El país de las botas y los huaraches

Angelina se sentó en la silla de piel bajo la enorme carpa que albergaba decenas de personas. Todo le quedaba demasiado grande a su cuerpo pequeño y delgado, incluida la silla. Las piernas de sus nueve años colgaban desde el asiento mostrando sus pies de Tepehuana que calzaban unos huaraches hechos a base de llanta y correas de cuero blanco. El viento fresco de las montañas se colaba bajo su vestido de flores amarillas y azules reflejándose, igual que la inocencia, en sus ojos cafés.

Sally Ochoa/ A los Cuatro Vientos

Miró de reojo al hombre que estaba a su lado y no pudo evitar lanzar un suspiro que no sabía realmente de dónde venía. Si era del estómago vacío, del pulmón picado por la tuberculosis o del corazón que le latía aprisa a causa de su necedad por descubrir cosas que otros querían ocultar.

Estudió el rostro blanco y regordete del sujeto y tampoco pudo detener a su imaginación que lo comparaba con uno de aquellos pequeños lechones que había visto en la granja de otro hombre, aquel que decían era “el rico del pueblo”.

Miró la chamarra negra de piel, la camisa blanca, el anillo dorado que lanzaba destellos bajo el sol de febrero, las uñas perfectamente cortadas y limadas y el olor a perfume que le invadía la nariz y que seguramente sería muy caro –pensaba-

huarache maraton-Ese es tu problema Angelina –le decía su madre siempre-; piensas mucho e imaginas más y en un pueblo como el de nosotros eso de pensar, la mayoría de las veces no es bueno. Nosotros no estamos para andar reflexionando o soñando sino para trabajar y sobrevivir.

Pero aunque respetaba a su madre y su forma de entender las cosas, Angelina no podía dejar de pensar y pensar porque en el fondo de su corazón sentía que eso la hacía diferente además de que, ser indígena, tepehuana, víctima de la pobreza extrema, habitante de un país que flotaba entre nubarrones de mentiras, donde el abismo entre ricos y pobres se hacía más grande cada día no significaba que no tuviera ideas o pensamientos propios, aunque así lo hicieran parecer algunos.

Ella sabía, aunque no hablara mucho como el hombre de al lado o los otros que habían lanzado discursos largos y tediosos, que el país tenía un libro que se llamaba “Constitución” y que allí estaban escritos todos los derechos y obligaciones de los ciudadanos, que todos eran iguales a pesar de las diferencias, que había algo que se llamaba “derechos humanos”, otro algo que se llamaba “derechos de los niños” y un algo más definido como “derechos de las mujeres”. Ella era todo eso, un ser humano, una niña-mujer y en teoría, todos esos derechos de los que hablaban, debía tenerlos ¿o no?

niño tarah pieLas dudas la asaltaban porque de alguna forma sabía, que todos esos “algo” que estaban escritos en algún papel, no se respetaban porque si así fuera, todos los niños Tepehuanos que vivían en su pueblo, podrían ir a la escuela, no tendrían hambre ni andarían descalzos.

-¿Cuál es la diferencia entre ellos y nosotros? Se preguntaba intentando encontrar una respuesta que le dejara satisfecha su creciente curiosidad. Liberó su mente y aquella voló entre las palabras y los discursos oficiales que creaban falsos ecos entre los troncos de los pinos de Arareco. Se alejó aún más y voló hasta su pueblo, allá en las montañas de Guadalupe y Calvo y desde lo alto pudo darse cuenta que esos discursos oficiales no cambiaban nada, que los muros y techos de su escuela seguían estando dañados, los niños continuaban con hambre y sin zapatos pero a pesar de eso, corrían presurosos hacia la vieja escuela donde alguien les dijo, aprenderían cosas nuevas.

SALLY BOTAS Y HUARACHES

Angelina lo entendió. La gran diferencia estaba en los pies; los que llevaban botas parecían portar sobre sus hombros una oscura sombra que los perseguía por todas partes como una carga enorme de aquella cosa extraña que su abuela llamaba “el fantasma de los vicios” y que en un solo cuerpo aglutinaba la ambición, el poder, el dinero y la maldad.

Los otros, los que caminaban con huaraches de llanta o descalzos se percibían ligeros y la sombra que los acompañaba era de distinto color. Le había tocado vivir en el país de las botas y los huaraches.

Sally Ochoa* Sally Ochoa. Licenciada en Filosofía y maestra en Periodismo (Facultad de Filosofía y Letras de la UACH). Su carrera de periodista la inició como reportera de tv en el 2001, actualmente trabaja en El Diario de Chihuahua en investigaciones especiales. Ha publicado dos libros de cuentos y forma parte de varias antologías de poemas.