"Perfume de Azahares"

Maclovia era gorda como una vaca de esas que viven en las mesetas amarillas del norte, donde los pastizales se extienden por kilómetros y kilómetros y parecen no tener fin; pero tenía en el alma la rebeldía de las infelices y flacas reses mostrencas del barranco, aquellas que tienen que buscarse su alimento en las empinadas laderas que se dirigen a la sierra, donde el pasto no es bueno, igual que los caminos, que más que llevarlas a algún sitio seguro, casi siempre las conducen hacia la muerte.

Sally Ochoa/ A los Cuatro Vientos

Por eso se fue de la ciudad; porque su espíritu indomable le gritaba que su lugar no estaba entre aquellas paredes frías de concreto que albergaban retratos de hombres y mujeres que no conocía, pero que decían, eran sus honorables ancestros españoles que ostentaban títulos nobiliarios y una serie de sandeces por el estilo. Su lugar en el mundo no contemplaba tampoco los lujosos pisos de mármol, ni las pesadas cortinas de terciopelo, ni el silencio en el que transitaban sus días o aquel olor a soledad que merodeaba por los rincones y se metía bajo las puertas y se apoderaba de todo, especialmente en los días de lluvia.

botero ventanaMaclovia sabía, que de quedarse, su cuerpo se asfixiaría en aquellos vestidos de raso y de satín que le apretaban las carnes sin remordimiento, y su corazón se marchitaría en manos de un corsé y de un marido “conveniente”, amargamente elegido por la mente tradicionalista de su madre, que aún vivía inmersa en las costumbres de tres siglos previos, pero terriblemente aburrido para su carácter de yegua mostrenca.

Sí, tenía que irse, porque no estaba dispuesta a desperdiciar una vida como la suya; así, desbordante de pasión, de ganas de vivir, anhelante de libertad. No podía echar en un bote de basura de la ciudad para que se perdiera entre los desperdicios, su risa burbujeante, ni su mirada azul, ni aquellos cabellos rubios que le cubrían el rostro de suavidad cuando intencionadamente buscaba la atención de alguien.

Tampoco podía deshacerse de su piel de seda que no tenía olor alguno, ni de aquellas manos suaves que lo acariciaban todo como si fuera la primera vez que lo encontraran, ni de sus labios rojos que ofrecían en un beso el paraíso. No podía cambiarse a si misma, ni oponerse a la naturaleza que la había hecho como era, apasionada, alegre, completamente hermosa y gorda…gorda hasta la obscenidad y hasta el pecado.

Tenía diecisiete años cuando, con toda la gracia que le era posible, acomodó su enorme trasero en el asiento de piel del vagón de primera clase del ferrocarril y le dio la espalda a la vida burguesa que hasta entonces padecía. Se quitó el sombrero, desabrochó los primeros botones del saco para dejar que sus pechos blancos conocieran los rayos del sol y se dispuso a empezar una nueva vida, lejos del mundo opresor que le cortaba el aire, donde pudiera encontrar y apropiarse de ese aroma que le faltaba para acabar de ser ella misma.

No miró atrás, porque sería como dudar de su razón –pensó-, solo respiró hondo y se tragó el hipo aquel que la acechaba siempre, cuando cometía alguna locura, porque sabía de antemano que la furia familiar la alcanzaría en algún momento y el resultado podría ser catastrófico. Ese momento no era ahora, pero más tarde o más temprano, darían con ella y tendría que enfrentarse a los gritos y a las reprimendas odiosas que conocía de sobra y que despreciaba porque la hacían sentir como un objeto inanimado que adornaba las repisas y los muebles antiguos que se habían convertido en un componente más de su infelicidad.

Pero cuando eso sucediera, ella estaría instalada por completo en casa de su tía Mercedes; aquella solterona por vocación y virgen solo en la imaginación, que vivía allá donde la sombra oscura de los naranjos lo cubría todo, donde la tierra olía a humedad y el agua se paseaba cadenciosa entre las piedras del río que no hacía más que entonar canciones de amor que regalaba al viento.

Estaba segura que nada ni nadie podría hacerle daño entonces, porque estaría en otro mundo, por completo distinto del que ahora la rodeaba por el cuello, como una serpiente venenosa dificultándole la respiración, tratando de ahogar la ilusión de libertad que le corría por la sangre y que intentaba escaparse por los poros de la piel para impregnarse del viento y de los rayos del sol y desaparecer del mismo modo que estos lo hacían.

Maclovia entera, con sus vírgenes cavidades y protuberancias, quería ser libre.

botero desnudo púbico

El sol extendía sus brazos sobre el barranco en una tarde de junio cuando Maclovia divisó a lo lejos, la casa aquella de paredes blancas y altas, con tejas de madera de pino traídas desde la sierra y bugambilias coquetas abrazadas a los gruesos pilares que flanqueaban el largo pasillo empedrado que llevaba a la entrada. La enorme puerta de madera estaba abierta de par en par dejando entrar sin ninguna reserva, al viento fresco que bajaba de las montañas arrastrando el olor de los huertos y el murmullo de las hojas de los sauces llorones que anunciaban el inicio del verano.

Maclovia se convirtió muy pronto en parte de todo aquello; apenas se instaló, su presencia iluminó los rincones de la casa igual que los rayos del sol, su voz se deslizaba entre los limoneros e iba a parar hasta el cañaveral, donde los cuerpos morenos y sudorosos de aquellos hombres, esperaban que la jornada terminara para ir a mirarla de cerca y aceptar tímidamente la bebida refrescante que ella siempre les ofrecía.

La bebida se acompañó después con música y canciones de intérpretes de moda que se escuchaban en la radio y que Maclovia tarareaba mientras su cuerpo de vaca en celo se movía entre las miradas de fuego y las bocas sedientas de los presentes. Cada noche el número de asistentes aumentaba y aquellas reuniones se prolongaban hasta el amanecer, cuando las aves desveladas empezaban a abrir los ojos. Todo quedaba en silencio entonces.

Los hombres empezaron a olvidar sus trabajos igual que olvidaban a sus mujeres; éstas por su parte, molían la desesperación en el metate y acumulaban rencor bajo las faldas. Los cañaverales empezaron a secarse, los grillos a extinguirse, y las suegras a perder la poca compostura que les quedaba.

botero tango mujer vestido blanco

Maclovia estaba tan absorta en el placer que les arrancaba a aquellos hombres, que no se daba cuenta de lo que estaba sucediendo a su alrededor. Con cada respiro de satisfacción que surgía del pecho de aquellos desdichados, su cuerpo se inflamaba y su piel, que ahora olía a azahares, brillaba bajo la luz de la luna como nunca antes.

En ese trajinar de desencuentros transcurrieron seis meses; el pueblo entero se desmoronaba alrededor mientras  Maclovia se sumía cada vez más en su mundo. Ya no recorría los huertos por las mañanas porque sus piernas apenas sostenían el peso de su cuerpo, que se desbordaba con descaro por las aberturas de las ropas; tampoco se bañaba desnuda en el río ni tomaba el sol con los senos al aire, ni entonaba canciones de amor. Había entrado en un extraño letargo que le daba una tregua únicamente por las noches, cuando los hombres la visitaban y le suplicaban que bailara para ellos.

Una tarde, mientras preparaba el caldo de pollo que diariamente debía darle a su ahijada Soledad, Maclovia escuchó el sonido del viento que bajaba en tropel desde lo más alto de la sierra, golpeando los troncos de los pinos primero, luego los robles y los platanares hasta estrellarse finalmente en las piedras redondas del río. Lo oyó subir por el callejón; dejó el recipiente con el caldo de pollo en la mesa del corredor para que le cayera el “sereno” y tomó un chal, lo colocó sobre sus hombros y se dirigió al huerto llevándose con ella el sonido del viento y el perfume de azahares arrancado a los naranjos.

NdeE: Las ilustraciones de este texto (tomadas de internet) son obras del inigualable artista Fernando Botero, quien nació en Medellín, Antioquia, el 19 de Abril de 1932, y ha creado toda una escuela en las artes plásticas conocida como «Boterismo», de original estilo figurativo neorrenacentista contemporáneo. El pasado, con motivo del 80 aniversario de su natalicio fue homenajeado en casi todos los países del mundo.

Sally Ochoa

* Sally Ochoa. Licenciada en Filosofía y maestra en Periodismo (Facultad de Filosofía y Letras de la UACH). Su carrera de periodista la inició como reportera de tv en el 2001, actualmente trabaja en El Diario de Chihuahua en investigaciones especiales. Ha publicado dos libros de cuentos y forma parte de varias antologías de poemas.