Helena Paz Garro, la vida entre dos fuegos

Helena Paz Garro, el fin de una dinastía literaria

Rafael Cabrera/ Animal Político

Helena Paz Garro vivió atrapada entre los fuegos de sus padres hasta el final: nació un 12 de diciembre de 1939, un día después del cumpleaños de su madre, la escritora Elena Garro, y falleció este domingo 30 de marzo, exactamente un día antes del centenario de su padre, el poeta y premio Nobel Octavio Paz. Con su muerte, a los 74 años, el círculo se cerró y la familia de oro de la literatura mexicana ha llegado a su fin.

Su primer nombre fue Laura, pero siempre se le llamó Helena o “La Chata”, como era conocida en el ámbito familiar. Fue una autora tardía, aunque de joven escribió en periódicos y revistas mexicanas. En México publicó dos libros: Memorias (Plantea, 2003) y La rueda de la fortuna (FCE, 2007), prologado por el escritor alemán Ernst Jünger.

La escritora dejó un segundo tomo de memorias inconcluso, donde abordaría la parte más dura de su vida: cuando su madre y ella fueron acusadas por el Gobierno mexicano de organizar el movimiento estudiantil de 1968, lo que las obligó a auto exiliarse en Nueva York, Madrid y París de 1972 a inicios de los noventa.

Tras los fallecimientos de Paz y Garro, ambos ocurrido en 1998, Helena vivió en una casa en Cuernavaca, Morelos, que le fue entregada a través del fideicomiso que le dejó su padre. Sin embargo, debido a su precario estado de salud y falta de recursos, durante los últimos años decidió irse a vivir a un asilo y en su casa sólo quedaron como habitantes sus 36 gatos. Su primo Jesús Garro se encargaba de ella.

Junto con sus padres vivió entre los cuarenta y cincuenta en Estados Unidos, Francia, Japón -donde se hizo amiga del poeta suicida, Yukio Mishima-, y Suiza. La familia, en realidad, vivió poco en México debido a la carrera diplomática de Octavio Paz.

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Elena Garro y su hija Helena Paz Garro. Foto: Lopategui.com

Elena Garro confesó que gracias a su hija se pudo conocer su novela más emblemática, Los recuerdos del porvenir, pues Helena los rescató de una estufa cuando planeaba quemarlos. Más tarde, Octavio Paz intervino para que la editorial Joaquín Mortiz la publicara en 1963. La obra es considerada la semilla del llamado realismo mágico que más tarde popularizaría Gabriel García Márquez.

Helena estudió en colegios franceses y suizos y, como su madre, practicó ballet. En México estudió en el Liceo Francés, ubicado en Polanco. Planeó ser actriz, pero no lo logró. Una de sus mejores amigas fue Olga George-Picot, hija del diplomático Francois George-Picot, quien fue actriz y apareció en La última noche de Boris Grushenko, película de 1975 de Woody Allen. Se suicidó en 1997, hecho que afectó profundamente a Helena Paz.

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Elena Garro y Octavio Paz recién casados. Barcelona 1937

Tras el divorcio de Paz y Garro, Helena se volvió inseparable de su madre y habitaron una residencia en la calle de Alencastre, en Lomas de Virreyes. Ahí recibían a campesinos que apoyaban, escondieron al líder coprero César del Ángel -quien ahora dirige al grupo de los 400 Pueblos- y al poeta cubano Roberto Fernández Retamar, con quien tuvo una relación.

Su errante y rica vida la llevó a convivir desde pequeña con Borges, Victoria Ocampo, Adolfo Bioy Casares, André Bretón, Christian Dior, Pablo Neruba, Pablo Picasso, María Zambrano y más personajes emblemáticos de la cultura del Siglo XX. Ella se atribuía ser la responsable de que sus padres desarrollaran el gusto por los gatos.

Después de que fueron acusadas de organizar el movimiento de 1968, Helena Paz publicó una carta en el diario El Universal criticando la renuncia de Octavio Paz a la Embajada de México en la India. Durante ese tiempo, madre e hija estuvieron bajo vigilancia de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), la policía secreta, que entonces dirigía Fernando Gutiérrez Barrios. La relación familiar se fracturó durante décadas.

Durante la década de los ochenta, después de que Garro y Paz vivían solas en Madrid, donde incluso tuvieron que pedir limosna y llegaron a estar en un albergue para indigentes ante la falta de dinero, el alcalde Tierno Galván las ayudó y comunicó de su situación a Octavio Paz y se reconciliaron. Para entonces, Helena había padecido cáncer de matriz y mama. Su padre la ayudó a conseguir un empleo en la Embajada mexicana en Francia.

Los problemas económicos y personales ocasionaron que tuviera problemas con el consumo de alcohol y barbitúricos. Nunca tuvo hijos y acusó que quedó estéril tras múltiples violaciones y contagio de gonorrea que sufrió de niña por el esposo de su abuela paterna, Josefina Lozano. Hacia la década de los noventa, estuvo internada en una clínica mental.

En 1990, cuando Octavio Paz ganó el premio Nobel de Literatura, lo acompañó a él y a su esposa, Marie-José Tramini, a Suecia para recibir el galardón. Su madre la tomó como inspiración para numerosos personajes de sus cuentos y novelas.

Helena Paz falleció la mañana del 30 marzo, tras una serie de problemas gastrointestinales, de acuerdo con lo informado por su familia. Su muerte cimbró al homenaje que se le rendía a Octavio Paz en Bellas Artes con motivo de su centenario, y le fue dedicado un minuto de silencio.

Ella era la heredera universal de la obra de Elena Garro y se desconoce si tenía un testamento o sobre quién recaerán los derechos. Será sepultada este lunes junto a su madre, en un panteón de Cuernavaca.

Escribió poemas dedicados a sus padres y un epígrafe para el volumen de cuentos Andamos huyendo Lola, de Garro, que se hizo emblemático: “Detrás de cada hombre hay una gran mujer y detrás de cada mujer hay un gran gato”.

Elena y Helena
Elena Garro con su hija Helena Paz Garro

Octavio Paz le dedicó el poema “Niña”

Nombras el árbol, niña.

Y el árbol crece, lento y pleno,

anegando los aires,

verde deslumbramiento,

hasta volvernos verde la mirada.

 

Nombras el cielo, niña.

Y el cielo azul, la nube blanca,

la luz de la mañana,

se meten en el pecho

hasta volverlo cielo y transparencia.

 

Nombras el agua, niña.

Y el agua brota, no sé dónde,

baña la tierra negra,

reverdece la flor, brilla en las hojas

y en húmedos vapores nos convierte.

 

No dices nada, niña.

Y nace del silencio

la vida en una ola

de música amarilla;

su dorada marea

nos alza a plenitudes,

nos vuelve a ser nosotros, extraviados.

 

¡Niña que me levanta y resucita!

¡Ola sin fin, sin límites, eterna!

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