentar las frustraciones inherentes a la insatisfacción material, proyectar una irrealidad, rellenar tiempo muerto, mentirle al ego de su público y sostener a la industria generada a su alrededor. Yo diría que actualmente se reduce a esto último, el papel del rock.

Solo ofrece dos recorridos: el de celebrar su engaño cuando lo descubrimos en la adolescencia, y el de permanecer afecto a ese engaño mientras crecemos creyendo que todavía nos hace distintos cuando en realidad a lo único que contribuye en la madurez es a hacerla más patética y hacernos más vulgares. Al rock se le ha negado la posibilidad de crecer, de ahí ese patetismo y esa vulgaridad.

-¿Es posible articular algún cambio en la sociedad o en alguna de sus cada vez más diluidas comunidades o nos han hecho tener demasiado que perder?

-Antes que cambiar la sociedad habría que cambiar la naturaleza de las personas. Me temo que eso no va a ser posible. Sería como pretender cambiar el orden de las estaciones. ¿Cómo conseguir que todo el mundo sea lo bastante responsable como para autogobernarse, en el ámbito privado y en el colectivo, sin perjudicar al prójimo sino ayudándolo?

El Estado es un cáncer. Mientras las personas lo necesiten para que les organice, y en muchos casos arruine, la vida, seguiremos siendo, los individuos, tumores inducidos por ese cáncer.

-¿Hay algún rayo de optimismo en el horizonte?

-El optimismo es una manera de negar la realidad, de no afrontar que las cosas van mal o son como son. Es un concepto que me recuerda a la fe, a la esperanza. Muy cristiano. Precisamente, optimismo, fe y esperanza es lo que pide el Poder a los ciudadanos para sobrellevar las sucesivas crisis que hilvanan eso que llamamos vida mientras los gobernantes la viven a lo grande.

Yo llevo viviendo en crisis desde 1973, año de la primera “crisis” económica moderna. Contra ese optimismo leibniziano, prefiero esgrimir un pesimismo volteriano, es decir, me aplico aquella máxima de Voltaire: il faut cultiver notre jardin.

El mundo nunca ha cambiado ni lo va a hacer, y cambiarlo se antoja imposible. En consecuencia, el exilio en el jardín interior me parece la postura más higiénica… acotar un entorno íntimo, en la medida de lo posible a salvo de intromisiones exteriores, y cultivarlo con cariño para hacer la vida más soportable, ya que no próspera.