La brujita en el encino

La tarde cayó color naranja sobre lo que pensamos era un ave parapetada en la rama del encino que crecía indolente sobre el patio de la casa de los abuelos. Disparé mi resortera y la piedrita de río la derribó sin sacarle ni una pluma, pero los estertores que lanzó nos convencieron de que no se trataba de una lechuza, de un águila o de un halcón, sino de una horrible y diminuta brujita.

Enrique Lomas Urista/ A los Cuatro Vientos

Al principio me pareció hasta ridículo que alguien se hubiera tomado la molestia de disfrazar a un animal con capa, sombrero de pico y hasta escobita de paja para subirlo al árbol y jugarnos una broma; pero la prominente nariz, los pelos abundantes de los brazos y las piernas de pollo nos convencieron de que estábamos frente a una bruja a escala, una terrorífica bruja de no más de medio metro.

brujita con bastónEl cuerpecito yacía de lado y Laura intentó ponerla boca arriba jalando el palo de la escobita de juguete a la que se aferraban sus piernitas.

No corrimos hasta que el esperpento nos fulminó con la mirada y gritó con su voz de hurraca algo incomprensible.

Nos refugiamos en el viejo granero y nos asomamos por los huecos de las puertas, abiertos a punta de colmillo de rata. No se movió en minutos, pero ni Laura ni yo quisimos salir de nuestro escondite hasta asegurarnos de que la brujita hubiera muerto. Anocheció y apenas cruzamos el umbral del bodegón cuando algo áspero nos arañó el rostro, luego Laurita lanzó un grito agudo y prolongado y sobre nuestras cabezas infantiles llovieron brujitas como la que derribó mi resortera esa anaranjada tarde de otoño.

enrique lomas*Enrique Lomas Urista. Escritor y periodista originario de Torréon, Coahuila. Trabaja desde hace años en Chihuahua donde es corresponsal del periódico Reforma.

      CALAVERA A LA MUERTE 

Enrique Lomas Urista

A la muerte no hay quien la lleve
a la parca no hay quien la quiera
no hay quien le ruña los huesos
no hay quien le tienda un abrazo.

La Catrina quiere a todos
a muchos congela de un tajo
no hay quien le prodigue un beso
no hay quien le arrime un arrumaco.

Pobre muerte, tan solita
pobre muerte sin su muerte
siempre llorando sin ojos
siempre amando sin labios.

No sé si te quiera mucho
no sé si te quiera un rato
sólo sé que me seduces
cuando del mundo me harto.

Vente pelona conmigo
vamos a vivir un rato
yo te brindo mi latido
tú mientras sigue mis pasos.