Se va una leyenda

Para los jóvenes, un desconocido; para los adultos, opiniones divididas. Hay quien lo recuerda como la representación del añejo corporativismo, emblema de la corrupción. Otros lo califican como un adalid de las causas de los trabajadores petroleros, un hombre de bien y un mexicano que aspiraba a que Pemex refulgiera en el mundo entero.

Parece que lo estoy viendo a las pocas horas de salir de prisión. Chaparrito, muy delgado, con aquellos ojitos con el distintivo brillo de la inteligencia; simpático y dicharachero, como pocos.

Catalina Noriega / Cuchillito de palo / OEM

De la mano de Carmelita su esposa, quien aguantó estoicamente calamidad y media, narraba lo que todos sabíamos: Salinas de Gortari le puso el cuatro más mentado de la historia. Le fabricó delitos de los más graves, después de que Hernández Galicia demostrara su simpatía por la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas –contrincante del que, con base al “se detuvo el sistema”, orquestado por Manuel Bartlett, llegó a la Presidencia.

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Carlos Salinas de Gortari y el lider petroleo Joaquín Hernández Galicia (La Quina)

El control sobre el sindicato, al que manejó por décadas, había frenado el que se atrevieran a meterse con él. Pero, cuando se rumoró que bajo su patrocinio se había publicado el libro, ¿Un asesino en palacio?, en el que se narraba el homicidio de la joven empleada doméstica de la familia Salinas, por un escopetazo a cargo de alguno de los hijos, la venganza se le fue encima.

Llegaron a tirarle un cadáver putrefacto, al patio de su casa y a sembrarle armas, las que, según Miguel de la Madrid, La Quina importaba para preparar un levantamiento.

A los nueve años de prisión salió libre y regresó a su idolatrada Tamaulipas, de la que ya no saldría, salvo para acudir a una cita con Felipe Calderón, a quien le exigía liquidara la podredumbre en Pemex. No lo recibió y lo turnó con Alejandro Poiré, a quien el hábil líder le planteó el contubernio entre los directivos de Pemex y el mandamás en turno, del sindicato (Por supuesto, Romero Deschamps).

La Quina fue una especie de Padrino, de cacique benefactor de familias, de trabajadores, pero bajo el sello del antiguo paternalismo. Que no llegara a él la esposa de algún obrero o campesino de la zona, quejándose de cualquier maltrato, porque al momento ponía al hombre en orden.

Se ocupaba de que los niños y jóvenes pudieran estudiar. Para todos tenía palabras de consejo, de aliento y no fue hombre con aires de grandeza, ni despilfarros públicos escandalosos.

Quizá sus brazos derechos, Salvador Barragán Camacho y Sergio Bolaños, no fueron tan parcos.

Para tragedia nacional los cacicazgos siguen vigentes, aunque ni siquiera se rigen por el paternalismo (De los males el menor), sino por la esclavitud. Consideran a quienes dependen de ellos, objetos propios –ni siquiera sujetos– y como a tal los tratan.

Bajo sus auspicios, el petrolero disfrutó de seguridad social, de mejores percepciones, de capacitación y entrenamiento. En aquellos tiempos, me comentaba alguno, hasta el desodorante nos daban.

De su legendaria figura se decía todo: Que si había mandado asesinar a quienes se le rebelaban o intentaban ocupar su inamovible cargo y que si vendía plazas y traficaba con los contratos, como si ahora no sucedieran cosas peores.

Supo inculcarles valores a sus hijos, a los que jamás se ha visto haciendo alardes de Ferraris, yates, departamentos de lujo en Miami o viajando en primera clase, rodeados de perros, actitudes sultanescas de los herederos de Romero Deschamps.

Cuando entró a la cárcel vinieron las traiciones, las revanchas de sus enemigos y el despertar de las ambiciones de sus malquerientes. La historia lo juzgará como a un líder de la vieja guardia, con aciertos y errores, pero de lo que no queda duda es de su pasión y entrega por México, por Tamaulipas y por la camiseta de petrolero.

  Romero Deschamps es peor que La Quina

Conocí a Joaquín Hernández Galicia en una comida privada en una casa de la colonia Petrolera aledaña a la refinería Antonio M. Amor ubicada en Salamanca, Guanajuato.

José Luis Camacho Acevedo

grupocamachonoticias@gmail.com

Era un verdadero condottieri. Es decir, un cacique o capo mafioso con rasgos de justicia en su proceder siniestro.

Acompañé al entonces gobernador de Guanajuato, Rafael Corrales Ayala, al cumplimiento de una promesa fraternal que La Quina había hecho hace años a un viejo compañero de luchas sindicales.

El personaje visitado por La Quina no era dirigente de la sección 24 del sindicato petrolero. Era un compañero con el que tenía una fraternal relación.

La quina jovenLa Quina trató al gobernador Corrales Ayala con especial respeto. Le pidió favores para el gremio; apoyos para un rancho que el sindicato tenía en Salamanca y que ahora está abandonado y varias ayudas para algunos de los trabajadores y sus hijos como becas o ingresos a la universidad del estado.

La comida fue en una casa de interés social, pequeña, modestamente amueblada, esa era la vivienda del compadre que La Quina tenía en ese lugar y al que le debía una visita.

Hacía mucho calor. Todos aguantamos. La Quina quiso complacer a su viejo amigo cumpliendo su deseo de comer en su casa alguna vez. Lo había prometido a su compadre y La Quina se lo cumplió al viejo trabajador que era ya un jubilado.

Con escenas que semejaban a algunas de las mejores logradas en la trilogía El Padrino, los trabajadores acudían a saludar al cacique del gremio, al señor de horca y cuchillo, al dirigente sindical formado en la más ruda escuela del sindicalismo mexicano.

La Quina platicó una anécdota a los compañeros que lo rodeaban. Dijo que una ocasión un dirigente de taxistas de Guanajuato, llamado Gilberto Escalante, le quiso regalar un automóvil de lujo a don Fidel Velázquez. Quería congraciarse ese pillo con el poderoso dirigente cetemista. Nada menos que con aquel hombre leyenda que de ser un humilde lechero nacido en Villa del Carbón, en el estado de México, llegó a tener un poder tal, que obligaba a los presidentes de la república a tomar en cuenta siempre su opinión en las decisiones más trascendentes de la política laboral del país.

Hernández Galicia recordó que le dijo al ambicioso líder que pretendía comprar su simpatía: “¿De dónde sacaste para comprar un auto tan caro? No vaya a ser que les quites sus cuotas a los trabajadores para que hagas payasadas como ésta”.

Don Fidel, siguió contando La Quina, le rechazó el soborno y le dijo que su viejo carro estaba todavía muy bueno como para cambiarlo. Y entonces le aconsejó al corrupto dirigente de los taxistas: Nunca traigas esos relojes tan ostentosos. Nuestros compañeros son regularmente pobres.

Romero Deschamps, su reloj, la vida en rosa de sus hijos que viajan en yates y viven en Miami, nada tienen que ver con el cacique que fue La Quina.

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Romero Deschamps y el presidente Enrique Peña Nieto

Siniestro, la leyenda lo califica como asesino, y sus críticos le achacan un contratismo en Pemex que para nada tiene medida con la voracidad que hoy demuestran Romero Deschamps, Luis Téllez, Jesús Reyes Heroles, Luis Ramírez Corzo, Carlos Morales o César Nava.

Junto a esas ambiciones sin límites, el temido cacique que fue La Quina, siempre fue discreto, moderado hasta donde pudo en sus pretensiones económicas, y siempre leal al destino de su país, de su partido y de su gremio.

Así lo conocí.

Su vida es cosa juzgada. No tiene caso hacer más comentarios que los que su trayectoria negra le construyeron ya para siempre.

Pero ahora que viene el debate de la reforma energética, uno piensa que La Quina sería un mejor aliado del proyecto del presidente Peña Nieto, que Carlos Romero Deschamps y su banda de ladrones. Deschamps perjudica tanto a la reforma energética, como lo hacen los “funcionarios-empresarios” que medran con los contratos millonarios que otorga la paraestatal y cuyos nombres y los de sus empresas son de sobra conocidos por la opinión pública.

Ni hablar. Como dice la admirada Cristina Pacheco: Aquí nos tocó vivir.

En tiempo real

1. Carlos Elizondo Mayer-Sierra, respetado politólogo, es el personaje que al parecer ha logrado el consenso de los principales partidos para ocupar la presidencia del Consejo General del IFE que deja vacante el gris de Leonardo Valdés Zurita. Los que de plano se descartaron fueron el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y Juan Ramón de la Fuente. Y fue buena la decisión del exrector de hablar a tiempo de que no tiene interés en estar en el IFE, porque ya lo han manoseado muchos. Y eso no favorece ni a su trayectoria académica y menos a su personalidad dentro de la sociedad civil.

2. Una sorpresa está por darse en el entorno más cercano al secretario de Gobernación Miguel Ángel Osorio Chong. La consolidación de Manuel Mondragón y Kalb al frente de la dependencia que bien ha sorteado los conflictos sociales recientes, se verá claramente con los apoyos que recibirá en el nuevo presupuesto. Ese encargo debió operarlo el hombre de confianza en esos menesteres de Osorio Chong, su oficial mayor Jorge Márquez.