El asesino

Cansado de muerte dormía el asesino. La mano homicida, crispada, seguía en el sueño su labor funesta de repartir fines, de cobrar cuentas impagables, de cerrar tratos con llave letal y de una vez por todas. Los ojos de espanto de las víctimas del sueño eran (en medio del asombro, de la inminencia de la muerte) idénticos a los de la realidad, pero el hombre era un profesional y se movía como tal en los dos bandos de la vida: despiadado en el sueño, sanguinario en la vigilia.

Enrique Lomas Urista/ A los 4 Vientos

Mató siempre sin odio, porque el rencor es mal negocio y paga con la vida. Mató a sangre fría y serenamente, porque el salario de la muerte movía su empresa.

Mató en el sueño lo mismo que en la realidad, sin más gozo que el de salir vivo entre muerte y muerte.

Temible entre los temibles, caminó siempre confiado, apoyado lo mismo en el revólver que escupe fuego, que en la daga que inyecta frío en las venas de los hombres.

cañon humoTranquilo caminaba el asesino su sueño de rutina, refrescándose el rostro en ríos de sangre cuando una mano gemela, mano oscura, le voló los sesos para hacerlo despertar a la realidad.

Sin sangre, sin sudor, sin lágrimas se levantó el asesino de la pesadilla a la realidad, para llevarle el día indicado, a la hora exacta, la muerte impostergable a la víctima anónima.

Tranquilo caminaba el asesino su vida de rutina, sumergiendo el rostro en el temor de los otros sin mancharse de espanto cuando una mano gemela, mano oscura, le voló los sesos dejándolo en un lugar sin orillas ni tiempos, sin sitios entre la realidad y el sueño.

enrique lomas*Enrique Lomas Urista. Escritor y periodista originario de Torréon, Coahuila. Trabaja desde hace años en Chihuahua donde es corresponsal del periódico Reforma.