El sueño derramado

El hombre tomó su sitio en el sueño y se alineó a una larga fila que lo arrancó de los brazos de su mujer, que lo esperaba, desnuda, en la otra orilla de la vigilia.

Enrique Lomas Urista/ A los 4 Vientos

Avanzó sin querer porque los otros lo empujaban también sin convicción y sin saber si el último de la línea era empujado por otro sueño oscuro y malintencionado.

Caminaba el hombre sobre una dentada y estrecha realidad onírica que no daba lugar a desertar, ni a desandar, ni a detenerse. Cuando quiso virar para injuriar al último de la fila resbaló sobre la vereda de piedra y sus ojos se encontraron con un piso de abismo que no tocó porque el caminante de atrás alcanzó a sujetarle del pie derecho.

Se golpeó el rostro y el pecho con los erizos pétreos del cantil y el sueño no fue capaz de amortiguarle el dolor. Gritó y su grito rodó junto a unas gotas de sangre hacia el fondo sin fondo del desfiladero.

No había espacio para el dolor porque los demás no dejan de empujar y el estorbo de su dolor ya había despeñado a cinco compañeros de sueño, que no tuvieron la suerte de asirse de algún desconocido.

Como pudo retornó a la fila y caminó en el susto con el tórax destrozado y el rostro escarapelado y ardiendo.

Quiso virar para agradecer al hombre que lo mantuvo en el sueño pero el recuerdo de la caída le punzó en lo que le quedó de cabeza y solo se concretó a extender su mano hacia atrás para tocar la mano de su amigo indescifrable.

Sintió que la mano salvadora le sonrió con orgullo y modestia, y lloró para agradecer la fraternidad insospechada del sueño que le tocaba vivir.

Lamió un poco de sangre que lloraba uno de sus ojos más averiados y supo que tenía el mismo sabor a metal añejo de la realidad.

Cuando tropezó y se mordió la lengua se le ocurrió que quizás podría hablar, aunque los sueños son ingratos y a veces no confieren tanto. Primero buscó palabras y cuando las tuvo buscó interlocutores, pero todos los que alcanzaba a ver hacia adelante andaban concentrados en no caer y en seguir el rumbo ignoto de sus sueños.

Alzó la cara y se topó con un abismo superior muy similar a un cielo real y gritó “¡amigo!”, pero nadie contestó porque sus palabras volaron hacia el techo sin color ni orillas de su sueño.

Qué raro que la soledad de los sueños también esté acompañada de otras soledades; qué raro que también la superficie de los sueños sea tan incierta como la realidad. Siempre caminando, siempre golpeados y al borde del abismo, pensó.

Quién sabe cuántos kilómetros o kilosueños había recorrido, pero el cansancio era algo tan tentador en elsueño, como el suicidio en la realidad.

Tuvo la esperanza de despertar para descansar, como cuando se duerme para dejar de sufrir… pensó que si despertaba algún día no volvería a dormir nunca, o se aferraría a la vigilia apretándose contra el cuerpo de su mujer.

Sintió que no podía soñar más y desertó de las filas del sueño para arrojarse al vacío, para caer, caer, caer sin tregua, hasta hacerse trizas en la realidad, despedazar el sueño y ser nuevamente alguien en la vida de veras.

Cayó con un estrépito seco sobre el cuerpo de su amante y tocó con furiosa alegría las sábanas de la realidad. Besó a su mujer y la estrujó para contarle un mal sueño, cuando el dolor del pecho roto lo estremeció y lo lanzó a dormir de nuevo.

enrique lomas*Enrique Lomas Urista. Escritor y periodista originario de Torréon, Coahuila. Trabaja desde hace años en Chihuahua donde es corresponsal del periódico Reforma.