EN LAS ENTRAÑAS DEL CASTOR

I

EL HIJO DEL TRUENO

En Ostotitlán, a veinte kilómetros de Teloloapan, el apóstol Santiago El Mayor tiene sus seguidores. El Supremo Tribunal de los judíos, el Sanedrín, lo condenó a muerte en el año 44. El rey de Judea, Herodes Agripa I, lo mandó decapitar. Fue el primero de los doce apóstoles en ser martirizado. Los españoles aseguran que poco antes de su muerte evangelizó en su país. Santiago El Mayor era hermano de Juan El Bautista. Jesús, según el apóstol Marcos, los llamó Hijos del Trueno: Boanerges, en griego.

Everardo Monroy Caracas/ A los Cuatro Vientos

“¿Cómo recordar a detalle algo fuera de lugar en aquellos momentos de peligro?” —se preguntó Zebedeo. “Era una estupidez, mi brother. Una reverenda estupidez”.

El padre Romero daba la explicación antes de internarse al curato y colocarse la deshilachada casulla. Un montón de arenques, colgando en el extremo de una cuerda, le fue entregado por Zebedeo. Era el pago a sus orientaciones.

Asiria volvió a santiguarse ante el altar de Santiago El Mayor. Sin duda alguna, Zedeceo hablaba de la misma persona que conoció el sábado 5 de julio.

—Aquí, aquí, parece que aún tengo su imagen ante mis ojos —Zebedeo se golpeó repetidamente la cabeza con la palma de la mano.

—Sí existió —confirmó su mujer—, no te preocupes. Yo lo traté, también tus hijos. Probamos alimentos hechos por sus manos ¿no lo recuerdas?

—Estoy confundido…

Asiria acarició su rostro achatado, de mulato.

Zebedeo entrecerró los ojos y empezó a sollozar. Había sobrevivido con la ayuda de Santiago. Lo recordó nuevamente con la cabeza recargada en la falca de la lancha, junto al motor de cincuenta y cinco caballos de fuerza. En esa misma posición arreglaba el trasmallo y limpiaba los anzuelos. Exigía más cuidado para no dañar el equipo.

Lo escuchó gritar y enseñar sus pequeños dientes carcomidos por la salinidad del océano.

—Debes asegurarte que sean cuerdas del ciento veinte. Te lo he dicho y no me haces caso…

—Lo son…

Apenas tuvo ánimos de responderle. No era ningún pendejo. Del calibre de los amanteros dependía el triunfo o el fracaso de la jornada. Dos o tres días navegarían por aguas del pacífico, a no menos de cuarenta millas de la bahía.

Bien que lo recordaba en esa posición. Su hablar de extranjero lo subyugaba. Nada que ver con el acento costeño del padre Romero. Después de aquella difícil odisea en mar abierto quiso entender el origen de quien se decía un patriarca más de Judea.

—Santiago era un leal seguidor del Nazareno —dijo el padre Romero—.  Su mayor reto fue participar en la construcción de la iglesia cristiana en Jerusalén. Asumió la santidad a propuesta de los españoles. Existe la certeza de que sus restos se encuentran en territorio gallego, en el municipio de Padrón, dentro de la provincia de Galicia.

Zebedeo se encogió de hombros.

“¿Y eso qué importaba —pensó—, si aquí está dando órdenes, bebiendo mezcal y metiendo los trozos de barrilete y atún en la hielera de plástico?

Santiago había terminado de afianzar los anzuelos y las boyas de la volanta. Le escurría una aguaza sanguinolenta entre los calludos dedos de pescador nato, producto de las carnadas. Eso no parecía importarle. Hedía a brea y sentina de barco camaronero. En el mar de Galilea, según dice, Pedro y Andrés le dieron sus primeras lecciones para la captura de peces. Utilizaban redes individuales, de torzal, tejidas a mano, con sus relingas y vientos, sin el propósito depredador de los trasmallos.

Santiago era muy parlanchín.

Lo conoció en el bar El Bucanero, cerca de la tienda Gigante. En aquel alargado salón de techo laminado y muros amarillos. En una de las cinco hileras de mesas plásticas, donde los parroquianos bebían y discutían bajo el barullo de una desvencijada rocola.

—En mi honor —explicaba Santiago ante un grupo de pescadores— hay una ciudad, Santiago de Compostela, y cada año miles de peregrinos visitan mi sepulcro. Está bajo el altar del presbiterio de la Catedral…

—Sí, sí… —Eric El Rojo asentó sin dureza, condescendiente, consciente de la locura mística de aquel predicador callejero. Le palmeó la espalda—. La siguiente ronda la pago yo… —y al decirlo, movió el dedo índice hacia arriba, dibujando un círculo.

Sin contratiempos, la mesera acató su señal.

Sus compañeros reían. Santiago cargaba una barba inhóspita, de breñal; sucia y entrecana. El sayal estaba carcomido de la parte baja, por donde sobresalían un par de pies huesudos, enormes, arenados y con costras ennegrecidas por la mugre. Lo acogieron sin ningún problema, después de solicitarles una moneda.

Marimbas lo empujó molesto por sus desvaríos. Zebedeo reaccionó con ira.

—Respétalo cabrón… —farfulló sin soltar la caguama a medio llenar.

Sus ojos llameaban.

Santiago giró el rostro hacia Zebedeo, alejado a cinco metros de sus compañeros de oficio, y sentenció:

—Él ya lo había dicho: cualquiera que se enoje contra su hermano será culpable de juicio y quedará expuesto al infierno del fuego…

—Ya brother, ahí muere… —Eric El Rojo, con su pelambrera carmín apaciguó al Marimbas.

—Hay dos tipos de hombres, no deben olvidarlo: los que se enroscan en la relinga superior del palangre, donde se sostienen los corchos y evitan su inmersión, y quienes, por necesidad, forman parte de la relinga inferior: bolera o burlón: el lastre de esta red existencial a la que nadie escapa…

Todos entendieron sus palabras por ser hombres de mar.

botella vacía cervezaLas botellas vacías de cerveza se amontonaron en la mesa. El cantinero padecía los estragos de la jaqueca.

—¿Cuándo te vas en El Nico? —le preguntó Eric El Rojo a Zebedeo.

Intentó disimular su admiración a aquel personaje que hablaba como comerciante libanés.

—El lunes, ya me dieron la lana para el pertrecho.

Zebedeo le tenía ley al viejo pescador. Era el maestro de todos, una verdadera leyenda.

—Ten cuidado con ese armastrote, ya se lo dije a Nicolás: cambia la maquina porque un día lo vas a lamentar. No me ha pelado…

—Me lo dijo y ya le di su checadita, no hay problema.

—No te confíes.

Lo de los monjes Cluny en verdad lo incomodaron. Hablar de los benedictinos que instauraron una caminata de Francia a Santiago de Compostela estaba fuera de orden. Santiago quería instituir una jornada similar a Ostotitlán. Sesenta o setenta kilómetros de Iguala de la Independencia. Era necesario llegar a Teloloapan y de ahí descender por el agreste paraje al punto deseado: la casa principal de Santiago El Mayor.

En veintiún días, precisamente el 25 de julio, se realizarían los festejos del santo patrono en ese municipio. Santiago asistiría puntual a su cita.

—Nunca le fallo a mis seguidores. Ellos, como los apóstoles del Señor, tienen ganado el Paraíso —dijo y un delgado hilillo de cerveza fue rezumido por la barba.

Los pescadores, ya beodos y contentos, abandonaron el bar. Eric El Rojo nuevamente le recordó a Zebedeo que tuviera cuidado con el motor de la lancha. Santiago y Zebedeo terminaron en la misma mesa, intercambiando preguntas y escuchando canciones de Juan Gabriel y José José. Zebedeo reconoció la valía moral de su acompañante. Lo mismo le había sucedido al Marimbas, por aquello del costillar a flor de piel, que jamás se atrevió a darle la segunda bofetada.

—El Maestro lo dijo: Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: no resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra…

Zebedeo haría uso del facón argentino de haberse suscitado la agresión. Santiago tenía derecho a convivir con su locura, mientras no lastimara a los demás. De algo sí estaba convencido: de su destreza de pescador consagrado. Las cicatrices de sus manos eran similares a las suyas: durante el jaloneo de las brazoladas llegaban a clavarse los anzuelos y el agua de mar interrumpía el sangrado y cauterizaba las heridas.

—¿Tienes algún lugar donde dormir? —le preguntó Zebedeo a Santiago.

Ya era de madrugada.

—Soy dueño de todo esto.

bahia-de-manzanillo

Estaban en el deshuesadero de lanchas de Playa Manzanillo, junto a la Capitanía de Puerto. Las luces de la ciudad punteaban a lo largo de la bahía. La mayoría de los cerros formaban una herradura diamantina. Zebedeo sintió bajo sus pies el calor húmedo de la arena. Una ventosa de mariscos descompuestos endulzó su olfato. Desde chamaco había sobrevivido de la pesca: dorados, marlines, tiburones… Los turistas y adinerados tenían el monopolio del pez vela. Aún así, los pescadores violaban las reglas y se allegaban del producto antes de regresar al puerto con las manos vacías.

Zebedeo invertía tres, cuatro o hasta cinco días para lograr su objetivo: pescar de doscientos a trescientos kilos de cazón.

Asiria, su mujer, protestó ante la imprudencia del pescador. La construcción del bajareque apenas tenía espacio para darle posada al indigente recién llegado. Sus siete hijos aún dormían sobre tablones y colchonetas y el pequeño Jacob no dejada de gimotear.

—Que Fidel se pase con Camilito y asunto concluido. Santiago es un buen hombre…

—Tiene fachas de loco…

—Es un iluminado.

—No lo creo, pero en fin. Espero que no moleste a tus hijos.

Durmieron casi toda la mañana y antes del mediodía, Santiago ya andaba merodeando por la playa. En compañía de Ernesto y Raúl, los mayorcitos del clan, recolectó, en un viejo cacharro, cangrejos y cucarachas de mar. Prepararía un caldo condimentado con concentrado de pollo y mucha cebolla. Fidel fue el comisionado para ir a la miscelánea. Santiago, en el mismo traspatio de la choza, armó la fogata y en un bote mantequero hizo los preparativos. Una hora después, todos bajo una enramada de palma comieron en corro. El indigente se ganó la confianza de Asiria y aceptó que fuera el compañero de pesca de su marido.

—Me gustaría que Zebedeo lo acompañara en su próxima visita a Teloloapan —le dijo a Santiago.

Santiago le respondió:

—El Maestro le dijo al escriba: Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nidos; más el hijo del hombre no tiene en donde recostar su cabeza.

Asiria guardó silencio. Zebedeo lavó los trastos y compartió con Santiago el mezcal de Zacualpan de Amilpas. Era de nanche. Los dos hombres, frente al mar, observaron el atardecer y en pocas ocasiones intercambiaron palabras. La mujer del pescador nunca les despegó la mirada mientras preparaba las vituallas para el viaje del día siguiente. Aquel hombre de tosco sayal y mirada serena, le hizo valorar su vida y entorno. La pobreza era relativa ante la grandeza del mar y sus riquezas naturales. Zebedeo era un hombre probo, trabajador, responsable de su familia. El libre albedrío infectaba al hombre y sería decisión de sus hijos crecer en paz o en guerra, odiando o amando. Nadie era culpable de la desgracia o el éxito del otro. Santiago responsabilizaba del fracaso a los codiciosos y avarientos.

—El codiciar la riqueza del otro, contamina el juicio. Los ricos, por desgracia, han aprendido a vivir del trabajo ajeno. Avaros y codiciosos llevan al país a la ruina. Tenemos que aprender a vivir en la medianía y curricanear, no usar el trasmallo, hacerlo me parece deleznable. No condenemos a nuestros hijos a vivir con hambre.

El mezcal se agotó y Santiago, babeante, dobló la cerviz y empezó a roncar. Asiria lo cubrió con una sábana y en compañía de su marido regresó a la choza. En las próximas seis horas los dos hombres estarían en altamar, en busca de alimento.

—Santiago es un santo —dijo la mujer después de permitir que Zebedeo se desahogara.

—Es un iluminado. Tiene el corazón de un niño y nunca lastima a nadie.

—Tiene la certeza del trueno, nos sacude con sus palabras.

—Es un buen pescador.

—Tú también lo eres.

Asiria abrazó a Zebedeo y recargó la cabeza sobre su moreno pecho. Treinta años llevaban juntos y valoraba la honestidad y el trabajo del pescador. En alguna temporada de su vida maldijo su pobreza y lamentó el no haberse desposado con un abarrotero de Cuautla. Ahora era una mujer feliz. El sueño la doblegó en ese sentimiento de quietud.

pescadores manzanillo

Santiago fue el encargado de despertarlos. Murmuró en varias ocasiones el nombre de Zebedeo. Eran las cuatro de la mañana y el gallo de los Quintero había lanzado ya el primer canto. En silencio los hombres bebieron café humeante, preparado por Asiria, y cargaron las vituallas: seis kilos de tortillas, un kilo de cecina, un pollo crudo, una bolsa de sal, chiles verdes, un radio AM-FM, cinco juegos de pilas, compás, brújula y una lámpara sorda.

En la lancha tenían todo lo necesario para la travesía: mástil, toldo, volanta o trasmallo tiburonero (formado de tres redes con mallas del número ocho), una cimbra tiburonera, el palangre con anzuelos cebados, boyas, lastres y cuerdas de mano del ciento veinte; amanteros, tres garrafones de agua purificada, una hielera con siete barras de hielo, gasolina para cinco días, tres luces de bengala, carnadas de barlete, anafre, carbón, cuatro cuchillos, cinco encendedores y herramienta.

Zebedeo le ofreció a Santiago una playera, un short y un sombrero de lona. No los quiso.

—Ya habrá tiempo de arroparnos de la furia de los elementos —dijo después de persignarse.

El Nico en nada se distinguía de las lanchas contiguas. Otros pescadores hacían los preparativos para partir. El olor de mariscos y basura descompuesta revoloteaba en el pequeño atracadero. No había visos de mal tiempo. El Sistema Meteorológico de la Capitanía de Puerto lo había confirmado durante la noche. La mar estaba en calma.

Los dos hombres partieron a altamar a las cinco diez de la mañana del lunes 7 de julio. El traqueteo del motor ahogó los murmullos del oleaje. La lancha de doce metros de eslora enfiló al oeste y Zebedeo tuvo cuidado en comprobar que la brújula marcaba la dirección correcta… Ya tendría tiempo de discurrir sobre la presencia de Jesús en la tierra y de las calamidades que enfrentó en sus tiempos mozos, de inmigrante, en un aserradero de Quebec…

II

TROTSKY EN MONTREAL

Ya es octubre y el frío empieza a reptar por la villa como una mandrágora invernal que buscara detener el tiempo y convertir a los montrealenses en figuras de sal. También las chamarras y gabardinas  se han apropiado de los pechos y pectorales frescos de la muchachada y en breve dejará de ser una prioridad la búsqueda de marido.  Las mujeres célibes regresarán a su caparazón térmico, de lana y algodón. Invierno ya domina e impone sus reglas de convivencia.

En noviembre, la nieve hará acto de presencia y la ciudad despertará blanqueada, emitiendo vaho por sus alcantarillas. Los hombres de la calle tendrán que refugiarse en las hosterías públicas y sus olores podridos, de polvo olvidado, serán combatidos, durante su claustro, en las regaderas de loza corrugada. Elizabeth y Trotsky, en plena calle de la Commune ya no hurgarán los botes cargados de desperdicios comestibles y tampoco intentarán fumar marihuana en una de las gélidas bancas que permiten ver el lento paso de los yates sobre el río San Lorenzo.

Poco a poco Montreal pierde su brillo solar y las construcciones toman el color de la plata. El cielo es una plastilina gris que trasuda por las noches y deja diamantes líquidos en todas las banquetas. Trotsky aún conserva la piocha entrecana y los lentejuelos redondos. Nunca se aparta del desvencijado libro de setenta y nueve páginas y pastas rojas: El Manifiesto Comunista.  Elizabeth, como siempre, trae la tiara dorada en la cabeza y el deshilachado ropón escarlata con chaquira esmeralda. Su reinado está por concluir, en el momento que la separen de Trotsky, y termine en el dormitorio de las hermanas Carmelitas, de la calle Notre Dame, donde tendrá derecho a dos comidas diarias y un camastro confortable.

– En la sociedad burguesa, el trabajo del hombre, no es más que un medio para incrementar el trabajo acumulado –repite Trotsky al ver a un policía que orienta a dos turistas sobre la ubicación de Le Plaza du Genie. El policía deja de hablar y permite que Trotsky concluya su perorata–. En la sociedad burguesa, se reserva al capital toda personalidad e iniciativa; el individuo trabajador, carece de iniciativa y personalidad. ¡Y a la abolición de este estado de cosas, la burguesía lo llama abolición de la personalidad y la libertad! Y sin embargo, tiene razón. En efecto, queremos ver abolidas la personalidad, la independencia y la libertad, burguesas.

Elizabeth hace mohines y ríe, ríe estúpidamente ante tales expresiones de su compañero de andanzas.

–Ya no sigas, por favor – le pide y se alisa el pelo amarillento, sucio y entretejido a la nuca para no demeritar la extravagancia de su reinado–. El hombre nació sometido a Dios, porque es su hechura perfecta y solo nosotros, los soberanos, podemos representarlo. Los obreros nacieron para servir y obedecer, tienes que entenderlo…

Leon Trotsky–Deben retirarse –pide el policía. La pareja de turistas  japoneses, aprovechan el incidente para fotografiar a Elizabeth y Trotsky que empiezan a bailar un vals no audible, pero real en su subconsciente: es una breve composición para piano de Franz Shubert. De esa manera intentan resolver sus desavenencias y se hermanan. El policía insiste–: Aléjense o pido refuerzos. No molesten a los turistas, por favor…

Trotsky le da un beso en la boca a Elizabeth y prosiguen su marcha. El corazón de Montreal huele a salchichones asados. La gente camina de prisa y los autos y autobuses ronronean con furia. Únicamente los maples siguen en el mismo lugar, despeinados, y lloriqueando. El invierno los castiga y amarilla. Ese es su pesar.

–El seis –dice la mujer japonesa de gafas oscuras y dentadura enorme y blanca.

–¿Cuál seis? –acota su marido, casi su siamés y es quien carga la pesada cámara fotográfica sobre el pecho.

–El vals número seis de Shubert, es lo que tarareaba el hombre del chaquetón ruso…

–No se preocupen –interviene el policía de ojos rojizos e incipiente bigote trigal–. Son loquitos pacíficos. Durante esta temporada los recluyen en lugares especiales para que no se mueran de frio…

Los gritos de Trotsky no cesan:

– Para vosotros, desde el momento en que el trabajo no puede convertirse ya en capital, en dinero, en renta, en un poder social monopolizable; desde el momento en que la propiedad personal no pueda ya trocarse en propiedad burguesa, la persona ya no existe. Con eso confesáis, que para vosotros no hay más persona que el burgués, que el capitalista. Pues bien, la personalidad así concebida, es la que nosotros queremos destruir…

–Los súbditos son eso, Jacques, Súb-di-tos… Tienes que comprenderlo… Nosotros, los soberanos, representamos a Dios en la tierra. Aquí gobierna la Reina… Yo soy la Reina de Canadá…

–La que debes callar eres tú, Elizabeth –exclama Trotsky–. ¿No te has dado cuenta que el invierno ya arribó a la ciudad y que ustedes las mujeres asalariadas tendrán que meterse nuevamente en su capullo de seda industrializada?  En invierno, escúchalo Elizabeth, ustedes ya no son nada. La nieve nos pertenece, es propiedad del proletariado genuino, y hasta la burguesía nos abandona porque le teme al frio y se refugia, como los orangutanes salvajes, en los paraísos tropicales, donde el sol tiene el color del infierno…

–Estúpido comunista –musita Elizabeth sin perder la sonrisa–. En mi reino nunca se oculta el sol…

III

PAULA, HUIR O MORIR

Capitulo primero

En el instante exacto de abordar el avión, un potente DC-10 de una aerolínea estadounidense, doña Paula Mendoza de Barahona cerró los ojos y trató de contener el llanto. Durante más de seis años había esperado ese momento: abandonar tierras ticas y concluir así, de llegar sin contratiempos a la ciudad de Toronto, un profundo y doloroso sentimiento de angustia. Ella y su esposo —doblegado por una embolia— difícilmente volverían los ojos hacía atrás y enfrentarían los mismos peligros de antaño, principalmente en El Salvador, su país de origen.

—Gracias a Dios —fue lo único que logró murmurar en el momento que se colocaba en el asiento cercano a don Gerardo, quien la observaba con ternura.

Se encontraban en el aeropuerto internacional “Juan Santamaría” de San José, Costa Rica.

Del 7 de junio de 1980 al 13 de diciembre de 1986, la familia Barahona-Mendoza enfrentó los sinsabores del peligro y la angustia. El Salvador aún se convulsionaba en una sangrienta guerra civil aparentemente interminable. Grupos paramilitares, el ejército nacional, las policías y la guerrilla —encabezada por el Frente Farabundo Marti de Liberación Nacional—, sembraban muertos por doquier y una de las principales víctimas de este fratricidio había sido el arzobispo de la diócesis de San Salvador, Oscar Arnulfo Romero. Un francotirador, presuntamente pagado por oficiales militares de tendencia ultraderechista, le había partido el corazón de un balazo.

Doña Paula, ajena a esa realidad política, simplemente buscó proteger a sus hijos y esposo, parapléjico desde 1976. Jorge, el tercero de su prole, estudió dramaturgia. Una obra de teatro, patrocinada por la Universidad Nacional, generó animadversión entre algunos integrantes de la Junta Militar. El gobierno, en esos momentos estaba conformado por oficiales del ejército, encabezados por los coroneles Jaime Abdul Gutiérrez y Adolfo Majeno. El 15 de octubre de 1979 perpetraron un golpe de Estado y depusieron al presidente de la República, al general Carlos Humberto Romero.

A partir de ese momento, la represión tomó mayor vigencia y en menos de dos años, más de diez mil personas fueron asesinadas. El miedo y la indignación se convirtieron en las principales divisas de convivencia de los salvadoreños.

Los 14 departamentos con sus 212 municipios entraron a una dinámica de violencia. Ningún sector de la población podía estar ajeno a lo que ocurría en su país. Los Barahona-Mendoza radicaban en la avenida Cuscatlán, cinco cuadras antes de llegar, de norte a sur, al Palacio Nacional y la Catedral metropolitana, cerca de la Plaza Gerardo Barrios. En esa modesta vivienda del Barrio La Candelaria, doña Paula atendía a su marido —ya incapacitado físicamente desde 1976—, y a sus hijos Martha, Manuel, Jorge, Alfredo, Carlos y Mauricio. Doña Paula, gracias a sus vecinos, tenía conocimiento de la vigilancia extrema en que se encontraba uno de sus hermanos, por su supuesta cercanía con la guerrilla. Lo mismo le ocurría a dos de sus hijos, sobre todo a Jorge. De esa manera la seguridad de ella, de don Gerardo y su prole estaba en constante riesgo. Incluso, una hermana de doña Paula militaba en el Partido Demócrata Cristiano, dirigido por Napoleón Duarte. Por lo mismo, en uno de sus diálogos en voz baja, los Barahona-Mendoza determinaron huir y radicar en Costa Rica. Varios conocidos lograron obtener protección en ese pequeño país centroamericano y desde ahí gestionar su residencia, en calidad de refugiados políticos, en Estados Unidos, Canadá, Australia o Europa.

—Tenemos que salir de aquí —sugirió doña Paula.

—No será fácil mamá —dijo Manuel.

—O lo hacemos, o cualquier día vienen por uno de ustedes y les ponen uniformes.

—Es cierto —confirmó Alfredo—, Jorge ya es vigilado por la Guardia Nacional por lo de la obra de teatro.

—No quiero ver a alguno de mis hijos desaparecido o asesinando a su prójimo. Es necesario que busquemos refugio fuera de El Salvador. Su padre necesita atención médica.

Don Gerardo poco podía aportar. Había vivido siete años en Nueva York y a consecuencia de una diabetes aguda, provocada por el alcohol y el descuido en su alimentación, estuvo a punto de perder la vida. Casi paralítico y con problemas al hablar fue regresado a El Salvador. Gracias a la ayuda económica de una hermana del enfermo, también radicada en Estados Unidos, la familia Barahona-Mendoza logró salir adelante. Con parte de ese apoyo, los seis hijos lograron terminar sus estudios y trabajar. Doña Paula era el principal eje moral de todos.

monseñor-romero-muertoEl lunes 24 de marzo de 1980, una noticia sacudió a la mayoría de salvadoreños: el arzobispo Oscar Arnulfo Romero había sido asesinado durante la celebración de una misa, en memoria de la madre del periodista, Jorge Pinto, primo de don Gerardo. El prelado se encontraba en el interior de la capilla del Hospital de la Divina Providencia.

Un comunicado difundido ampliamente en los noticieros de radio y televisión, confirmaron:

“Esta tarde, aproximadamente a las  seis de la tarde con cuarenta minutos monseñor Oscar Arnulfo Romero se desplomó mortalmente herido ante el altar de la capilla del hospital de la Divina Providencia.

“El prelado oficiaba en esos momentos una misa en memoria de la madre de un periodista, Jorge Pinto, director del periódico opositor El Independiente.

“Según las últimas versiones, cuatro desconocidos llegaron hasta el hospital de la Divina Providencia en un coche Volkswagen de color rojo. Se acercaron a la capilla y dispararon contra el arzobispo. Un disparo le atravesó el corazón, dejándolo mortalmente herido. Una religiosa que escuchaba la misa dijo que antes de morir, monseñor Romero pidió perdón para los asesinos”.

Doña Paula y su familia, al igual que los casi tres millones de salvadoreños se enteraron de la tragedia.

Un día antes, algunos integrantes de la familia Barahona-Mendoza habían asistido a misa en la Catedral Metropolitana y monseñor Romero, en su homilía, cuestionó duramente a la oligarquía local, al gobierno y a los militares. Entre otros puntos abordados, en esta ocasión destacó:

—He tratado durante estos domingos de Cuaresma de ir descubriendo en la revelación divina, en la Palabra que se lee aquí en la misa el proyecto de Dios para salvar a los pueblos y a los hombres; porque hoy, cuando surgen diversos proyectos históricos para nuestro pueblo podemos asegurar: tendrá la victoria aquel que refleja mejor el proyecto de Dios. Y esta es la misión de la Iglesia.

“Ya sé que hay muchos que se escandalizan de estas palabras y quieren acusarla de que ha dejado la predicación del evangelio para meterse en política, pero no acepto yo esta acusación, sino que hago un esfuerzo para que todo lo que nos ha querido impulsar el Concilio Vaticano II, la Reunión de Medellín y de Puebla, no sólo lo tengamos en las páginas y lo estudiemos teóricamente sino que lo vivamos y lo traduzcamos en esta conflictiva realidad de predicar como se debe el Evangelio… para nuestro pueblo. Por eso le pido al Señor, durante toda la semana, mientras voy recogiendo el clamor del pueblo y el dolor de tanto crimen, la ignominia de tanta violencia, que me de la palabra oportuna para consolar, para denunciar, para llamar al arrepentimiento, y aunque siga siendo una voz que clama en el desierto se que la Iglesia está haciendo el esfuerzo por cumplir con su misión…

A partir de ese momento, monseñor Romero hizo una extensa relación de nombres de campesinos y trabajadores asesinados por soldados y grupos paramilitares y le pidió al gobierno estadounidense que dejara financiar al ejército salvadoreño.

Casi al finalizar su alocución, exigió:

“Sin las raíces en el pueblo ningún Gobierno puede tener eficacia, mucho menos, cuando quiere implantarlos a fuerza de sangre y de dolor…

moneseñor arnulfo en misa(…)Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del ejército, y en concreto a las bases de la Guardia nacional, de la policía, de los cuarteles: Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la Ley de Dios que dice: NO MATAR… Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios… Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla… Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado… La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el Gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre… En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuoso, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión…!”

Monseñor Romero jamás se imaginó que en esos momentos, un sicario a sueldo, barbado y experto en el manejo de rifles de largo alcance, aguardaba la orden para asesinarlo. Según el embajador de Estados Unidos en El Salvador, Roberto E. White, había sido contratado por unos militares, entre ellos el mayor Roberto D’Aubuisson —fundador del partido ARENA—, para ejecutar al prelado. El crimen tendría lugar al día siguiente.

Mientras tanto, cientos de feligreses escuchaban en la Catedral Metropolitana las duras palabras del arzobispo. Nunca imaginaron que una bala calibre .22 cambiaría radicalmente su vida y la del país. Doña Paula tampoco olvidaría esos dramáticos momentos.

Capitulo segundo

La bala atravesó la lámina y penetró en la nuca de Leonel, un modesto tallador de joyas. Su cabeza chicoteó y se fue de bruces. El chofer frenó violentamente y la mayoría de los pasajeros del camión urbano optaron por abandonarlo y tirarse al suelo. Una hora después, cerca de las tres de la tarde, doña Maria Franco se enteró que una bala perdida había asesinado a su marido y el cuerpo aún yacía en el interior de la unidad, en medio de un charco de sangre.

Uno de los hijos de doña María, Ricardo, era compañero de colegio de Jorge, y por lo mismo, la familia Barahona-Mendoza se enteró de la tragedia.

—Lo que le pasó al papá de Ricardito es una advertencia —expresó doña Paula al terminar de comer. Don Gerardo oyó todo desde su lecho—. Por eso estoy de acuerdo de que Jorge y Carlos se adelanten a Costa Rica y luego los seguimos nosotros.

Lo que aceleró ese viaje fue el asesinato del arzobispo Romero. En todo el país los escuadrones de la muerte, el ejército nacional y la guerrilla tenían a la población en permanente miedo y resentimiento. Los pobres eran los más afectados y la clase media, principalmente la de las grandes ciudades, sufría mermas porque el gobierno militar obligaba a sus hijos a enrolarse en las fuerzas armadas.

La pregunta que constantemente se hacían don Gerardo y doña Paula era el cómo lograrían escapar de El Salvador sin despertar sospechas entre sus vecinos y conocidos. Entre ellos, estaban seguros, había infiltrados del gobierno o los escuadrones de la muerte. Sus hijos, Jorge y Carlos estudiaron Artes Dramáticas y el primero, incluso ya contaba con la licenciatura. A finales de ese año, 1980, haría lo propio Carlos.

—Que Carlos y Jorge se adelanten —sugirió don Gerardo. A pesar de sus dolencias y parálisis, producto de su embolia, trataba de aportar algo para evitar que alguno de sus hijos cayera en manos del ejército o fuera asesinado.

—En San José hay una familia que puede ayudarnos —dijo Jorge—. Una compañera de Martha nos puede recomendar para que ahí nos alojemos mientras conseguimos un trabajo y pedimos el refugio político oficialmente.

Martha era la primogénita del matrimonio Barahona-Mendoza. Le seguían Manuel y posteriormente, en este orden, Jorge, Carlos, Alfredo y Mauricio. El más pequeño acababa de cumplir los 14 años y Alfredo estudiaba Saneamiento Ambiental en el Instituto Nacional Francisco Menéndez. Radicaban cerca del Palacio Nacional y constantemente observaban el movimiento de los militares que recorrían la ciudad en tanquetas y jeeps.

Tras el triunfo de la revolución sandinista, en Nicaragua —eso ocurrió en 1979— ser joven en Centroamérica era casi un delito. Si usaban mezclilla o melena, suponían la derecha y los militares que ellos simpatizaban con el comunista internacional.

Los Barahona-Mendoza de manera sigilosa empezaron a trazar un plan de huida. Una de las hermanas de doña Paula, el martes 20 de mayo, estuvo de acuerdo en llevar a sus sobrinos Jorge y Alfredo al aeropuerto. Ambos tenían 21 y 18 años, respectivamente. Ya eran mayores de edad y por lo tanto, no necesitaban algún permiso tutelar para salir del país.

—Mamá, vamos a entregarle la carta a esta familia y de inmediato, de no tener problemas, solicitaremos ayuda a la ONU —dijo Jorge.

Lo que más le dolía al muchacho era el separarse de su novia Alba. Sin embargo, Jorge logró comprometerla a que lo siguiera, en fechas posteriores a Costa Rica. De aceptar, se iría con sus padres y hermanos.

—¿Y por qué no te esperas un poco más?

—Si no me voy ahorita, me matan —le dijo Jorge a Alba.

Y la muchacha sabía que aquella versión era probable. En su escuela se había enterado de infinidad de historias donde sus compañeros, maestros o padres de familia terminaban en la cárcel o en el cementerio. La muerte del empleado de la joyería, como consecuencia de un disparo realizado por un militar —después se confirmaría ese hecho— le daba mayor peso a esa decisión.

Conforme a lo previsto, Jorge y Alfredo, ese 20 de mayo de 1980, abordaron el avión comercial a Costa Rica. Su tía los acompañó y en su casa, hermanos y padres, no lograron ocultar su pesar. Doña Paula sintió que una parte de su ser se le desprendía. Sus hijos eran su razón de lucha. Estaba desbastada.

—No se preocupe, madre, todo saldrá bien, ya lo verá. Primero Dios, conseguiremos el apoyo de la ONU para que ustedes también salgan de este infierno —dijo Jorge antes de abandonar el domicilio.

Doña Paula los abrazó y besó las mejillas. El llanto fue incontenible.

Los muchachos llegaron a su destino sin contratiempos y la familia del compañero de escuela de Martha les dio hospedaje y alimentos, sin ningún compromiso. Jorge y Alfredo buscaron trabajo y empezaron a tener correspondencia con sus padres y hermanos. Poco a poco, los Barahona-Mendoza empezaron a juntar dinero. Doña Paula logró hacerse de 400 dólares americanos y una cantidad similar de colones, la moneda oficial de El Salvador. En esas fechas, un dólar costaba dos colones con cincuenta centavos.

Al mismo tiempo, doña Paula logró contactar con un transportista, don Eduardo, propietario de un autobús semidestartalado que también intentaba escapar del país. En esta ocasión logró convencer a una de sus hermanas para que lo acompañara en la odisea. En la misma caravana irían un hermano de don Gerardo, de nombre Manuel y doña María, la viuda del empleado de la joyería, y tres de sus cinco hijas. Todos los interesados del viaje, empezaron a tener reuniones clandestinas y a diseñar una estrategia para la salida.

La ruta de evacuación sería Puerto La Unión, al sur de El Salvador, para entrar, por el lago Fonseca, a Nicaragua. De ahí cruzarían todo ese país hasta tocar con la frontera de Costa Rica, por Peñablanca. En ese punto fronterizo, Jorge y Alfredo irían por ellos con una carta del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). De ser posible, la ONU los resguardaría ante el riesgo de ser asesinados por el ejército salvadoreño o los escuadrones de la muerte. La guerrilla, inmersa en el Frente Farabundo Marti de Liberación Nacional, simplemente confrontaba con los soplones, soldados u oficiales asesinos y los paramilitares de ultraderecha, patrocinados por el gobierno estadounidense y algunos latifundistas.

2 nicaragua—En el camión sólo llegaremos La Unión y ahí tenemos que tomar el ferry y ya en Nicaragua, hay que abordar otros cuatro camiones para llegar a Costa Rica —explicó con detalle, don Eduardo.

—¿Cuando y a qué horas sería la salida? —preguntó doña Paula.

—Si no hay contratiempos, el sábado 7 de junio, a las doce o una de la tarde. Se trata de llegar antes de las cuatro de la tarde a La Unión para abordar el ferry —dijo don Eduardo.

—¿Qué podemos llevar? —inquirió doña María.

—Poca ropa, unas frazadas y algo de comida —dijo don Eduardo—. Se trata de no llamar la atención…

En el camión viajarían don Gerardo y su esposa, cuatro hijos y dos nueras —Margarita, esposa de Manuel, y Alba, la novia de Jorge—; doña María y sus tres hijas; don Manuel, hermano de don Gerardo, y don Eduardo y su hermana. En síntesis, quince personas realizarían ese periplo. Lo que ahí se recomendó es que nadie comentara del viaje, ni siquiera los niños a sus amiguitos, para evitar que los policías políticos se enteraran y los adultos, que encabezaban ese viaje, fueran arrestados.

Capítulo Tercero

Doña Paula, el viernes 6 de junio, por la tarde fue a Catedral y oró por la seguridad de los suyos. En el país se respiraba un aire de luto y temor y la mayoría de las plazas públicas estaban tomadas por los militares. Prácticamente el gobierno militar que encabezaban los coroneles Jaime Abdul Gutiérrez y Adolfo Majeno, había instaurado el Estado de Sitio y pocas personas por las noches se atrevían a salir a las calles. Una treintena de obreros había intentado realizar una manifestación en una plaza pública cercana a la casa de los Barahona-Mendoza, y esa misma noche, fueron desalojados violentamente y en las banquetas y asfalto quedaron manchones de sangre, ropa y calzado. Eso ocurrió una semana antes del viaje programado. Los militares habían asesinado a casi la mitad de los paristas.

Durante la noche, doña Paula y sus hijos prepararon maletas. En cajas de cartón metieron ropa y algunas frazadas. En la parte delantera del camión, iría don Eduardo, frente al volante, y en el lado del copiloto, la hermana de este y don Gerardo. No habría asientos traseros y doña Paula y doña María, con sus respectivos hijos, simplemente se recostarían sobre colchonetas.

Al amanecer, la familia Barahona-Mendoza se dividió en dos grupos para no despertar sospechas. Todos se concentraron, al final, en la casa de don Eduardo, en la parte oriente de la ciudad.

Exactamente a las 13:05 horas partieron, en el interior del autobús a la región sureña de El Salvador. Las lluvias habían reverdecido los valles y serranías y durante el trayecto, el calor húmedo intranquilizaba a los niños.

Por tratarse de una carretera interamericana, los contratiempos fueron menores. Aún así la incertidumbre y el temor los obligó a cavilar y guardar silencio durante el viaje. Cerca de las cuatro de la tarde arribaron al puerto San Carlos de la Unión. Por un costado, en medio de una bruma azulada, sobresalía el imponente volcán de Conchagua. Sobre las tranquilas aguas del golfo de Fonseca, bailoteaban decenas de lanchones para pescar y entre los caseríos cercanos a la costa, cuatro militares, armados con fusiles metralleta, piropeaban a dos muchachas. El camión se detuvo aproximadamente a veinte metros de distancia de ellos. Don Eduardo, aún con las manos sudorosas, volvió la cabeza hacia atrás y angustiado comentó:

—Es posible que tengamos problemas… Hay milicos y son de la Guardia Nacional…

Y no estaba equivocado.

Uno de los soldados, rechoncho y con un cigarrillo en los labios, se desprendió de sus compañeros y con pasos firmes enfiló hacia el camión. Doña Paula entrecruzó miradas con doña María y en silencio empezó a orar.

Doña Paula respiró tranquila al darse cuenta que el militar únicamente inspeccionó con la mirada el camión y sin molestarlos prosiguió su marcha. Los otros dos uniformados intentaban seducir a dos lugareñas.

—Bendito sea Dios —murmuró y abrazó a Mauricio.

Don Eduardo, comentó:

—Creo que ya llegamos tarde y el ferry se nos fue. Hay que comer algo y también informarnos si hay otro bote antes de que anochezca…

Don Gerardo propuso que solo parte del grupo se bajara de la unidad y comprara alimentos. Las mujeres salieron y desalentadas, al regresar, informaron que efectivamente el ferry se había retirado y la salida tendría lugar hasta al día siguiente, a las seis de la tarde.

—Ni modo —exclamó don Manuel, el hermano de don Gerardo—. Una noche más y ya estamos fuera…

Todos comieron en silencio, queso y tortillas y un poco de pollo. Bebieron agua y el sueño poco a poco los fue venciendo. Doña Paula tenía fe de que sus hijos Jorge y Alfredo ya los aguardaran cerca de Peñablanca. En Managua les hablaría por teléfono y confirmaría si no había contratiempos. Le preocupaba la salud de su esposo, quien se quejaba de un fuerte dolor de piernas.

Las mujeres y don Eduardo casi no lograron conciliar el sueño. Poco a poco a oscuridad dominó a la comunidad portuaria y el murmullo del viento empezó a estrellarse en la lámina del autobús. Los lastimeros aullidos de los perros, le robaban la tranquilidad a quien ya añoraban dejar atrás esa pesadilla. Cerca de las seis de la mañana una luz intensa fue filtrándose por las ventanillas y parabrisas y coloreó el entorno. Don Eduardo, salió del autobús e investigó si los militares hacían sus rondines. Recordó que tres días antes de ese viaje, un compadre le comentó que dos muchachos fueron asesinados en el ferry, en el momento que trataban de huir de El Salvador.

—Hay cierta tolerancia con la gente… Tenemos que aprovechar que los militares están fuera de La Unión y abandonar la unidad —sugirió don Eduardo al regresar al camión.

Doña María y doña Paula temían que los separaran de sus hijos, al darse cuenta los soldados de sus intenciones. Sin embargo, estaban conscientes que cualquier actitud sospechosa podría evidenciarlos y poner en riesgo la misión. Se separaron en tres grupos y aguardaron a que el ferry abriera sus puertas para que los pasajeros lo abordaran. Mientras eso ocurría, las mujeres lograron cambiar el dinero salvadoreño, sus colones, por córdobas nicaragüenses.

En el momento indicado, se mezclaron entre la gente que utilizaba los servicios del bote y ya a bordo, con sus maletas y cajas en mano, no lograron disimular su emoción. Más aún cuando escucharon el pitido de la nave y el ronroneo de la máquina principal que le daba vida a las propelas. Ya habían recorrido los primeros 167 kilómetros de San Salvador a La Unión y ahora rodeaban las pequeñas islas de La Amapola y La Conchaguita. El verdor era único. Cincuenta kilómetros de aguas calmas, salinas, pasaban ante sus asombrados ojos.

sandinistasUna hora y media después, desembarcaron en el puerto de Potosí y los recibieron varios militares sandinistas.

—¿A dónde van? —los encaró un uniformado, con pañuelo rojinegro en el cuello.

—Tenemos enfermo a mi esposo y lo llevamos a curar a Managua… —dijo doña Paula.

—Sus hijos, ya están grandes, ¿por qué no se quedaron en El Salvador para pelear contra los militares asesinos?

—Ellos se van a regresar, pero vienen a ayudarme con su papá, que viene muy enfermo…

El aspecto desmejorado de don Gerardo, convenció a los sandinistas. Ahí en Potosí abordaron un autobús con destino a Chinandega. Durante el viaje no fueron molestados y de Chinandega, se cambiaron a otra unidad con rumbo a Managua. En esa ciudad pasaron la noche y doña Paula logró contactar telefónicamente con Jorge y le dijo que ya estaban en territorio nicaragüense. Jorge estaba alarmado porque no se habían comunicado un día antes.

—Tuvimos que dormir en La Unión y esperar a que saliera nuevamente el ferry —le confirmó su mamá.

—Vamos a esperarlos en la caseta de inmigración de Costa Rica, pero si pueden pasar, háganlo. De todos modos, nos vamos a dar cuenta si tienen problemas y vamos por ustedes a donde estén. Guarden la calma, mamá.

La voz de Jorge le inyectó confianza. Jorge y Alfredo ya contaban con el apoyo del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y la seguridad de su familia estaba garantizada. Su único temor era que los escuadrones de la muerte se internaran a Nicaragua y atentaran contra alguno de sus hermanos, principalmente los mayores, Martha y Manuel. También estaba en riesgo la seguridad de Margarita y Alba. Incluso se hablaba de salteadores de caminos que mataban y violaban mujeres.

—Nosotros estaremos en Peñablanca como a las cinco o seis de la tarde, hijo.

—Nos faltan unas firmas, mamá y es posible que consigamos transporte. No se desesperen, estamos trabajando en eso. De no ser por la tarde, al otro día estamos con ustedes…

El viaje continuó y tomaron un nuevo autobús de Managua a Rivas. En esa ciudad, oscurecida por nubarrones y aguaceros, hicieron una nueva escala. Los niños ya estaban desesperados y hambrientos y don Gerardo, para no apenar a sus seres queridos, soportaba con estoicismo sus dolencias. Ya en Rivas, sin tener tiempo de descansar, abordaron otra unidad que los trasladaría a Peñablanca.

Unos salvadoreños que iban en el autobús les comentaron que la Junta Militar había recrudecido la represión y se sospechaba que el coronel Roberto D’Aubuisson estaba atrás del asesinato del arzobispo Oscar Arnulfo Romero.

—Contrataron los servicios de un matón de algún otro país, parece que de Florida, o del mismo ejército para hacer esa porquería…

Don Eduardo prefirió no hacer comentarios. Las mujeres, hijos y nueras también se hicieron los desentendidos. Los adultos conocían la historia de su país, con sus casi cien años de guerra civil. Para doña Paula lo primero era su familia. Solo su familia.

Casi al oscurecer llegaron a Peñaflores y fueron a cenar a un comedero de madero que estaba al lado de una central de vigilancia de los sandinistas. Unos militares les permitieron dormir ahí.

—Sólo que las mujeres tienen que madrugar y bañarse porque después vienen los compañeros y ya no podrán hacerlo —les advirtieron.

Para evitar el acumulamiento de ropa sucia, el grupo acordó deshacerse de ella cada vez que abordaban un nuevo autobús. Por lo mismo, la carga había disminuido y doña Paula, doña María y la hermana de don Eduardo, lograron sortear la pesada carga de lavar la vestimenta de ellas y sus doce acompañantes.

La señora que vendía comida le informó que no era fácil cruzar a territorio costarricense —Tico, fue su palabra—, porque los de migración exigían 300 dólares americanos por persona para poder ser recibidos como turistas.

—Así evitan que gente necesitaba los invada…

Unos traileros que estaban en el comedero, intervinieron.

—Pero no se preocupen… Los podemos ayudar, nosotros metemos a los muchachos y que presenten los 300 dólares y luego que uno de ellos se regrese con el dinero… Así, poco a poco se van metiendo…

Doña Paula y doña María valoraron la situación. Hacerlo de esa manera ponía en riesgo la seguridad de Margarita y Alba, porque no conocían a los traileros, y tampoco podían confiarles el poco dinero que llevaban. Incluso, existía el riesgo de que detuvieran a sus hijos y los deportaran a El Salvador.

Los quince se reunieron en el cuartel de los sandinistas y empezaron a deliberar. Los niños se durmieron, pero los adultos, contritos y cavilativos, aguardaron que el amanecer los alcanzara para tomar una nueva decisión. Por lo pronto, don Eduardo y su hermana contaban con el dinero y determinaron internarse a Costa Rica. Las otras mujeres, acordaron aguardar la presencia de Jorge y Alfredo. Las oficinas migratorias de Costa Rica estaban a cien metros de distancia, al fondo de la misma carretera federal. Ese tramo estaba sombreado por una hilera de fresnos y pinares. El movimiento vehicular y humano era constante.

—¿Qué hacemos mamá? —preguntó Manuel.

—Esperar la llegada de tus hermanos… Es lo mejor…

El sol empezó a hacer su recorrido y las sombras de árboles y casas reptaban de un lado a otro. Don Gerardo y doña Paula habían perdido el apetito. Temían que algo malo les hubiera ocurrido a sus hijos y estaban entrampados en ese lugar rodeado de caseríos, pobreza y humedad.

—No van a venir…

—Claro que sí…

—No es fácil…

—Lo van a lograr… Sino, buscamos la manera de meternos…

En esos momentos, uno de los niños se les acercó corriendo.

—Mamá, mamá… Vienen mis hermanos…

Doña Paula levantó el rostro y vio a lo lejos a sus dos hijos. Habían llegado a bordo de una camioneta y cargaban en las manos, un fólder con varios documentos, entre ellos el compromiso de la ONU de protegerlos como refugiados políticos. Jorge y Alfredo abrazaron a sus padres y no lograron contener el llanto. El Salvador y su guerra civil habían quedado atrás. Ahora tendrían que ajustarse a su nueva vida, la de inmigrantes, y empezar hacer los trámites ante el gobierno canadiense para que les diera la oportunidad de rehacer su vida.

Doña Paula y don Gerardo tardarían casi seis años para lograr su objetivo final: vivir en paz, al lado de sus hijos y nietos. Durante ese tiempo permanecieron juntos en Heredia, Costa Rica, y el 13 de diciembre de 1986, el matrimonio, llegó a Toronto para reencontrarse con sus seis hijos, quienes desde un año antes ya radicaban en Canadá. El 27 de octubre del 2002 murió don Gerardo, a consecuencia de un infarto al miocardio, y doña Paula quedó bajo el cuidado de sus hijos.

IV

RUTH, FELICIDAD QUEBRADA

Ruth es bonita e inteligente y vive en Toronto. Casi nunca falta a las terapias grupales para superar sus fobias y miedos. Por su estatus de refugiada tiene la obligación de ir casi todos los días a la escuela de inglés. Ruth poco ríe, jamás socializa y aparentemente es indiferente a su entorno. En México, su país de origen, fue secuestrada por tratantes de blancas, drogada, abusada sexualmente y torturada.

Sobrevivió de milagro.

“Estoy destrozada por dentro y cuesta mucho reconstruirse”, dice y la quiebra el llanto.

En la ciudad de México asistía a la universidad, gustaba escuchar música romántica, tenía un novio muy “besucón” y posesivo y unos padres tolerantes y bohemios. Nada ensombrecía su presente. Frisaba los 22 años de edad y era enemiga acérrima del sostén y las faldas largas. Le envanecía evidenciar la dureza de los senos y la perfección de sus piernas.

“Es cierto, me perdieron mi exceso de confianza y mi vanidad de diva”, dice en el comedor de la escuela de inglés.

coloniaromaTenía su domicilio en la colonia Roma, en uno de los pocos asentamientos representativos de la vieja arquitectura citadina. Los edificios modernos, de varios niveles y ventanales, jamás lograban disminuir la grandeza de las casonas de altos muros y portones de madera.

Ruth usaba su pequeño auto sedán para trasladarse a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), al sur de la ciudad. De lunes a viernes enfilaba al centro de estudio de 250 mil alumnos. Casi nunca faltaba a clases. Recorría quince kilómetros en hora y cuarto. El tráfico vial era incontrolable y fastidioso. Conducía de la avenida Insurgentes hasta Ciudad Universitaria, dentro del Pedregal de Santa Úrsula, una zona volcánica poblada de residencias, rocas lunares y áreas verdes.

El lunes 10 de noviembre del 2008, como todos los días, Ruth se bañó, desayunó y abandonó su casa. En esta ocasión recibió una llamada telefónica de Carmelo, su novio, y acordaron tomar café en la zona rosa, cerca de la avenida Reforma.

“Te quiero flaquita”, le dijo Carmelo.

“Yo igual y más… nos vemos”, dijo Ruth.

“Ah… No dejes de llevar aquellito”, pidió Carmelo.

“Loco…”, dijo Ruth y no logró controlar su risa pícara.

“A mi novio le gustaba que usara un tipo de ropa íntima especial, regalo de mi cumpleaños”, evoca Ruth. “Por eso me tuve que regresar a mi recámara y metí en mi bolso la pantaleta de seda negra con encajes”.

El trayecto a la universidad, donde estudiaba una licenciatura en sicología, enfrentó algunos inconvenientes. En la avenida Insurgentes hubo embotellamientos y llena de tedio intentó acortar distancias por la avenida Universidad. En un descuido golpeó a la camioneta sin placas que iba adelante. Serían las seis y media de la mañana.

“Vieja pen….”, gritó un sujeto que descendió de la Suburban y la enfrentó.

En esos momentos se abrieron las portezuelas traseras de la unidad y otros dos hombres de playera negra y pelo a rape alcanzaron a su compañero. Llevaban armas largas. En el pecho sobresalía la palabra AFI con letras amarillas.

esposada“Antes de que pudiera disculparme, uno de esos delincuentes me bajó de mi vehículo y me esposó con las manos a la espalda. Luego me metió a su camioneta al lado de los otros sujetos que iban armados. Recuerdo que sólo escuchaba sus gritos y me empujaban. Uno de ellos había agarrado mi bolso y lo empezó a revisar, mientras la camioneta se alejaba y yo empecé a llorar”.

Durante el trayecto, uno de sus captores, de labio leporino y un ojo acuoso, lleno de carnosidades, le hizo varias preguntas:

“¿Quiénes son tus  padres?”

“¿Qué estudias?”

“¿Cuántos hermanos tienes?”.

“¿Dónde trabaja tu padre?”.

Ruth aclaró dudas y pidió que la llevaran a cualquier agencia del ministerio público en caso de haber cometido alguna infracción de tránsito. El sujeto de labio leporino, en respuesta, le desgarró la blusa y dejó al descubierto sus senos.

“Creo que tuvimos buena pesca hoy”, dijo.

Después golpeó la lámina con la palma de la mano y la camioneta se detuvo. Salió, habló un par de minutos con el piloto y regresó. En esos momentos Ruth empezaría a enfrentar los sinsabores de su tragedia. La unidad enfiló hacia un lugar indefinido y dos horas después, ya dentro de la cochera de una casa jardinada, sus secuestradores la metieron a un frío sótano, lleno de cajas de cartón y una colchoneta.

Durante una semana Ruth recibió todo tipo de vejaciones y fue obligada a consumir heroína. La droga le era inyectada a la sangre y únicamente dormía, comía poco y ya no protestaba cuando era sometida sexualmente por cualquiera de los tres sujetos. Uno de ellos, el del labio leporino, le confió que eran agentes federales de investigación y que combatían al narcotráfico y contrabando.

En el exterior, la estudiante universitaria era buscada afanosamente por sus padres, familiares, amigos y Carmelo. Su fotografía fue reproducida en carteles y notas periodísticas. Ruth terminó en una casa de citas en Morelia, la capital del estado de Michoacán.

“Mis secuestradores me llevaron a una casa donde iban puros drogadictos que se dedicaban a traficar heroína, ilegales y prostitutas, y únicamente me utilizaban como un objeto sexual. Yo había perdido el deseo de vivir”, dice Ruth.

Sin embargo, el tipo del labio leporino continuó visitándola y en uno de esos encuentros, tras intimidar, le confió que estaba enamorado de ella y, por lo mismo, tenía interés en ayudarla. Le prometió que iba a sacarla de ahí y desintoxicarla para después ayudarla a huir del país.

“Si te quedas en México te matan y dañan a tu familia”, le advirtió. “Nunca había sucedido una cosa así. Normalmente se trabaja con putas adictas que no son forzadas a estar en este negocio. No te partieron en la madre después de que te levantamos porque yo me opuse, pero tenían todo el interés de llevarte a la sierra y allá dejarte con una bola de cabrones”.

El supuesto policía cumplió su palabra. Ruth terminó en una finca apartada de la ciudad, en Acotan, muy cerca del océano Pacífico y el estado de Colima. Ahí, con ayuda de un médico, en parte logró sobreponer su adicción a la heroína y controlar sus esfínteres.

“Sólo quienes han vivido una experiencia similar pueden saber de lo que hablo. Fue horrible. Es como si bajara uno en vida al infierno y se quemara por dentro. Quisiera uno quitarse la piel y rascarse los huesos”, dice Ruth.

Un año después de ser secuestrada, el 17 de febrero del 2010, Ruth se internó a los pasillos del aeropuerto internacional de Toronto. El hombre del labio leporino, de quien jamás conoció su nombre, la ayudó a salir de México. Antes, le permitió comunicarse con sus padres y les explicó a detalle lo ocurrido. El trato era que ella tenía que abandonar el país, no involucrar alguna autoridad judicial en el hecho y reencontrarse la familia en Canadá. En caso de hacer todo lo contrario, el hombre del labio leporino asesinaría a cualquier miembro de la familia, cercano o lejano.

Ruth jamás volvió a ver y escuchar a Carmelo. Ese fue otro de los acuerdos. Una noche antes de abordar el avión para alejarse de México, ella aceptó intimidar con su secuestrador y utilizar la pantaleta negra de encaje.

Es lo único que conservaría de esa pesadilla…

Y Ruth da su razonamiento:

“En mi historia de aplicación para intentar refugiarme escribí este detalle, porque es la prenda que me permitió vivir al estar en manos de uno de mis secuestradores. Él me confió que prefirió devolvérmela porque de esa manera nuestra relación quedaría concluida y entiendo que ahora mi vida peligra y no puedo regresar a México”.

V

LAS ENCHILADAS ROJAS

Amada preparó con esmero las enchiladas rojas. Cornelio, aquejado por las dolencias de espaldas,  tuvo la tarea de picar la cebolla y rayar el queso. Sin embargo, esa misma noche, la comida terminó en manos de Manuel y Joaquín El holandés. Manuel y Cornelio tenían algo en común: tener sexo con Amada Luna.

En algunos diálogos telefónicos con Amada, Manuel llamaba “socio” a Cornelio y eso era festinado por la pareja al comentar algunos pormenores de esa extraña relación estúpida, alentada por la necesidad de dinero. Amada quería comprarse una camioneta y ponerse en manos del cirujano plástico cuando regresara a México. Intentaba retener el tiempo y conservar mucho de su prestancia femenina que tantas calenturas despertaba en el sexo opuesto.

—Me voy a poner unas chichotas, quitarme un poco de grasa de los costados y arreglarme la cara.

desnuda mujerNo dejaba de observar su desnudez en el espejo y entusiasmada se acariciaba los senos, las caderas y el vientre. Quería prolongar la fascinación de los hombres por su cuerpo y rostro de gitana.

Una noche antes, Cornelio bebió cerveza y ya ebrio, encendido por la pasión, convenció a Amada para que hablara telefónicamente con Abel Smith, otro de sus amantes. En esos momentos Amada cabalgaba a Cornelio y la dureza del miembro masculino la hacía proferir gritos de placer.

—Pienso mucho en ti, en tu vergota Abel —murmuró Amada.

Abel Smith, oriundo de Calgary, tuvo que alejarse de su recámara, donde seguramente veía el televisor con sus hijos y esposa. En un mal castellano le dijo que la deseaba y extrañaba su “perrito”. Amada había desarrollado una inquietante habilidad con el cuello uterino que sorprendía a sus parejas.

—¿Cómo le haces para apretarla tan rico? —preguntó Abel Smith, entusiasmado por el descubrimiento.

—Es que tengo “perrito” —respondió ella en tono agitado.

Cornelio conocía el pasado sexual de Amada y aprendió a sobrellevar los acercamientos constantes de Abel y Manuel. En el fondo, aquella experiencia exacerbaba sus instintos sexuales y les permitía fantasear.

—Antes de venirse él, yo ya me había venido en dos ocasiones. Sabía prolongar la relación —evocaba Amada y las pupilas se le abrillantaban,

El agricultor de Calgary contaba con un enorme mandoble de carne, casi caballuno, y difícilmente, al recordarlo, dejaría de entusiasmarse. Le quemaba por dentro, a pesar de negarle ese sentimiento lógico a Cornelio.

Manuel poco representaba para la vida sexual de Amada. Toleraba aquello por el apoyo económico que recibía los fines de semana. Manuel se conformaba verla bailar los viernes y domingos en el Paraíso Encantado. Incluso prometió comprarle una camioneta y darle seiscientos dólares mensuales en cuatro partidas.

En una ocasión, en la granja de jitomates donde laboraba, Cornelio se cortó el dedo pulgar de la mano derecha y Amada le hizo el comentario a Manuel. Lo tenía al tanto de su relación con Cornelio.

—Qué bueno que se cortó —dijo Manuel.

—¿Por qué?

—Porque así mi socio no va poder tener relaciones sexuales contigo.

—¿Es malo?

—Claro, se le puede enconar la herida…

El domingo, Amada iría a bailar al centro nocturno del holandés y decidió llevarle enchiladas con salsa roja. Manuel le había pedido arroz con leche, pero no tuvo tiempo para agasajarlo a su gusto. Así que también prefirió congratularlo con unas enchiladas y algunos movimientos corporales, sin ropa, durante su espectáculo.

—Pícame unas seis cebollas, pero muy menudito el corte —le pidió a Cornelio que estaba frente al monitor de la computadora.

—Ahí le dices a mi socio Manuel que te ayudé a prepararle sus enchiladas —dijo Cornelio.

—También le voy a decir que te comiste sus alimentos, no te hagas. Cuando llegaste, todo lo que había en el refrigerador lo compró Manuel.

—Estás equivocada, yo he puesto dinero. En un mes te he dado mil dólares para comprar la despensa y pagar la renta…

—Sí, lo que sea, pero comiste de la despensa que Manuel compró.

Como ya eran cerca de las cinco de la tarde, Amada terminó de hacer las enchiladas y empezó a vestirse.

—Ahí te preparas tú tus enchiladas —dijo mientras se enfundaba unos pantalones de mezclilla, muy ajustados.

—No te preocupes, yo resuelvo lo mío —dijo molesto Cornelio.

—O cenamos juntos cuando regrese…

Cornelio prefirió salir del departamento e ir al supermercado. No quería discutir o hacerla sentir que algo incorrecto había sucedido. En esos momentos Amada se preparaba para presentar su show en el centro nocturno y esa responsabilidad minaba cualquier discusión o remordimiento. El entuerto estaba hecho y era bronca de Cornelio ajustarse a sus reglas y necesidades.

Cornelio, ensimismado, recorrió las dos manzanas que lo separaban del supermercado Price Chopper. Él era el único responsable de lo ocurrido. Jamás había intentado ponerle un dique al pasado y presente de Amada y, por el contrario, la alentaba a seguir en el mismo derrotero sexual. Concluyó: “Ella tiene propósitos muy claros y nadie la va a hacer cambiar. Tendré que aprender a convivir con mis cuernos y falta de dignidad y entender que todo es relativo en la vida. Amada jamás será hembra de un solo hombre y así tengo que reconocerlo. Ni modo”.

Cornelio no tuvo deseos de volver la cara al escuchar los gritos de Luis, un jornalero mexicano que conoció en la florería. Los ruidos de la ciudad le eran indiferentes. Sobre todo en aquellos momentos de enojo contenido. Luis tuvo que correr para alcanzarlo e invitarlo a trabajar en la cosecha de mazorcas, a veinte kilómetros de Leamington.

—Necesito catorce trabajadores y apenas somos cuatro… ¿Qué dices?

—Prefiero seguir en la florería…

—¿Por qué no le dices a tu esposa? —sugirió.

—Ella ya tiene trabajo en una empacadora.

—¿Ya no va a bailar al Paraíso Encantado?

—Sigue ahí, precisamente hoy en la noche se presenta.

—Bueno, tienes mi número telefónico. Si sabes de alguien que quiera trabajar en el maíz, échame un grito, por favor.

Cornelio ya no respondió, simplemente siguió su marcha y lamentó haber dejado atrás sus tiempos de policía político y torturador de estudiantes. En la madrugada había soñado que moriría de cáncer en un descarapelado hospital público, pero antes, durante varias semanas, viajó a diferentes ciudades de Canadá a bordo de un camión rojo fosforescente. En una pequeña comunidad, levantada a borde de carretera, ayudó a una mujer atacada por un extraño virus que le enllagaba la piel. También se vio enfrentándose a un ex militar asesino que despellejaba a sus víctimas en una vieja mina de metales preciosos. Esa experiencia onírica se la comentó a Amada antes de desayunar. Sin embargo, a esa hora –seis de la mañana–desconocía que Amada Luna tenía el propósito de prepararle un arroz con leche a Manuel y unas enchiladas rojas con queso a Joaquín El holandés. Era sábado y no iría a la florería de los Cappart.

VI

EL HURACÁN DE LAS AGUAS ROJAS

Las aguas arrastraban cadáveres y trozos de madera; eran pastosas, pestilentes y habían desgajado los bordes, aún semipoblados de jacalones y cercos, y derrumbado los dos únicos puentes que permitían enlazar con la carretera principal San Fernando-Los Reyes Magos.

Pedro y Nelson, desesperados, observaron como parte de su equipo y comida enlatada se alejaban velozmente entre la turbulencia y los rugientes espumarajos.

La orden de deshacerse de El Mayor Pérez quedaba sin efecto y les preocupaba. El huracán los agarró de repente, sumergidos por el sopor de la mariguana y el mezcal. Sin embargo, el cuerpo (si así podría llamársele) seguía a sus espaldas, sin brazos ni cabeza, al lado de los “cuernos de chivo” y media caja de municiones y cargadores.

Dentro de dos bolsas negras de plástico aguardaban su destino las tres extremidades humanas, sanguinolentas. La orden de Gabo Mujica fue rotunda: se deshacen del cuerpo, pero la cabeza y los brazos los arrojan frente al Palacio Municipal de San Juan.  También les entregó una cartulina con grandes letras rojas, donde se leía: “Este puto era dedo y ya se lo llevo la chingada y así acabaran los hocicones…”

BOLSA NEGRAPedro y Nelson, ajenos al ajetreo del pasado, por ser eso: pasado, seguían en la misma posición, ensimismados sin entender lo que ocurría.  Un día antes, a la medianoche, entraron al pueblo de Los Reyes Magos, ejecutaron a los seis guaruras de El Mayor, entre ellos a sus dos hijos, y materializaron la orden: llevarse al capo, darle una madriza, y después de obligarlo a escuchar una grabación de su patrón, descuartizarlo a machetazos.

Jamás imaginaron que las aguas del rÍo San Juan se encabritaran tanto al ser abiertas las compuertas de la Presa del Carmen, y arrasaran con una virulencia, nada común, todo lo que encontraran a su paso: una veintena de rancherías con sus jacalones, bardas de contención y los dos puentes. También en esa loca carrera provocaron derrumbes y ahogamientos. Gallinas, guajolotes, vacas, bueyes, perros y gatos e incluso, hombres y mujeres, terminaron hinchados y flotando sobre aquellas aguas pedregosas y oscuras.

En menos de dos días, como lo vaticino el alcalde Josefat Carrera, serian “vomitados en el océano y devorados por los tiburones”.

Pedro y Nelson, tardarían en descifrar lo ocurrido y planear sus siguientes acciones. Debían cumplir con la orden o enfrentar las consecuencias. Gabo Mujica nunca toleraba errores u omisiones. De huir, sus dos hijos serian los paganos. Y lo sabían.

Habían caminado seis horas antes de alcanzar la cumbre y de ahí, ya en una camioneta prestada, arribaron a Los Reyes Magos. Los lugareños, protegidos y amenazados por El Mayor, avalaron el crimen, porque odiaban al cacique. La mayoría de sus hijas y esposas sufrieron los infiernos de su lascivia y la de sus matones, importados de Sudamérica. Por lo mismo, los dos sicarios no encontraron resistencia y, por el contrario, hubo apoyo.

Uno de los viejos comuneros les informó a detalle cada lugar de la amurallada casona de muros rojos y techambre amarilla y las rutinas de sus moradores. Todas las noches, El Mayoral, cual batracio de aguas pantanosas, nadaba en un brazo de riachuelo mientras sus dos mujeres desnudas lo acompañaban en las zambullidas.

Los guardaespaldas, sin soltar sus fusiles metralletas, confiaban en la lejanía de Los Reyes Magos y en los “halcones” que tenían esparcidos a treinta kilómetros a la redonda. Cualquier intruso era denunciado, a través de los radios walkie talkie, e interceptado de inmediato por policías municipales.

El Mayor y sus lugartenientes nunca imaginaron que los dos sicarios de Gabo Mujica, el temible capo del Cartel de La Sierra, lograron trasponer  el cerco de seguridad, también conformado por militares, y los sorprendieran en su propia guarida.

Pedro y Nelson, a la medianoche, exterminaron a sus adversarios ante el estupor de las dos mujeres y El Mayor, aún atolondrado por el viagra y la cocaína.

Los matones nada pudieron hacer frente el poder de la metralla de sus verdugos, gatunos y de piel oscura. Incluso, Nelson tuvo la puntada de darles el tiro de gracia en la nuca y mear al lugarteniente principal, aún moribundo.

Siete horas después de la carnicería, el problema era otro. El huracán había trastocado el plan original y los dos sicarios, oriundos de la Arauca colombiana,  quedaron arrinconados a la vera del rio San Juan al destruirse los puentes. En medio de una mancha verde, plagada de huizaches y tierra movediza, observaron impávidos el movimiento de una veintena de lagartos y serpientes. Por el momento, los sauros y reptiles luchaban por su sobrevivencia al ser alterado su hábitat y eran ajenos a la presencia humana. El torrencial y la furia de los vientos huracanados, confundían los olores de la naturaleza y de la sangre humana.

Los sicarios, perdidos en aquel trozo de páramo maltrecho, intentaban sacar fuerzas para buscar una sólida salida que les permitiera cruzar aquel infierno y entrar a la cabecera municipal de San Juan para cumplir la encomienda. Algo tenían en común y esa era la principal razón de ser fiables y cercanos al esquelético Gabo Mujica: su mudez al serles cortada la lengua en sus tiempos de paramilitares  y no tener remordimiento al ejecutar niños, mujeres embarazadas o ancianos.

Y un detalle más: se habían casado en San Francisco y adoptado dos niños afro caribeños, su principal preocupación: Pedro II y Nelson II, brillantes alumnos de una preparatoria de Montreal, Canadá…

VII

DERECHO DE PISO

Lulú Reyes es licenciada en Relaciones Exteriores y en Toronto limpia pisos y los fines de semana es nana de dos niños canadienses. Es refugiada política, originaria de Argentina, y por su falta de inglés está condenada a trabajar en algo ajeno a su profesión. Esta realidad la deprime y provocó la ruptura sentimental con su marido, ingeniero químico y lavaplatos en un restaurante griego.

La experiencia de esta profesionista no es privativa de ella. De acuerdo al FCJ Refugee Centro, organismo no gubernamental, sólo en Toronto radican ilegalmente 200 mil personas y la mayoría cuenta con alguna licenciatura, pero no hablan una segunda lengua. Por lo mismo, difícilmente pueden desarrollar sus conocimientos académicos y enfrentar los sinsabores del subempleo o explotación laboral.

El gobierno provincial de Ontario, a decir del Ministerio de Educación, cuenta con un programa de apoyo a los migrantes que tienen una profesión, hablan inglés y radican en Canadá con algún estatus legal: permiso de trabajo, residencia o refugio político. Sin embargo, este año únicamente ocho mil de ellos podrán acceder a ese apoyo económico para revalidar su carrera profesional.

En Ontario Work se informó que existen programas de capacitación en diversos oficios, no profesiones, para inmigrantes que cuentan con el apoyo del welfare y se encuentran bajo un proceso de refugio político. De cubrir las expectativas en alguna de las dos lenguas oficiales de Canadá tienen la posibilidad de acceder a una ayuda económica extraordinaria.

Bernardo Riveros Neira, presidente de la Asociación de Profesionales Colombianos asegura que el mayor problema que enfrentan quienes tienen una carrera académica terminada y no son oriundos de Canadá, es la falta de apoyo de algunos colegios de profesionistas canadienses. Por ejemplo, el de médicos que le exigen muchos requisitos a los aspirantes extranjeros.

Testimonios de una veintena de inmigrantes entrevistados, concluyen que al arribar a Canadá e ignorar el inglés, su sobrevivencia se complica porque tienen que trabajar en oficios ajenos a su profesión.

“Pagamos una especie de derecho de piso que únicamente lo entiende el más fuerte, porque quienes no lo aceptan corren el riesgo de enfermarse emocionalmente”, advierte el geólogo mexicano, Sergio Brito, ex empleado de PEMEX, una paraestatal que monopoliza el petróleo.

Y añade:

“Mi experiencia no es nada fácil, a pesar de que hablo un poco de inglés. En estos momentos trabajo en una panadería y lavo charolas. En México me encargaba de la exploración de nuevos yacimientos de petróleo. Un problema político y legal me obligó a salir de mi país y refugiarme en Canadá”.

Elizabeth, de Tucuarembo, Uruguay, tiene la carrera de dentista. Aún así, desde hace nueve meses trabaja en el área de limpieza de un supermercado de Albión y Finch. Es madre de tres niños y no tiene marido. Complementa sus gastos con dinero del welfare.

Dice:

“En el edificio donde vivo, hay muchos profesionistas que se parten el lomo en la construcción o en la limpieza porque no pueden trabajar en lo que saben. Eso a mi me ocurre y es una impotencia. Por momentos me hundo en la depresión y quisiera largarme, pero no puedo por mis hijos”.

La dentista entró por Detroit, Estados Unidos a Canadá, después de haber vivido en ese país dos años, y tuvo que aplicar como refugiada. Aún no se resuelve su situación migratoria y su futuro es incierto.

“Tampoco en Chicago pude estudiar inglés porque trabajaba en una factoría de ensamblajes y la gente con la que me rodeaba era latina. O comían mis hijos o estudiaba. No tenía de otra”, dice.

Riveros Neira precisa que no todo es negativo para los profesionistas hispanos que hablan inglés y, sobre todo quienes cuentan con un estatus legal en Canadá. “Hay que luchar para salir del anonimato y dejar atrás el derecho de piso”, acota.

Y señala:

“Tenemos la experiencia de un colombiano que es consultor financiero colombiano que quiso trabajar en un banco e hizo un enorme esfuerzo para superarse. Desde hace tres años empezó a hacer voluntariados dentro de esa sucursal y gracias a su empeño y manejo del inglés, logró su objetivo: ser gerente de proyectos financieros para Latinoamérica. Ahora él ayuda a otros colombianos para que se coloquen en un trabajo relacionado a su profesión”.

En el Ministerio de Educación se apoya a los inmigrantes que quieren revalidar su profesión, pero además del inglés o francés, les exigen contar con el aval de los colegios de profesionistas canadienses.

En su página de Internet se adelanta que por el momentos se apoyará a ocho mil solicitantes que cubran los requisitos, principalmente contar con su estatus de refugio o residencia, y la cédula profesional.

Una fuente confiable de Ontario Works reveló que un gran número de solicitantes de refugio tienen problemas con el inglés y esa es una de las principales razones por las que desaprovechan los beneficios que tiene el gobierno de Ontario. Uno de ellos, se explicó, es tener acceso a cursos de capacitación en instituciones públicas o privadas hasta con un costo de cinco mil dólares.

limpieza-rapida-en-casa_323x216Ana, ecuatariana y madre de dos niños narra que estudió administración de empresas y al llegar a Canadá como refugiada tuvo que trabajar durante dos años en limpieza y, a la vez, estudiar inglés. Lo mismo le ocurrió a su marido que hizo un diplomado de hotelería y turismo y también se vio en la necesidad de laborar en la construcción y limpia de pisos.

“Con los años, al dominar el inglés poco a poco nos hemos logrado colocar en el trabajo que se adecua a nuestra profesión”, acota.

El FCJ Refugee Centro afirma que existen 200 mil inmigrantes sin estatus y para obtener recursos económicos tienen que trabajar en lugares ajenos a su profesión. Ese hecho es destacado por Riveros Neira quien se lamenta que Canadá desaproveche a los inmigrantes profesionales y, a la vez, no se les genere nuevas expectativas de vida a quien por necesidad sale de su país y trabaja de manera clandestina, sin protección laboral alguna.

VIII

SIN ALAS AL VACíO

Amada Luna decidió esconder los espejos para no ver los devastadores estropicios del tiempo. Lo mismo hizo con sus recuerdos, los más desagradables. Ya con los achaques de la edad, metida de evangelizadora, hizo de su cuerpo, aun tocable y besable, el baptisterio de los enamorados  precoces. Era su sino y ni como zafarse.

Veamos, pensó, si ellos fueron seiscientos sesenta y seis y yo única, ¿por qué debo seguir fija en los calendarios de las tortillerías y talleres mecánicos? La ocurrencia del fotógrafo de El Heraldo había aterrizado y solo era cosa de verse en cueros, sobre la sábana roja y los cabellos solares, algo ensortijados, dispersos y llameantes. El hombre, algo pasado de kilos y de piernas muy flacas, tuvo su recompensa y la inmortalizó.

marilyn“Está usted rechula, Amada, mire, mire…La Marilyn Monroe vale madres ante sus carnes tan exquisitas…  Y fíjese que ni la escondo, que la vean mi vieja y mis hijos. Las estrellas están para ser admiradas”.

Francisco Antonio tenía una tienda de abarrotes, donde además distribuía al menudeo marihuana y “tachas” de heroína, y durante año y medio le envió una despensa mensual al departamento de la Iztaccihuatl. Ella había fornicado con el viejo “puchador” en dos ocasiones y lo hizo en su afán de obtener algo a cambio, de acuerdo a su doctrina de vida.  Nada era gratuito: quien demanda, paga y manda. Lo ocurrido en la habitación 201 del Motel Las Brisas parecía una escena extraída de algún filme fellinezco. La baja estatura del amante fortuito, casi un enano, requirió en la maniobra de un pequeño banco de madera barnizada. De otra manera le hubiese sido casi imposible penetrarla a plenitud y de espaldas, como ella lo exigía.

“Me imagino que fue traumante…”

“Nada de eso… La naturaleza compensa y Panchito es un auténtico burro y no por tonto. Lo que me bajó la guardia fue su aliento de caño”.

En torno a la mesa del restaurante Sanborns, las tres amigas festinaron su ocurrencia. Amada tenía la destreza de convertir a sus parejas de ocasión en esperpentos de comedia medieval, como si fueran extraídos del Decamerón de Boccaccio. Pocos escapaban a su vitriólico sentido del humor.

Amada tenía tantos recuerdos acumulados que tuvo cierta paciencia en anotar los más relevantes. Por ejemplo, el martes 3 de septiembre escribió en la libreta de pasta verde y flores estampadas: “Le debo una canción al recuerdo, a la nostalgia y al olvido. La  canción que nunca más será cantada, y en lugar de eso escribiré unos versos inconexos, sin rima, sin ton ni son, sin algarabía. Quizás sean un intento de un cuento mal contado. Algunas historias cocidas en remiendos, recogidas de aquí y allá, de distintos tiempos, de años entumidos que enmohecieron de apatía”.

“Oye amiga, te acuerdas del indito purépecha, el de Leamington… Cuéntanos, cuéntanos amiga”, demandó Armida, concubina de un comandante de la policía ministerial federal.

Amada dudó unos segundos. Evocar a Carmelo López le desagradaba. Por esa aventura sexual aún incomprendida por sus compañeras de mesa, concluyó una de sus pocas relaciones sentimentales honestas. Joel Guerra la abandonó y enfrentó momentos difíciles, casi suicidas. Sin embargo, ella sabía reinventarse y seguir remando entre las aguas sulfurosas de los desamores sin destino. Terminaba convenciéndose de no ser la responsable de esas rupturas. Simplemente repetía ante sus amigas de café: “La vida me da nuevas oportunidades de ser amada y respetada, hacen cola mis admiradores. Estos pendejos se creen bordados a mano”.

Armida insistió sobre el asunto de Carmelo López y Amada las complació, no muy convencida:

“Lo hacíamos en el cuarto de las calderas del edificio, de pie y de espaldas, como me gusta. Carmelo jadeaba y me apretaba las chiches con sus toscas manos de labrador. Pobre, trabajaba hasta catorce horas diarias para darme dinero. En su rancho de Ecuandureo sembraba aguacates y su mujer y cinco hijos lo atendían, mientras él trabajaba de jornalero en una granja de tomates y pepinos de Leamington. No era mal hombre, pero pésimo amante. Lo único que lamento es que Joel nos descubriera y esa relación, que en verdad le daba sentido emocional a esa etapa de mi vida, se fuera al basurero. Tardé más de un año en salir de esa depresión, amiga. Prefiero que cambiemos de tema…”.

Amada anotó esa noche: “Hoy mi pluma se aventura a los abismos más oscuros del pasado. De un pasado que ya no es grato ni añorado, pero que ahí está, que existe, arrinconado y arrumbado.”

Sus “amores perros”, como ella los llamaba, los contaba con una mano: Pedro Torres, el pasante de medicina; Arturo Neri, el ingeniero civil que terminó pobre y alcoholizado; Amado Fernández, un traficante de cocaína, oriundo de Chiapas, que mandó imprimir mas de cien mil calendarios de su desnudez sobre la sábana roja y promocionó su carrera de strippers en algunos importantes centros nocturnos de Chicago y San Francisco y Joel Guerra, un modesto tecladista de bares y frustrado poeta algo cegatón y que le encantaba vivir entre ratas y cucarachas. Precisamente de Joel Guerra, apuntó en uno de sus textos evocativos: “Hablaré de un personaje antagónico y ambiguo, conversador de buena cepa, natural, urbano, tan común, que duele. Siempre con la frase lista, aunque muchas veces, burda, vulgar, grosera e imprecisa, conocedor también del silencio y la prudencia. Un personaje que pudiendo alcanzar el cielo y las estrellas, se lanzó sin alas al vacío, aun después de haber sido besado por las bellas. Y ya sin patria ni bandera, se adentró a los confines más absurdos de la tierra. Dedico estas líneas al hombre soñador de bares, cantinas y quilombos, al hombre que pudiendo ser, no quiso; prefiriendo volver a sus inicios de cloacas y de escombros.”

Amada tuvo que disculparse ante sus amigas y abandonó la mesa. Mientras se lavaba las manos no dejó de mirarse en el gran espejo que reflejaba a sus espaldas los tres sanitarios impolutos, aún desiertos. El corrido de La Yegua Menonita empezó a retumbar en el restaurante en su afán de echarle más sal a la herida… Seguramente Armida se lo había solicitado al tecladista que amenizaba a los comensales…

“Cabrona…”

Y ya no regresó a la mesa.

IX

CARNE FRESCA

Algo falla en la francesacion. Los alumnos adultos se han convertido en comediantes involuntarios. Sus maestros no paran de reír. Difícilmente están de mal humor.

–Hablan como tontos –dice Vicent.

–Hay un chino que dudo mucho que este cuerdo –dice Ariane.

–Es cierto, esos chinos… difícilmente pueden pronunciar bien el francés…–agrega Vicent.

Jacques no quiere sustraerse a la plática.

–Los hispanos también agotan…

Ariana, la mas animada del grupo de profesores, no puede contenerse y estalla en carcajada.

Hilda hace su arribo y mete su plato de comida al microondas. Les da la espalda a sus compañeros. Intenta sustraerse. Ella es argentina y también da clases de francés en el nivel seis.

Vicente intenta congratularse con Hilda. El sabe que ella ha escuchado el diálogo.

–¿Vas a ir a la fiesta de cumpleaños de la directora?

Hilda, sin enfrentarlos, responde:

–Claro que iré… Ya tengo su regalo…

Paul le mete mas veneno al asunto.

–Lo que afirma Jacques es cierto. Los hispanos agotan porque difícilmente estudian en sus casas y nos dejan a nosotros todo el problema…

Jacques baja la cabeza y apura su pizza.

Hilda es delgada, baja de estatura y tiene las manos huesudas. Es de mirada rapaz. Hace un esfuerzo por aislarse.

Paul insiste:

–El gobierno no debería tirar el dinero de nuestros impuestos. Lo único que nosotros producimos son más obreros de salario mínimo que difícilmente hablan un buen francés…  Imagínense, yo tengo una alumna que quiere ser secretaria y no abogada o doctora…

Todos ríen y Paul, agrega:

–Y aguarden. En mi clase, le bajé a la calefacción para experimentar con su estado de ánimo y nadie protestó. Los veía temblar y callar.  Es parte de su miedo…

Hilda aprieta las mandíbulas, pero tiene necesidad del trabajo. Los blancos anglosajones controlan la escuela y es mejor ser prudente.

Es un poder real, no ficticio. Ella lo sabe. Quebec no escapa a su pasado europeo.

Jacques come spaghetti y bolas de carne de res. Ninguno se imagina que en su termo hay ron. Únicamente lo bebe en el sanitario y mientras mea sentado en la taza. Los viernes en la noche le gusta seducir a menores de edad en un bar del centro de Montreal.  Es homosexual.

–Otra cosa –comenta Ariana–. Hay alumnos judíos que se burlan también de cómo hablan los hispanos y chinos. Es increíble…

–Lo sabemos –confirma Jacques.

–Es divertido –dice Vicent.

–Yo amo a los judíos rusos –dice Ariana.

–Y quien no, pero prefiero a las rusas –dice Jacques.

Hilda ha abandonado el lugar. Ella prefiere comer en su aula. Jamás será una verdadera quebequiana. Está condenada a trabajar sin militar con su pasado.

El timbre vuelve a repicar. Los cinco maestros, nuevamente, se ponen de pie y se dirigen a su clase. Ingrid fue prudente.

Ellos comen de los inmigrantes y los inmigrantes aman a sus maestros…

X

LA DULCE MUERTE DE LOS ALACRANES HUÉRFANOS

He perdido las palabras y el sueño y la memoria ha dejado de transmitir las señales del tiempo. Llueve y los dioses remojan su lengua en las banquetas hasta borrar nuestras pisadas. Hemos perdido el rumbo. Los silencios son los efectos del diluvio de junio y los calores de julio. Nadie ladra, ni los perros.

Nuestras conversaciones se graban y navegan en el llanto del viejo. Sus cuerpos se agrietan y entierran los recuerdos. ¿Alguien ha sumergido los pies en el Jordán o mojado sus cabellos en las aguas del Támesis? La sangre no cesa de ennegrecer tu miedo y la historia de Gloria y Roberto en nada se diferencia a la de Gregori y Paulette.

–Tienes que cerrar las llaves antes de abandonar el baño…– la escucho con su vocecita de pajarraco ante la intermitente llovizna de la regadera.

tatuaje alacranPaulette tiene las manos pequeñas y los pies grandes. Sus nalgas son capaces de asfixiar la taza y provocar infamias bajo el yugo de la uva fermentada. No entiendo porque la ciudad brilla y suda y nuestra frente enceguece cada expresión afectiva. Me recordó el alacrán revueltino en un cuarto de hotel, cabizbajo y atento, mientras los dos amantes hacen estremecer la cama y se olvidan, algunos minutos, de Paulette y Roberto. Roberto y Paulette van a la misma escuela de francesación, donde se conocieron. El alacrán, como ha revelado Revueltas, no tiene nombre y apellido y supone que el “te amo” o el “te necesito”, le permiten trasponer su escondrijo y agradecer el cumplido, pero termina asesinado.

–¿Como estuvo el francés?

–Estoy cansada… Lo mismo de siempre… Los únicos que leemos y participamos somos Leida, Olga y yo… Los otros, en su mayoría chinos e hispanos, son unos burros… No entiendo porque están en nuestra clase…

Gregori apenas puede mover los brazos, le duelen. Durante doce horas ha cortado madera y claveteado tablas. Trabaja en la construcción y tiene dos hijos. Paulette es rusa, pero nació en Israel. Es blanca y sus  ojos navegan en aguas marinas. Subyugan. Roberto no es de malos bigotes, tiene músculos y es caucáseo, porque su madre fue inmigrante sueca durante el gobierno de la revolución institucionalizada.  El golpe de estado chileno le permitió abandonar Santiago y rentar un departamento a un costado del Palacio Nacional. Un vendedor de trajes a la medida la sedujo y embarazó. Roberto, ya hombre, optó por ser oficial del ejercito y refugiarse, en el 2002, en Canadá. Sin embargo, en esa odisea, Gloria, la secretaria particular del subsecretario de la Marina, le facilitó las cosas ante el embajador Colbert, su amante ocasional. Roberto y Gloria, ya relajados, terminaron en el hotel Nevada de Quebec en calidad de solicitantes de refugio político.

–¿Quieres que te prepare algo de comer?

–Por favor…

–Verduras…

–No, mejor pide una pizza…

Roberto tiene dinero extra.

Paulette dejó a propósito los cien dólares en el buró. Gloria es mesera de un bar del barrio chino y le duelen los pies. Tiene la misma ansiedad de vida que Gregori al que no conoce. Roberto en alguna ocasión le comentó que en su salón asistía la esposa de un albañil que en dos o tres semanas contrataría para que arreglara la regadera que tiene un goteo pernicioso.

Los dioses del sueño no piensan, sudan. El cielo se ha desplomado y lagrimea o mea. La misma enfermedad de siempre. Hay alacranes o escorpiones sin nombre que se comen a la madre antes de conocer su nombre. Jamás son bautizados y terminan en la ignorancia.

–Háblame un poco más de Roberto –pide Gregori.

Gloria solo tiene crema en el cuerpo, no tela. Gregori apenas puede reconocerla. La dolencia de músculos y huesos, le ha debilitado medio cuerpo. Tiene el control del televisor en la diestra y dormita.

–Es malo para hablar francés, pero lee mucho y lo escribe… Por cierto, me pidió que te dijera que tiene un problema en su baño… Ahí puedes ganarte algo de dinero un fin de semana…

–¿Y los niños?

–No te preocupes, son mi problema…

Alexis y Natalie son gemelos y reciben dinero del gobierno. Tienen tres años y aman a su madre. Gregori siempre está ausente por los excesos laborales. El abuelo llora porque ha perdido el recuerdo. La abuela está muerta y su ropa cuelga aun en el tendedero de Jerusalén y chorrea sangre. Paulette lo ha olvidado y tiene en la entrepierna las mismas pecas rojizas de la abuela y su madre. A Roberto le excitan.

Estar en la escuela y ser adulto, conmueve. Aprender a pedir agua o cerveza en francés, preocupa. Manteau, eau, beau, oiseau o chapeau (eau en francés se pronuncia “O”)… etcétera, tienen un sonido gutural que estresa. No es el sonido bucal de Gregori, Roberto, Paulette o Gloria. Voltaire o Robespierre, como la maestra del cuarto nivel de francesacion, se burlan de los inmigrantes que hablan francés como niños con síndrome de Down.

La historia jamás terminará ahí, porque el abuelo morirá y perderá la pensión. Los dioses de la lluvia siguen jugando con sus alumnos y el agua, al fin saliva, remoja los muslos de Paulette que ya está obsesionada del mexicano. Gregori, por el momento duerme, y ha perdido la memoria… Hay un alacrán debajo de la cama y es huérfano…

XI

EL MUNDO DE HIPOTÁLAMO

Los encuentros con nuestros adversarios son irremediables. Tarde o temprano, como me lo advertía la abuela, tendremos que enfrentarlos. La única manera de conocerlos antes de suscitarse el hecho, es consumir la pastilla L’évocation, un potente sicotrópico que nos permite alterar las neuronas Tanatas y adelantarnos a los acontecimientos del peligro.

En el instante de sumergirnos en un profundo sueño de dos días con sus noches, logramos adentrarnos al submundo del miedo y caminar por sus calles nebulosas. Se trata de un mundo paralelo al nuestro, donde hombres y mujeres, e incluso animales e insectos, deambulan en todas direcciones. Es un caminar continuo, sin retorno, donde nos cruzamos unos a otros, pero en ningún momento intentamos vernos.

Sin embargo, nuestros enemigos, conocidos o desconocidos, en el instante de dirigirse hacia nosotros, la velocidad del tiempo disminuye, como en una película en cámara lenta, y ambos, instintivamente giramos la cabeza para enfrentarnos con la mirada. Es una acción recurrente para intentar identificarnos, conocernos, medirnos y grabar a detalle rasgos y movimientos.

La reconstrucción de nuestros recuerdos significaba la oportunidad de sobrevivir en estos tiempos de violencia fatua, estúpida e infértil. El país era otro y, por lo tanto, nos habíamos acostumbrado a vivir en pequeños clanes. La sociedad le había perdido el respeto a la vida y los asesinatos eran selectivos, necesarios y dolorosos. Las armas de fuego tomaron el control de la cotidianidad y los psicotrópicos L’évocation, en poder de una élite, nos permitían ser mas ecuánimes y previsibles para enfrentar el peligro.

Por lo mismo, en una de mis tantas caminatas en el hipotálamo, creí reconocer a Irina. De entrada, su cuerpo era inconfundible porque tuve la oportunidad de palparlo y besarlo durante casi dos décadas. Ella había deseado mi muerte en varias ocasiones, pero jamás imaginé que estuviera involucrada en algún complot para asesinarme, como mis adversarios.

“Los primeros en traicionarte serán aquellos que ayudes”, sentenció la abuela, lectora asidua. “Es la naturaleza del hombre común destruir a su propia némesis. Lo grave no es que te traicionen, sino que crean que tú les fallaste, eso es lo desagradable, m’hijo. Jamás descubrirán, por sus mismas limitaciones morales, que sus actos diarios hablan por ellos y quien es delincuente, es delincuente”.

Fue entonces que me confió que buscara a Luc Croisilles y le exigiera, en su nombre, la ayuda que necesitaba para sobrevivir. La batalla se desencadenaría con los Morrison. ¿Por qué? Difícil entenderlo. La abuela, heredera de una humilde cabaña en las cumbres perdidas de Fermont, nunca optó por acumular fortuna después del asesinato de mi abuelo, un agricultor de remolachas y melones. Su tesis de vida era tan simple como sus orígenes: entre menos dinero tengas, la sencillez te dará tranquilidad.

En realidad la abuela había heredado una fortuna incalculable de amigos, producto de la generosidad sin límites de su marido, y ese ejército de guerreros y guerreras, dispersas por el mundo, se convirtieron en importantes aliados para sobrevivir. La píldora L’évocation fue la prueba palpable de ese acierto de vida del abuelo.

CocainaLuc Croisilles era un sucio vendedor de estupefacientes, proxeneta y asesino. Vivía en una casona de tres techos a las afueras de Saguenay, en la Riviera de Saint-Laurent. El gobierno provincial lo protegía porque alimentaba de vicios a los universitarios y pandilleros e impedía que su energía, siempre bullente y propia de la edad, alterara el status quo. Luc era hijastro de un ex militar tailandés y desde indochina le enviaban los psicotrópicos que distribuía a precios accesibles desde Quebec a Gaspe, un corredor apetecible para los mercaderes de la droga.

Irina entró a mi vida durante el sepelio de la abuela. Ella es hija de Carolina Auclair y sobrina de Charles Jobin, un descendiente del escultor Louis Jobin, responsable de construir la estatua de nueve metros de la Virgen de Sanguenay, en 1871. Irina acababa de divorciarse y no tenía hijos. Su ex marido, después de un largo litigio, optó por huir y dejarla en bancarrota y bajo el resguardo asistencial del gobierno. Yo había enfrentado un problema similar y nuestro gusto por el alcohol nos acercó y permitió que olvidáramos los problemas emocionales otrora experimentados. Como pude la ayudé a sortear sus adeudos y durante casi diez años, aprendimos a ser tolerantes, prudentes y propositivos. Sin embargo, jamás imaginé que su ex marido, un ex mecánico de autos deportivos, deseara destruirme.

L’évocation no podía mentir.

Durante dos sesiones de sueño inducido, pude verlo con claridad porque Irina conservaba dos álbumes con fotografías de su relación. Ese andar garbo, desenfadado, llamó mi atención. También la caída del labio inferior y la barbucha negra azulada que le daba un aspecto de libertino.  Me creí amenazado por ese dios profético Fatuo, al que le gustaba revelarle a sus victimas, mediante el sueño, su incierto y lastimero futuro. Aún así, tras Morrison –desnuda y plena; alta y delgada; grácil y bella–, Irene pasó a mi diestra y giró la cabeza… Ambos intentamos reconocernos…

XII

UNA MARIPOSA DE PIERNAS LARGAS

Una mariposa entró a mi habitación y tiene las piernas largas y jugosas. Huele a Chanel 5 y bajo el camisón oscuro, de seda calada, hay piel rosácea, táctil y rentable. Camille cobra por hora y no es la misma, sufre.

–¿Algún problema? –le pregunto en francés.

–Muchos y estúpidos…

–¿Es por venir por órdenes de la agencia?

–No… Tuve una discusión con el padre de mis tres hijos…

Camille ha aceptado una copa de vino tinto y prefiere quedar en cueros y me lo dice:

–En tu departamento me siento libre… Espero no te molestes…

–Al contrario…

Eso me facilita las cosas, pienso, y secundo su iniciativa. Yo también quedo en cueros.

El día es caliente y la ciudad tiene movimiento. Hay verdor hasta en las banquetas y eso me sorprende. Es viernes y la fiesta finsemanera toma el control de la rutina. La isla repta en medio de sus ríos y los gatos maúllan. Lo de siempre.

Camille es mi preferida porque tiene un gusto sorprendente por la poesía. Paul Marie Lapontie es su preferido. En agosto de 2011 murió en el hospital Mont Sinai, de capital judío, y ella me dice que estuvo en sus exequias.

–Yo lo conocía en persona –me dice.

Y no dejo de mirar el grosor de sus labios y la tesitura de esa piel fresca y tibia que despierta urgencias confundidas. Y balbucea, en voz rítmica, cadenciosa, atrayente…

–Un bosque más frondoso en el linde de mi boca/que tu cuerpo no lo atraviesa/y yo cazo/a la mitad del otoño donde las codornices/más húmedas que rocío baten las alas/y ensombrecen…

En la madre, pienso. Hermosa manera de sentir con los diecisiete músculos de la lengua la salinidad del mar uterino. Y el muy cabrón tuvo la desfachatez de llamar “Travesía de las hojas” a ese viaje lingual. Camille me permite recrear en imágenes poéticas pocas veces escuchadas.

Lapointe era periodista y de ahí sacó su vocación por la literatura. Eso lo aprendí por ella.

–Quiere reiniciar la lucha legal por la custodia de mi hijo pequeño… No tiene perdón de Dios, este desgraciado…

–Por que no me lo habías comentado?

–Eres un cliente… o eras…

–¿Que soy entonces ahora?

–Alguien de confianza… A quien puedo hablar sin que me pida nada a cambio, ni las nalgas…

Sus palabras me halagan. A la vez, nos catapultan a una realidad tangible en la que la soledad se vuelve una aliada del silencio compartido. En el exilio nada puede hacerse. Todo se vende y compra. Hasta los centros comunitarios terminan siendo cabezas de playa de la traición y el engaño. Profesionistas del destierro e ignorancia se disfrazan de sicarios de su propio origen. Los imagino en el país de sus padres intentando complacerlos con dinero podrido.

Leo:

–Chaque jour une terre assassinée ensevelit ses hommes soleil tonitruant/jaloux des espèces différentes/ et du tournoiement des veuves faibles/chaque jour une planète quelconque/en février surtout mois de longue année/pousse jusqu’à moi ses cendres/ma ville est alarmée/et l’oasis toujours/d’une dure intransigeance/ sème la calamité de ses pierres aux tendres feuilles /contre le miel/contre la douceur de chavirer dans l’heure/ l’ange du désespoir le plus rude…

No intento darle sentido público. Ahí está, bajo el yugo de una lengua ajena, la de Camille. Ella apesta a sexo y tengo que ausentarme quince minutos. Le dejó encendido el televisor. Las noticias están por iniciarse y ella me agradece siempre compartir los espacios de libertad.

–¿Algo en especial?

–No, lo de siempre… Tu elige, por favor…

–No cambias…

–No cambiamos…

–Contigo el vino español tiene sentido…

–Siempre supuse que la cerveza…

Camille esboza una sonrisa. Nunca ha tenido gusto por la cerveza, menos la alemana. Durante los cinco años de conocernos, hemos aprendido a construir otro lenguaje. Nos dejamos de ver casi dieciocho meses por su embarazo. No fue fácil. Durante el verano, cuando ella tenía la respuesta a sus dudas, evitó convertir su cuerpo en un mapa universal. Hizo de la retaguardia su mejor reducto de guerra y de la boca, un heraldo del pecado.

Mientras me dirigía a la tienda del chino Chang Ming pensaba en el trabajo. No era fácil descargar tráileres todos los días y evadir las dolencias de espalda. El caterpillar funcionaba después de que las cajas de calzado femenino terminaran sobre un centenar de tarimas. Camille era un aliciente, el analgésico perfecto. Burda tontería, pero bajo el azote de la rutina desgastante, ella tenia un significado especial. Lapointe lo sabría mejor que yo.

–Imposible vivir en paz y con un hombre tan obsesionado con lo que ahora soy… Antes jamás se fijaba en mi cuerpo… –Camille vuelve a rellenar su copa–. El volverme una puta le despertó sus ansias de vida… y no de esposo y padre… Te juro que no lo entiendo…

Sus palabras semejan navajazos porque el tiempo era pagable, una propia verdad, no mutua. Tenemos los espacios alquilables y como ocurre con el chino, siempre tan callado, la paga debe ser puntual y exacta. Ni un centavo menos o más. Camille ahora piensa diferente.

–Hoy pasaré la noche contigo –me dice en el preciso momento que dejo las llaves de su auto sobre la mesa.

Y me recita un fragmento de algún poema de su poeta quebequiano:

–Los cráteres estallan/ gritos de huevo/ madre del polvo/ el ganso viene de los Andes a pesar del radar…

Sus piernas empiezan a reptar por mis costados… Es el vuelo de la mariposa monarca…

XIII

JESUS EN HANOI

El aeropuerto de Noi Bai tiene teja roja y es de dos plantas en forma de una corbata de moño. He pagado cinco mil Đồng, unos veinticinco centavos dólar, para arribar al lugar en autobús. Hanói se ha tragado sus manglares. Greta se niega a mirarme.

–¿Dímelo? ¿Por qué he de molestarme?

–Así pasan las cosas… No quiero vivir en el pecado…El es un hombre de Dios…

–¿Estás segura? ¿Cuál es la diferencia en la cama? No lo entiendo…Es un hombre de carne…

Un policía nos observa insistente. Es cetrino y tiene un tolete en la diestra que no cesa de agitar. El francés fluye por todas partes. La herencia maldita del colonialismo franco.

–Mientras no estés en paz con Dios, no puedo ser parte de tu vida…

–Por favor, tenemos quince años de conocernos, de estar juntos… ¿Y por qué aquí, en Vietnam…?

–Carlos vino –ella no bajó la mirada cuando me lo confirmó. Es algo que yo sabia. No quise contradecirla. No era el momento.

Lạc Long Quân, el rey dragón, me engullía.

–Huyan de las relaciones sexuales prohibidas. Cualquier otro pecado que alguien cometa queda fuera de su cuerpo, pero el que tiene relaciones sexuales peca contra su propio cuerpo. ¿No saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que han recibido de Dios y que está en ustedes? Ya no se pertenecen a sí mismos. ….procuren pues que sus cuerpos sirvan a la gloria de Dios… Léelo, está en Corintios…

Me sentí un miserable, como cuando le solicité a una mesera vietnamita que me llevara la botella de ron a la habitación. Ella vive cerca del lago Ho Tu Lien, a dos o tres manzanas del hotel Wild Lotus, de la avenida Xuân Diệu.

(El aroma de las palmeras vietnamitas, las que no dejan de vibrar bajo el continuo vaivén del río Mekong, recobran su esplendor después de los salvajes bombardeos de antaño.)

–Te equivocas de tiempo y de espacio, Greta. Ya no somos unos chamacos… Es increíble que tu misma actividad sexual sea plena porque supongas que un ser divino, del que creen, convalida el mismo orgasmo que siempre has tenido… En verdad me confundes…

Nuestras maletas siguen en el mismo lugar. El verano ha arribado cínicamente y remoja nuestras ropas. Ella optó por vestir una blusa de lino blanco y por primera vez se allegó de un brassier oscuro. La textura de su piel, aún tersa y frágil a mis manos, quedó oculta. Se avergüenza de mi perenne lujuria.

–Carlos es un pastor de Dios y es viudo… Lo conocí en mi iglesia…

–Lo entiendo, pero por qué debes tomar una decisión de esa naturaleza, cuando se trata de algo que es motivado por tu militancia a un libro que, las enciclopedias e iglesias, llaman sagrado…

–Es mi legítimo derecho, ¿no lo crees?

–Así es… Tienes razón…

En una ocasión ella lloró mientras veíamos la película La Pasión de Cristo, de Mel Gibson. No soportó las imágenes de una sangrienta tortura reconstruida. Algo así como la sección policiaca de la eterna historia vivida por un hombre de bien que experimentó la crueldad humana en el medio oriente, hace más de dos mil años. Sin embargo, en Vietnam, únicamente de 1957 a 1975 fueron asesinados seis millones de personas en dos guerras colonialistas, la francesa y estadounidense. Jim Caviezel hizo un buen trabajo.

–Carlos me espera en la otra sala… Nos regresamos juntos…

–Pero tenemos los mismos boletos…

–No te preocupes… Él compró otros… Nos regresamos en el vuelo de las seis…

No logré contenerme y me levanto (me merecía el Oscar hollywoodense). El policía se acerca sin mover un músculo del rostro.

–Est-ce que il y a quelque problème, madame?

–Non, merci beaucoup… Il a douleur de jambes…

Vuelvo a sentarme y me termino mi vaso de cerveza.

–¿Por qué me haces esto?

–¿Qué?

–Por favor, ya no te burles de mí… Soy alguien que en su momento dejó todo por estar a tu lado…

–¿Qué dejaste? Mis hijos siguen bajo mí cuidado… y mi moral… Jamás hiciste algo por ellos… ¿Ya se te olvidó?

–Nos conocimos adultos… no éramos unos jovencitos y solteros… ellos son adultos, todos están casados o tienen hijos… ¿Que te pasa?

–Ahora soy una mujer de Dios…algo que tu no has querido aceptar… Tú eres un mundano, un hombre que vive en el pecado…

–Soy socialista… Creo en Cristo, pero no a tu manera. Vivo en la tierra, no en tu cielo, chingao… ¿No lo comprendes, chingao?

El policía seguía agarrado a nuestro conflicto. El  sonido del tolete ahora es persistente al estrellarse en su delgada y huesuda mano.

–Cristo es Cristo y no te confundas… No es un asunto de lucha de clases, como tú quieres interpretarlo… Eso no va por ahí…

La vietnamita vive en la calle No 9 y tendré que buscarla. La idea prende en el instante que Greta toma su teléfono celular y envía un rápido texto. Todo está resuelto y eso me tranquiliza y me pongo de pie.

–Gracias por ser honesta, Gree (así le digo de cariño). Me retiro…

–¿No te regresas a México? –No respondo. Ella insiste: –El avión sale en una hora…

El mismo silencio. Simplemente dejo diez dólares sobre la mesa y agarro mis dos maletas. El policía opta por alejarse al confirmar que el peligro toma otro derrotero…

Hanoi huele a selva salvaje. En dos semanas, las mejores de mi vida, los he reconstruido con buen ánimo. De niño quise ser don Diego de la Vega, El Zorro, y ella Greta y sigue fantaseando (de acuerdo a los psicoanalistas) con un modesto hijo de carpintero de barba anglosajona. Lo merece. Carlos, al fin vivaracho, sobrevive de esa revolucionaria leyenda y está en su derecho. Greta tiene sesenta años y merece ser feliz… Kim Hue me espera…

–Buenas tardes –oí a mis espaldas en un castellano perfecto…

Era el policía…

XIV

EL PERDÓN DE LOS CABRONES

No entiendo. Ahora resulta. Ella me observa desde enfrente y yo no me doy cuenta. Vilchis corre y me lo dice. “Es la señito”, grita. ¿Quién, chamaco? “La señito”. Difícil sustraerme. Estoy tan cansado que apenas escudriño. Las clases de hoy tuvieron sus efectos devastadores. No soy tan joven. Soy una canica, condenado a jugar sobre la tierra y sumergirme en ella. Las dos ventanas se observan siempre, porque son parte de la inversión del casero. Imagínense dos ventanas que se observan por estar ahí, no por pensar. El chamaco lo intuyó al correr hacia mi y recordármelo. La propina tenia un propósito y quizá usted no lo entienda porque lee, no vive. Entonces levanté la vista y mas allá de ella estaba un televisor encendido y detrás de la mujer que hablaba con un micrófono de mano alcancé a divisar un cielo rojo y una mano agitada. Eso creí ver, mientras el chamaco intentaba decirme que frente a mis ojos, tus ojos, los ojos de ellos, estaba ella, la mujer de mirada verde hierba y una risa hueca, estruendosa y necesaria. “¿Va ir, señor?” Escuché. No quise levantar la vista porque las agruras lastiman los ánimos. Quien tenga agruras entiende que el estómago se traga asimismo, mientras que la mujer nos traga. Risa involuntaria… eso dije mientras leía el periódico, La Jornada o Reforma (las mismas verdades con ideas enfrentadas) y volví a hacer ruidos estruendosos, de bobo… y así navegaba mientras el chamaco, hijo de mi conserje, estiraba la prieta mano de caribeño. Canelo Vilchis, así se llama. Lo de Vilchis lo heredó de algún vecino lejano de Haití, donde su madre trabajó de enfermera ante la devastación de algún huracán. Por ser demócrata se apuntó en la causa solidarista y retornó embarazada a México. Vilchis tenía el hermoso color de los sueños sin luna y la sonrisa musical de los pianos. Cansa decir la verdad, pero ahora que su madre es viuda y su padre le provoca llanto porque decidió ser amante de la esposa de una agente de seguridad de la escuela donde estudió. “La señito”. Vuelvo a escuchar y sigo bajo el afecto de la vergüenza. La vecina es viuda y tiene las chichis hinchadas. Ella ama a los mulatos del Caribe después de su viaje a Cuba. Dios. El padre de Vilchis es suizo (un pinche conserje y fotógrafo de piel de leche)  y nadie le cree. Johann Berset murió en Oaxaca. El muy pendejo hacia negocios con la verdad visual, recibió algunos gramos de plomo zacatecano (porque de ahí extrajeron ese metal) y algunos gramos de coca bolivariana rebajada con analgésicos. El pobre guey abrió los brazos en cruz antes de estrellar su huesuda espalda sobre la banqueta. Plas!, Ouch!, Dios… Entonces levanté la cabeza y apreté los puños después de mirar hacia donde Vilchis me informó. Ver a su madrina molestaba, porque cada semana se repetía el mismo escenario, mientras ella, blanca, muy blanca, reclamaba su paga. Berset realmente murió ahogado en la taza del baño mientras se desangraba de pie. Jamás supimos la verdad y mientras yo sea jefe de la policía de Cuernavaca nadie podrá decirme que me equivoqué o que soy compadre de un militante de banderines azules. El amarillo me provoca diarrea e impotencia. La madre de Vilchis lo sabe y por lo mismo le he prohibido meterse en la piel del plátano político o hablar cantones e ingles en los momentos críticos. Odio pensar en olores y colores. Prefiero poner en tono a mis perros antes de matar a los pobres de a pie que sobran. Ese es mi trabajo. Podar los arboles de la calle para que los perros orinen sin preocupación. Ellos me pagan. La ciudad ha construido parques para perros y adictos. Las prostitutas y prostitutos, atados a su deseo de destruir, convierten las sabanas de los hoteles de paso en pinturas neorrealistas y mágicas.  “La señito”, Josefina tenia un andar nada común porque empujaba medio cuerpo hacia adelante y difícilmente alguien, él o ella, podría sustraerse a su trasero. La calle convierte los ojos humanos en cámaras y la policía, hace de las cámaras de video su sustento. Ahora resulta que este chamaco Vilchis vende la información en las esquinas y su madrina, al fin promotora de erecciones necesarias, lanza ojos por las ventanas de la vecindad y construye deseos solitarios. Nadie escucha el ronroneo de su voz. Estoy cansado de ver el televisor y comprobar que esta ciudad es un pan  horneado al servicio de los mejores gourmets del mundo. Por primera vez, los minusválidos tienen el gobierno federal en sus manos. Lo mismo ha ocurrido en Estados Unidos, la minoría racial gobierna y eso es loable. No me enoja por ser una decisión de mayoría aunque sea con voto comprado. Josefina me observa y la misma sinrazón de la palabra me exige estar presente.  “La señito”, igual, exacto, puro y verdadero. Así son los hijos. Johann Berset algo me dijo de ella que aun trato de recordar. La pensión, eso es la pensión. Me duelen los ojos. El televisor tiene el mismo tamaño del ventanal. En qué momento hay verdad o mentira. El único remedio, ya en la cama, es demandar perdón y olvido. Ella se santigua con algún libro sagrado y yo intento navegar sobre la banqueta de mi calle. Ahora se que el chamaco tiene mi nombre y dos esmeraldas en la cara de carbón: los ojos de su madrina me miran…

XV

LA ENTRAÑA DEL INFIERNO

Jamás había experimentado el dolor de las entrañas, el que se desprende de nuestra propia sangre y busca aniquilarnos. Es algo inenarrable, cortante, que nos impide respirar con holgura. El ver a un ser cercano, muy cercano, atrapado por las adicciones y el vacío existencial. Su vida productiva, libre y soñadora, en cualquier momento dejará de tener sentido. Será un zombi más de esta sociedad de consumo y ecocida.

Tuve un padre mariguano y carterista y una hermana mariguana y prostituta. Nunca me conmoví tanto porque prácticamente crecí alejado de ellos. Sin embargo, ahora es distinto porque tengo un hijo, de 24 años, que consume mariguana, ácido lisérgico y hongos alucinógenos. En cualquier momento empezará a experimentar con la piedra de cocaína, tan adictiva y destructiva.

Gamel es universitario y tiene una amiga que le surte los estupefacientes: Laila Eldwin. Según expresión de mi hijo tiene un parecido físico a la cantante Britney Spear  y su talento y belleza los utiliza para seducir y conectar a sus victimas, hombres y mujeres, con los narcomenudistas. Nada que ver con la música y el negocio del espectáculo.

Gamel evidenció la vulnerabilidad e ignorancia de Laila y ella optó por profundizar la relación sexual y sentimental hasta sus últimas consecuencias. La historia de Sherezade y el Rey Shahriar volvió a repetirse. De Laila dependería la seguridad emocional y económica de mi hijo. En el momento que ella lo deseara, Gamel, víctima del síndrome de abstinencia, abandonaría la universidad, cambiaria sus cosas de valor por droga y hasta se prostituiría.

Mi hijo asistía a la Universidad de Montreal, fundada en 1953, y su propósito era graduarse de arquitecto. Suponía que las sociedades futuras tendrían que construir ciudades flotantes ante la destrucción irremediable de los continentes. Por lo mismo, desde los doce años, pertenecía a una organización científica, Los Argonautas, que tiene su sede en una isla de Honduras, en el Atlántico, llamada Utila. A través de Internet promovían sus ideas y propuestas arquitectónicas, ecológicas y de moral comunitaria. Una especie de retorno al comunismo primitivo, pero vegano y pacifista.

–La tierra tiene quinientos diez mil sesenta y cinco millones doscientos ochenta y cuatro mil setecientos dos kilómetros cuadrados y un setenta y uno por ciento es mar –le comentaba a sus compañeros de escuela–.  El sistema planetario al que pertenecemos se formó hace cuatro mil quinientos sesenta y siete años y desde hace mil millones hay vida en la tierra.

Los muros de su habitación, pequeña y desordenada, sostenían mapas y carteles de astrólogos, astrónomos, geólogos, antropólogos y científicos de renombre. Los rostros de Giordano Bruno, Francis Bacon, Isaac Newton, Carl Sagan, Edwin Hubble, Claude Levis-Strauss, Marvin Harris, entre otros, no dejaban de observar las prolongadas y silenciosas lecturas de Gamel. Su madre y yo cotidianamente hostigábamos a su hermana Herminia para que no lo interrumpiera. Una reproducción del mapamundi del griego Claudio Ptolomeo sobresalía en el respaldo de su cama.

Y sobre la puerta de acceso a su habitación, en grandes caracteres azules, se leía un fragmento extraído de la enciclopedia virtual Wikipendia:

“Nuestros Océanos: Superficie: 361 000 000 km², Profundidad media: 3 790 m., Profundidad máxima: 11 034 m. (Abismo Challenger) y Volumen: 1 300 000 000 km³. Aún hay esperanza. Trabajemos duro para perpetuar la vida sana”

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

En menos de diez años su pasión por los juguetes dejó de existir y los cajones y canceles quedaron cubiertos de libros, paquetes de discos dvd, una computadora Mac con su impresora laser y scanner, un enorme televisor de pantalla plana, un reproductor de películas de alta definición y un pequeño telescopio de utilería, que le regaló la maestra de francés, Jeane Pierrot, oriunda de Quebec. Por un tiempo le hizo creer que lo había heredado de un tío ingles que trabajó, como extra, en el filme de Stanley Kubrich, “2001 Odisea del Espacio”. En realidad lo compró en siete dólares en una tienda de antigüedades del Cairo.

Gamel ahora era distinto, irreverente, alucinado. Difícilmente puedo mirarlo a los ojos sin sentir compasión. Lo he perdido porque dificilmente lo reencontraré en el mismo escenario afectivo. Ahora somos tan diferentes y distantes que empiezo a entender el verdadero significado de la vida: ser uno mismo sin mirar a los otros, ni a los de tu propia sangre, porque te ahogan con su fracaso.

–Tienes que ayudarlo –me dice Armida–. Es nuestro hijo…

El teléfono celular no deja de repicar y mis compañeros de mesa, ajenos a su entorno, intentan ganarme la partida de cartas. Armida sigue de pie a mis espaldas y es insistente. Gamel ha sido detenido por la policía montrealense y será enviado a un centro de rehabilitación y si lo autorizo, dependerá del hospital Douglas, donde atienden a personas con problemas mentales. Carl Sagan seguramente ya no lo reconocería.

–¿Y cuando nos visitan, comadre? –dice Alfredo, armado de tres reyes, una dama y el seis de corazones rojos.

Armida cierra los ojos y el llanto aflora incontenible… Sólo siento su mano tibia que me toca la nuca.

No hay respuesta.

XVI

EL MÉXICO QUE SE NOS FUE

Antes de morir en Montreal, dejo testimonio de lo que vi en un sueño: En el país de mis ancestros, en cada estado había una caseta de cobro y los policías tenían distintivos en el pecho que resaltaban su nacionalidad y oriundez. Ser mexicano era cosa del pasado. Ni los residentes del Estado de México podrían decirse mexicanos, sino Toluqueños.

En el 2071, lo recuerdo perfectamente, existían treinta y dos países con autoridad propia y confrontada en su mayoría por la escasez de agua potable y energía eléctrica. El robo se castigaba con muerte y estaba permitida la bigamia y el matrimonio del mismo sexo.

Los de Baja California, ahora llamados Tijuanenses, le tenían animadversión a los de Baja California Sur, los Paceños, por estar colonizados por ingleses y alemanes. Los gringos seguían teniendo el control económico del lado norte y prácticamente cada rincón de ese país estrecho y semidesértico estaba militarizado. Los Marines se desplazaban en tanquetas por los setenta y dos mil kilómetros cuadrados de territorio y en el Pico de La Encantada, en la Sierra de San Pedro Mártir, habían levantado una fortaleza con misiles nucleares, como simple medida preventiva. El inglés era la lengua oficial. Lo mismo sucedía en los países de Coahuila, Sonora, Chihuahua, Nuevo León y Tamaulipas. El castellano era una lengua proscrita.

Los tiempos de paz se evaporaron y esa masa de habla castiza y militante puntual de las fiestas patrias mexicanas, optó por festejar a ultranza las costumbres y los orígenes propios de su nueva nación.  Los colimenses, por ejemplo, durante una semana, la tercera de julio, recordaban con danzas, fuegos artificiales, desfiles, ceremonias religiosas y borracheras, el surgimiento de la Gran Colima. En 1523, el capitán español Gonzalo de Sandoval había derrotado a los colimecas, encabezados por el rey Colimán, y procreado al primer colimense mestizo, ascendente del presidente de la República de Colima, Juan Carlos Sandoval Icaza. Este personaje de mano dura era también descendiente del Capo Mayor del Contrabando, don Miguel Sandoval, ahora considerado un héroe nacional al ayudar con armas y dinero a independizar Colima.  La Catedral Basílica Menor lleva su nombre y bajo su Atrio Mayor reposan los restos de este ilustre narco y de sus leales sicarios.

Lo mismo ocurría en los otros países, principalmente en Michoacán, Jalisco, Nayarit, Sinaloa, Guerrero, Oaxaca y Chiapas. Los antiguos dirigentes de los cárteles de la droga, con ayuda de jueces, policías, empresarios, políticos y militares de alta jerarquía, lograron consolidar sus propias naciones y someter las revueltas de los federalistas que terminaron en el exilio, la cárcel o en el cementerio. Los sindicatos eran cosas del pasado y ahora predominaba el contrato laboral por individuo y está prohibida la huelga o cualquier manifestación publica de protesta. La educación pública es cosa del pasado y el clero católico y los ministros religiosos son los responsable de formar la conciencia social de los infantes y jóvenes. Las universidades fungen como Talleres de Formación Tecnológica y los padres de familia un día por semana limpian calles y parques para pagar la formación académica de sus hijos.

Ahora que tengo ochenta y dos años de edad y soy ciudadano de San Luis Potosí, un país acosado por nueve naciones ricas en agua, metales preciosos y madera, aún recuerdo el asesinato del último presidente de México, Carmelo Uruchurto, porque precisamente fue aquí, en Tamazunchale, cerca de la frontera con Hidalgo, donde se desplomó la avioneta y sus restos jamás fueron recuperados. Carmelo Uruchurto es considerado como el último federalista patriota de los mexicanos. La residencia organizada aún utiliza su nombre en los comunicados clandestinos.  (No puedo hacer públicos mis recuerdos, menos transmitírselos a mis hijos o nietos, porque los condeno a ser procesados y ejecutados, de acuerdo a la Ley Marcial vigente).

flouritaEn San Luis Potosí vivimos de la explotación de la flourita que se usa para potabilizar el agua. También exportamos anfetaminas y piedra de cocaína que tiene mucha demanda en los países del norte. Estas drogas, ya legalizadas, dependen del capital privado y pueden adquirirse en cualquier tienda o supermercado de las treinta y dos naciones, otrora mexicanas. En las grandes fiestas nacionales jamás deben faltar estos estimulantes o alcaloides, al igual que el alcohol o la mariguana.  La prostitución está autorizada, pero en zonas construidas a diez minutos de las grandes ciudades.  En San Luis Potosí tenemos cincuenta y ocho, una por alcaldía territorial.  La de Guadalcazar y Ciudad del Maíz son las más grandes y pobladas. Hasta casino tienen.

Durante la primera semana de enero, más de mil empresarios, generales, presidentes y comandantes de las gendarmerías, se reúnen en la sede de Las Naciones Libres de América, en el país de Tenochtitlán, antes conocido como Distrito Federal. En ese Encuentro Internacional se tratan asuntos de seguridad nacional, comercio y soberanías. Ahí se dirimen diferencias y se determinan los precios de los alimentos básicos, las drogas y los productos de exportación a otras naciones del mundo, principalmente a Estados Unidos, Canadá, Europa y China. Sus conclusiones se transmiten en las televisoras privadas de cada país y es obligatorio acudir a las plazas públicas para respaldar moralmente a quienes tienen la delicada misión de gobernarnos y darnos seguridad y empleo. En tres años, quedo eximido de esta responsabilidad, porque a los ochenta y cinco, por decreto presidencial, debo suicidarme con asistencia médica y entregarle mis propiedades al Estado. Las pensiones o jubilaciones también son cosas del pasado. Espero que algún día lean estas líneas mis descendientes.

XVII

UN MENAGE A TROIS EN MONTREAL…

El sol se escapa por mi ventana sin importarle el silencio de la nieve.  La primavera está presente y nadie la pela. Invierno sigue prendido en la ciudad y la gente enchamarrada. El vaho oscurece rostros y los perros y borrachos, con sus orines abundantes, amarillean la pasta dental de las banquetas. Montreal tiene el color de las monedas.

–¿Cómo se hace el ceviche? –Eve Langet sigue en el supermercado y tiene la red con diez limones enormes y amarillos.

–Busca el cilantro… Yo tengo las cebollas y dos chiles morrón…

–Nada de picante, ¿eh?

Río. La entiendo. En el canastón rojo cargo un kilo de carne de salmón, sin huesos y un paquete de galletas saladas. La botella de vino blanco proviene de los viñedos de Chile. Las botas me pesan y el gorro de lana me genera sudoraciones de mujer encinta. Tiempo maldito.

Es sábado y la ciudad se encuentra paralizada. Los viernes son de desmadre y la gente duerme a esa hora. No toda, claro. La otra parte, la que no labora en el gobierno, está obligada a trabajar con dolor de cabeza y dos aspirinas en el estómago.

–¿Que otra cosa necesitamos? –Eve está emocionada.

–Tres jitomates y eso es todo… Ya tenemos el cilantro, las cebollas, los limones y el chile morrón…

Eve es de Quebec y trabaja en una tienda de ropa, Magasin las llaman en francés. Ella modela ropa interior y acepta invitaciones de los caballeros. Su abuelo fue de Madrid y habla un castellano masticado. Su andar me sorprende, casi vuela. Es alta y de piernas largas y delgadas, pero de caderas anchas.

–Me conmueves, porque pensé que solo los rusos comían carne cruda cocida con limón…

–No –le digo–, también en Acapulco, donde he trabajado en varias ocasiones, se come carne de pescado cocida con limón… le dicen ceviche… Hoy en la noche, lo pruebas…

Montreal huele a yerba podrida y el frío quema la piel y los sueños. Estoy cansado, porque el tiempo se mueve inmisericorde y nos trasiega el movimiento. Todo suena en francés, hasta las pisadas. Montreal es anti anglosajón y ha construido su propia cultura en rebeldía. Me conmueve. Los ingleses y estadounidenses ya no tienen la primacía lingüística y tampoco gobiernan. Son como los salmones. Nadan a contracorriente. Es algo que no he entendido con estos salmónidos que huyen de la mar salada y trepan por las aguas revueltas hasta  desovar en la cima. Una barrabasada de la naturaleza.

Eve tiene los ojos grandes y la nariz respingona, pellizcada.  Es de Gaspe, una ciudad marítima, de arena sucia y helada. Besa al golfo de Lawrence, en aguas del mar Atlántico y frente a la isla de Nuwfoundland. Ahí se comen, en cantidades abundantes, camarones, cangrejos y enormes langostas rosadas. Tierra de pescadores e iglesias.

–¿Sabes que el encargado de la tienda me pidió en matrimonio? –lo dice y me observa con detenimiento–. Es un hombre de fe… Divorciado y tiene cuatro hijos, pero todos son adultos y trabajan. Su ex esposa se volvió a casar y es feliz…

–Estas en tu derecho. Tienes treinta y siete años y eres una mujer hermosa, bien plantada…

Ambos mezclamos palabras en francés y castellano y nuestras pisadas van quedando en resguardo, sin que nadie las cuide o las mida. No hay marcha atrás. Nuestra amistad es sincera porque nos conocimos en la escuela de francés y no porque ella fuera una alumna. El encuentro fue casual y tuvo la culpa el resfriado de su mejor amiga, maestra del Centro de Educación para Adultos. Se sorprende que yo me llame Everardo. Eve ella, yo Everardo…pero en frances la E es O y por lo tanto ella es Evo…

El trozo de salmón, ya en la cocina, terminó fragmentado. Con apoyo del cuchillo lo convertí en picadillo y en el culo de la olla, bajo una nata de limón. Durante tres o cuatro horas lo dejé bajo el fuego acido del cítrico. Después, como lo hice ipso facto, picaría las verduras y también las sumergiría en un lecho de jugo de limón.

Mientras aguardábamos el cocimiento, bebimos vino y oímos música de Joaquín Sabinas, el traidor de las causas justas mexicanas, y a Willie Lamothe, el cantautor quebequiano. Su canción J’ai donné mon amour, ma jeunesse (Yo le di mi amor, mi juventud) nos evocó, a nuestra manera, tiempos idos, entrañables. Finalmente éramos unos suicidas solitarios, presos de la necesidad y el morbo.

Ni ella, ni yo nos enteramos de lo que ocurría en México o en Quebec, menos en Canadá. En el mundo Facebook la información era parida en segundos, y se trataba de una realidad virtual inalcanzable. El asunto tomaba otro cariz porque el sol nos quemaba por dentro y aún no había decidido abandonar la habitación. Ni pensarlo. El salmón tenía que hacer su parte y reposar sobre un lecho salado, cuadrado y dúctil ante nuestras lenguas. La tasa seguía llenándose de vino al igual que el cerebro.  El canturreo suplió la reflexión y el frio.

El asunto se trastocó en tragedia porque una de las ventanas, precisamente la de mi recámara, quedó abierta. Craso error. En ese instante mísero y estúpido, por un olvido involuntario, el sol optó por fugarse y el espacio propio de Vulcano valió madres. Terminé dormido y con el reproductor de Cidis a todo lo que da… Eve, Joaquín y Willie seguramente hicieron un ménage à trois… cabrones…y el pinche salmón, en verdad, prefirió irse al infierno que al estómago… desapareció del refrigerador…

XVIII

PLEGARIA DEL MORIBUNDO

Sofía Soriel ¿Recuerdas lo ocurrido en la casita de la Mansfield? ¿El inmueble de dos plantas con algunos accesorios domésticos semidestrozados y el lava trastos tapado? En menos de dos días lo reconstruiste, pusiste un viejo triplay en la mesa redonda, sin vidrio.

¿Lo recuerdas?

Y tu veladora de cera roja encendida, mientras nos abrazábamos desnudos, suspirando y lacerándonos los labios, mientras las horas eran consumidas por la llamas de la desesperanza y el olvido: tiempos idos, amores despiertos, responsabilidades aciagas. Mansfield 6519, muy cerca de la Sherbrokee.

Tu camioneta, la color guinda ¿o la arenada?, apenas lograba acurrucarse en la polvosa cochera de reja corrediza, crujiente y mal enjaretada. Teníamos que doblar los espejos retrovisores y entrar bajo esa sordera necesaria y sublime. Cómo olvidar los contornos mórbidos de tus caderas y muslos y senos prominentes y esa cadenita dorada en el tobillo izquierdo, compromiso de no sé qué. O la revoltura permanente de las cajas de cartón retacadas de utensilios de cocina y limpieza y los enseres propios de nuestra recámara, la del segundo piso: amueblada con un destartalado librero que siempre señalaba hacia el cielo.

A nuestros pies, la cafetera que tanto te enorgullecía por tener un reloj digital de números color sangre y el botoncito negro del apagado automático. La única escalera nos tenia en un hito al conducirnos de arriba hacia abajo o de abajo hacia arriba ¿Te acuerdas? Le temíamos al accidente insalvable porque a mí no me importaba caminar con los toscos zapatones de agujetas sueltas y tú, Dios mío, al deambular en esos pantalones ajustados de mezclilla, regalo de tu hijo Bob, y por donde colgaban unas largas cintas rojas, entretejidas.

“Ten cuidado, mi amor”, me decías.“Si te llega a pasar algo, me muero, no sabría qué hacer”.

La fecha nunca voy a olvidarla por la hermosa carta que me escribiste antes de viajar a Toronto, donde te informaron que tu marido, Lois Redpath, estaba preso por conducir su camión de mudanzas con imprudencia y matar a dos personas. Eso te dijeron sus amigos.

Sin embargo, la trabajadora doméstica, Melisa, te reveló aspectos poco conocidos de la personalidad de Lois en el mes y medio de convivencia:

“Lois no es lo que parece”, te dijo. “Hay un gran mugrero en su vida”.

No comentó más y continúo con sus faenas domésticas. Todo eso lo platicábamos en la cama, bajo el edredón marmolado y el ronroneo de los cristales castigados por los vientos de abril.

El domingo 13, a las 7:46 pasado el meridiano, partiste para Toronto acompañada de Bob y tu nuera Clarisa, mientras yo me desplazaba de Leamington a Montreal. Ambos llegamos a nuestro destino, por caminos diferentes, y nos aposentamos del entorno con la añoranza del reencuentro. La señora Cardel, la casera, ¿recuerdas? Me dio el pésame por el fallecimiento de mi esposa, a la que trasladé en una ánfora de cristal hacia un destino inexistente.

“Le falló el corazón”, le dijiste, “y tuvo que incinerarla y llevar sus cenizas al lugar donde se desposaron y viven los padres de ella”.

La señora Cardel, contrita y solidaria me entregó las llaves de la casa y creyó en nuestras palabras sin pedirnos nada a cambio.

Tuve que pretextar dolor de cabeza para proseguir mi viaje en taxi.  Manfield es una callejuela mal trazada y presentaba el verdadero rostro del infortunio urbano: muros pintarrajeados, borrachos y vagos escandalosos: soledad y rutina.

El reacomodo era necesario y así lo visualizamos.

“Ramiro: Bienvenido mi amor. Te amo, te extraño mucho, más de lo que debo, más de lo que te imaginas. Espérame con mucho amor, con muchas ansias y deseos. Te voy a comer enterito, desde la punta de los cabellos de tu cabeza hasta las uñas de los pies. ¡Te lo prometo!…”

El mensaje continuaba en el mismo tenor y yo lo leía y releía con ansiedad. Tuve que divisar el mapa virtual de Encarte y confirmar la distancia entre Toronto y Montreal: cerca de seiscientos kilómetros de un punto a otro y tendrías que desplazarte por carretera de cuatro a cinco horas ininterrumpidas.

Tu retorno, pensé, seguramente sería el miércoles al mediodía.

Y no fue así.

El martes 14 tu reaparición fue instantánea, extraordinariamente instantánea.

“No aguantaba un minuto más sin verte”, exclamaste.

Nuestra necesidad de reconstruirnos, de ajustarnos simplemente a lo que nos dictaba el cuerpo, te obligó a emprender el retorno y dejar las añoranzas de algo que sí fue, pero que al final se truecó en tragedia y olvido permitido.

Lois, en su nuevo envoltorio de hierros y cantera, resumía su infortunio ante la expectativa de que su desconsuelo se convirtiera en arma convincente de la que no llegó, pero existe: una esposa poco ortodoxa y muy sexual, añorante de otro, purificadora primigenia de la carne y el orgasmo enceguecedor y brutal. ¿Recuerdas lo del desdoblamiento de personalidades?

desnudos pareja 2La Sofía de antes del orgasmo y después del orgasmo. La que al concluir sus fantasías sexuales optaba por la graciosa huida, sin importar el calibre del macho y los mugidos del toro en celo. Tu ausencia era necesaria y obligada, punto crucial de ser tu o no ser Sofía, la mujer universal, la cabeza de un clan bien cimentado.

Lois no pudo dimensionarte, entenderte, descifrarte. El muy pendejo supuso que tu insistente y adictivo apego a la verga, significaba entrega compartida, amor pleno, cursilería doméstica. Nunca imaginó que desde los siete años, ¡Siete años, Sofía!, ya te masturbabas con una piedra del arroyuelo que cruzaba frente a tu casa, allá en Huayacocotla, y en ese orden de sensaciones te hiciste adolescente, después mujer y al final una arquitecta de renombre, apegada a tus tradiciones de piel, útero y gemido prolongado.

Lois, al igual que los otros, y me incluyo, apreciaron tus habilidades uterinas, difícil de superar: quedaron hechizados de la Circe serrana, sensual y mágica, que alguna vez conocería en el Monasterio de mis desgracias. El claxon tocó en dos ocasiones y preso de ansiedad dejé de teclear en la computadora.

Tras el ventanal observé tu deslumbrante figura de dama triste, cansada por el esfuerzo, y en calzoncillos, bajo la oscuridad del alba, descendí a saltos por los crujientes escalones para alcanzar la cochera. Ese sería el principio y el fin de esta historia, otrora tan dolorosa e incierta, y que para fortuna de los dos contó con la complicidad de una alma caritativa —la señora Cardel— y una construcción de dos plantas con traspatio, cochera y enrejado metálico, que sin desprenderse de su solemnidad solitaria le dio cabida a nuestros arrebatos de carne y promesas de amor.

El jueves 17 de abril, muy cerca de las ocho de la mañana, quedaría atrás la Mansfield y nos reencontraríamos en nuestra guarida añorada, la más entrañable y respetable, la de Verdun, de donde nunca debimos haber salido.

La veladora roja, a pesar del tiempo, sigue encendida. Ni una lágrima más volverá a apagarla. Eso quiero, eso queremos…

Espero verte pronto… aunque continúe en el hospital y el cáncer me consuma.

XIX

UN INDIO EN EL CIELO

La avioneta perdió altura e hizo un giro de 180 grados. Ricardo Martínez Valle, sin soltar el volante, quedó con la cabeza hacia abajo. Su única reacción fue evitar el encontronazo con la saliente de piedra maciza, de unos doce o quince metros de altura.

El choque parecía inminente.

Había perdido momentáneamente el control de los estabilizadores y alerones. Estaba seguro que la cabina sería arrancada de cuajo y difícilmente sobreviviría. “Muerte segura”, supuso. El copiloto lanzó una exclamación de sorpresa, ahogada por los ventarrones polares que lastimaron el fuselaje.

¿Qué hacer?

Ricardo tenía 27 años y llevaba cuatro mil 300 horas de vuelo. En 1983 llegó por primera vez a Canadá. Lo hizo al lado de sus padres y dos hermanos. La familia Martínez-Valle venía procedente de El Salvador y solicitó refugio político. Don José, su papá, hombre de convicciones arraigadas, tuvo que huir de su país antes de que lo asesinaran los subordinados de la Junta Militar, encabezada por José Napoleón Duarte.

El recorrer casi cinco mil kilómetros para llegar a Toronto no fue una tarea fácil. Ricardo, a sus siete años de edad, tuvo que seguir a sus padres y abordar el enorme avión comercial para remontarse a una altura insospechada, pero real. Nunca creyó que algún día sobrevolaría una de esas naves de alas plateadas con turborreactores de explosiones incendiarias.

Había aprendido a amarlas y respetarlas desde la soledad de su recámara.

En la editorial donde laboraba su padre, contador por necesidad y músico de convicción, los avioncitos a escala terminaban en manos del niño y lo sorprendían. Los Douglas DC-3, Boing 707 o Convair 880 iban reproduciéndose a lo largo de aquella habitación compartida con sus hermanitos.

Los aviones de guerra, Harrier o Douglas F-15, sobrevolaban cielos salvadoreños y atemorizaban a los pobladores. Ricardo, por el contrario, los observaba desde la azotea de su casa y reafirmaba su convicción de pilotearlos cuando fuera adulto.

Una tarde de mayo, con el sudor ensopándole la playera, Ricardo enfrentó a su padre y le dijo:

“Yo cuando sea grande voy a ser piloto aviador”.

“Ocurrencias de chiquillo”, pensó don José.

Veinte años después, ya había materializado sus sueños. Estaba frente al timón, dentro de una avioneta Cessna de seis compartimientos y a punto de perder la vida. La rotación de la nave lo sorprendió y el cielo volviose enmarañado, terregoso, y el piso azul cielo.

Los recuerdos se agolparon.

El niño se hizo adolescente, aprendió a comunicarse en inglés, buceó entre los arpegios del saxofón y la guitarra y terminó la High School. Después, ya con el apoyo incondicional de sus padres, aprendió los difíciles secretos de pilotear aviones en la Airline Training International. Durante tres años, religiosamente, puntual y entusiasta —de lunes a viernes— asistió a clases en la isla de Toronto, dentro del downtown.

Su primer trabajo formal fue el de instructor en su propio colegio. En tres años continuos abonó su sapiencia y paciencia en otros legos y les inyectó su amor por ese hermoso oficio de caminar sobre nubes, a 25 mil metros de altura, y convertir a los patos de cola roja en sus compañeros de travesía. Les enseñó a sorprenderse de las maravillas naturales, tras el parabrisas brillante de la aeronave: los verdores intensos de las montañas que lanzaban un vaho blanco, espeso y serpentino y no cesaban de lamerle la panza al cielo raso.

Ricardo era un testigo privilegiado de esa relación amorosa e inenarrable.

“Necesitan un piloto capaz en la Peerimeter Airlines, es una empresa aérea que trabaja en reservaciones indias, por Manitoba”, le propusieron a principios del año 2000.

La paga era buena y aplicó. Tuvo que trasladarse a Winnipeg, capital de la provincia de Manitoba.

Ya en la pequeña pista de aterrizaje de la empresa, plagada de avionetas y aviones de cincuenta asientos, le explicaron los secretos del oficio y lo que tendría que hacer para recibir su paga.

“Hay que llevar y traer indios a las 40 reservaciones existentes y donde viven unas cuatro mil familias. Se trata de nativos Cree, alejados de la civilización y únicamente dependen de las avionetas para desplazarse”, abundó su jefe inmediato, un viejo y experimentado piloto canadiense, de rostro y manos quemadas por los fríos polares de la región.

Los Cree, le detalló, eran pasajeros obligados de las aeronaves y jamás se inmutaban ante los sacudimientos provocados por las ráfagas de viento y nieve. Por el contrario, esta tribu amerindia, había nacido y crecido en reservaciones protegidas por el gobierno y alimentada desde el cielo.

Los aviones pagados con dinero del contribuyente, diariamente transportaban comida, bebidas y medicamentos.

Pocos podían creer que en un tiempo los Cree practicaron el canibalismo ante las hambrunas padecidas.

Era asunto del pasado la caza de caribús, venados, alces, osos o castores de carne dulce. Sus bosques fueron arrasados por los inversionistas privados y esa tribu de guerreros gloriosos, enemigos a muerte de los siux y pies negros, terminaron arrinconados en una estepa glaciar, al sur del río Churchill y dentro de las provincias de Saskatchewan y Manitoba.

Todos los nativos estaban bajo el sino del hambre y la ignorancia.

Ricardo tuvo que lidiar con esa pobreza vergonzante. Le conmovía observarlos en los toscos ropajes de piel sintética, lanzando humaradas por la boca y fuera de sus cabañas de madera cruda, izadas con columnas de concreto por construirse sobre tierra congelada.

Los animales salvajes, principalmente osos de aliento carroñero, merodeaban las reservaciones y los Cree tenían que lidiar permanentemente con el peligro. Cada fin de mes, el gobierno les entregaba un cheque que transformaban en alimentos chatarra, principalmente refrescos de cola y chips embolsados. Los cigarrillos y alcohol los obtenían en el mercado negro. Una botella de tequila llegaba a costarles hasta cien dólares.

Cuando planeaban pasar un fin de semana en Winnipeg y asistir a los bares y casinos, enfermaban a sus bebés con ayuda del tabaco. Les introducían un pequeño atado de esas hojas tóxicas en el ano y aguardaban 24 horas para que la fiebre azolara a la criatura. La ambulancia aérea se hacía presente y los médicos confirmaban las altas temperaturas del enfermo. El bebé terminaba internado en un hospital y el papá, orondo y cargado de dinero, en alguno de los bares o casas de apuesta.

Ricardo aprendió a soportar los olores rancios del desaseo y a pasar largas horas en aquella pequeña cabina metálica, conversando con su copiloto. La mirada fija al cristal, escuchando a los radio operadores de la torre de control. No era fácil desplazarse en aquellas carreteras invisibles, construidas entre los 14 mil a 25 mil metros de altura.

Tres años volando desde Winnipeg a sus alrededores: remontándose en aquellos armatostes de acero y atravesar el lago de Winnipeg  tras picotear los valles de Thompson, Thicket Portage, Wabowden, Deer Lake, Ilford y Gillam. Pero ahora, bajo la presión del chicotazo de viento fiero, la avioneta seguía de cabeza, sin detener su velocidad y casi a ras de la tierra.

Ya no estaba en la Peerimeter Airlines, sino en la Voyager Airways, una empresa de mayor envergadura, con oficinas en las principales ciudades de Canadá. Desde finales del 2003 tuvo que establecerse en Vancouver y desde ahí transportar turistas millonarios de todo el mundo. La pesca de salmón era el atractivo principal de esos personajes de exquisitos gustos. Nueve mil dólares pagaban para remontarse a los ríos caudalosos de Columbia Britania, Alberta y el territorio del Yukón. El producto de su ocio retornaba en el interior de un frigorífico para consumo de amigos y fotógrafos.

Ricardo, ya como capitán de la nave, logró controlarla segundos antes de impactarse en aquella mole de piedra. Nuevamente giró a 180 grados y la cabina volvió a su posición normal. Los estabilizadores horizontales hicieron su parte y el color cárdeno retornó al rostro del copiloto.

“Sobrevivimos”, suspiró Ricardo.

En esos momentos recordó una recomendación de su maestro de vuelo, en la isla de Toronto:

“Tenemos que utilizar el instinto para volar y en eso no hay receta alguna. El no saber qué hacer en los momentos difíciles puede costarnos la vida. Hay que tener los sentidos aguzados”.

La persistencia del salmón dorado, que nada a contracorriente, fue parte de una lección de vida. La misma que Ricardo asimiló en su sangre latina y que le permitió a los suyos sobrevivir a la terrible guerra de castas en El Salvador de sus ancestros.

La avioneta llegó a su destino.

XX

EL CREPÚSCULO DE AMADA LUNA

El sol ensalivó los caseríos antes de sumergirse por las laderas altas de Los Álamos y permitir que unas plastas de chapopote etéreo ahogaran en la oscuridad a todo ser viviente e inerme. De inmediato, bombillos eléctricos y quinqués de petróleo iluminaron las cabañas y los perros cesaron de ladrar. La noche estaba por iniciarse, más húmeda y fría por los constantes aguaceros y granizadas y un tufo agradable, repetitivo, a oyamel y táscate, abonado por la malaria del tiempo, enardecía a las chicharras y grillos. Sus chirridos llegaban a exasperar  a los rumiantes más pacíficos y trabajadores.

Pancho Terán prefirió regresar al día siguiente y devolver las tijeras. De paso entregaría las carteras de lámina para hacer pan. Le dio una larga chupada a su Farito y su rostro afilado, huesudo, tomó un color rojizo, funesto. Descendió por la callejuela principal y decidió comprar un par de veladoras antes de retornar a su casa. En el taniche de Blas Guzmán jugaban dominó el maestro Ventura, el comisario Berlanga y Canuto Solís, carnicero y abigeo.

Blas movió su enorme cara aquilina, de buitre, para asentir que ya había avistado a Pancho Terán. Un largo mostrador de madera cruda resaltaba cerca de los jugadores y el recién llegado.

—Buenas noches, señores —Pancho Terán se quitó el sombrero en señal de respeto.

—Llegó el que nos faltaba —dijo Canuto e hizo una señal con la diestra para que el labriego ocupara la única silla disponible.

—Tengo otras necesidades ahí pa’l otra —Pancho Terán intentó zafarse del compromiso—. Es viernes y hay que darle al jale mañana. ¿O no?

—Hagamos equipo y me conformo con que le metamos una buena zapatiza a este par de cabrones —dijo el comisario Berlanga en tono festivo—. De paso se chupa una birria para descansar el cuerpo y así regresar en santa paz a su madriguera, compa Terán.

—Ya muchacho, no dudes, la apuesta es de veinte centavos por partida y los perdedores, como siempre, hacen la sopa —secundó el maestro Ventura antes de empujar hacia atrás, con el dedo índice, sus lentes de miope y transformarse en un azorado pajarraco nocturno, de ojos plomizos.

En la habitación contigua, Monche Guzmán agudizó el oído y comprobó que aquella voz era la de Pancho Terán. Dejó el trozo de tortilla junto al plato y empujó el banco hacia atrás. Doña Remedios Cobos lo siguió con la mirada, sin dejar de consumir su pedazo de carne y el taco de salsa roja con nopalitos hervidos.

La corpulencia de Monche cubrió parte de la iluminación y la mujer no pudo percibir el rictus de odio contenido de su hijo. El hombretón, calvo y carimarcado, entró a su recámara y de bajo del camastro extrajo un polvoso baúl rojo, de donde sacó un envoltorio oscuro. Al desenrollar la burda tela morada, puso al descubierto un revólver Smith & Wesson .38 y lo clavó en la cintura, bajo la remendada camisa de dril, sucia y suelta.

Durante la mañana, observó a Pancho Terán en casa de su hermano Romualdo. Su cuñada le había entregado unas tijeras para cortar lámina y dialogaron durante casi un cuarto de hora. Antes de despedirse, el labriego le retuvo la mano varios segundos y Monche creyó ver en ella una sonrisa de coquetería.

—Llévese también estos dos botes mantequeros para que me saque unas carteras y pueda dorar mi pan, se lo agradecería muscho —desde el puente del arroyuelo, donde se refugiaba por las mañanas, alcanzó a escuchar la voz de su cuñada.

Romualdo no estaba en Los Álamos para defender su honor y él tenía su anuencia para protegerla e impedir que los hombres del pueblo intentaran seducirla. Esa imagen, la de ella y Pancho Terán bajo el quicio de la puerta, hablando e intercambiando puyas, lo perseguiría durante todo el día. Incluso, en un ataque de furia, arrancó de tajo tres pequeños manzanos que su padre había plantado en el huerto familiar un año antes.

—Acábate tu lonche y luego sales —dijo doña Remedios al verlo cruzar la cocina y dirigirse a grandes zancadas al acceso del taniche.

En esos momentos presintió que iba a ocurrir una tragedia. Después de que Monche regresó de casa de Romualdo, a eso de las ocho y media de la mañana, jamás volvió a cruzar palabra con nadie. Únicamente refunfuñaba en voz baja y repetía que “la Muñeca era una puta” y que “ese culero” jamás la volvería a molestar. Doña Remedios se lo comentó con su marido y Blas Guzmán, hosco e indiferente —como siempre—, le respondió con un pujido y siguió cortando la jarilla que invadía parte del tecorral. Ella retornó al taniche y terminó de colocar las bolsas de fríjol y azúcar en una de las alacenas.  No era la primera vez que Monche evidenciaba desasosiego al salir a la calle.

“Ya se le pasará”, trató de tranquilizarse y continuó con sus labores y oraciones.

Sin embargo, ahora comprendía la magnitud del problema. Ella le había insistido a Romualdo que partiera el próximo año a Denver y, de ser posible, se hiciera acompañar de su mujer y los tres niños. La respuesta fue la misma: “No tengo dinero, mamá, ya se lo dije. Ya será en la siguiente temporada. Ahorita tenemos muchas deudas y ya ve que la manzana estuvo muy barata, apenas repusimos algunos gastos”. Doña Remedios insistió: “Entonces llévate a tu mujer a Chopeque, que la cuide su madre. Aquí sólo vas a tener problemas por la forma como se viste. ¿Qué no te das cuenta? Casi trae las chichis de fuera y no me hace caso”. Romualdo simplemente bajaba la cabeza, se mesaba los cabellos toscos y largos, y abandonaba el hogar materno. En seis años de matrimonio, únicamente tres había convivido con su familia. Cada seis meses por año viajaba a los Estados Unidos donde laboraba ilegalmente de jornalero en los huertos de tomate, chile y tabaco. En esta ocasión, principios de agosto, partió a Denver, Colorado y le pidió a Monche que le hiciera los mandados a su esposa y estuviera al tanto de la salud de sus hijos. Monche era el mayor de los hermanos y su descomunal fuerza y altura física, casi semejante a la de un basquetbolista profesional, imponía respeto y temor entre los lugareños. Hay hombres que tienen la voluntad vulnerada y culpan a los otros de sus miserias. Romualdo era uno de esos y su relación afectiva lo enfrentaba a un sentimiento de odio y amor que poco a poco lo arrastraba a la indiferencia o locura.

Doña Remedios dejó de masticar su taco tras perderse su primogénito entre  el rectángulo de luz amarillenta del taniche. Blas miró el rápido caminar de su hijo y la brusquedad como levantó la tapa metálica que separaba el mostrador e invadía el espacio de la clientela. Pancho Terán, aún sin sombrero, terminaba de parar sus siete fichas de dominó frente a su pecho y aguardaba que alguno de los contrincantes bajara la mula de seises. Al levantar la vista, descubrió ante sus ojos, a la altura de su frente, el punto metálico de un cañón de revólver.

—Ningún hijo de la chingada se mete con los Guzmán y sale librado. Así que ya lo sabes… —fue lo último que escuchó.

Una explosión seca, humeante, resonó varios metros a la redonda. Hasta Amada Luna, que vivía en la parte alta del taniche de sus suegros, como a cincuenta metros de distancia, la percibió con claridad. Supuso que posiblemente Chema Torres, el policía preventivo de Ciénega de Ojos Azules, radicado en Los Álamos, nuevamente accionaba su arma de fuego al encontrarse en estado de ebriedad. No era la primera vez que eso sucedía. Por eso no se inmutó y continuó con la tarea de embadurnarse crema Nivea en su desnudo cuerpo rosado, palpitante, de estrecha cintura y grandes pechos cargados de leche. Los niños dormían en una de las dos camas matrimoniales y la habitación, que olía a esencia de canela, apenas estaba iluminada por una lámpara de petróleo con la bombilla ahumada. Amada acababa de ducharse y muy temprano, de ese sábado lluvioso, tenía planeado viajar con sus hijos a Chopeque y pasar el fin de semana con su madre. El mismo Pancho Terán se había comprometido transportarlos en su tractor a la carretera federal, donde abordarían el autobús de pasajeros…Y fue precisamente ahí, entre el brincoteó del viaje, cuando ella decidió huir a Canadá…

XXI

EL ARTISTA DE PALERMO

La cebada debería escribirse con V, porque representa a la mujer y su sexualidad. Tal vez no lo entiendan quienes son ajenos a este grano tan viejo y cabizbajo. Es el maná de la humanidad desmemoriada y perdida. Es la base de la cerveza, el espíritu errante de los huérfanos de corazón.

“Hordeum vulgare” (grano vulgar) es su verdadero nombre y lo merece. Los árabes, sus paridores históricos, aman su esencia no palpable y lo que representa. Es, en sentido figurado, el espíritu sensato de Alá y no miento. De este grano divino también el hambre se combate. Mil años antes de que Jesucristo fuera un referente moral, la cebada era el motivo de poder, de dominio esclavizante. La Biblia registra ese hecho en el libro Éxodo. Moisés, sin la cebada, perdería su propósito religioso e histórico.

Me imagino a Jesús departiendo pan de cebada o trigo entre sus seguidores. Una noche antes de morir bendijo al mundo con un trozo de pan hecho a base de este grano espigado. De ese ovulo cascajo, incluso se fabrica la cerveza. Entonces, de entenderlo sin atavismos ramplones, hasta las ideas torcidas nos permiten equivocarnos sin apelar al origen de las cosas.

La cebada es tan generosa que se cosecha en plena floración del mundo. Durante el invierno gesta su origen y crecimiento. Es un asunto de amor y deseo. La cebada aporta su momento en la reproducción del mundo: llena y excita. Es alimento y bebida, estómago y testosterona. La cebada es una lágrima de vida y un lamento de alegría. En menos de treinta países se reproduce para darle sentido a Wall Street. ¿Qué harían Rusia, Argentina, Canadá o España sin la presencia de este sagrado grano?  Según los economistas de la ONU más de 123 mil millones de toneladas se producen al año y aún así el hambre cabalga en una cuarta parte del mundo.

Pero ahora quiero escribir sobre la cerveza y sus efectos. No me imagino a Dios dándole razón a la vida sin este lúpulo. El fuego y la cebada se aman hasta enloquecer al mundo. Molto es el resultado de este cruce crepitante que le da sentido a quienes procesan la lujuria y los otros pecados capitales. Es un cereal alcohólicamente fermentado, según los estudiosos.

Lo único cierto es que la cerveza no desnudó a Noé, sino fue el vino de uva. Tranquiliza saberlo. La cebada, entonces no es un grano maldito. Es como el pulque de la barbarie indígena con sus dioses guerreros. Aquí el maguey se convierte en una enorme teta que amamanta de leche fermentada a sus hijos revolcados en el cobre. Los danzantes del insulto y la sangre de miel y baba. Los errores de un par de trozos de nuez pelada, bajo un cráneo monstruoso y apelmazado con alcohol natural. Gracias a ello, el anciano recupera su inocencia y su cuerpo nervudo, como un tronco de ahuehuete, se extravía en los escalones del infierno. La cebada arrincona y mutila para reverdecer con su disfraz de prostituta bendita.  Hombre y mujer expuestos al sacrificio y a la nueva concepción del destino. Es una especie de sueño momentáneo, religioso: Isaac en manos de un Abraham alcoholizado ante una exigencia de fe. Una especie de príncipe Tepozteco amamantado por su fe y los magueyes. O Nikasi, la diosa sumeria en la perdición por un ancestro promiscuo. Cerveza y alcohol para sanar al mundo y atraer a los demonios. El ying yang de la oscuridad y el pecado.

Y lo escrito no era un asunto menor ante el espejo y la barra serpentina del bar L’Enfer. Menos cuando las dos jarras de litro y media me obligaron a orinar en tres ocasiones. Seguía en la misma postura, acodado y con el cigarrillo apagado en los labios. Actuaba como un policía cincuentero, de gabardina deslavada y sombrero Fedora casi cubriéndome los ojos.

La Fin du Monde no me había empalagado, la eructaba aún atornillado en aquel bar de prostitutas elegantes. Continuaban ahí, tras mis espaldas, las mesas circulares, como ojos saltones que parpadeaban y lagrimaban pestañas adormiladas. Las meseras, casi despechugadas, no cesaban de llenar copas de cebada liquida a los comensales.

–¿Voulez vous plus de cacahuètes ou de pop-corn? –masculló la mujer de las tetas enormes que descaradamente me apuntaban al rostro. Temí que el botón negro se desprendiera y me agujerara el entrecejo.

–Non, merci, seule la bière.

La respuesta fue rápida, impensada. Acababa de agradecer y afirmar, en una lengua casi nasal, que solo continuaría bebiendo cerveza. Los cacahuates y las “palomitas” me provocaban perroderas interminables y no era nada cómodo. Del ventanal podría verse el viejo puerto del rio San Lorenzo y el paso trepidante de las barcazas cargadas de contrabando chino. Se trataba de la principal vena aorta de Montreal y de los mafiosos sicilianos.

¿Qué hacia ahí, acodado en esa barra en forma de serpiente y con una manzana dorada entre las fauces? La vieja cajera de L’Enfer conocía la historia y la explicaba como si recitara un antiguo poema griego. Un tallador italiano fabricó el mueble para el trasatlántico Gigantic, propiedad de la naviera White Star Line, que realizaría la ruta Southampton–New York. Durante la primera guerra mundial se convirtió en un buque hospital y logró transportar en un solo viaje hasta tres mil cien heridos a territorio ingles y australiano. El 21 de noviembre de 1916 fue bombardeado y hundido por el submarino alemán U-73, en el archipiélago griego.  La barra de cedro enlacado con relieves del Pecado Original, terminó en un prostíbulo de Londres y en 1995, ya en Montreal, fue adquirido en una subasta por el propietario de L’Enfer.

–¿Y sabes de que murió el artesano italiano, originario de Palermo? –me confió Anastasia en voz de barítono, de fumadora convulsiva.

Tenía los dientes sarrosos y una pequeña boca casi sin labios. El tiempo dejaba sus marcas en las mejillas flácidas y la papada colgante.

Moví la cabeza de izquierda a derecha y sin soltar el tarro de cerveza a medio llenar, escuché el remate de su historia:

–Se ahogó en un silo de cebada en España. En dos años, su cadáver prácticamente se pulverizó y ese grano, al ser fundido con el fuego terminó embotellado y en el estómago de los marineros y turistas de la avenida 24 de Juhlo, en Lisboa… Hasta el alcalde y sus concejales, asiduos al club naval de la ciclovia, paladearon la malta del solitario artista de Palermo.

XXII

EL ECO DE LOS MORIBUNDOS

¿Dónde empieza la vida y dónde concluye? Los tiempos pasan sin darnos cuenta. Hay quienes contaron las noches y los días porque construyeron espejos de carne y hueso, sin entrañas e ideas desiguales: la descendencia. Ahí empezó su tragedia. Los trozos de cristal reflejante jamás se desarrollaron en libertad porque imaginaron que su media luna –nuestro ancestro directo– representaba el corazón de Narciso, hijo de Cefiso, heredero de los ríos infinitos, y de una ninfa de cascos ligeros, poco inteligente.

Ahora me doy cuenta de nuestra desgracia y nada se puede hacer porque hemos rebasado el límite permitido: después de los 50 años hay que prepararnos para el buen morir: construir aliados y amigos para no depender de los errores inmediatos en la despedida obligada. El único ser que desconoce estos menesteres es el militante de alguna iglesia, Organización no Gubernamental  o partido político. El poder de mando lo hace tan terrenal que termina pintándose el pelo para engañar a la muerte. Es la o el enamorado suicida de Narciso. Una especie de Eco –representando a un personaje suicida– que jamás defenderá el verdadero significado de la vida, porque anheló al otro sin darse cuenta de su existencia. Solo su voz, el eco, es parte de esa maldición interminable.

Después Némesis, la política incomoda del imaginario griego, haría de las suyas y nos convertiría en diminutos egocéntricos de la palabra y la imagen, sin derecho a pensar. Ella vengó a Eco y nos convirtió –y me apunto—en los maniquíes de la locura y la soledad. Ahora tenemos que navegar a través de Twitter y Facebook para encontrar el reconocimiento público y masturbarnos sin exclamaciones de furia o de reproche (y no me refiero a la manía necesaria de Onán, sino a la búsqueda de nuestros propios placeres visuales y terrenales. El cielo deja de tener sentido y los Dioses del Olimpo asumen el papel de justicieros).

arbol-otonoEn invierno, los Árboles se despeinan hasta quedar semicalvos. Es la furia del tiempo que hace su parte y así nos expone a quedar paralíticos y ganosos. Némesis transita de noche y marca su ira en cada rostro deseoso de permanecer en la tierra. No hay huella de nada, ni la descendencia construye su presente, porque apela al pasado. Nuestras pisadas irremediablemente quedaran sepultadas con la nieve. Ahí nos ahogaremos con lágrimas de sangre, como en una sabana mortuoria robada en algún frigorífico del Forense. Los arácnidos impregnados de formol brotaran de las bocas abiertas, beodos y felices porque podrán reinventarse en el basurero del cementerio.

Montreal ahora agoniza y construye sus tapices de cabelleras rubias. Entreteje de hojas oxidadas las escalinatas del olvido. Narcissus, no Narciso, está por arribar bajo la espesura de los calores encendidos. El ciclo se repite y no faltará su contraparte. Todo empieza con la voz y termina con el silencio. Queda el olor de vida, de fragancia joven, de dedos limpios y frescos que nos enseñan a no olvidar, pero nos queman el corazón hasta convertirlo en un puño de silicio azuloso, volcánico, que difícilmente logra diseminarse sobre las banquetas.

Mientras caminaba a la vera del rio Cefiso, en Atenas, difícilmente podría entender el porqué Eneida había optado por abandonarme. Tardamos cuatro años para materializar este viaje, pero al arribar a la avenida Akidimias, donde se encuentra el hotel contratado por la agencia, las cosas tomaron otro derrotero. Dejé de ser importante en su vida y ella desapareció. (Pienso: “En una semana retornaré a Montreal y difícilmente superaré esta situación”).

Ni ánimos me quedan para treparme al monte de Lykabettus, en el corazón de Atenas, y de ahí, de acuerdo al itinerario planeado, descender por el lado sureste de la ciudad e internarme al otro importante mirador natural: El monte de Filoppapou, a un costado de las ruinas de la Acrópolis. En nuestra recámara habíamos colocado un enorme cartel del Partenón, regalo de uno de sus compañeros de trabajo. Ella era cajera del supermercado Metro de la avenida de Cote du Neige.

–Hay un teatro que se construyó en la antigua roma –me dijo aún desnuda tras abandonar la tina y dejar que su espeso cabello de diosa griega se desplazara libremente, chorreando, a lo largo de sus hombros y espalda.

–Algo leí, es el Odeón, construido por el cónsul romano Herodes Ático…Esplendido, vale la pena visitarlo–dije.

Yo seguía frente a la computadora, terminando de revisar un texto sobre gastronomía rusa que enviaría a México.

¿En qué pensaba ella en esos momentos? ¿Por qué hacerme creer que el viaje seria compartido, si en realidad me abandonaría al llegar a Atenas? Tal vez los infiernos del remordimiento la confrontaron esa noche, cálida en nuestra recámara y helada en los rincones de la ciudad. Hizo que reafirmara mi virilidad de una manera portentosa, poco común. Trasudó cada milímetro de nuestra piel. Los gemidos se esparcieron como mariposas enloquecidas. Por lo mismo, la vieja china Lu, nuestra curiosa vecina, al día siguiente nos miró con cierto libido y complicidad.

Ahora todo era distinto. Nada me interesaba. ¿Dónde empieza la vida y dónde concluye? Fue mi única pregunta sin respuesta. Era una pilastra humana de policarbonato que había decidido recorrer la avenida Kifissou, a la orilla de aquel trozo de rio, y pagar mi afrenta bajo sus aguas sulfurosas y oscuras. Mi comportamiento no había sido el correcto al ser tocado por la maldición de Narciso. No estaba dispuesto a inmortalizarla bajo el yugo de la desdicha. Ni ser víctima perenne del eco mortal de los moribundos y enamorados. Me quedaría en Atenas para siempre.

 everardo-monroy*Everardo Monroy Caracas. Periodista y escritor veracruzano. Fundador del periódico Uno más uno. Ha sido reportero en El Diario de Chihuahua y El Diario de Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón y La República en Chiapas, también de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder,El Difícil camino del poder, Tepoztlán: Cuadrónomo extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto día del séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al gobernador y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.  Correo electrónico: huayacocotla@hotmail.com