Apostar el resto

Este texto tiene un toque intimista. Puede llegar a muchas manos pero realmente va destinado a muy pocas. Tiene en mente un racimo de amistades, recuerda que las mismas pueden tener un carácter centrífugo o centrípeto, habla de anhelos comunes que continuaron en algunos y que otros cancelaron y de congruencias, solidaridades que se recuentan, inexorablemente cuando gran parte de la vida ha avanzado.
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Jaime García Chávez / A los Cuatro Vientos

Un cierto sentimiento de soledad también está presente. Desde luego no se trata de dramatizar. Parte de un histórico ejemplo en la amistad de tres muy grandes filósofos, maestros y escritores, cuya obra perdura hasta nuestros días a más de doscientos años y por más discrepancias o coincidencias que con ellos se mantenga. Hablo de Hegel, Schelling y Hölderlin. Ellos coincidieron hacia finales del siglo XVIII en una misma ciudad, en un mismo seminario, trabaron una gran amistad y cada uno a su modo clavó una estaca a la vera del camino para marcar una ruta. Se entusiasmaron con la revolución francesa de 1789, desearon que Alemania no se fermentara en el viejo lodo de la reacción y en algún momento plantaron un árbol de la libertad, de alguna manera un gran desafío por su simbolismo antifeudal y alentador de los vientos que empezaban a correr por toda Europa y que muy pronto alcanzarían a los estados y principados alemanes durante las guerras napoleónicas.

Hölderlin produjo una extraordinaria obra poética y muy temprano padeció una atroz enfermedad mental que lo redujo a vivir al lado de unos amigos carpinteros y se retiró de la escena, pero obviamente que vive su gran e influyente obra. En cambio Hegel y Schelling continuaron en su actividad como filósofos hasta los últimos días de sus vidas. En algún momento hubo riña y ya para morir el primero, el recuerdo de la amistad se solidificó al convivir en un centro de balneoterapia. Hegel llegó a ser, sobradamente, el más influyente filósofo de su tiempo y le esperaban hasta nuestros días otros doscientos años de presencia. Hace muy poco tiempo Jacquez D’Houdt publicó la enésima y voluminosa biografía del autor de la Fenomenología del espíritu. A la muerte de Hegel, Schelling ocupa su cátedra en Berlín en una Alemania ya muy comprometida con la reacción política.

Todo este rodeo lo realizo para referirme a un raramente sencillo texto de Hegel, escrito en una de sus obras sobre estética, que muy probablemente se redactó pensando en ese trío del que formó parte y justamente se refiere a la amistad de juventud, calificando ese periodo como aquel “…en el cual los individuos anudan relaciones tan íntimas y están tan absolutamente ligados en una sola disposición, voluntad y actividad que, como resultado, toda empresa de uno de los amigos se torna en empresa del otro. En la amistad entre hombres adultos ya no es el caso. Los proyectos de un hombre siguen independientemente de su propio camino, y no pueden encontrar realización en esa firme comunidad de esfuerzo mutuo en la que uno de los miembros no puede terminar nada sin la colaboración del otro. Los hombres se encuentran y se separan de nuevo; sus intereses y ocupaciones los alejan y los unen de nuevo; la amistad, la interioridad de disposiciones, de principios y de tendencias generales en la vida subsisten, pero esto ya no es la amistad de la juventud […] Es inherente al principio de nuestra vida más profunda que, en su conjunto, todo hombre tiene que arreglárselas por sí mismo, es decir, que debe ser eficiente por sí sólo en su propia realidad.”

Pablo Neruda, juventud diferente
Pablo Neruda, juventud diferente

Aquí en el estado de Chihuahua hubo una generación de jóvenes que veo retratada en esta hegeliana reflexión. Obviamente huelga decir que entre ellos jamás estuvo nadie a la altura de los gigantes mencionados, y ni por asomo tiene esto la intención de hacer un paralelismo. Lo que quiero decir es que, como recitaba Neruda, nosotros los de entonces ya no somos los mismos. Pero en realidad sí hubo dos momentos de significación para la política y la sociedad a fines de los años sesenta y principios de los setenta. Aquél, el primero, de una sólida unidad en la que toda empresa de uno se convertía en la empresa del otro, y eso anudó, trabó nexos, con nudos de diversa fortaleza, que no se pueden desatar. Y llegó el otro, el segundo, en el que los caminos se empezaron a bifurcar, etapa en la que cada quien hubo de arreglárselas por sí mismo, con encuentros y desencuentros, en convergencias y divergencias, conjunciones y disyunciones. También pudimos palpar la llegada del antagonismo, mitigado escasamente por la urbanidad, que sin ser virtud per se, la auspicia.

¿A qué viene todo esto, que ha tomado rasgo de quejumbre, casi senil? Es sencillo: tiene que ver con las grandes oportunidades que pasaron y ya no regresarán para los actores de la generación referida, con el abandono parcial de tareas que pudimos haber colmado con gran éxito. Seguramente algo se heredará, más no lo que pudimos haber realizado. Si algo hay lamentable y doloroso es el reclamo a lo que podríamos llamar el último esfuerzo, no defraudándolo más ni de palabra ni de obra. No es gratificante la conversación de los recuerdos, el levantar la voz y crispar los puños en la cantina y al lado de los amigos íntimos, dolerse de la podredumbre que tenemos en la vida social y del estado, pero no hacer nada. Lamentar que estamos gobernados por enanos, caciques y corruptos y luego convivir y fotografiarse con ellos en una danza de apariencias institucionales. Ser enemigos de la violación de los derechos humanos y la tortura y hacer la apología de quienes la ejecutan. Decir que hay ideales éticos muy altos, y vivir en la mezquindad. Desde luego todo esto último referido a los casos extremos de un racimo de hombres y mujeres que se inició en la juventud con grandes propósitos de elevación del espíritu humano. También hay vidas que han aquilatado grandes cosas y su herencia irreprochable los escoltará en el futuro. Pero soy escéptico de que esos lazos que se ataron en la juventud hayan prodigado aquello para lo que estaban llamados.

Esto es un polémico tema del papel de las generaciones, inadmisible para los que en medio de una globalidad neoliberal que ha cancelado la idea de comunidad y solidaridad, se han adherido a un individualismo extremo. Este individualismo puede ser responsable, y cobija a quienes lo han empleado en la soledad y sin egoísmos. Pero no basta para contribuir consistentemente a la transformación de un país como México que necesita imperiosamente una generación igual o superior a la liberal de mediados del siglo XIX mexicano. De ese tamaño es la crisis de nuestro país y creo que ha llegado la hora de apostar nuestro resto.

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